"Turumpa, turumpa tum pa" por Eugenio M. DeLarge
Ahora que resucito permitidme que me excuse convenciéndoos de que sólo buscaba una buena postura para mi espalda en la cama que me permitiera escribir tumbado. He bebido todos estos días al margen del fotomontaje diario y he vivido los cálices color tierra más sangrientos de mi antropología. Cómo el sudor, de un guantazo en la cara me he quitado la tontería y sobre el descuidado margen de mis gruesos labios arios de genesidad no tengo los cojones necesarios para abandonar, sin previo aviso, las obras de reconstrucción de la jaula hecha con barrotes de palabras donde hace unos meses me acostumbré a vivir. De mi integridad, de mi moralidad y del camino cruzado entre mi ombligo y mi cerebro se ha hablado a hurtadillas en los bares madrileños con peor servicio de barra. Pero yo soy como el refrán y el buen café: ni corto ni perezoso. Por eso, a callar mi boca con palabras sordas a golpe de uña y carne vengo con los calcetines limpios, desde un nuevo convento, sin hábitos esta vez, con el mono puesto.
Fotografiando los prietos senos de las adolescentes ciegas he creído leer, mientras me ausentaba de mis lisonjeras responsabilidades, que por lo pronto se han quedado doce estalactitas clavadas en el vacío que va del techo de tu habitación a los infiernos donde paseo desde que me obligué a olvidarte por si te enamorabas de mi. Leo en los turgentes poros que en la punta tienen siempre esperando una gota de sangre que a un charquito vierte su contenido cada doce, también, millones de años luz. Cuando una de esas doce gotas cae de alguno de sus doce puntales uno de los doce acordes mayores suena por la cavidad arcillosa instalada en el ático sucio de un rockero abstemio en 9th avenue, esperando una respuesta similar a la de tu teléfono en días posteriores a mi reinserción en la ludopatía carnal.
Inducido por las drogas que me quedan por probar corro más que nunca con mi viejo corcel blanco de hierro y ruedas calle abajo en busca de una verdad hecha muro duro duro de hormigón y geranios mediterráneos como un vinilo puro puro de Sezen Aksu. Y mientras quede neumático y las cadenas que sostienen el francés engranaje de seguridad no me fallen no creo que sepa parar hasta estamparme, sin postales de santos en la guantera, contra el duro duro muro de hormigón y geranios recogidos por la estirpe jesuita arrepentida de su respeto a la jerarquía bucanera que se erige con dificultad por el peso del oro sobre sus espaldas. Francisco de Asís dijo a Honorio III: “¿Qué haces aquí adentro si los pobres están ahí afuera?, y yo no entiendo porqué perdura esta frase entre los libros de filósofos de peor y mejor recuerdo y no la desconocida contestación del por entonces Papa H-III. Desde luego ninguno de los dos consiguió su trabajo en infojobs.net .
En las curvas no muy cerradas hay velas ardiendo con la mecha congelada por la irresponsabilidad política. Se agotan en silencio, como siempre, los gritos de la mayor minoría étnica que les queda por exterminar a aquellos que todavía no han probado el filo de los libros escritos por Elfride Jelinek. Son cómo niños jugando a la guerra de las calles y los dólares, juzgando abastecidos por impuestos que desgastan las charlas a la luna de Jamaica entre las familias medias españolas. En estos tiempos que vuelan a una velocidad muy superior de la permitida los políticos son los que exigen responsabilidades a los que deciden y los de abajo son mártires de un color que eligieron algún día cuando la conversación entre birras dio para tanto como para alistarse del bando más cercano a lo que uno suponía regulador de su bienestar. El gran problema de base social me atrevo a pensar que es la falta de chaqueterismo entre mis vecinos; cambiar de bando y de chaqueta es lo más sano, sobre todo si recordamos que en el armario tenemos más de dos trajes para salir el domingo, y sobre todo si ya no nos hacemos la raya al lado ni ellas visten de rojo alienación. Este es un párrafo para rebajarse del frenético elitismo maloliente instalado en los anteriores, es una pataleta injusta para las extremas sensaciones que me ha tocado vivir de primer abrazo esta semana. ¿A dónde van las fotos, el tiempo y todo lo que verdaderamente importa en realidad? ¿Y a los que se quedan qué les queda?
Cojo un avión hacia ninguna parte porque me están esperando. Me esperan dormidos despiertos porque no saben que llevo el jet lag encima y los periódicos del día anterior para leerlos pasado mañana. En inglés leo las últimas y nuevas andanzas del primer cowboy del siglo, los síndromes de la nueva y conocida infección vírica en el agua y el auge popular de los nuevos regímenes que se extienden a derecha y a izquierda en la Sudamérica que se tuvo que acostumbrar al olvido tras la guerra fría. Así, con telarañas en los párpados reitero todo lo que he dejado de decir en estas semanas y que conste que no lo he hecho por placer sino por una obligación conmigo mismo; hipotálamo, cerebelo, gusto y olfato recuperados entre sábanas limpias. Siento tanto placer al decir que nada de esto ha sido por puro placer que siento tanto o más placer al escribir la palabra prohibida por mi ego, que se reconforta en el sillón de los vanidosos hombres blancos que dirigen las empresas más prósperas de un planeta que se pasa sus últimas horas rezando desesperado frente a la inmensa y desconocida oscuridad del universo. Escribir es cómo masturbarse pero con un boli en vez de un pene en la mano, o mejor dicho: masturbarse es cómo escribir pero con un dedo en vez de un boli en la mano.
