Instituto Biológico Avanzado
CONCLUSIONES ACERCA DEL CUERPO Nº 98000
FORENSE: Gerard Brockman
El cuerpo 98000 presenta las siguientes características, las cuales fueron, sin duda alguna, causantes de la hemorragia y posterior defunción:
Hendiduras y brechas de carácter aparentemente aleatorio en el contorno bucal. Desprendimiento violento, desgarro y aperturas durante todo el recorrido del conducto gutural. Breves pero profundos y marcados arañazos en las paredes del estómago (gran parte de la zona izquierda había sido aparentemente acuchillada con insistencia mayor que el resto). El hígado y el páncreas habían sufrido fuertes ataques y se encontraban en estado deplorable (es previsible que al poco de ser atacados sus funciones se encontraran absolutamente inutilizadas). En el paladar se observan hondas y violentas trituraciones, lo mismo que en la superficie de la lengua, órgano éste difícilmente reconocible por el amasijo cárnico en que había sido convertido. El resto de tejido interior mostraba graves y anárquicas heridas, muchas de ellas probablemente mortales por si mismas.
La explicación a lo anterior se encuentra en un insecto encontrado en el camino del recto. Muerto por asfixia, ha sido encontrado un lepidóptero de clase urbana. El material concreto de su naturaleza parece ser hierro, en algunas zonas en estado de oxidación. Las alas, sin duda alguna, fueron las responsables del destrozo. El contorno dentado de las mismas y los movimientos del insecto dentro del cuerpo 98000 provocaron la totalidad de las heridas.
La defunción se registra entre las 23:45 y 23:46 del primero de julio.
El cielo estaba despejado. Los depuradores de luz habían abierto las compuertas, rompiendo el estruendo del motor contra el inminente silbido aéreo de la bandada dorada de aves kuta que anidaban en las azoteas. El jabonoso aliento matinal del sector B-85… el primer sector que Lucas había visto en su vida. También fue, técnicamente, el último que vio entre el tambaleo nervioso y los esputo rojizos que empaparon los cristales del quinceavo piso del edificio Mesta. Fue, junto a la irremisible carcajada de Carrión y la inmensa alacena asediada por mariposas, la última sensación del mundo que pudo procurarse antes de morir.
Lucas no había tenido suerte los últimos meses de vida. Su estancia en la tremenda urbe a la que de modo casi patológico había encaminado sus pasos desde la primera visita con doña Clavijas hacía ya casi veinte años se había vuelto un circo de despropósitos y medios alivios.
Al principio no fue tan mal. El objetivo principal con que Lucas había contado desde hacía años había sido, si no se recuerda mal, la recolección de mariposas. El fanatismo nacido en cobre alcanzó su cota más enfermiza los tres primeros años en la ciudad. Consiguió en aquellos primeros cuarenta meses hacerse un hueco entre las jóvenes promesas de la Nueva Entomología. Se granjeó prestigiosas amistades, y sí es cierto que en alguna que otra ocasión creyó encontrarse en cierta elite insectívora, dándoselas de convencido snob –posición que, por otra parte, se le antojaba incómodamente antinatural a un Lucas crecido en carnes rurales- zoológico. Afortunadamente acabó por dejar tal actitud, pues el sólo mirarse al espejo entre tales aires le traía una desconcertante punzada cercana a la estupidez.
Pasados los meses (y olvidada la más mínima brizna de altanería) Lucas perfeccionó brillantemente sus aptitudes para la caza. La Sociedad por la Entomología Moderna le debió por mucho tiempo al ya algo crecido Lucas una buena parte de su prestigio. El muchacho era capaz de soportar horas encaramado a una escalerilla entre el triturador de residuos de Borde Este –uno de las barriadas menos transitadas de la inmensa trama urbana- para cazar un lepidóptero con la más mínima mutación. Allí, entre incesantes ríos de ácidos edulcorados y luminiscentes aves de carroña, capturó Lucas una de las piezas de las que la SEM se sentía más orgullosa.
El bicho en cuestión había supuesto un batacazo para las teorías vigentes sobre los porqués y las razones de los lepidópteros urbanos. De un abdomen extrañamente transparente nacían unas extremidades de vuelo opacas, de aluminio, tintadas de rojo intenso. Lo que desconcertó a todos los investigadores (no tanto al propio Lucas, quien siempre pensó que aquello acabaría por ocurrir) fue que en ellas se dibujaban las siglas de un conocido refresco, con su misma tipografía y sus mismas variantes cromáticas al reflejar la luz. Así que el insecto quedaba así: abdomen de vidrio transparente, incoloro; alas casi publicitarias; antenas y cabeza negruzca, de un material inexacto muy semejante al carbón. Lucas capturo el espécimen momentos antes de que una kuta devoradora de detritus lo hubiera engullido junto con el resto de desperdicios.
Sus aportaciones fueron más allá de extrañas variantes y prolíficas capturas masivas; Lucas había conseguido, inclusive, mantener uno de aquellos insectos en cautividad por unas semanas. Logró mantener un pequeño espacio perfectamente acondicionado para la polilla de arena que capturó en las inmediaciones del centro comercial V7. Focos de calor, piedras trituradas y esporádicas ráfagas de viento artificiales mantuvieron la existencia del artrópodo con éxito hasta sus últimos estertores (más exactamente, ambiguos signos de desintegración del cuerpo en granos dispersos) la tercera semana de cautiverio.
Pero, si bien había dado por olvidada la vanagloria científica que suponían sus logros, la admiración exógena a la que tan cómodamente había asentado sus posaderas mostró su reverso más despreciable en V. Carrión. El hombre en cuestión era un gordo cincuentón fácil de encontrar en los cocktails y jaranas aristocráticas de las construcciones aéreas cercanas al límite metropolitano oriental. Entre sus extravagancias más conocidas el interés por los insectos era la menos alarmante de todas. Historias y habladurías aventuraban violentas intromisiones en habitaciones de preadolescentes, juegos macabros y ritos arcanos encuadrados entre televisores de plasma, huesos roídos en la tercera bifurcación de Gran Camino todavía rezumantes de vapor helado y mugrienta bilis. Carrión no era bien recibido en las reuniones de la SEM, y mucho menos en la privacidad de los compañeros de Lucas. Aún así, era sencillo verle por allí.
A mediados de junio V. Carrión le dio a entender a Lucas el enorme interés que tenía en concertar una reunión privada. De hecho, afirmaba que su admiración por su trabajo y su esfuerzo era, como poco, pura devoción. A pesar de las leyendas negras sobre el viejo V. se decidió por aceptar. Mantuvo esta cita en el más absoluto secreto: soportar la presunción y temerosa preocupación de sus amistades sería tanto o más horripilante que una sesión de abominable espiritismo con el magnate, eso lo daba por seguro.
Pero el encuentro iba a tener matices bien diferentes de los que Lucas imaginaba.
El encuentro tuvo lugar el uno de julio. Un sofocante manto de calor había tomado la ciudad desde hacia una semana: los sistemas de refrigeración subterráneos habían copado sus posibilidades tras dos días de ingente ocupación, el descontrolado caos energético que asoló la estructura interna abrió brechas en las principales vías y al menos cuatro terremotos se registraron en el perímetro norte. Las visiones apocalípticas de los Centros de Búsqueda años atrás parecían hacerse con la hegemonía de la psicosis colectiva que alimentaba las decisiones políticas más inmediatas. La aurora resplandeciente extirpada de las pocas cercanías rurales no sísmicas era aplacada por el reflector aéreo que resguardaba a la urbe por completo: el impacto solar podría significar el declive absoluto de las infraestructuras. En el momento en que el alcalde anunciaba graves restricciones de ventilación y agua por televisión, V. Carrión entró por la puerta.
- ¡Lucas, muchacho! Que locura de ciudad… ¡Dios mío! Por poco no podemos charlar un rato a solas…
- Sí… El tiempo está un poco loco…
- Claro que sí. Pero seguirán habiendo bicharracos que capturar, ¿eh, pillo?
- Ja ja ja...
- Bueno, veamos… ¿Es esto vino de los cultivos Mog-90? ¡Hacía mucho que no veía uno por aquí!
- Me ha costado encontrarlo, V., pensé que sería un buen detalle.
- ¡Claro que lo es! Todavía queda gente con decencia en este estercolero de ratas. Gente como tú, a la que no hay que perder de vista…
- Oh…
- ¡Nada de “oh”, amigo mío! Tú sabes tan bien como yo quién vale y quien no por aquí. ¿Me equivoco?
- Hay muchos que valen, V.
- No, chico. Muchos no. Créeme. Llevo mucho tiempo entre ellos. Son todos iguales.
- Ja ja ja. Parece que vivamos en diferentes ciudades.
El rostro de V. se tornó adusto.
-Lucas, tengo que confesarte una cosa. –metió las manos en los bolsillos, arrugando el entrecejo, adelantando el labio inferior-, no tenía ningún interés en charlar contigo.
El ambiguo devaneo entre la burla y la sequedad de las muecas de V. desconcertaron a Lucas. En plena perplejidad de incomprensión Lucas sintió una fuerte presión en las muñecas y el cuello. Las facciones de V. dibujaron cierto desdén y marcado sarcasmo ante el descompuesto rostro del muchacho, forcejeando contra las tenazas con incrustaciones de plata de Klaus, el matón mutagénico propiedad de la familia Carrión.
-Lucas, dame unos segundos antes de que empieces a escupir sangre. Tranquilízate, ¡por favor! No quiero tenerte inmerso en algún extravagante paroxismo de ansiedad o de terror o de lo que quiera que te de por tener. Deja de chillar, por favor, es tan desagradable… -V. se rascó la coronilla-. ¿Sabes? Tú y toda tu ufana jauría de entomólogos superestrellas me habéis aislado, me habéis confinado en la más absoluta indignidad. Una tremenda negligencia por vuestra parte hijos de puta… ¡Tremenda! Si supieras mi querido cazabichos… Si supieras las horas que he pasado… Pero qué más da. Es ahora cuando me gustaría que firmáramos la paz. Pero una verdadera paz amigo mío… -el amorfo y hediondo ser que Lucas podía imaginar como Klaus deslizaba alguna de sus vomitivas, aborrecibles y execrables extremidades por entre sus piernas-. ¡Klaus! –la monstruosidad se detuvo-. Bien, Lucas… Esto es lo que quería mostrarte: mi creación –Carrión extrajo un diminuto recipiente de madera-. Vuestra vergüenza. –de la cajita de madera saltó una extraña mariposa, que a Lucas se le antojó despreciable estéticamente-. Sí, mi querido. He encontrado el origen. He conocido la matriz y he extirpado de la misma lo que hasta este momento se me ha permitido. He creado a una de ellas.
Inmerso en la ofuscación y la desesperación más absoluta Lucas pasó por alto todo interés científico. Lo único a lo que pudo responder fue al cuerpo firme de V. acercando entre sus dedos al grisáceo lepidóptero, revoloteando rítmicamente sus brazos ante la nerviosa mirada del muchacho. Las húmedos órganos anexos al cuerpo de Klaus que hacían las veces de brazos abrieron de par en par las fauces de Lucas, provocando en él un inmediato e inconsciente vómito. V. introdujo en la mandíbula del entomólogo la mariposa de alas dentadas, el revoltijo de sierras, la oxidada Némesis que la naturaleza había arrancado de su propio pecho…
La mariposa vagó por el interior de Lucas durante horas, abriendo de par en par cada uno de sus órganos. Murió a quince centímetros del orificio anal.
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