Otra estúpida historia de amor, por Holly Golightly
Viernes - FIDEOS CHINOS
No quiero entrar pero no tengo más remedio, porque, al fin y al cabo, es viernes noche y sirven platos orientales a unos precios asequibles. No puedo ni alegar en mi defensa lo del espacio sin humo.
La veo. Tan preciosa. Pequeña y encantadora. No sé si ella repara en mí más allá de una cara anónima que pide fideos chinos con voz de ultratumba pero le busco la mirada para encontrar algún signo de reconocimiento, complicidad o acuerdo tácito.
Creo que no ocurre nada y hasta tengo ganas de besarle los labios cereza porque sí.
Ellos dicen que es bonita y yo lo celebro por dentro. Me excuso para respirar hondo en el baño. Creo que hasta la rozo.
Luego nos ofrece algo y lo declino con un gracias que suena más efusivo de la cuenta. La dejo tomando una cerveza, riendo con el cocinero. Ajena mi brutal intromisión.
Pienso de camino a mi reencuentro que ambas lo sabemos. Probablemente me caería estupendamente. Se me olvida darme cuenta de que estoy enferma y de que sólo yo percibo los supuestos alternativos de esos encuentros fortuitos en los que nunca pasa nada más allá de los ataques traicioneros de mi inventiva.
Domingo - SE COME UNA PERA
En un cercanías, de camino a mi vida sin ti. Tengo suerte porque no llevo el MP3 y mis prisas abandonan el libro sobre la cama.
A mi lado se sienta un proyecto de ingeniero –eso dice más o menos su sudadera—que lee a Bach. Tiene sobrepeso y los ojos verdes. Me mira escandalizado cuando le sigo el ritmo con los pies.
Detrás de él, dos que han subido en mi misma estación y que llevan una bolsa con naranjas y hablan de comprarse un portátil. Sin más, salvo un cruce de miradas al inicio y al final del trayecto.
La mujer del Este y su hija adicta a la Gameboy no participan en el juego y se bajan enseguida y al chico de la gorra le vence la vergüenza, la pereza o el desinterés justo cuando casi ha decidido sentarse a mi lado.
Los de la bici, probablemente defensores de las ballenas, están demasiado enfrascados en una conversación relacionada con alguna especie de teoría acerca de la involución humana y el revisor ni siquiera se da cuenta de que existo porque no me pide el billete.
A dos paradas aparece con las uñas sucias y se sienta dos filas de asientos más allá. Se come una pera y me parece extraordinario. Luego me sigue un rato por la estación antes de volver a dejarme sola. Guardo mis extractos bancarios y opto por coger un taxi.
Sábado - CABELLOS ALBOROTADOS DE AMOR
Consigo dormir un poco a pesar de. Hambre voraz a las 12 y a las 3. Desnutrición que no se curará hasta que vuelvas. Pareces un niño durmiendo, un niño bueno conspirando en una habitación de hotel conmigo.
Amo todo lo que has hecho y has dicho. La certeza, dolorosa e hiriente, de que ya es mañana y de que me da un miedo atroz pensar que este escondite es sólo de paso.
Cierras los ojos justo al final de mi cuento y no me puedo levantar a lavarme la cara, aunque casi me da igual porque estoy buscando a tientas trozos de ti.
Lo de escalar la verja lo dejo para otro día. Llevo zapatos y, como ya te has ido, no podrás rescatarme. Son sólo las 8 de la mañana.
Al despertarme por segunda vez lloro por dentro y me sonrío frente al espejo mil veces antes de bajar a comer. Es que aún quedan rastros, en mis cabellos, alborotados de amor.

M dijo
La ostia , que bién retratas la fauna urbana , sobre todo en la escena del cercanías , es extraño lo que sucede en estos trenes , cada día ves caras distintas y miles de vidas a tu alrededor , creas como una familia temporal y luego te despides de ellos para siempre , es algo extraño pero mágico.
14 Julio 2006 | 03:42 PM