Desnudez clínica, por Ignacio Naya
En la calle chispeaba. Yo esperaba impaciente para poder enfundarme las botas amarillas y correr hacia tu casa. Me podía permitir salir arropado en mi impermeable oscuro camino de tu puerta sólo cuando paraba el canturreo de la lluvia. Y cuando los charcos mantenían seguro el asfalto; cuando el viaje se guarecía en la humedad de la pausa que parían aquellos “chofs” pálidos entre la niebla. Porque, espero que lo recuerdes, aquí la bruma lo devoraba todo.
Encontrar el empedrado que llevaba a tu casa me costó alguna vez que otra. Lo puedo confesar después de tantos años alimentándome de nostalgia: me aterrorizaba caminar solo por la niebla. Y, además de atemorizado, solía no parar de estornudar hasta que me armaba de voluntad y me tragaba mi resfriado antes de empaparte la alfombrilla del recibidor. Es por eso que cuando me veías podías sonreír al verme temblar. No era por ti, tú nunca me hiciste reaccionar de tal modo. Era el miedo a que algún hombre del saco o algún depravado bicho sobrenatural devoraran mi cabeza. Afortunadamente, siempre fueron fantasías. Pero tú no lo eras. Tú sólo eras una bestia risueña que se divertía con mis peculiaridades. Y yo te lo permitía. Te lo seguiría permitiendo ahora, créeme.
Hay algo que no sé si retendrás. Es un detalle sin importancia. No te preocupes si ni siquiera te suena: yo coleccionaba insectos. Si no tienes ninguna imagen de mi joven personita tropezando por los hierbajos tras algún asqueroso vertebrado quizá no te haya sorprendido. Lo que sabes ciertamente es que mis aficiones pasaban por extravagantes. Y ahora, tras esta confesión (no creo que sea tal, pero temo cada vez más que te sea imposible recordar esa nimiedad) puede que llegues a conclusiones terribles. Conclusiones que me vean inspeccionando tu ser como si de un grillo diseccionado se tratara. Imaginándome elucubrando cómo serías por dentro, cómo podría descubrir que maravillas nacerían de tus entrañas una vez atada a una mesa de metal y abierta en canal con cuidado de no convertir el lugar en un estropicio. Nada más lejos de la realidad. ¿Cómo podría pensar en ti de ese modo? ¿Era siquiera razonable ver en ti un animal bípedo? Olvida esa locura, por favor.
Tu madre exprimía fruta y yo te admiraba. Vigilaba las arrugas que se formaban en tu axila cuando tenías la casa caliente y vestías impuras camisetas de tirantes. Había veces que no podía ni tragar el zumo. Si una sola gota de aquello tocaba mi garganta sería capaz de vomitarla. Eso lo producía, en particular, la danza del contorno de tus labios. También me costaba comentarle a tu padre qué tal funcionaba la ferretería de mi tío. Aquello era producto de las cuchilladas que cada filamento de tus pestañas hendían en el aire. Un día vomité en secreto después de escuchar el vinilo que acababas de robar del supermercado. Cantaba Leonard Cohen “The Partisan” y yo expulsaba bilis con violencia al son del estribillo. De esto último declaro culpables a las carnes de tus mofletes mientras te hinchabas a carcajadas y galletas.
No sé porque te cuento ahora estas cosas.
Te juro que no tengo ni idea. Aún así, necesito seguir adelante.
Fuiste hija única durante mucho tiempo. Para mí aquello era muy extraño. En mi casa me era imposible permanecer solo en algún lugar como no fuera mientras cagaba. Incluso cuando meabas o tomabas una ducha alguien zumbaba alrededor buscando algo. Mientras embozabas de mierda el retrete el olor los alejaba durante un tiempo. Pero al final volvían. No era culpa suya. Por lo menos éramos nueve allí dentro. Sin embargo, contigo, podíamos reconvertir nuestro poco tiempo juntos en una isla insonorizada, protegida por verjas con sensores de movimiento y torres robóticas cargadas de munición para impedir que cualquier intruso estuviera a cuatro metros de nosotros.
Nacíamos cada vez que la aguja lamía los surcos del vinilo.
Yo me sonrojaba, y me parece que te dabas cuenta. Nunca decías nada. Limitabas tu sorpresa a revolver el pelo que ocultaba mi frente. Y yo la mía a sufrir secretos ataques al corazón. El intercambio me parecía flagrantemente justo.
Perdón pero me parece que te acabo de mentir.
Sí sé porque te estoy arrastrando sin permiso a un tiempo que puede que quieras olvidar. Sé la razón de tanta memoria filmada en sepia. No me tomes en cuenta el lapso de pecado del que acabo de verme víctima. Estoy postrado en un colchón tan duro como una tabla de madera. Es tan incómodo, y yo… Por favor, deja que te cuente qué me ha sucedido. Déjame retenerte en mis desventuras una vez más. Espero que no te veas secuestrada en un arrebato de piedad después de todo. No quiero verte de nuevo. No del modo en que pienso puedas venir.
Descubrieron no hace demasiado que tenía en poder una terrible enfermedad degenerativa. Nadie me ha descubierto al culpable. Todos me aseguran que no lo hay, Algún conocido ha llegado a aconsejarme que me olvide de la venganza porque no hay nada que vengar. Me lleno de ira y desconcierto cada vez que me relegan a la inútil pasividad que únicamente me permite luchar aullando mis recuerdos en esta hoja de papel reciclado que la santa enfermera ha conseguido traerme bajo mano.
Mi vida va a llegar al final. Toda la retrospectiva anterior ha sido patalear. Tú entiendes lo que quiero decir cuando hablo de estar sólo entre la sofocante bruma clavándote espinas de rosas en los tobillos. Espero que no hayas olvidado lo difícil que era tomar bocanadas de aire en el camino de espuma que se formaba después de las lluvias. Desde ya hace un tiempo cada inspiración que me aventuro a dar me transporta a mis botas amarillas. A mi impermeable oscuro. A tu camino. A mis miedos. A ti. Y eso es lo que más me preocupa de todo.
Tú eres a todas luces lo único que mantengo. Tú, tu música descansando en los huracanes que creaban tus dedos cuando bailabas por el cuarto.
Si mi estado actual no es saludable, mucho menos lo es tanto mirar atrás. Es por ello y no por mi natural condensación existencial por lo que he perdido todo apetito. Todo apetito de nada de lo que puedan alimentarme aquí. O mejor dicho, de nada de lo que puedan darme de comer ahora. Porque no he perdido el hambre. Estoy desfallecido por las ansias de tragar al mismo tiempo todas las meriendas que compartimos. Suena demasiado cursi, y yo soy demasiado adulto. Perdóname.
He conseguido con esfuerzo que me dejen usar un teléfono. Escarbando con saña en aquellos días he desenterrado tu nombre y tus apellidos. Se los presenté sucios de ensoñaciones como estaban a la operadora de Telefónica. Le supliqué que hiciera todo lo que pudiera por encontrar tu dirección con esos datos. Que, si era necesario, le pagaría todos los extras que me obligara a darle. Pero, gracias a las fuerzas que mueven esta enorme depravación, fue amable y me aseguró que era su obligación el ofrecer ese tipo de servicios. No estoy seguro de que eso sea cierto, y creo que lo dijo para quitar importancia a su añadido esfuerzo. Con todo, fue rapidísima.
Ahora tengo frente a mí todas tus señas. Ya las he escrito en el sobre azul pálido que habrás visto al abrir tu buzón. Y este papelucho que descansa sobre la mesa frente a la que te has sentado extrañada para leer la carta de un absoluto desconocido estará inundado de olor a analgésicos. Y es feísimo, como todos los papeles reciclados.
Te recuerdo. Y te estoy agradecido.

J.B. dijo
Nacho: este texto me ha gustado mucho más que el anterior (supongo que no te importará) creo que hay más coherencia literaria tanto en la forma como en el fondo. Me ha parecido un texto mucho más próximo, donde de una historia sencilla has hecho un ejercicio de creación literaria muy bueno. Enhorabuena.
Juan B.
11 Julio 2006 | 10:27 PM