Aparta las sábanas con movimientos aquejados. El cristal cromado de tres centímetros de grosor que conforma el ventanal abierto al patio común filtra la luz amarillenta a las 7:12 de un nuevo día. El hecho no es nuevo, si acaso algo más turbado. Más hueco. Más zarandeado. Por decirlo de algún modo: no sabe como definirlo.
Fluctuaciones constantes. ¿Queréis creerlo?: existe una cadencia. Quizá no la notéis, pero ahí está. Late. Camina por vuestras cuentas bancarias esquivándoos a cada variación. Puede que no lo sepáis ciertamente, pero, decidme la verdad: lo advertís, ¿no es cierto? Miradme apesumbrados por resignaros a no cambiar la mesa del salón. Miradme apesumbrados por los 4,057 que marca la pantalla. De algún modo presentaos de forma lúcida y dolida y tened el descaro de decirme que no lo habéis sentido alguna vez. Mi trabajo tiene ritmo. Y vosotros sois el bajo descontrolado que marca mis pautas. Creedlo o no. Yo os respeto. No podría mentir en estas cosas. Me cansé de mentir al poco de conocer el curro que me ha llevado de cabeza desde el principio.
No os contaré mis penas. En cierto modo, esto es sólo una misiva de pleno agradecimiento. Espero que sepáis valorarla en su justa medida. Valoradla como la apertura de la cripta de Cristo. Valoradla como el día que se descubrió la penicilina. Aún así, entiendo que vuestros valores también sean en ocasiones divergentes. Al fin y al cabo, mis agradecimientos tratan de eso. De vuestra confusión de valoración…
La estampida de agua que rompe contra la mampara de la ducha sale despedida como sangre de la garganta de un tuberculoso.
Miguel piensa en su trabajo. Piensa en pisar el parqué reluciente mientras sostiene un grasiento bocadillo de lomo. En el olor a lejía que se proyecta desde los retretes y los despachos. En las camisas arrugadas de los becarios que esa noche han dormido recostados en el sofá de cuero de la antesala de dirección. En sus ojeras. Sus profundas ojeras. Verse reflejado en un crío de 23 años con el peinado deshecho le lleva a recordar la época en la que todavía conciliaba el sueño sin medicación. Ahora es más sencillo que antes. En esta etapa de su vida (la etapa en que, con la cabeza erguida, perfila una brillante respetabilidad) duerme como un bebé. Incluso llega a dejar caer hilos de baba alguna noche que otra. En términos generales se siente maravillosamente bien. Mejor que eso. Mucho mejor que maravillosamente bien: exultante.
Precisamente hoy hay un problema. Los hay todos los días, no hay que engañarse. Los ha habido más tajantes. Algunos incluso peligrosos. Miguel no se miente cuando se afirma bajando las escaleras que no es tan sencillo como se piensa pasar al interior de la Bolsa y actuar sin congoja.
La puerta que cierra la entrada al edificio está flanqueada por muros de mármol. La estructura metálica de la misma hiede a pulcritud. El camino desde la puerta a la angosta escalera mide unos veinte pasos. Al abrir la puerta se cuela aire húmedo. El culpable es un pequeño riachuelo artificial con nacimiento en una abstracta escultura hecha en piedra que se levanta por encima del jardín principal. Después del jardín comienza la ciudad. La auténtica. La de manos callosas e inflexibles.
El problema de hoy viste trajes satinados.
El problema de esta mañana utiliza pintalabios Dior color rojo intenso.
El problema de ahora gime de tal modo cuando hacen el amor que molesta a los vecinos.
O mejor dicho, cuando lo hacían.
Porque, por lo visto, eso no va a volver a pasar.
Ése es el problema actualizado de Miguel.
Y, para ser un tipo importante, no parece tan especial.
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Al golpe de un paso acelerado se abren de par en par las puertas acristaladas.
Flash. Zoom. Travelling excéntrico por las ansias del capital en forma de manos dispuestas a arrancar de su soporte los pocos teléfonos analógicos que quedan en el lugar. Una visión algo más centrada y, en términos generales, en perspectiva de la escena, descubre muchas otras cosas.
Cosas como indicios de irritación en la piel de un cuarentón con problemas de colesterol. Como una terrible discusión con voces altas y corbatas apunto de desanudarse. Como mujeres en monos azul pastel limpiando retretes embozados por vómitos de las últimas horas del día anterior.
Hay hombres con barbas mal afeitadas. A algunos de ellos se puede decir que todavía no les ha devorado la costumbre de sobrevivir. Digamos que es expresión se valida en cualquier situación que requiera una extrema comida de cabeza sobre: ¿cómo voy a llegar a fin de mes? y derivados. Una buena parte de los mismos todavía se ensucia de café el suéter cuando habla con su mujer sobre el pavo de la noche anterior. Sobre el vino de la noche anterior. Sobre las tragedias pasadas de moda que rememoraron con los amigos la noche de antes. Sobre el frío que hacía. Sobre el, créeme cariño, frío que hacía. Y además llovió. Me voy al trabajo. Esta mañana, también hace frío. Abrígate. Hasta la noche.
Miguel entra rodeado de todo esto. De todo esto, que no es poco para él.
Miguel puede relatarse cosas como estas cada noche antes de dormir. Mientras prepara el agua. Mientras abre la cajetilla del cartón. Mientras traga una mitad de fármaco mesmerizante. Mientras engulle la mitad restante. Cuando se introduce entre el olor a cansancio y analgésicos de sus sábanas. En el momento en que trina el teléfono y de la pantalla nace a borbotones un río de luz clara entre la que se puede leer: “LLAMANDO… Mamá”. Cuando presiona el botón rojo. Cuando la luz deja de brotar. Cuando lanza el aparato tras la lamparita.
Ahora es cuando empieza la acción.
Le esperan en la Sala de Control. Es el lugar en que dirigen tus movimientos del día. De allí Miguel suele salir decidido. El camino desde la despedida de aquel lugar hacia su primera ocupación se embravece. Después del tercer café de la mañana (el primero en La Bolsa) se siente pletórico, es un toro empujado a desgarrar músculos recubiertos de metacrilato. Avanza con decisión. Inicia una charla acelerada y directa sobre los problemas de la semana pasada relacionados con la Sra. De Luna con el que desde hace dos meses ha sido designado como su ayudante. Le gusta. Se llama Ernesto. Tiene pocos años menos que Miguel. Aún así le gusta.
La primera directriz es asesorar los siguientes movimientos de la semana del Jefazo [Jefazo: con purpurina y focos móviles a cada lado de cada letra de la palabra, es lo que Miguel imagina cuando piensa en el director de la empresa.]. Los años de trabajo codo con codo han dado resultados. Ahora existe camaradería. Sonrisas de complicidad. Existen los momentos entre whisky y whisky que dibujan con firmeza la perfecta relación entre varones. Hay palmadas en la espalda. Y eso es, justamente lo primero que ha hecho Jefazo [en estos momentos los focos parpadean nerviosamente mientras un redoble de tambores deja paso a un suave vibrato de arpa] cuando ha abierto la puerta del despacho.
Ernesto el ayudante se queda fuera. Tras la puerta. En uno de los sillones de cuero.
JEFAZO: ¿Qué tal Miguel?
MIGUEL: Buenos días, señor. Esta semana me encargo yo de sus asuntos, ¿le habían informado?
JEFAZO: ¡Claro! Fui yo quien les dijo que te enviaran. Desde la cosa aquella con los de los astilleros he confiado en ti más que en muchas de las momias de la junta de accionistas.
MIGUEL: Muchas gracias, señor…
JEFAZO: ¿Sabes qué? Me gusta que me llamen señor. Que TÚ me llames señor. No eres un mierda de los que cree poder tirar la jerarquía por tierra en cuanto ven la oportunidad. Y no hace falta decir que yo creo en la jerarquía. Aunque de eso ya te he hablado otras veces Miguel…
MIGUEL: Lo ha hecho señor.
JEFAZO (sonríe distraído): Bien… Quiero hablarte de un asuntillo. Y tienes que tener en todo momento la jerarquía en la cabeza, Miguel. Aunque puede que los miedos que pueda albergar acerca de tu reacción sean pura especulación. Siéntate Miguel… ¿Un café?
MIGUEL: Si es tan amable…
JEFAZO: Verás… Seré todo lo directo que pueda ser: hace unos meses que veo a tu madre.
Espera la reacción de Miguel con un té entre los dedos. La mirada inquisitorial que Miguel lucía cuando había tomado asiento se desvaneció hacia un páramo diferente. Un paisaje de tonos azules y malvas se abren a un inmenso acantilado. Entre el polvo rosáceo y la sequedad asoma un cartel antiguo. Un cartel que sostiene las delgaduchas patas de un cuervo recién nacido. Un cartel con la palabra CONFUSIÓN impresa en él. Y ahora:
MIGUEL: Perdón, señor…
JEFAZO: Oh, lo siento. Tenía que haber supuesto que no sabías si quiera que nos conocíamos.
MIGUEL: No, lo cierto es que no tenía ni idea…
Miguel araña el contorno de sus uñas. Al cabo de diez segundos brotan unas incipientes gotas de sangre entre el tejido enrojecido.
JEFAZO: ¡Pues ya lo sabes! Espero que no sea ningún inconveniente chico. Tanto tu cómo yo sabemos que esto puede mejorar tu relación y la mía. Incluso, llegado el momento y si las cosas funcionan, podrás dejar eso de “señor” y llamarme papá, ¿qué te parece?
Miguel entiende las caras descompuestas de los enfermos de úlcera estomacal.
JEFAZO: Me alegro de que te lo tomes tan bien.
Miguel siente como si su garganta se ensanchara.
JEFAZO: En ese caso, amigo mío: te doy el día libre. ¿No eres afortunado? ¡Maldita sea! ¡Soy tan feliz!
Jefazo vomita una estruendosa risa al tiempo que Miguel alza su cuerpo, sosteniéndose paupérrimamente sobre los inestables soportes que en este caso son sus piernas, reconvertidas en reptiles a segundos del último coleteo.
MIGUEL (dirigiéndose a la puerta): Gracias, señor…
Ahora Miguel TIENE un problema. La modelo traga-sushi es lo más alejado de lo inoportuno que pueda imaginar. Miguel arranca el coche, parpadea violentamente, le parece imposible tragar una gota más de saliva. Exhala una brusca brizna de aliento.
El tráfico entre los edificios que flanquean las vías por las que Miguel chilla histérico a todo automóvil que roza los límites del entorno en que está sumido es denso. Denso y agobiante. La enorme masa de periferia acelerada se golpea así misma. Repiquetea los intersticios neuronales de su propia y arbitraria ley. Un coro de pitidos e insultos alzan la gloria sonora a extremos arquitectónicos propios de magnificencias alemanas y aluminio cromado. Miguel estalla.
Mamá. Jefazo. El borde del precipicio. El sueño de Miguel. HA SIDO ENCONTRADO ASESINADO EL DUEÑO DE… BRUTAL HOMICIDIO EN EL HOTEL… REUNIÓN FAMILIAR CONVERTIDA EN DESPIADADA CARNICERÍA… Tenía que seguir existiendo la posibilidad de huir. De dejar atrás la bestia económica que destellaba tras él. De arruinar sus expectativas. La fastuosa posibilidad de sonreír al ocaso de la victoria. No iba, por supuesto, a dejar en coma a su madre. Tampoco, era obvio, la mataría. Quizá… Quizá pudiera acabarlo todo de algún otro modo. Su progenitora era atractiva. 60 años y lo era. Mierda.
Podría hacerlo. Sería tan sencillo cómo… cómo llamarla para cenar esta noche. Cómo recordar los viejos tiempos tintineando copas de champaña. Cogerla de la mano asegurándole que, a pesar del tiempo que pasan separados por culpa de su trabajo, le encantaría dormir esa noche en casa, como hacía años. Ella haría pucheros. Seguramente esa noche su vieja reencontraría las viejas esperanzas de que su niño fuera Suyo. Y le prepararía la habitación. Mientras ella quitara de en medio los últimos cacharros de su viejo aposento, él cogería el aceite hirviendo que todavía quedaba en la sartén. El aceite que todavía recordaba el sabor a filete tierno. Cerraría los ojos, tensaría los músculos de sus brazos, estamparía la parte interior del cachivache de cocina contra las narices de su madre. El aceite le comería la carne. En dos semanas su rostro sería del todo irreconocible. John Merrick en la familia. Las pústulas y las nimias cuevas que formarían sus facciones faciales serían las propias de un monstruo óseo devorador de adolescentes. Entonces Jefazo no se atrevería a volver a dirigirle la palabra. Porque él sólo necesitaba saber que podía huir. Porque era eso. Porque… (suena el teléfono).
MAMÁ: Hijo, te llamé anoche.
MIGUEL: ¡Mamá! Precisamente pensaba llamarte dentro de un momento. ¿Cenamos en casa esta noche juntos?
MAMÁ: ¡Oh! ¡Cariño! ¡Claro que sí!
Miguel se siente orgulloso.
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