"Agua mojada" por María González Ovelar
No podemos terminar el día sin acercarnos a la playa, le había dicho Juan. Ana conjuraba momentos con la mirada puesta en las montañas. Debo irme, así cerró el día la no tan dulce dama.
Eran las seis de la mañana y los servicios de limpieza se afanaban en limpiar aceras y calles con la presión de sus mangueras. Algunos rezagados deambulaban, partidos, entre los primeros ruidos de la mañana. Ya despuntaba el alba.
Había sido una noche de tantas, y Ana arrastraba sus sandalias por los adoquines mojados de Alicante. Rambla arriba, rambla abajo había buscado el solaz de la noche. No lo había encontrado. Rambla abajo perseguía, no con mucho éxito, algunos taxis azorados. Escapaban como animales asustados. Se le había hecho tarde, como tantas otras veces. No lejos de allí, se hallaban todas las esquinas de su mezquina vida. Su violáceo color de pelo amenazaba con barrer todo su cuerpo. No había sido feliz aquella noche, como tal vez no lo hubiese sido nunca. Entre los coches mal aparcados y desperdigados por callejuelas y avenidas, se levantaban montículos de basura: vasos alargados, cajetillas de malboro, pajitas multicolores, bolsas vacías de patatas y hasta unos hielos desafiantes. Ana se movía en la piel de sus 15 años con las ropas y las desavenencias de los 25. Resultaba más fácil emborracharse antaño. Las resacas, más llevaderas; la cama, más cómoda; la cabeza, mejor amueblada. Tenía 25, sí, pero había perdido, calle arriba, calle abajo, sus 15 años. Y ahora los buscaba por las callejuelas de su adolescencia. ¿Estarían agazapados entre los escombros de la noche anterior?, ¿en las frías piedras del casco antiguo?, ¿en las butacas del cine Astoria?
A Alicante no le había empujado su marea de recuerdos. A Alicante le había empujado la misma marea que había tirado de ella hasta la casa de sus padres en Sant Joant. Pinos, romeros y algarrobos; palmeras, sabinas negras y almendros; madreselva, carrasca y eneldo. Y mucha zarza. Y luego estaban claro, la piscina y las pistas de tenis de su infancia y la terraza crepuscular de sus primeros porros. No eran remembranzas, sino seres con luz propia.
Su madre estaba enferma –orfidal, lexatin, trankimazin - o demasiado cuerda para reconocerlo. Hasta la casa de los suyos la habían conducido las ganas de saber cómo de loca estaba su progenitora. Al llegar, dos días antes, sólo pudo constatar que su madre estaba más enganchada a las drogas de lo que lo estaban ella y sus amigos. Drogadicta casera y burguesa, se había dicho. ¡Quién lo hubiese imaginado de una persona que se reía de las “incomprensibles debilidades del ser humano”? Las prisas y la hiperactividad de mi madre trituradas por la rutina pastillera. Río arriba, río abajo. Era difícil aprehender de parte de quién se inclinaría: si de las pastillas o de sí misma. Eso esta por ver, pensó Ana. Era constante el lamento materno: por la distancia –no física sino emocional- de su marido, por la muerte de los abuelos y la indiferencia de su hija pequeña. Mireya, que así se llamaba su hermana, estaba hecha de dulces contradicciones. Después de un periodo de calma, llegaba su tormenta. Ahora arreciaban sus gritos y problemas sobre la cabeza de su madre. Las eternas luchas familiares, un acto más en la soporífera tragicomedia de la familia Casado. No habían podido, ni podrían nunca, pensaba Ana, anudar los lazos abiertos de sus relaciones.
Era septiembre y Ana caminaba tranquila calle arriba, calle abajo. No había nada que la hiciera disfrutar más que un vaso de agua en un día de resaca. Así pasaría la tarde al despertar en su cama diocechesca de terciopelo azul y patas doradas: se abrazaría a una botella de agua como un naufrago a un pedazo de madera.
Arrastrar los pies, ¿durante cuánto más tiempo? El momento que esperaba, la escapada al sur o al norte, no llegaba. ¿Cuándo arribaría a puerto?
El puerto de Alicante, bañado por puntillas de oro y plata, se escapa bajo la fina capa del mar que nutre el horizonte. Eran límpidos los rayos de sol en la ciudad costera. Como también lo eran las olas sorollescas que blandían la playa del Postiguet. Ana miraba insegura la playa de su ciudad costera. ¿De qué color es la arena?, le había preguntado esa noche Juan. Historias inconclusas, la sinfonía de siempre. Y, ¿cómo iba ella a saberlo si ni tan siquiera conocía a ciencia cierta si realmente cientos de personas habían muerto fusiladas en aquel puerto en 1939 cuando esperaban a que los barcos las rescatasen de la amenaza franquista?
Ana se iría por donde se había venido, por la puerta de atrás y sin hacer ruido. Así se había despedido de Juan y así se marcharía de Alicante.
No debe ser fácil navegar por un mar en calma.
