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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

5 Julio 2006

"Al final todo se termina" por María Ovelar

“- Al final todo se termina, eso no era difícil de prever, todo acaba por tener un final.”

En ese momento, Blanca sintió como la cerveza no la ayudaba a digerir esa frase, ni siquiera sus más oscuros pensamientos le permitieron mirarle a los ojos. No le miraba, cuando él pronunció esta frase, no lo hacía afortunadamente o desafortunadamente, pues no fue capaz de adivinar si lo que había dicho era o no lo que él sentía. Pero Blanca sabía que así era. Él no había cambiado ni un ápice desde la primera vez, y parecía imposible que llegara a hacerlo.

Pero Blanca hizo como si nada, dio un paso hacia delante, y siguió relatando la historia del 2001.

“- Bueno, sí, ésa fue la última vez que supimos el uno del otro. Después de eso, nada.”

Tampoco entonces fue capaz de mirarle a los ojos. Notaba como el corazón le apretaba la camiseta roja y como sus ojos cerraban el paso a ese cúmulo de lágrimas que se agolpaban ya detrás de sus ojos. Lo que tampoco se esperaba es que él retomara la palabra como si nada.

“- Pues la verdad es que a mí no me importaría nada pasar una o dos semanitas en Roma.”

No entendía, no comprendía, o tal vez sí. Eso era lo que más daño le hacía. Pues comprendía que él se había quedado en el resquicio que marca el límite de los viajeros que se encuentran con una pasión, sabía que él no había tomado ninguno de esos senderos cuyo final nadie conoce, sabía que él ya preveía el final de una historia que para ella no había hecho más que empezar.

“- Pagamos y nos vamos; tengo hambre.” El sonido de sus palabras huecas, pensó Blanca, realmente están huecas. Obediente, Blanca sacó el monedero. Miró al chico con sus jarras de sangría ya preparadas para algún turista advenedizo, y con un movimiento de cabeza consiguió que se les acercara.

“- Me dices que te debemos, eran dos cañas.”

“-3’60”. Blanca había olvidado que, a pesar de lo buenas que estaban las patatas de la Zapatería, sus cañas -frescas y en jarrita- siempre habían sido caras.

El sol. Ya estaban en la calle una vez más. Las dos pálidas figuras de pelo moreno y ojos oscuros se movían sorteando los rayos de luz y eligiendo los huecos de sombra como refugio veraniego. Madrid en julio no es soportable para las personas que rehuyen a los turistas y no quieren ver el sol ni tener que sufrir su calor. No obstante, para Blanca ese calor fue como una bendición. Seguía dolida por lo que había escuchado ahí dentro, no era capaz de aceptarlo, no se lo creía. Hace unos meses tal vez sí, pero en ese momento... Había llegado a pensar que por primera vez él se había enamorado y pensó que en efecto era de ella de la que se había enamorado. Sin embargo, desde hacía algunas semanas sus comentarios habían dejado de aportarle alegrías.

“- ¿Te quedas a comer en mi casa? Voy a hacer arroz basmati y pimientos con huevo revuelto; ¿te apetece?

“– Tengo un montón de comida en casa y sería una pena tener que congelarla, ayer hice paella y sobró un montón. Vente tú.”

“- Quiero trabajar esta tarde, quiero hacer el cartel para la fiesta de Néstor. Quédate.”

Un rictus gracioso nace en la boca de Blanca, de ese mohín brota una sonrisa irónica.

“- No.”

Miguel la empuja hacia el portal, la abraza y la besa. Cuando nota que Blanca se zafa, la atrae más hacia él, la besa, y luego le vuelve a preguntar, “¿seguro que no subes?” Blanca nota cómo toda su persona se concentra en él, en sus trazos, en sus ojos, en su pelo, en su sonrisa, en sus gestos, sabe que le ama... hace tanto que ella no quiere... Pero no olvida.

“– No, ya nos vemos luego.” Se va a sabiendas de que ese luego se lo podía haber ahorrado.

Es entonces, al notar que esa calle llega a su fin cuando se le escapa un sollozo y las lágrimas rompen la presa y caen enfiladas hasta la comisura de sus labios.

Por qué, por qué ¿Por qué le quiere?

Hace calor en esta vieja ciudad de cinco millones y medio de habitantes. Hace calor y las entropías mueven firmemente a los átomos alrededor del cuerpo de Blanca. Le queman los pies. Lleva andando por Madrid desde las diez de la mañana. A esa hora era capaz de aguantar el cemento que se adhería a su piel, a las 16 horas, no. Se había levantado a las nueve con la esperanza de huir de él y dedicarse a sus cosas que sabía que eran muchas, o al menos confiaba en que fuesen muchas, pero lo cierto era que había terminado a su lado. A las nueve y media, le había mandado un mensaje. “Tengo que hacer cosas por el centro de Madrid, si vas a bajar para lo del billete, avisa.” A las once y media Miguel la había requerido, se reunirían en Callao a las doce. Ella lo había dejado todo a medias. Tenía que ir a por unos papeles que necesitaba para tramitar su viaje a Londres. Londres era la última parada, Londres la ayudaría a escapar. Se iría con él a Paris en septiembre pero no soportaría estar a su merced todo el mes de agosto. No era necesario que ella se lo dijera, se lo diría cuando todo estuviera ya planeado y decidido. A las 12’30 se le escapó la sorpresa, quería saborearlo. Se iría, sí, a Londres, y además sin él. Ésta le parecía una hazaña. Pero en realidad se había traicionado, no había sabido hacerlo sola, se lo había dicho antes de tiempo.

Ella no quería que esa historia terminara.

En una habitación oscura se miran los quierentes en susurros escondidos bajo las sábanas.

“- ¿Pero tú estás bien conmigo?”

-Blanca, yo te quiero.

Casi todas las noches de borrachera terminaban así: él la abrazaba y le lamía el cuello hasta llegar a su oreja entonces dejaba que un escurridizo “te quiero” se colara por el oído de Blanca. Era de estos momentos de los que Blanca tomaba posesión cuando la azotaban las dudas, cuando recibía en su lecho a antiguos fantasmas. Blanca estaba asustada. No quería que se repitiera la misma historia; bueno, no quería que aquella terminara entrando en uno de esos dos moldes en los que se habían forjado sus otras pasiones. Él. Desde que aquello había empezado estaba asustada pero segura de una cosa, dejaría que todo aconteciese sin abrir la boca, sin dejar que sus palabras predecieran a sus sentimientos -como le acababa de suceder con Sergio- sin dejar escapar una palabra si él no la pronunciaba antes. Y sabía que a ninguno de estos dos preceptos, de estas dos condiciones que se había fijado había faltado. Pero ella jamás pensó que el fuego llegaría a extenderse con tanta celeridad y a consumirse tan rápido... ¿qué es más doloroso: una llama o unas brasas? Sin duda las brasas; la herida producida por éstas es siempre más profunda que la que producen las llamas. Aunque las brasas también puedan avivar el fuego.

Blanca, yo te quiero... ¿Cómo podía decirle eso y luego vociferarle al tiempo que todo se acaba, que todo tiene su final? ¿Cómo?

Para poder construir vida a dos síganse los distintos pasos: constrúyase un núcleo común, un lecho, un plato, una calle, un vaso. A los lados levántense dos muros, como argamasa utilícense los constituyentes propios/ personales entiéndase recuerdos, conocimientos e incluso ideas en el caso de los más experimentados, y los proyectos, las aficiones, y la voluntad como ladrillos. Téngase en cuenta que para poder construir vida a dos las terceras personas, las advenedizas, sobran. Si por algún motivo una tercera persona se impone, inténtese por todos los medios alejarla del núcleo común, y hágase lo posible por aislarla e incluirla en otro centro piloto. No olviden que siempre se pueden levantar más construcciones si se logra separarlas por nuevos muros. Eso sí difícilmente se conseguirá obtener los mismos resultados de un centro piloto paralelo. Toda construcción adicional es un riesgo y depende de las habilidades de la persona interesada. Si tiene alguna duda sobre el método a seguir póngase en contacto con la sede oficial, ellos les darán detallados informes sobre técnicas que le podrían interesar. No se desesperen si al principio el modelo no les da el resultado que estaban buscando, tal vez no se adecué a sus expectativas, pero eso sí queda garantizada la seguridad de una vida a dos beneficiosa para usted. Las secciones de vida en familia, y los capítulos referentes a la supervivencia en una vida sexual, o asexual aparecerán en breve. Perdonen la espera.

Así veía Blanca el mundo, desde su balcón de oro, así se encerró en la torre del castillo hasta que dieron las doce.

servido por laauroradenuevayork 7 comentarios compártelo

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Quepedante

Quepedante dijo

qué pedante, tía...

7 Agosto 2006 | 06:46

ravens

ravens dijo

peor imposible

5 Noviembre 2007 | 02:31

Soporífero

Soporífero dijo

Suscribo las dos opiniones anteriores, qué ladrillo infumable...

18 Enero 2008 | 12:13

rodrigo fuster

rodrigo fuster dijo

Siempre los adoquines mojados van tiñiendo nuestros pasos, de ellos se ha escrito mucho,
pero, ¿que será que cuentan estos adoquines-mojados?

9 Mayo 2008 | 06:54

yo

yo dijo

está bien

20 Marzo 2009 | 09:22

pablo

pablo dijo

Primero hay que hacer la masa para poder empezar a poner ladrillos

21 Mayo 2009 | 11:05

pablo

pablo dijo

si la masa es buena saldra un buen edificio.

21 Mayo 2009 | 11:09

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