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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

16 Junio 2006

"Alas hinchadas por el aire" de Eugenio M.Delarge

Ligeras cadenas de lágrimas correteaban por mi párpado a punto de pesar tanto como para desplomarse. De haberlo hecho os estaría contando ahora que lloré de emoción cuando programé el hipotético vuelo para las seis de la tarde de un domingo del tórrido agosto de 1897, pero como no cayeron por el párpado las gotas saladas de emoción no puedo contarlo con ese punto de intensidad que ofrece ver, en cualquier caso, a un hombre llorar, y más cuando ya no es un niño.

Un niño ya no era, que justo el mes anterior había cumplido los treinta y un años de vida. Cuando lo fui, eso si, recuerdo que si lloraba. Me recuerdo algo incomprendido en las aulas del instituto de jesuitas de Ourense donde me costaba entablar conversaciones y relaciones en aquel internado comarcal. Normalmente tardaba cierto tiempo en adaptarme y, si bien desde septiembre hasta diciembre era incapaz de mediar palabra con mis compañeros, tras las primeras notas navideñas me relajaba más al demostrarme intelectualmente superior a ellos. Siempre empezaba por los huérfanos, que apartados por lo general del grupo, tampoco es que tuvieran mucha conversación. Sin embargo, esto es una generalización y de los que venían de la casa de expósitos diré que saqué buenos amigos como Xonás, Pitxi o Paco de Arminho.

No recuerdo con cual de estos tres rufianes me aposté unas piedras lisas de ría a que no era capaz de entrar en el cuarto de alguno de los jesuitas y sacar algún objeto personal que le identificara, como prueba tangible de la aventura y su consecución. La cuestión es que me embaucaron y elegí de todos los ordenados a aquel con el cual tenía mayor confianza. Descubrí en su cuarto que el padre Juanjo (más conocido por los alumnos como Juan Jolín, por sus femeninas reacciones ante las pillerías de los jovenzuelos) tenía en su habitación, en una gran caja de cartón que parecía un baúl, una serie de libros bajo la etiqueta de prohibidos. Casi todos eran de ciencia; la mayoría ensayos e investigaciones geográficas, físicas, químicas, sobre la salud, el medio ambiente, las revoluciones energéticas e incluso la dietética de la época. Ensimismado estaba yo ante uno de estos, uno de planos y máquinas que firmaba un tal Williams Lemm, cuando entró el abate:

-¿Se puede saber Xoxé qué aprendizaje quieres sacar de ese libro que tienes entre tus sucias manos?-dijo tan colérico como nunca le había visto.

-Nada de interés, don Juanjo, sólo me equivoqué de habitación y estando en la que creía estar me asombré de no haber visto estos libros nunca antes-contesté con cierta soltura.
-¿Y en qué habitación de las de este pasillo has estado tu, mequetrefe?-era el pasillo de las alcobas de los jesuitas.

-En la del padre Otero, pero si usted se lo cuenta a alguien, padre, nunca más me dejará volver a entrar a jugar a la peonza por las noches el padre Otero.

Y se creyó el padre Juanjo la historia y me profirió su pequeño cuarto rematado de madera de suelo a techo para que con él leyera aquellos libros “prohibidos”. Así que me quedé con el toda la tarde y terminó por regalarme uno de sus rosarios de marfil, de los que habitualmente utilizaba en la misa de ocho. Lo cogí y conseguí cierto renombre entre mis compañeros al enseñarlo.

En los posteriores meses de lluvias hasta que mayo hizo su particular justicia, me quedaba muchas tardes con el padre Juanjo que, de la vida y el cosmos, me contaba cuanto sabía y había leído en aquellos libros. Cuando a misa de seis se iba o cuando tras la comida se echaba la siesta, era yo quien devoraba aquellas letras pegadas a conciencia por algún científico holandés de renombre a quien desearía conocer.

Vi en aquellos libros y lo poco que sabía de la situación política española un motivo adolescente y ferviente para huir de aquel sitio cuando fuera mayor. Con esa mirada pasaron los años y con la inesperada muerte de Juanjo en una visita a su familia en Villagarcía heredé todas sus pertenencias por un escrito que había dejado bajo llave en secreto del abad del monasterio.

Antes de empezar a cumplir el servicio en el ejército procuré acopiarme de los frutos de la sabiduría que dan los libros e incluso instruido por el padre Cardinal aprendí a leer en inglés y alemán algunas obras originales que encontré en las librerías prohibidas de la triste y pequeña ciudad gallega.

No podría destacar nada de mi paso por el ejército. Entiendo que para muchos hombres fuera necesario en aquella época. A otros les hizo unos desgraciados. A menudo había mutilaciones involuntarias, grandes mermas físicas que en ocasiones se volvían de por vida contra los imberbes de la academia. Yo necesitaba seguir con mis estudios y allí apenas tenía tiempo para aprender, pues aunque los días se hacían eternos y eran aburridos, estaba en rigurosa y absurda guardia a menudo; guardaba desiertos donde practicábamos como correr fusil en mano en caso de que los franceses nos volvieran a invadir otra vez. Tiempo que se fue y no volvió.

Salí tan perjudicado moralmente de aquel sitio que olvidé a mi familia casi por completo y me marché en busca de algunos profesores alemanas que por aquel entonces empezaban a apostar por la aeronáutica. Divulgaban estos en sus universidades nuevas máquinas comerciales de transporte que parecían artefactos poco civiles, y yo que acababa de salir del ejército, ni siquiera creía que podían extenderse como arma de destrucción en la cantidad en que lo hizo. En el entreacto aprendí a volar con aviones que casi eran máquinas de suicidio. Bimotores que no aguantaban más de un par de horas en el aire y con los que planear era todo un ejercicio de destreza y poderío físico.

Tras los años de estudio y supervivencia con bajos sueldos de limpiador del pescado en el puerto de Gdansk (Danzig), conseguí una beca y un trabajo en Brujas, Bélgica, y allí desarrollé mientras impartía mis primeras clases de navegación aérea. Seguía volando y la tecnología había avanzado a pasos de gigante con motivo de la Primera Guerra Mundial. El avatar moral al que el mundo se enfrentó no detuvo la revolución industrial incentivada ahora de cara a la población civil con los aviones.

Yo hice grandes avances científicos gracias a los medios que me proporcionaba la Universidad de Brujas para la que trabajaba sin descanso. Conseguí mejoras en los sistemas de carburación, inyección del combustible, ligereza y aerodinámica.

La cuestión es que, mientras trabajaba, recordé un pequeño boceto del padre Juanjo en el que enfundaba a un hombre (desnudo curiosamente) con unas alas grises que se pegaban al cuerpo, que se plegaban sobre si. Empecé con una inercia inusitada, descontrolada a dibujar bocetos a cientos sobre una aleación ligera y manejable para que un hombre sobrevolara una distancia. Sabía perfectamente que no podría ser mucha la distancia, sólo lo suficiente para planear y tener la sensación, quizá con algún repunte.

Después de años tratando de convencer a la Universidad de Brujas, a los institutos privados de investigación de la zona y también a los políticos y jerifaltes de la “Venecia del norte”, fue en mi propio pueblo, de donde salí casi corriendo, donde encontré el apoyo para mi proyecto. En los veranos regularmente lo visitaba y al ser recibido casi como un alto estadista me congratula contaros que todos os concelleiros y o alcalde, don Arxo Samarritiegui me ofrecieron todos los recursos a su alcance para que fuera allí, en Allariz, donde mi máquina y el experimento fuera una realidad.

Sería muy aburrido relataros ahora como fue todo el procedimiento de estudio y comprensión de las hipótesis y ya he dado bastantes bandazos en esta carta hacia lo meramente anecdótico como para que en lindezas científicas me ande entreteniendo ahora. Eso si, fue duro, largo y algo costoso para el humilde concello donde me fui a vivir en aquellos años.

Todo fue más fácil dibujando, ideando y pensando en las calles de piedra, los parques rematados de verde hasta cubrir media base de las farolas, en las sidrerías colmadas de botellas de Alvarinho que mecían los taciturnos pensamientos del barroco pueblo ourensano.

Y en unos meses ahí estaba yo, en lo alto del campanario de las monjas de clausura de Allariz, en la colegiata sobre el pequeño montículo donde cada quince días se celebra a feria do pulpo, de donde este coge su nombre, que era al fin y al cabo el lugar más alto del pueblo. Con una aparatosa y ligera aleación de aluminio que costó casi tanto crear como mantener sin abolladuras por su ligereza y la torpeza de quienes me ayudaban en el improvisad taller, me subí y vi a todo el pueblo expectante ante mi salto.

Claro, no podría ser otro quien lo probara. Una caída libre de casi doce metros. Yo lo había diseñado para que cumpliera su objetivo teniendo tan sólo una caída de diez metros. Todo parecía previsto para el salto pero:

Cuando fui a saltar me di cuenta de que todas mis ideas podían estar equivocadas y desconfié del invento. Miré el suelo y me vi estrellado contra el. Toda una vida de esfuerzos para terminar en las resbaladizas piedras de la colegiata. Tuve miedo pero abajo me esperaba el pueblo, fotógrafos y algunos amigos periodistas europeos que ya me conocían y a los que había convencido para que vinieran. La presión me pudo y cogí un poco de impulso, intentando en mi salto la horizontalidad.

¡Salté…

y volé durante unos cuantos metros!, un golpe de aire me sostuvo en el aire, casi a ras de suelo durante unos segundos. Puede que fueran sólo 4 ó 5 segundos pero fue el éxtasis sensitivo, el regocijo de todos mis años de investigación. Finalmente, me estrellé contra el suelo a unos doscientos pies del punto de partida, rompiéndome el brazo izquierdo por falta de protecciones.

Y allí estaba yo, con el brazo colgando, pero con tanta vanidad que era capaz de cogerlo con mi otra mano y saludar a todos. Me hicieron fotos y la noticia se extendió aunque yo fui muy sincero con los medios, sólo me había salvado aquel golpe de aire que coincidió con trayectoria y dirección en mi salto. Me llevaron en brazos los mozos del pueblo por las calles más céntricas, entre vítores, como a un héroe nacional. Muchos gritaban mi nombre y otros lloraban como si un acontecimiento histórico de magnitud hubiera sucedido.

Se celebraron verbenas y reuniones. En los siguientes días vino mucha prensa nacional e internacional. Los fotógrafos que allí estuvieron vendieron muy bien sus fotos, e incluso un cineasta belga al que me dio tiempo de avisar rodó unas escenas que luego utilizó en una de sus más reconocidas películas.

Cuando la noticia fue cayendo en el olvido y por primera vez en un mes llegué a mi casa a dormir sin compañía, besé el suelo de Allariz y pensé que nunca más me iba a despegar de el.

servido por laauroradenuevayork 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

marisera

marisera dijo

Hola tontito...

Todos los viernes te leo.

Y estoy esperando ya el próximo.

Bonito, bonito :)

Besos

23 Junio 2006 | 08:07 PM

Ella

Ella dijo

Querido Eugenio;

Los que te leemos regularmente estamos sufriendo algo parecido al síndrome de abstinencia. ¿No podías regalarnos alguna historia antes de marcharte a Madriz?
Nunca escondí mi adicción a tus palabras, pero hasta ahora te leía a escondidas, discreta y callada. No obstante, el retraso en la publicación de tu texto semanal me parece una razón más que suficiente para salir de la sombra. Y aquí me tienes, cual yonqui literaria, desconcertada, impaciente y hambrienta.
Mi nerviosismo ante tu silencio se manifiesta con temblores, estado soñoliento y bruscos cambios de temperatura corporal. Los síntomas empiezan a resultar francamente insufribles, llegando incluso a incapacitarme en la correcta realización de mis obligaciones diarias.
Además, mi médico se niega a recetarme más Diazepan. Sólo me ha recomendado que me dé un respiro y pasee por la playa, pero intuyo que la irremediable palidez de mi piel me impedirá disfrutar plenamente del ambiente veraniego.
Escribe pronto y mucho, por el bien de la salud mental de tus lectores (y la mía en particular).

24 Junio 2006 | 08:48 PM

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