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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

13 Junio 2006

"Lo que fácil viene, fácil se va" por Iván Sirgado

-Bien, procedamos. ¿Su nombre es…?
-Daniel Tudela de Castro.
-¿Edad?
-Veinticuatro años.
-¿Estado civil?
-Soltero supeditado.
-¿Pero qué dice?
-Verá, es que necesito contarle toda la historia. Siempre he estado a su lado, ha hecho conmigo lo que ha querido y…
-Deje eso para luego. Por de pronto, no tendríamos que estar haciendo esto si usted no hubiese perdido su DNI. No me venga con esas ahora y conteste correctamente a mis preguntas. Ya tendremos tiempo para eso más tarde. ¿Estado civil?
-Soltero, supongo.
-¿Domicilio?
-Pues… depende.
-¿De qué?
-¿Le doy el de casa de mis padres o el de ella?
-Déme los dos. Serán igualmente útiles.
-Casi prefiero darle el de mis padres.
-¡Qué mala suerte! -replicó con una risa sardónica- Yo prefiero que me dé los dos, me ha gustado la idea.
-Está bien, la de mis padres es: calle Tudela 36, puerta 7.
-¿Calle Tudela? Qué coincidencia.
-Sí, supongo que a mis padres les hizo gracia y por eso eligieron la casa. Aunque ahora que lo pienso, nos la dejó nuestro abuelo en herencia cuando murió, y entonces…
-Dejémoslo en una coincidencia, ¿de acuerdo? –lo interrumpió algo enfurecido.- ¿Y la dirección de ella?
-¿Es necesaria?
-Pero vamos a ver chaval, has venido aquí diciendo que te ha traicionado ¿y dudas de dar la dirección de su casa? Deberías estar echando pestes de ella.
-Sí… sí, es verdad –ahora le parecía muy razonable tomar esa posición- Gracias señor. Sí, joder, es una puta y... y…-prolongaba la conjunción por no ocurrírsele más cosas.
-Oye… ¡Oye! –gritó reclamando la atención de Daniel, que estaba perdido en encontrar más insultos- Mírame –arrastró su silla hacia delante, puso sus codos sobre la mesa, apretó sus manos la una contra la otra, estiró su cabeza hacia la de Daniel dirigiéndole una mirada firme y muy elocuente.- Estoy aquí porque tu enferma cabeza ha decidido que hoy es el día en que debías entregarte. Así que, contesta a mis jodidas preguntas, ¿de acuerdo? No estoy dispuesto a presenciar un cúmulo de insolencias. Tan sólo atenderé a tus datos y a tu alegato que, por lo que hemos podido ver de momento, no se alejará mucho de esa sarta de estupideces.
-¡Yo no estoy loco! ¡Ni enfermo! Todo esto ha sido una trampa. Me han jodido, ¿entiende? Si soy algo es una marioneta, un idiota quizá, pero nunca un loco o un enfermo. –se sobresaltó ante la desfachatez del comisario levantando un dedo y agitándolo- Aunque bueno, ahora que lo dice… no sé, puede ser que me haya vuelto loco, ella me ha vuelto loco. Es lo que ha dicho, ¿no? Deben condenarla a ella, es su plan, yo tan sólo seguí órdenes.
-Está bien, está bien. Piensa lo que quieras, yo tengo mi opinión y tú la tuya, lo importante ahora es ver qué decidirá el juez. Por eso necesito, por mi parte muy a duras penas, escuchar tu declaración a ver si sacamos algo en claro de todo esto. No vayas muy deprisa, apuntaré aquellas cosas que estén en relación con el caso, y aguarda, también las que tengan relación con el aspecto emocional –dijo el comisario complaciendo las exigencias de Daniel. El comisario le tuteaba, a pesar de que llevaban poco tiempo dentro de aquella sala que fortificaban dos fornidos osos vestidos de traje, porra y gorra. El ambiente, exceptuando el descaro del comisario, no era excesivamente intimidatorio. Al fin y al cabo, Daniel había acudido allí voluntariamente y, quitando de la seguridad organizada necesariamente para retenerlo en caso de que se arrepintiese, no había muchas más restricciones.
-De acuerdo, le contaré todo desde el principio. Todo empezó cuando me enamoré de ella…
-¿Una historia de amor? Joder, ¿qué hay que hacer para que le toque a uno un asunto de mafias? Deberíamos habernos hecho forenses… ¿a que sí Mario?-miró a uno de los agentes que se apoyaban doblegados en las paredes tras la noche de guardia. Mario afirmó con un insulso e inhibido gesto de aprobación. –En fin chico, sigue con tu historia.
-Gracias y… bueno, lo siento, intentaré hacerla lo más amena posible.
Al comisario se le escapó una breve risa burlona, perplejo ante el optimismo y la condescendencia del muchacho.
-Verán, la conozco desde que íbamos a primero de EGB. Fue una de esas chicas que llegaron al colegio más tarde con respecto a la demás clase en la cual nos conocíamos todos desde los tres años. Ya desde un comienzo tenía ese ingrediente novedoso que desviaba mi atención, era la nueva, la pretendida por todos, y denostada, al menos en un principio, por todas. Yo me intenté acercar emocionalmente a ella, tratar de comprender sus sentimientos respecto a las demás chicas y establecer esa empatía tan nutritiva para una posible relación de futuro. Pero debí percatarme de que, lógicamente, no era el único chico de la clase que había pensado en esto.

›› Salí malparado de algunos encontronazos con algunos chicos más fuertes y decidí ampararme en aquellos chicos que habían corrido igual o peor suerte. Sin embargo, era imposible olvidarme de ella, la vi casi todos los días, exceptuando los fines de semana y aquellos en los que ella estaba enferma o yo estuve enfermo. Durante los años que precedieron a nuestra prematura y más importante decisión estudiantil, me enamoré de ella. En realidad, creo que lo estuve desde el primer año, pero digamos que todo mi amor se construyó a lo largo de este tiempo a base de charlas espontáneas por los pasillos, que evolucionaron paulatina y respectivamente en: “si tú me enseñas tu cosa, yo te enseño la mía”, intercambio de notitas en clase en las cuales hablábamos sobre dulces tonterías, regalos en nuestras fiestas de cumpleaños, anónimos en el paradójico día de San Valentín, goles dedicados en los campeonatos de fútbol… en fin, ya me entienden. Fue todo un proceso. Cuando salimos del colegio y decidimos aquello que queríamos estudiar cogimos caminos distintos que, aunque nos separaron “docentemente” hablando, no lo hicieron físicamente, pues mi escuela quedaba a dos calles de su facultad. Ella se metió a la carrera de Ciencias Políticas mientras que yo opté por la Formación Profesional para hacer cursos de sonido. Esta época fue la más fértil en cuanto se refiere a nuestra relación. Solíamos quedar para comer cuando terminábamos las clases y pasábamos largos ratos hablando sobre nuestras cosas y planes de futuro, fantaseando a menudo con la remota posibilidad de que nos tocara la lotería.

›› Uno de esos días tontos de primavera que a uno le vienen porque sí, me decidí a dar el famoso primer paso que, seguido de otros más decisivos, tanto por su parte como por la mía, terminaron en una jocosa “primera vez” que hacía de nosotros, y a pesar de lo que se nos haya querido inculcar a lo largo de muchos años especialmente por parte de su madre, una mezcla pura, consciente y real. Desde esa primavera no me alejé de ella ni un solo momento. Podía escucharla horas y horas, patidifuso, perplejo ante la lucidez discursiva de quien me había abierto la vía, incondicional bajo nuestra percepción, del amor y el sexo. Fue después de una discusión en la que me dejó bien claras algunas cosas sobre las decisiones, la conducta y el respeto, que la empecé a ver como alguien superior a mí. Como consecuencia de esto, accedí, de su mano e involuntariamente, a un viaje iniciático en el universo de las drogas que ella justificó como la necesidad de vivir experiencias nuevas. Estuve de acuerdo con ella, confié y confío en su criterio, pues cualquier experiencia, sea del tipo que sea, es enriquecedora pero todo en exceso es malo, incluso el sexo me solía decir. Así pues, este revoltijo de drogas no duró demasiado, sólo hasta el tercer año de carrera, cuando a ella la empezaron a llamar para ciertas conferencias de organizaciones no gubernamentales. Sus discursos comenzaban a tomar un cariz más serio y determinante.

›› Terminando sus estudios, confirmándose mi ascenso como técnico de sonido en una radio privada de difusión nacional y consolidada mi sumisión a sus decisiones, tanto en lo individual como en la vida de pareja, a ella se le ocurrió que debíamos pensar en vivir juntos –cosa que agradeceré mientras mi memoria y mi conciencia me lo permita-. Llevábamos cuatro años saliendo y la verdad es que no habíamos tenido ningún roce ni diferencia que nos frenara de tomar una determinación de este calibre. Sin embargo, pronto vimos truncadas nuestras ilusiones por los altos precios –o paralácticos costes como le gustaba decir- que pedían por un piso. Asistí a un vehemente discurso, calificado de subversivo por el asistente inmobiliario que la denunció por haber roto una silla en un acto vandálico y haber proferido continuos insultos a su persona y a la empresa, sin decir oxte ni moxte. Desde luego que a mí no me pareció bien su actitud, le había faltado el respeto a una persona que, al fin y al cabo, era una mandada y estaba ejerciendo su trabajo correctamente de acuerdo con las pretensiones de la empresa. El destrozo en el mobiliario, por otra parte, lo veía más que justificado, incluso me pareció bien. Estar obligados a pedir hipotecas de 45 ó 50 años, que estaríamos pagando toda nuestra vida, me parece una aberración. De todas maneras, no dije absolutamente nada, me quedé boquiabierto ante su reacción, y de camino al restaurante donde cenaríamos esa misma noche asentí mecánicamente a todo cuanto decía. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquello que temía desde hacía tiempo se había cumplido ineluctablemente: mi supeditación a sus deseos era evidente. Ella era una persona valiente, fuerte, locuaz, atrevida y elocuente. Yo era débil, maleable, manipulable, indeciso e inseguro. Su seducción no tenía límites sobre mí y yo ansiaba anclarme a ella de por vida. Cambió el condicional a imperativo. El derecho se convirtió en deber. Y yo, sin embargo, no podía estar más contento.

›› Pronto se le ocurriría una maléfica idea que yo no vi mal en una primera instancia pero que me aterrorizó cuando la pensé en frío y sin tenerla a ella delante. Según ella, sólo había una manera para que pudiésemos vivir juntos. Yo, interesado por las posibles buenas noticias, le pedí que me contara qué tenía en mente:

-Mi madre ha de morir.
-¿Qué?
-Piénsalo, sería perfecto. La casa ya está más que pagada, mi madre la heredó de mi abuela. Estaríamos en el centro como tanto deseábamos, tendrías el trabajo al lado de casa y, además, nos ganaríamos un dinerillo con todo esto de la herencia y… se me ocurre una cosa, si nos lo montamos bien, quizá hasta nos den una indemnización.
-Espera, espera… ¿me estás diciendo que matemos a tu madre?
-Ay, ¡¡qué bruto eres!! Mira, piensa que a mi madre tampoco le quedan muchos años de vida, ten en cuenta que además está algo enferma. Lo único que haríamos es adelantarle sus últimos días.
-Yo… no sé, si quieres que te diga la verdad, aunque tu madre me adore, a mí nunca me ha caído demasiado bien, pero de ahí a…
-¡No lo digas otra vez! Pero vamos a ver Dani, ¿tú me quieres?
-Por supuesto, haría lo que fuera por…
-¡Ah! Ahí lo tienes. Harías lo que fuera por mí… Sabes de sobra que lo que más me gustaría es vivir contigo y que las circunstancias no nos permiten comprar una casa en condiciones. Esta es nuestra única oportunidad.
-¿Y no sería mejor comentarle a tu madre si le parece bien que vayamos a vivir los tres juntos en vuestra casa?
-Daniel, seamos realistas, no aguantaríamos… con lo pesada que se pone mi madre, tú no la conoces bien. Pero es insoportable cuando se pone a mandar.
-No sé, me suena algo precipitado.
-Mira, lo tengo todo pensado…

›› ¿Que si lo tenía pensado? Madre mía, parecía que lo hubiese estado planeando desde que nació. Era sencillo, su madre, divorciada y viuda de un segundo marido, se pasaba las tardes viendo la tele y haciendo algunas tareas en la casa. Tejiendo, encontraba la justificación para no tener que hacer nada. Mi misión consistía en…

Ding Dong

-¿Sí?
-¡Hola! Soy Daniel, venía a buscar …
-¡Hola! -me dijo efusivamente- no está ¿eh? Ha salido.
-¿Y eso? Me dijo que la pasara a buscar, que estaría en casa.
-Sí, sí, pero me ha dicho que te diga que le ha salido un imprevisto, que tenía que marcharse rápido y que ya te contará.
-¿Y va a tardar mucho?
-No, me ha dicho que volvería pronto.
-¿La puedo esperar arriba?
-Claro, hijo, pasa pasa.

››El plan iba bien. Cuando me abrió la puerta, empecé a sentir escalofríos. El momento se acercaba y yo no estaba seguro de estar totalmente preparado. Me empezaban a sudar las yemas de los dedos y el ascensor menguaba conforme subía pisos: 3, el espejo me miraba. 4, el techo se caía. 5, el suelo se alejaba. 6, se abrían las automáticas hacia el cadalso. 7, caminaba hasta la puerta. 8, la saludaba con sudores. 9, me sentaba en el sillón. 10, esperaba algo de café. 11, metía mi mano en el bolsillo de la chaqueta. 12, me preguntaba por nuestra relación. 13, le hacía una llamada perdida a mi novia. 14, se oía el teléfono de la casa. 15, se iba a atender la llamada. 16, llenaba su taza de café con un polvo somnífero. 17, me decía que su hija se retrasaría un poco. 18, sorbía lentamente su café. 19, me contó que había estado esperando este momento, que sabía que un día pasaría. Yo le pregunté, intrigado. Me dijo que era de esperar, que ella había hecho lo mismo con su abuela y que por eso heredó la casa, lo que fácil viene, fácil se va, me dijo entre soplos. 20, la vi caer sobre el sofá. 21, me miré al espejo.

-En ese momento de enajenación, ni siquiera se me pasó por la cabeza lo que conllevaba un asesinato. No pensé en qué me podía ocurrir. Me dejó hacerlo todo a mí, cómo no. Debería haberme dado cuenta, debería haberme enfrentado a ella cuando pude, dejar las cosas claras antes de seguir adelante. He estado sometido… sumiso… ¡subordinado a sus órdenes y deseos desde hace años! Estaba como hipnotizado, yo no era yo, era otra persona… ¡Era ella, maldita sea! Me había convertido en otra persona, obstinada en ese error, influida y persuadida por sus argucias y arrumacos. Llegó un momento en que estaba tan supeditado que me daba hasta vergüenza aceptarlo frente a mis amigos, frente a mi familia, frente a mí mismo. Resultaba humillante aceptar que mi personalidad había sido fagocitada por las pretensiones de ella. Siempre es duro aceptar que llevas toda tu vida haciendo el gilipollas. Y es que, estaba tan convencido, todo iba a salir bien, el asesinato no tenía por qué ser malo.
-Lo siento amigo, la ignorancia de la ley no exime su culpa. –dijo el comisario, siempre irónico.
-No, me refiero a que, en fin, estaba todo tan calculado, era todo tan perfecto. Estaba estudiado hasta el más mínimo detalle. Supongo que no pensé en mi conciencia. Mi manera de ver las cosas. Me había olvidado de mí mismo.
-Si piensa que eso le va a servir como atenuante, más le vale encontrar un buen abogado.
-No, no… no me entiende. Es cuestión de amor. Todo lo hice por amor, yo la quería ¿sabe? Y la sigo queriendo.
-¿Pero no comprende que eso aquí da igual? Quizá le rebajen la pena por cuestiones morales, ya sabe, el rollo ese de que estaba enamorado y que no podía pensar con lucidez porque estaba… atontado. Pero olvídese de la libertad física durante una temporada, aquí hay unos hechos y es que usted ha matado a una persona. Hay pruebas suficientes para condenarle, y dé gracias por no estar en Texas. Allí les gusta mucho la pena del talión.
-Supongo que es mi palabra contra la de ella.
-No, bueno, yo más bien diría que es la de una mujer inteligente contra la de un hombre estúpido.
-Nunca me había enfrentado a ella. Quizá ahora es demasiado tarde. Pero aún así, es un paso… ¿no?
-No sé hijo, de momento, ahora vive sola en su casa y tú irás a la cárcel. Puede que eso sea un paso, no lo sé.

servido por laauroradenuevayork 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Lucía

Lucía dijo

-

Perdición.

-

Me ha encantado el texto de hoy! La idea: genial.

La verdad es que la pasión desenfrenada puede jugar malas pasadas.

Te felicito, de veras!
No pares de regalarme/nos cuentos todos los martes!

Un besete muy fuerte!

Lucía.

-

13 Junio 2006 | 05:34 PM

Una adicta

Una adicta dijo

Lista,fria y calculadora.....huir
buena redacción que se lee en un soplo
cuñita de ataque a las viviendas, aunque antes 30m2. que llegar a estos extremos.
sigo leyendoos. adeu

16 Junio 2006 | 12:59 PM

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