Publicidad:
La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

20 Noviembre 2006

Posiciones ingrávidas, de Eugenio M. DeLarge

Las historias no siempre empiezan por el principio, aunque quizá para ella así fuera. A mitad de concierto, en el entreacto que para el cantante supone el trago de agua que suaviza las paredes resecas de su garganta por el aire exportado de sus pulmones hasta el micrófono, descubro, algo perplejo, que cada 7 ú 8 compases de 4 por 4 alguien me mira desde el oeste, a una latitud un tanto más sureña que la de mi barbilla. Pasa una, dos y tres canciones y, de reojo siempre, veo que la mirada se repite en contrapicado como buscando una respuesta silenciosa y complaciente. Con una estrategia probada, doy un pequeño paso atrás y evito mi reojo continuo al abrir unos grados más mi campo de visión. Ella se da por descubierta y la frecuencia de sus miradas disminuye durante un periodo al doble de compases.

Al poco recupera el anterior ritmo de cuello y búsqueda.

Yo, que muy tímido soy para estas cosas, niego un tuteo directo de ojos, y juego en la canción instrumental de la noche a dibujarla en mi mente por no mirar. Camiseta a rayas muy gruesas, yo diría que blancas y negras, y un combinado de alcohol, cola, hielo y limón que es el mismo desde hace un rato, a medio vaciar, es lo primero que puedo trazar. El pelo muy corto, negro, y los ojos deben ser como mínimo igual de oscuros y enormes, tanto como para descubrir unas pupilas violeta intenso, por el neón de la sala.

Pasan las canciones. El concierto encara su recta final y ambos lo sabemos. Yo me lo tomo más en serio que ella ahora; soy quien evita y busca a la vez, resultando complicada la situación para mi sistema nervioso. La música nos zarandea tanto que nos rozamos varias veces llegando al éxtasis sensorial de quién se niega a dar un paso desde el anonimato. Sigo sin mirar. Ella pierde el interés en las canciones impares, si es que lo había, y varía la longitud hasta la barra para recargar el vaso de tubo que ya duraba demasiado.

Al volver del oasis a nuestro desierto creado, no sin cierta dificultad de mantener el contenido en el recipiente entre los agitados cuerpos del camino, se queda ella un poco más cerca de mi piel supurante de quietud. Me lo tomo en serio. Lo pienso. Será un instante, me digo, pero decisivo, lo sé. Se enfría todo el sudor, en especial el de la nuca. Cierro los ojos y cuando termina el estribillo la miro por primera vez. Ella me mira mientras bebe y se da prisa por bajar la mano para sonreírme con tanto ímpetu que se le marcan múltiples estrías en el rictus y su nariz se estira apuntándome con una dulzura inesperada. Ya está. Pasa el momento y vuelvo a mi posición. Miro aturdido el escenario lleno de luces que parpadean al ritmo que laten, al menos, dos corazones en el espacio pluricompartido. Siento el unísono de las intenciones. De repente, escala de puntillas hasta mi oreja y me inclino sin explicación hasta acercársela. ¿No bebes un poco?, me dice, y yo con un gesto natural asiento y tomo de su ron joven por el borde cristalino con un último sabor a vainilla inolvidable hasta el momento. Consigue mojarme la garganta y hacerme hablar. Se acaba el concierto justo cuando se intercambian nuestras dos primeras frases; se intercalan con sonrisas y una serie de recursos preparados en los minutos de tensión vividos. Todo fluye hasta que no quedan luces ni amigos dentro de la sala. El tiempo resulta un bien escaso ahora, entre los dos, y nos diluimos finalmente sin pasar por la casilla de salida.

La música es propolio puro, capaz de explotar, inyectado entre venas y arterias a través del tímpano, en mitad del proceso de oxigenación sanguíneo; capaz de distorsionar la percepción del entorno y el espacio y afectar a la memoria y el recuerdo. Pero no es el caso, y pido disculpas por el penúltimo párrafo que es de ficción. Del resto puedo asegurar que así fue, y que aguantamos la posición durante una hora y media para desaparecer con facilidad y caer en el olvido inerte de quién se dedica a guardar pequeñas historias desaforadas a cambio de un poco de vanidad literaria. ¿Dónde está el placer humano?, ¿podemos construir un canon sobre los intereses y gustos más esenciales? Me resulta imposible acertar a contestarme. Contestarme sería todo un placer, aunque no sé si tanto como el actual gusto de engañarme y mentir a los demás. Si lo ficticio del texto fuera real, jamás os hubiera contado nada de esto. Aguantar las respiración en posiciones ingrávidas no es tan sencillo, advierto.

servido por laauroradenuevayork sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Fotos

laauroradenuevayork todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera