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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

4 Julio 2006

"La agonía y un viaje" por Iván Sirgado

No se irá para siempre. Sabe que volverá. A veces piensa que no debería hacerlo, que más vale pájaro en mano que ciento volando. Al fin y al cabo, aquí tiene las piezas bien colocadas. Pero se siente frustrado, quiere cambiar de aires y tirar de una de esas piezas, quizás romperla una vez la haya sacado para que el rompecabezas ya no se pueda volver a construir. Quiere un hueco en su vida, lo necesita. Es un temerario, aunque rematadamente sensato. Perdió a su padre hace poco y, en cierta manera, el viaje se debe a eso. No quiere decir que no lo hubiese pensado ya, lo llevaba preparando hace tiempo, aunque sólo fuese en su cabeza (elucubraciones, nada de praxis); poniendo en la balanza las ventajas y desventajas, las contradicciones que podía ocasionarle un periplo vital y espiritual.
El caso es que su padre le había dado el último empujón, ese pequeño -aunque determinante- impulso que necesitaba para sentirse capaz y con ganas. La motivación es muchas veces efímera, en ocasiones anteriores había estado a centímetros, milímetros de decidirse, pero en seguida encontraba una razón por la que quedarse que le desmoronaba todo el plan, y caía en una impertinente depresión ambiental. Aquello que le rodeaba le repugnaba, pero nada más lejos de su cuerpo, su propia piel le abrasaba.
Su padre logró convencerle. Postrado en la camilla hospitalaria le había advertido de que la vida no se hace ni se vive sola. Hay que vivirla, accionarla, motorizarla, dinamizarla, mecanizarla, le decía. Pensó que su padre llevaba demasiado tiempo metido en aquella fábrica. Recordar el trabajo de su padre le remitía a Charlot y a su recalcitrante apretar de tuercas en "Tiempos Modernos". Era una combinación indisoluble. Sentía lástima por él, pero entendía que ya no tenía sentido quedarse allí. Aquello que en repetidas ocasiones le había frenado de abandonar su casa y su ciudad, ahora le había abandonado a él. Era ley de vida, como se solía decir, la muerte formaba parte de ella. Era una etapa más. Pensaba en dónde estaría ahora su padre, espiritualmente hablando. No obstante, al observar el finado e inamovible cuerpo de uno de sus ídolos de juventud arropado con una sábana color hospital, que era poco menos que su mortaja, pensó que no debía ir muy lejos. Su tiempo se había terminado y el suyo seguía pasando sin concesiones al llanto. Era momento de largarse; tomar el consejo de su padre por última vez, respirar hondo y hacer las maletas.
Se despidió de cuantos él creyó que le echarían en falta. Cogió el tren de las 17:25 hacia Montpellier. El ligero traqueteo procedente de la fricción con la vía que se oía de vez en cuando, y la cantidad de paisajes que se desvanecían fugazmente le recordó a su padre y a sus agonizantes últimas horas. Pensó que no debía estar sujeto al pasado, que ahora se abría un nuevo camino en su vida y que él debía recorrerlo sin desperdiciar un momento. Su padre, en sus mejores palabras desde que él lo conocía, y contradiciendo años de conservadora y cautelosa educación, le había pedido a su hijo, a su único primogénito, a su ídolo, que viviese; que viviese como nunca lo había hecho; que viviese por él, por todas aquellas oportunidades que él había desechado. Que viviese sin restricciones e impulsivamente, que se olvidase del mañana. Que viviese para el hoy, que era el día en que estábamos viviendo y que si vivíamos para el futuro, en el presente no habría nadie. Tan sólo habría un fantasma, la sombra de quien cree vivir por pensar que la vida es su futuro. Todos aquellos espectros itinerantes vivirían para su muerte porque el único futuro cierto era el de estar sepultado en un nicho. Consideraba preferible ser un hombre curtido en cuerpo y alma que merecía ese nicho para descansar de la intensidad e inconmensurabilidad de una vida bien vivida, que una de esas almas en pena que encontrarían una tumba como resorte hacia aquello que habían estado esperando siempre.
Al bajar del tren, doscientos metros más allá de la estación le amenazaron con una navaja y le robaron su maleta y todo su dinero. No podía estar más contento, ahora era cuando empezaba lo bueno.

servido por laauroradenuevayork 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Eugenio

Eugenio dijo

Gracias... era necesario. Ha pasado lo peor.

4 Julio 2006 | 02:24 PM

Lucía

Lucía dijo

Agacho la cabeza ante tus palabras.

Me alegro de compartir el presente contigo.

-

4 Julio 2006 | 07:15 PM

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