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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

9 Junio 2006

Las madres suicidas, Eugenio M.DeLarge

El hombre más perverso de San Francisco acababa de embutirse en su estómago dos kilos de chuletas de cerdo. No era un tipo corriente y su valía intelectual le destacaba en las largas tertulias que se impartían a lo largo de las partidas de bridge de los miércoles noche. No obstante, el asqueroso espectáculo audiovisual que profesaba en sus restaurantes más habituales le hacían un hombre de lo más vulgar.

Como detective se dedicaba, en sus ratos libres, a investigar las costumbres de los fantasmas. La parapsicología era una de sus ciencias ocultas preferidas y los dolores óseos y musculares se unían a su desgaste ocular por el desgaste que tenían los libros que leía cada noche en sus cansados y amarillentos ojos. Dos grandes bolsas de grasa ocultaban sus ojeras, aunque él nunca se miraba en el espejo. Con esto podemos concluir que era comer, leer y sus partidas de bridge los leit motiv que le definían.

El lunes 9 de junio de 1969 estuvo presente en la ejecución de un hombre al que le había cavado su propia tumba mediante unas instantáneas Polaroid que le implicaban en el asesinato de unos niños del orfelinato Tiber, al norte de la ciudad. Pederastia, drogas y otras consecuencias de la sociedad del bienestar, pensaba él. Le encantaba ver su trabajo terminado y, en este caso, lo había llevado hasta el límite de la propia existencia de su objetivo. En el patio donde fue ejecutado, mediante inyección letal, pero al aire libre pues estaban fumigando todo el edificio contra algunas bacterias halladas días antes, el ejecutado le recibió con un frío saludo y más fría fue la suave sonrisa de contestación que nuestro protagonista le intercambió. Luego, una inyección y un estrepitoso silencio que nadie, ni siquiera el inyectado, interrumpió.

Esa tarde de lunes, tras un fin de semana de apuestas en el hipódromo de la metrópolis y sexo en las mezquitas de neon, al llegar a su andrajoso despacho casi se mira en el espejo del ascensor. Respiró y supo guardar la compostura ante sus compañeros de viaje vertical; llevaba años sin mirarse ante el espejo. Había conseguido quitar todos los espejos de su casa, de su oficina, de casa de sus padres e incluso algunos de sus colegas de bridge habían quitado los espejos del hall y el salón en sus acogedoras casas del distrito 10 de La Mot. Sin embargo, quitar los espejos de los 8 ascensores del rascacielos donde había heredado un par de habitaciones que utilizaba de despacho, era llevar una manía originada en el pegajoso tedio del octubre rojo a las más rocambolescas consecuencias.

Le llegó a su oficina, según le informo Sandra (su obesa secretaria de 45 años), un telegrama sin hilos. El comunicado le informaba del arresto de uno de sus mejores clientes. Se preguntó en que lío se habría metido ahora ese viejo ricachón que tan bien untaba los billetes tras algunas instantáneas comprometedoras. Siempre le contaba aquella historia de “los soldados del pueblo” y de cómo se escabulló de la mala gestión que hizo su padre, asesinado por la masa que sufrió la inquisición generacional de su familia durante casi un siglo. Él viejo ricachón se escapó y una vez en la ciudad, con la fortuna que le otorgaron los granos de oro extraídos a su favor, montó una gran cadena de restaurantes que con mucho aceite en las viejas sartenes de zinc mantenía su estatus a un alto nivel y sus trajes en la tintorería al menos una vez a la semana.

No había hecho más que dejar su gorro de ala corta y baja, cierto es, pero no le quedo otra que volver a apretárselo en una cabeza que cada vez se ensanchaba más, Dios sabe el por qué. Por las escaleras (negándose a bajar por el ascensor de los espejos) recordó que el viejo ricachón era un hombre de dos vidas; puede que bipolar. Por un lado tenía su casa, o mejor dicho su mansión, sus perros, sus nietos y su mujer… y todo por este orden. De otro lado, tenía más de una amiga de esas un par de palmos más alta que él. Se frotó nuestro querido obeso mórbido las manos sólo de pensar cuantas pruebas podría vender en su contra a la acusación que, todavía no sabía porqué, le había llevado tras los barrotes. Primero comprobaría las posibilidades de este de salir de la cárcel, si como parecía eran nulas, se la jugaría a su favor y se jubilaría unos años antes. Este era el golpe de suerte que andaba esperando.

Al llegar a la prisión el funcionario le dejó pasar hasta la sala de reuniones con los presos mientras hablaban del último queso que le había recomendado nuestro detective al bigotillos de las llaves:

-Ese queso está hecho con una leche divina. ¡Ya quisiera Cleopatra bañarse en ella! Tiene que decirme en que restaurante lo descubrió, señor.

-Desde luego no fue en uno de los restaurantes de nuestro amigo-refiriéndose al viejo ricachón.

Le miró y descubrió con un gesto de asombro, de esos de los que no acostumbraba a hacer, que el viejo parecía más flaco y desvalido en su mirada, ansiosa de árboles y parques junto a sus nietos. Quiso extenderle la mano pero el metacrilato perforado se lo impedía. Así que se pusieron a hablar:

-Cuéntame que ha pasado. Venga, confía en mi. Sabes que siempre he estado ahí cuando me has necesitado.

-Amigo mío, me la han jugado. Era una apuesta fuerte, un cambio de vida, estaba dispuesto a dejarlo todo … aquí no puedo contarte. Me tienen cogido por los huevos. Ya he hablado con mi abogado, lo que importa es que yo… tres más uno es uno, ¿me entiendes?, es uno.

-Pero dame alguna pista, dime algo, y sobre todo dime si tenías tu el dedo en el cuello de la pistola que humea.

-Tres más uno es uno es uno, y ése uno soy yo.

El funcionario se acercó y distendidamente les hizo comprender el riesgo que corría por concederles ese rato de charla sin el permiso del juez. Se despidieron con un gesto extraño. En el hall de la nueva prisión de San Francisco se acercó el de sombrero rancio y corto a la aparatosa cabina y auricular en mano habló con el abogado que ya estaba preparando un breve escrito para hacer salir a su cliente esa misma noche bajo fianza. El juez estaba dispuesto a negociarlo, ya que esta vez el caso era grave, pero todo apuntaba a que iba a ser una jornada muy larga para el abogado, que le comento algo de “una emboscada frustrada” y que tres grandes empresarios, posiblemente del negocio hostelero, le habían inmiscuido en un negocio de trata de blancas. Luego comentó también algo de una posible relación con una de las chicas, que venían desde algún punto de Texas, y a la que había descubierto en una orgía con los otros tres empresarios. Parece que el viejo ricachón no soportó la mofa y se metió la mano en el interior del costado izquierdo de su chaqueta solucionando las cosas a su manera. Esta vez se había cargado a tres peces gordos y a una chica que dará con sus huesos en un nicho común en cuestión de unos días. Finalmente el abogado le dijo que no se preocupara esta vez y que, si quería ayudarle de algún modo, no utilizara toda la información de que disponía para venderla contra él, pues el jurista bien sabía

El hombre más perverso de San Francisco tardó no más de una hora en hacer cinco llamadas demoledoras para los intereses de libertad de su viejo y gordo amigo que ahora estaba entre rejas. Sabía que no iba a poder salir de allí jamás. En el mejor de los casos (y con ese abogado, era posible) podría disfrutar de la cadena perpetua que la constitución ofrecía a los viejos que se volvían locos por el sexo remunerado en una década tan feliz como la de los sesenta.

Eran los Estados Unidos de América en la noche del lunes 9 de junio de1969 y el detective paseaba entre dos casas que, decían, estaban encantadas por los asesinatos que dos madres hicieron simultáneamente de sus hijos recién nacidos. No soportaron el futuro monoparental de sus hijos, pues su maridos habían desaparecido (quién sabe si muertos o no) en las cálidas playas del caribe. Tras asesinarlos se subieron a un Cadillac y corrieron alrededor de la costa a gran velocidad hasta que un coche de policía apareció detrás. Con las giratorias luces azules encendidas a media tarde se despeñaron por un barranco hasta explotar junto al coche en la arena de una playa llena jubilados por un sistema sin rentas públicas.

Cerca de allí estaba la Isla de los Pinos, donde nació nuestro protagonista. Su padre también fue un militar que disuadió a sus compañeros para casarse con una mujer caribeña y tras informar a su madre de su nueva vida no volvió a dar señales de ésta, por nueva que fuera. Su madre se suicidó ante él con un aleteo de brazos enternecedor, envenenada. Luego todo fue más fácil, según cuenta el inmenso detective. Puede que el pasado, aunque él no lo crea así, si marque el quehacer vital de los niños cuyas madres mueren antes de desquiciarse con las arrugas, la menopausia o los helados de fresa.

Ahí estaba él, unido por un momento en el tiempo frente a la casa de aquellas dos infanticidas, posiblemente lesbianas durante sus últimos años de vida, que fueron a matarse a un sitio tan triste para él como la Isla de los Pinos. Cogió su libreta y se puso a escribir una historia fantástica, una historia de casualidades de esas en las que el espacio, los personajes y el tiempo se alían misteriosamente hasta volver a darnos como fruto una historia de terror y fantasmas; de esas que tanto le gustaban a él.

Se levantó del porche destrozado por el paso de las lluvias que ya no esperaban una mano de pintura en la cancela. Caminó hasta su casa y bebió hasta muy tarde entre libros de Quiroga y Lovecraft. Luego, beodo, advirtió que en la televisión recalentaban el programa vespertino de concurso y variedades, con actuaciones en directo; lo repitieron al menos tres veces. Apunto de amanecer se le cayó una botella casi entera de vino tinto. No dijo nada, estaba cansado, dejó que se vertiera. Al menos un tercio no lo hizo por la propia forma de la botella, que tumbada, evitaba que saliera todo el líquido. Se alegró de su fortuna y del ser humano a la vez y se dio cuenta de nuestra supremacía animal con las últimas gotas que acariciaban el cuello de la botella.

Aquel verano el hombre llegaría a la Luna, y si llegó fue porque nuestro amigo no tuvo la oportunidad de impedirlo si es que unos cuantos miles de dólares no hubiera ganado por evitarlo.

servido por laauroradenuevayork 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

marisera

marisera dijo

La verdad es que me gustaría preguntarte algunas cositas... Creo que este texto es muy enigmático, tiene muchos detalles, muchos símbolos... En fin...

De cualquier modo nunca he pensado que las madres se suicidaran, siempre he pensado que las mataban sus hijos. Todos los padres tienen que morir.

Me ha gustado mucho :)

12 Junio 2006 | 01:06 PM

Derringlado

Derringlado dijo

Tu elegancia, a golpes supina, es halagadora. De todas formas creo que es el que menos me gusta de los tuyos.
SAkls

12 Junio 2006 | 02:55 PM

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