Lo nuevo, por Eugenio M. DeLarge
De arriba abajo, y mírame: de un lado a otro. Allá que voy combativo cuando vuelvo para no quedarme en las mismas sábanas durante un par de meses. Será que me gusta cargar el coche de ropa y libros. La carretera es más blanda cuando te marchas y empinada cuando llegas. El camino siempre es el lugar, por más que te pierdas.
Arriba y a bajo por las escaleras, y si el sudor se acumula en el trayecto que va de la espalda a la vergüenza, ya no dolerá el grito sordo que vendrá angustioso, más tarde, a acaparar la noche siguiente a la tormenta: la huida de un lado a otro por pies, obra y omisión. Lo que dejo es perecedero en el ambiente y lo que me llevo es íntimo e irrevelable: lo que me quedo es el camino.
Cuando los botones de la camisa aprietan de frío y las caravanas se acumulan vendiendo sus grasientos perritos calientes en las jornadas dominicales de la contigua parroquia, el vertedero de huesos y risas se va de nuevo a posar a un comedero de patos donde le traten mejor. ¡Y sin rencores, oiga!, que aunque no es un buen trago dejar la cama que le atrapó insomne de amor, uno sabe reconocer los buenos momentos, que los hubo por destierro, por dinero y con alcohol.
No durará mucho de nuevo, me temo, puede que otro par de meses y “hasta luego, buenas tardes” para no volver o continuar, según me mires.
Yo, que carezco de escrúpulos (incluso al reconocerlo públicamente), me veo desahuciado por mis quehaceres que ahora andan escasos de salario y altivos de búsqueda. Me veo “like a“ yonki de barrio en las privadas aulas de una institución catódica de frases fúnebres y consejos al prójimo; todo por mi bien. El orgullo familiar se ensalzará con puños y confeti reciclado ante la “reentrée” pródiga, que más me vale.
Pero me explico: no voy a negar que el gancho de derecha me pilló con un mal juego de piernas y desprevenido hasta el tambaleo. Fue una sucia artimaña afectiva que desde la matriz de la empresa me vino a joder las últimas noches de soledad. Con un cargo de conciencia del tamaño de un pomelo en mi garganta y de un guisante en mi corazón, empecé a doblar ropa limpia sin planchar y otros enseres de menor necesidad. Quede claro que me niego a contradecir a los directivos, y quede claro también que no pienso dejar de cobrar las horas extras que pase limpiando a los santos y cristos en el telediario.
Para los beneficiados fiscales anuncio la descarga eléctrica de mi carcajada ecléctica que azotará disléxica la calma social del momento. No se crean que me relamo con los cereales matutinos o que en el plato de legumbres bisemanal perderé los kilos que las cenas de ultra-congelados y otros polisaturados al uso se me otorgaron un feliz día, por cortesía de Consum.
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Descubro a mi llegada un habitáculo dorado. Los peces ya no viven en este acuario, y los dedos inocentes siguen marcados en las paredes de sexo adolescente que se agolpan en mi mente a la velocidad de un rayo. Suena a gloria el puto “Exile on Main Street” de los Rolling aquí adentro y me revienta reconocerlo pero voy a ser de nuevo joven, irrelevante e indiferente. Vaya donde vaya, siempre termino pensando lo mismo, y hasta a veces es así.
La realidad me persigue, de momento. Sobrevivir me repite. Giran horas por todas partes y las nuevas serán donde antes. Muere más gente de lo que parece. Para no olvidar, para no volver, por no tenerte, me vuelvo a Marte, hasta nuevo vuelo.
