La anciana Sra. Cisneros hacía gala de un fino cuidado de sus acciones. De un terrible garbo en lo referente a la delicadeza que lucía en los concisos debates que en las festividades privadas de Ciudad Alta se daban. La Sra. Cisneros, como un pez al que el pavor a morir en los estertores de la electricidad hubiera escarmentado, habíase tornado astuta con los años; los estudiosos de sus hazañas se han atrevido a calificar su calculada e implacable asepsia como maquiavélica. Yo creo que no es para tanto. Yo creo que fue una desvalida vieja que tuvo que buscarse la vida lo mejor que pudo, pero vamos, eso puede que tenga poco o nada que ver con la realidad.

Cómo no es sorprendente en edades tales, le llegó un nieto. Lo más destacable de esta nueva incorporación familiar quizá fuera el hecho de que a ella le llegara con casi los diez años cumplidos. Su hija hacía tiempo que resolvió desvivirse por su marido, al que conoció en una convención en Sydney; ahora vivían a caballo entre Oceanía y Europa, olvidando sus obligaciones para con Andrea Cisneros, la bien avenida vieja de Ciudad Alta. No le incomodaba la aparente ignorancia de su hija y su yerno. La Sra. Cisneros ciertamente tenía sus propios quehaceres en la ciudad. Es necesario añadir el fervor que entre sus conocidos se había implantado hacia su figura. A modo de tótem encarnado, muchos la alababan a escondidas o descubriéndose como heraldos de su honor cuando algún rumor vilipendiaba a la vieja. En esta situación de glorificación cisneriana, llegó una tarde en helicóptero el nieto de Andrea.

Eduardito Pelayo, el nieto de la venerable Cisneros, lucía las siguientes características: un flamante tono cetrino que recorría la maravilla cutánea morena; una cabellera un tanto desgarbada, que en composición con los suaves y accidentados rasgos que confeccionaban sus peculiaridades faciales hizo suspirar de envidia a algunos y de anhelo a muchas otras; un descontrolado maremágnum cromático en el iris de unos ojos tan cambiantes como la vivacidad de las acacias de estación en estación; una decisión en cada ademán y una fuerza en el perfil de las vocales que implacablemente pronunciaba las cuales lo convirtieron en toda una atracción para las jovencitas -y las no tanto- de entre las amistades de la Sra. Cisneros. El crío Pelayo era algo nervioso, algo cabeza loca –como a la vieja Andrea le gustaba definirle-, pero parecía que alguna incógnita científica le hacía atraerse la atención de las más y la desconfianza de los menos. Era el semental que destronaba a la masa equina del podio; el depredador que violaba a las cebras ante la impotente mirada sus crías; era algo semejante a dios: un dios recién nacido apadrinado por Atenea arrugada en años.

Es bien claro que Andrea Cisneros se jactaba de la nueva llegada.

Lo revistió en la etiqueta que demandaba un lugar como Ciudad Alta. Eduardo no pisó las calles como no fuera para tomar un automóvil que lo llevara a dónde quisiera. La anciana se cuidaba terriblemente de que no se infectara el crío de la vomitiva fragancia que alimentaba los callejones y las barriadas de la urbe. ¿Acaso no era inconsciente, joder, dejar que el desvalido Eduardo quedara a merced de los temibles grupúsculos que amilanaban los firmes valores que en “su” Ciudad Alta se protegían? Que alguien le respondiera negativamente. ¿Debía dejar que el niño se engrasara con la bebida y el mal vivir que se agazapaban entre los servicios de limpieza en cada madrugada? ¡Valientes mal nacidos! Que se atrevieran a decir que sí.

La introducción del nieto en la vida de sus amistades no le fue un inconveniente a la Sra. Cisneros. De hecho se sentía halagada de que se la elogiara por tamaña creación divina. A los pocos meses la fascinación que el niño Eduardo había despertado con sus botas marrones relucientemente cuidadas y su desusado pestañeo de astro mediático desembocó en la celebración de su décimo aniversario. Los padres de la criatura –una criatura que veía brotar un inusitado orgullo hacia si mismo (cultivado sobremanera por la masa de niñas que, presentadas por los parientes para que Eduardo tuviera con quien entretenerse durante sus coloquios, se embobaban en su ágil sencillez al jugar al escondite)- deseaban, y así habían informado a la abuela, que el niño volviera con ellos al poco de cumplir los años. Por supuesto, Andrea Cisneros se iba a negar en rotundo.

Eduardo Pelayo podía convertirse entre los dedos de la Sra. Cisneros en la crisálida de algo semblante a un predecesor. Si sabía manejar sus gozos y sus obligaciones por el camino adecuado podría conseguir que el propio crío se negara de forma absoluta a volver a Londres, dónde ahora sus padres se habían establecido temporalmente, a la espera de una llamada islandesa que les obligara a trasladarse al gélido destino que el petróleo les brindaba. Es esto lo que hace razonable el cariño con que Andrea coronó las delicadas sienes del niño cuando éste se propasó cubriendo de salsa de aguacate el chaqué de un prestigioso político de Ciudad Alta; la ternura con que arropó los fracasos escolares de Eduardo; los débiles traqueteos de las manos de la anciana moldeando el trazado que debía seguir su peinado.

Pero, como en muchas ocasiones, a la vieja de la salió el tiro por la culata.

Se había formado con el trajín de los meses un florido jardín de rizos de cristal y pieles tiernas en torno a Eduardo. Su atadura a las idas y venidas de la Sra. Cisneros no se desvaneció absolutamente, pero es indudable que si bien en los primeros tiempos no se alejaba de ella más de lo que la sala en que se encontraban permitía, ahora abría y cerraba la portezuela del caserón con total autonomía. No caminaba hacia los hogares de sus prepubescentes nuevas amigas; hacía uso del servicio privado de transporte que la abuela podía proveerle. Los adultos le recibían complacidos, y cuando Andrea Cisneros llamaba interesada por la situación del chaval, todos respondían joviales que habían tenido la suerte de recibirle, sonriente y vivaz como era, con el fabuloso amasijo de tulipanes que había llevado a sus hijas.

La vieja se contentaba con saber que se había integrado sin problemas. Eso haría más difícil su huída a la capital inglesa.

En la amalgama de nuevos compañeros de juego y menudas delicias de carnes inmaculadas, lechosas bajo las luces de los amplios habitáculos en que se regodeaban intercambiando desvelos sexuales y algún que otro desmán lingüístico, Eduardo descubrió a Margarita Casavieja.

La niña en cuestión se jactaba de su mala educación. En sus primeros encuentros tanto Eduardo como ella se declararon abiertos enemigos, irreconciliables milicianos de digestión láctea; pero como sucede en las correrías de la chiquillada demasiado a menudo, la situación cambió radicalmente: una de tantas mañanas en que se acabaron topando, dos breves carreras por los jardines del terreno familiar de los Casavieja y un instante en que el rozar de antebrazos les hizo caer en una tropelía de cosquillas y risotadas hicieron que ambos olvidaran las reticencias que habían alimentado recíprocamente.

El paso de los días fortaleció la camaradería en meriendas y visitas al cinematógrafo de la Gran Avenida. Fue la época, para ambos, de unas iniciáticas conspiraciones conducidas por una imparable y frenética verborrea. Sobre todo hablaban mal de la Sra. Cisneros; de lo aburrida que era cuando intentaba tranquilizar los temores de Eduardo en las noches de insomnio; de lo insoportable que se había vuelto desde los primeros meses en que él llego a Ciudad Alta. Se prometieron que, ya que Margarita también estaba harta del Sr. y la Sra. Casavieja, un día se escabullirían en, quizá, el maletero de un coche, o tomarían uno de los trenes que tenían como destino el embarcadero. Sellaron el pacto con un solemne beso, tanteando torpemente sus labios,

Los padres de Eduardo le reclamaron por vía postal a la Sra. Cisneros la vuelta del crío a Londres, pues esperaban que su traslado a Reykiavik fuera a más tardar el mes que seguía. Andrea respondió que el chaval quería pasar algún tiempo más en Ciudad Alta, que había conocido a nuevos amigos y que prefería ir directamente a su nueva casa en lugar de pasar antes por la soporífera Inglaterra. Andrea no recibió respuesta; el Sr. Pelayo había decidido dejarlo correr y de algún modo se sintió complacido de la buena acogida del niño.

Pero la mierda pronto se iba a hacer con la hegemonía con que ahora se alzaba la suerte en la Sra. Cisneros.

Pasó un mes.

Andrea Cisneros recibió la misiva en que definitivamente se la instaba a remitir a Eduardo con sus padres. No sabía qué hacer. No sabía cómo reaccionaría el crío. Debía decírselo, en eso no cabía la menor duda. ¿Cabía la posibilidad de que sí, de que Eduardito tuviera razones lo suficientemente tajantes como para quedarse a su lado? La Sra. Cisneros resolvió que al día siguiente con una taza de té humeando en la cocina sería mucho más sencillo (embaucar a Eduardito) tomar decisiones.

Eduardo y Margarita ya estaban en casa. Habían pasado la tarde pisoteando el jardín de los vecinos de los Casavieja, y tenían los tobillos -Margarita incluso las rodillas- escondidas tras una espesa masa de barro y raíces. La Sra. Cisneros estaba repantigada en el sofá de flecos dorados que coronaba la alfombra del salón. Los niños pasaron con cuidado hacia el baño. Cuando estaban por la mitad del pasillo Margarita estrujó la mano de Eduardo. Éste se sobresalto, y una picazón ambigua recorrió su entrepierna. Le devolvió la presión. De las presiones en luz tenue llegaron al estallido blanquecino de las bombillas del aseo. Colegiaron en limpiarse el estropicio mutuamente: sería mucho más rápido y la ingenuidad infantil permite la indiscreción de forma casi despiadada.

Entre el trajín de pastillas de jabón y toallas empapadas Margarita lamió discretamente el cuello de Eduardo. El niño tembló como una gelatina. Parpadeó tímidamente en dirección a las pupilas de Margarita, desdibujando las pinceladas de su rostro hasta mostrarlo tan colorado la lengua de la niña; la lengua que se aventuraba implacable por el contorno de su oreja izquierda, bañando en saliva la cuenca de la misma. Lo que siguió es un calco inexacto de muchas escenas. La peculiaridad, quizá, fuera el descuido en que desembocó el calentón prematuro. El tremendo descuido. Esa es la finalidad de toda esta historia.

La decisión fue rápida; habían ido al cine, habían bebido coca-cola, comían chicle, sabían insultar: era hora de ponerse serios. El problema era la vieja. Sería una debacle familiar que un desliz ofreciera a los ojos de la Sra. Cisneros la macabra y desproporcionada fotografía de Margarita y Eduardo bañados en sudor, sin ropa, aplastados el uno contra el otro. A Eduardo no se le podía imaginar peor entuerto. Tenía la total seguridad de que si las cosas seguían como hasta ahora, podría zafarse del despiadado control parental y heredar el paraíso de su abuela; si la mujer le veía embistiendo desde atrás –como había visto tantas veces en los comics del padre de Margarita- a la cría, todas sus esperanzas se irían por algún desagüe islandés.

Resolvieron manipular la solución que Andrea Cisneros tomaba para conciliar el sueño. La señora espolvoreaba en agua la medicina durante el desayuno –ésta necesitaba un largo periodo de tiempo para mimetizarse con el líquido, lo que multiplicaba el efecto sobremanera- y la tomaba a eso de las diez y media de la noche. Solía rendirse al sueño en poco menos de media hora. Tres cucharadas más seguro que harían imposible cualquier desvelo, por mucho que los cimientos del edificio volaran por los aires.

Observadas, analizadas, discutidas y aclaradas estas cuestiones, Eduardo y Margarita echaron no tres, sino cuatro rebosantes cucharadas de polvo rosáceo sobre el vaso que descansaba en la esquina derecha de la encimera.

La abuela lo tomó junto a ellos mientras cenaban. Cayó dormida en la misma butaca. Los niños huyeron al cuarto con un nudo de nervios vibrando en las gargantas.

El lector amoral quizá hubiera albergado la esperanza de una descripción realista y pormenorizada de los gemidos infantiles y las depravaciones que los niños gestaron hora tras hora. Esa escena existe transcrita. La guardo celosamente para mi propio recreo. Olvídense.

Al despertar encontraron el cuerpo inerte de Andrea Cisneros tendido contra los adoquines blancos de la cocina. La caída había abierto en las sienes de la vieja una brecha de la que ya no emanaba más sangre; el charco formaba un tétrico mosaico con su gesto descansado sobre la pulcra luminosidad del suelo. Margarita gritó agudamente. Eduardito la estrujó contra su pecho.

Televisión, radio, diarios y rumores de toda Ciudad Alta manosearon la historia de la Sra. Cisneros durante muchos años.

Eduardito Pelayo consiguió extirpar del impacto emocional que Ciudad Alta sufrió compasión ilimitada y atenciones desproporcionadas. Alegó en una magnífica interpretación un desdén paterno hacia su persona que únicamente el buen hacer y el entregado amor de su abuela le habían conseguido hacer ver. Los Sres. Casavieja, escandalizados, azuzaron un proceso judicial que permitió salvaguardar al niño de la terrible brujería afectiva con que sus padres le habían infectado. El desconcierto y la sorpresa paterna cayeron en la impotencia de la total indefensión ante una decisión jurídica inapelable. El testimonio de Eduardito fue recordado durante décadas como la confesión de crueldad más despiadada y lúcida que nunca se hubiera pronunciado por el lugar.

Eduardito, finalmente, se estableció en Ciudad Alta. Heredó: la casa, los derechos, los vehículos, las tierras, las propiedades, la gloria, la envidia, la apoplejía de la despreocupación y todo lo que Andrea Cisneros gozó en vida.

Margarita murió durante el parto más prematuro que conoció el país en toda su historia.