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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

14 Junio 2006

'Pirámides de recuerdo' por María González Ovelar

Entre estertor y olvido, seguía debatiéndose la abuela. Cristina, a tres casas del hospital, almacenaba sus errores y recuerdos en cajas de latón. Le habían contado que cuando era niña, las paredes gritaban nombres oscuros con ecos familiares y olor a sal gorda. El antiguo uniforme del colegio, con un escudo cosido en el polo blanco, yacía inerte sobre su cama. Cristina lo quería sentenciar a muerte encerrándolo en una caja que luego iría a parar a la basura. Había decidido congelar su vida en cartones y empezar –como dicen- de nuevo. Había llegado a la conclusión de que su jardín, lleno de malas hierbas y matorrales, se ahogaría si no lo sometía a una buena poda. Le tocaba arañarse las ampollas y lamerse las heridas.
Entre las sábanas enmohecidas por los años de su cama, encontró la joven besos robados, caricias apagadas, amapolas rotas y gritos roncos. Debajo de la cama: monstruos transparentes, serpientes enmudecidas, resacas afrutadas, princesas en apuros y caballeros compungidos. “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que la guardan.” La colcha, a los pies de la cama, era de un azul encantado, y las paredes, antaño blancas, de un gris verdoso ansioso por tirarse por la ventana.

—Querían llamarte Ana. Tu bisabuela se llamaba así y tu padre, que la quería más que a mí, quiso ponerte su nombre. Pero a tu madre no le pareció correcto y al final lo echaron a suertes entre toda la onomástica, le dijo un día su abuela Juliana.

Cristina velaba sus recuerdos, envuelta en un océano de objetos incomprensibles. En la casa de sus padres, siempre había espacio para los juegos ocultos. Cristina apoyaba un mar de dudas sobre el respaldo de su cama. ¿Cómo encajaba ella en la historia de su abuela? ¿Qué y quién era su abuela exactamente?

En su niñez, sus padres le ocultaron nombres, palabras y contextos. Libros, le habían regalado muchos, historias familiares, pocas. Cristina había caminado veloz cobre los senderos y campos de sus abuelos. Casi no conocía sus tierras, su pueblo, sus almas. Para ella siempre serían cenizas. Y sin embargo, aquella tarde en la que Juliana agonizaba en el hospital, vislumbraba con sorprende claridad la existencia de su yaya.
Imaginaba las voces aterciopeladas en campos de trigo; las yeguas anaranjadas en las cuadras; los gallos orgullosos envueltos en frías mañanas. Una vida bucólica de pastoreo; así veía Cristiba, en su recuerdo inexistente, la vida de su abuela. Juliana en el monte con un pañuelo de flores en el cabello, Juliana, verde el fondo, azul el cielo. ¿Y Sinforoso? Sinforoso, contemplando alegre a su mujer llevándole la comida. Pero nada de esto había ocurrido, ni acaecería nunca. Cristina lo barruntaba un tanto enojada; le costaba creer que su formidable cuento de hadas no fuese más que humo. Eran rosados sus sueños, pero a veces -como ahora que estaba a punto de morir su abuela-, fenecían entre los lamentos de la casa vacía. Todos, menos su madre, estaban fuera, su hermano Hugo –¡ojalá fuera él! - también.

No era Cristina ni veleta aterciopelada, ni mar desbocado, pero sí que desprendía un no sé qué de niña pura. Pero ahora sólo ver cómo disfrutaban las aguas estertóreas ahora que su abuela desaparecía. ¿A dónde irían a parar sus recuerdos nunca compartidos?, ¿qué sabía ella que no conocía la vida de sus abuelos, sus bisabuelos, su familia? ¿Podría remontar el sendero de su genealogía? ¿Podría navegar río arriba, contra corriente? Y de no ser así, ¿le quedaría la esperanza de poder vivir sin ancla familiar, sin norte ni sur original? Tal vez por los caminos embarrados de conflictos centenarios, podría abrirse paso. Entre la maleza de las remembranzas, sirve mucho el olvido. Pero ella ni tan siquiera había olvidado, porque nunca había sabido.
Había escuchado: que su padre José y la abuela habían discutido una mañana cuando eran jóvenes; que en el pueblo de Villaescusa, los abuelos habían vivido en el piso de abajo y los bisabuelos en el de arriba; que si la yaya nunca había querido a su marido Sinforoso. Retazos de mentiras bordadas con marcos podridos de casas polvorientas. Cristina enmarcaba dichas habladurías mientras desempolvaba las cajas en las que quería apilar sus recuerdos. Y si fuese cierto, si el abuelo Sinforoso hubiese sido injusto con Juliana, ¿por qué prefirió papá enfadarse con la yaya?, se preguntaba.

Si construyes con peldaños dulces la casa de tus sueños, se desmoronará. Cristina había vivido encerrada en su casa de muñecas hasta los 13 años. Distanciada, física y emocionalmente de sus abuelos (ellos en el norte, ella en el sur), Cristina había respirado la armonía de un hogar libre de humos. Todo o casi todo le había parecido “normal”. A veces le asaltaban dudas sobre la relación de sus progenitores, pero enseguida las desechaba y volvía a respirar tranquila entre las cuatro paredes de su cuarto. Pero sabía a ciencia cierta que para su hermano Hugo era distinto. Hugo marchaba cabizbajo, con cierta pena escrita en el rostro y cierta emotividad marcada en los pies. Le pesaban los hombros. Cristina lo sabía, y hoy intuía la razón.

Moría parte de su Historia y con ella, los secretos, la memoria y la posibilidad de su abuela de seguir viviendo a través de Cristina. Porque ella no la recordaba. Tan sólo los demás podrían devolvérsela contándole capítulos de su existencia; ¿pero quién le restituiría el derecho a conocer a su yaya? Nadie.

La abuela en su lecho no sufría: sabía que seguiría existinedo en la esperanza de una remembranza futura; después de todo, las pirámides no fueron construidas para un solo pueblo, lo fueron para dominar y enfrentarse al paso del tiempo que todo lo borra.

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