Iros a la mierda, por Vincent Ferré
Les dijeron los novelistas del siglo XXI a los poetas anormales, taciturnos y servilmente románticos de hace un par de siglos atrás. Les dijeron, yo digo, les dijeron que se fueran lejos y olvidáranse de cualquier fruto y arándano y que cerrasen el pico y callasen la boca y se dejasen y dejaran al resto y a la suma de todos de aliteraciones vanas, estúpidas, vacías por antonomasía pero también que abandonases su alma de inteleguia e ininteligibilidad. Chupaos esa, Goethe, Góngora, vuestros sucesivos y ancesivos o ancestros están más que muertos en el año de la gramática imposible o año del Código.
Leonardo, tu nombre es una mierda en el siglo XXI. Ni siquiera nadie lo asocia a una rueda ni a la primera nave espacial, ni disfruta imaginando lunares ni planetoides ni alasdelta o transportes suburbanos que desaparecieran o esen sin más deseo que la geometría siempre tan perfecta. En lugar de ello te relacionan, ¡oh, Leonardo! te relacionan con un vagabundo o un homosexual, un naúfrago con síndrome de down que piensa que todo siempre mejorará. Ilusos, no saben casi nada estos fracasados que dedican su existencia a bañarse en mierda y mirarse en espejitos que son imágenes o meretrices de sus madres mantenidas por hombres y manes. Cuánto daño has hecho, colonia colonizante.
Los poetas, que son previsibles como un discurso de travesti destetado, aluden a su derecho natural de naturaleza herida y sentimiento barroco y se sienten otra vez encarcelados en una libertad de la que no dejan de hablar como cacatúas en celo o almendros japoneses en flor. Dice uno: "Yo he atravesado bosques de hoja multicolor, y he sentido el orgasmo del árbol caído tras el éxtasis que supone el aniquilante rayo del cielo de divinidad orgánica. Yo, que sólo soy uno como todos, he podido acariciar troncos y ramas que más me parecían miembros y cabezas que membranas de tierra muerta. ¡Abrid los ojos, prosaicos prosistas, levantad las manos sin atender derechos de autor ni Venecias de muerte!"
Perdedores, nunca saldrán del desgraciado bosque de aliagas. Prosigamos la novelita del día. Madrid, milnovecientosnoventayocho, iba un hombre por la calle que había perdido sus gafas y de repente se encontró con otro hombre o mujer. Vaya, comienzan las casualidades, de eso los poetas no entienden. Así les va.
