"El abuelo" por Fibla
El Abuelo
Entregado a la lectura de un libro cualquiera me fijé en el abuelo que tenía enfrente. La biblioteca del Raval es un lugar evocador, que permite al visitante divagar la mirada por sus rincones. Pero esta vez no fue arco medieval o un fresco restaurado lo que llamó mi atención.
Delante de mí un hombre leía un grueso volumen ciertamente polvoriento y ajado. Me atrajo inmediatamente su rostro maltratado y el cabello espeso cuyo dueño no paraba de mesar. No parecía ser excesivamente viejo y con toda seguridad había de ser extranjero, puede que alemán o caucásico, quien sabe. Una botella de agua descansaba sobre sus piernas Sus dedos parecían brotar de la cubierta del libro, como extrañas pertuberancias en la tapa de piel. No podía saber si la piel de la cubierta era verdadera o una mera imitación. Si no era así había de tratarse de un volumen ciertamente antiguo. Probablemente de los más añejos recogidos en el catálogo de la biblioteca. Tan ensimismado estaba en contemplar al hombre que solo un carraspeo grave del abuelo me hizo apartar la mirada. Durante los minutos siguientes me dediqué a releer una y otra vez la misma línea de mi libro incapaz de concentrarme. Diferentes teorías alentadas por el aburrimiento se abrían paso en mi cabeza.
En estas estaba cuando el abuelo comenzó a jadear pesadamente. Parecía tener dificultades a la hora de respirar y no presentaba muy buena cara. Pensando en si levantarme para ayudarle o no perdí demasiado tiempo. En un abrir y cerrar de ojos el hombre se desplomó sobre la mesa invadiendo con su cabeza mi parte y desperdigando papeles por doquier. Un murmullo de voz apenas audible me hizo inclinarme hacia él para averiguar si seguía vivo. Entre los pasos apresurados de los empleados de la biblioteca que acudían a averiguar la razón de tanto alboroto distinguí las siguientes palabras:
-El álbum, has de llevar el álbum...es...importante.
Le interrumpió una joven asustada que había llegado a la mesa preocupada y ahora gritaba sin parar. No me dio tiempo a escuchar todo lo que el anciano había querido decirme. Tan solo las palabras que había escuchado y que me dejaban perplejo. Pocos segundos después el viejo expiró y nada más pude averiguar. Sin embargo me fijé en que oculto por el grueso volumen que él había estado leyendo había un álbum de fotos antiguas. Sin pensarlo agarré el volumen y huí rápidamente del edificio dejando atrás un tropel de curiosos que se asomaban a la mesa donde yacía el cuerpo inerte del abuelo.
Con el álbum en las manos llegué exhausto a casa dispuesto a averiguar qué secreto escondía el asunto. Dejé correr un poco de tiempo mientras calmaba el corazón con un Whiskey e intentaba devolver el orden a mi cabeza con una aspirina. Afuera comenzaba a llover y los transeúntes se afanaban en guarecerse bajo cualquier saliente. Tras una serie de suspiros me propuse iniciar la investigación de una vez.
Las fotos eran borrosas, todas en blanco y negro, pegadas con mimo sobre una cartulina roja. Inmediatamente algo atrajo mi atención. Todas y cada una de las imágenes reproducían a la misma joven en lugares distintos. Ni una sola persona más salía en las fotos. Ni tan siquiera un anónimo paseante. Ella era, o más bien había sido, muy guapa por lo que de distinguía sobre el papel. En cada fotografía se distinguía una fecha. Todas correspondían a un período de tiempo que iba del 3 de febrero de 1938 al 20 de abril del mismo año. Justo en plena guerra civil. El contexto histórico avivó profusamente mis ánimos. Comenzaba a presentir una historia terrible tras aquellas imágenes y el anciano muerto. Fue entonces cuando se me ocurrió. ¡Claro! ¡Había olvidado por completo el libro encuadernado en piel que leía el abuelo! Tenía que volver inmediatamente a la biblioteca e intentar conseguir el preciado volumen. Ahí debía de residir la clave del asunto. Sin tiempo para ponerme el chubasquero salté los escalones de tres en tres y corrí hacia el escenario inicial. Cuando llegué las cosas parecían haber vuelto a la normalidad. Me dirigí educadamente a la bibliotecaria:
-Perdone, verá esto le parecerá extraño pero necesito consultar un libro antiguo. Precisamente el que estaba leyendo el señor que murió hace una hora.
-¿Quién es usted?¿Y para qué demonios quiere el libro?
-Ya sé que suena raro pero es muy importante. Él me encargó una tarea justo antes de morir.
-Tendrá que traerme un permiso. El libro que quiere es propiedad del archivo histórico de la ciudad. Nos acababa de llegar de Salamanca. Ya sabe usted, el jaleo este de los papeles...
-Por favor se lo pido por favor. No me haga negarle el último deseo a un muerto. Sería sin lugar a dudas un desplante.¿Es usted creyente?
-No
-Vaya, ¿Pero creerá al menos en la decencia? Vamos, le prometo que no se arrepentirá. Erigiré una estatua en su memoria, compondré una canción, escribiré un poema..
-Está bien está bien. Ojalá se calle de una vez. Ahora le traigo el dichoso volumen.
Poco después apareció con mala cara y un grueso volumen entre las manos. Se trataba sin duda del libro que inspeccionaba el anciano. En la tapa se distinguía el título borroso: “Registro de insurrectos. Volumen 13”.Me instalé en una mesa cercana y lo abrí. Multitud de fotos de represaliados por el régimen franquista me saludaron con sorpresa por mi parte.
Había algunos rostros verdaderamente singulares. Se trataba pues de un listado de personas que habían sido ejecutadas durante los años de guerra. Triste, comprendí lo que buscaba el abuelo. La mujer de la foto debía de haber sido conocida suya. Quizás la encarcelaron poco después de las fotos, al finalizar la guerra, y nunca más volvió a verla. Al parecer no había misterio más allá. Sin embargo quise averiguar de quién se trataba y visitar su tumba. Tras una hora de búsqueda comencé a sopesar la idea de abandonar mi empresa y volver a casa. Pero de pronto, al girar una página, una nueva sección del libro reavivó mi interés. No solo contenía las fotos y nombres de los ejecutados sino también de aquellos que simplemente habían sido encarcelados por un tiempo. La mujer podía pues seguir viviendo en alguna de los viejos edificios que albergaba el Raval. Excitado, proseguí la búsqueda del rostro que tan bien grabado tenía en la memoria.
Tras unas horas más recibí mi recompensa. Con un suspiro de alivio encontré la fotografía de “Marcela Piñeiro”, nacida en 1915, natural de Ulldecona. Encarcelada el 26 de abril de 1938 y liberada el 13 de Febrero de 1956. Debía de haber sido una alta dirigente de la oposición al fascismo. 18 años en la cárcel no eran ninguna tontería. ¿Qué habría sido de ella?. No había dirección, ni un solo teléfono de contacto. Únicamente disponía de un nombre que consultar en la guía telefónica. Pedí la guía telefónica de la ciudad y, no muy convencido, busqué a la señora Marcela. No podía ser. Ahí estaba. Marcela Piñeiro, C/ del Gato número 10, 2º2ª. Salí corriendo una vez más hacia una calle que conocía perfectamente de mis andaduras nocturnas regadas de luna y alcohol.
Llegué al portal unos minutos después y me quedé un tiempo plantado sin saber qué hacer. Me tomaría por un loco y llamaría a la policía inmediatamente. No disponía siquiera de una foto del abuelo para intentar que le reconociese. Se hacía ya de noche y quedaba poca gente en la calle. El calor había anticipado la salida de las cigarras y una melodía seca envolvía el ambiente. Por fin me decidí a tomar la iniciativa y llamé al timbre tres veces rápidas. Abrieron las puertas sin preguntar y entré envuelto en un mar de dudas. Tras subir los dos pisos me planté ante una puerta de madera carcomida y con la pintura desconchándose en trocitos rojos, amarillos y morados. Antes de que me diese tiempo a llamar abrió una abuela robusta y sonriente.
-¿Así que tú eres el joven de la biblioteca? ¿Te sentabas enfrente de él verdad?
He de decir que me pilló completamente por sorpresa. Ni siquiera pude balbucear un monosílabo tembloroso. Simplemente quedé mudo y con la mirada fija en su cabello negro libre de canas.
-Ay, lo siento joven. Debería de explicarte alguna cosa primero. Es la edad, ya sabes. Te vi en la biblioteca. Justo antes de que Alfredo cayera muerto. Luego ya me tuve que ir, me cerraban el mercado fíjate.
Una sola mirada a su rostro me había servido para comprender que sí que se trataba de la joven de la foto. Era asombroso como su cara apenas había cambiado. Extendí el álbum delante de sus ojos:
-Usted es sin duda la joven de estas fotos. Él las examinaba antes de caer muerto. Intentaba reconocerla en el registro de represaliados. ¿No lo comprende? Intentaba encontrarla. Quería reencontrarse con usted. Quizás incluso confesarle que todavía seguía enamorado.
-¿Enamorado? Hay que ver la imaginación que tenéis los jóvenes hoy en día. Siento decepcionarte. Pero yo no estaba enamorada de la persona que me denunció a las autoridades como comprenderás. Sí, Alfredo era el hijo del alcalde fascista del pueblo. Al no conseguir mi amor decidió enviarme a la muerte. Solo que no morí. Hace unas semanas di con él y le envié una carta.
-Yo, lo siento, no sé lo que me ha conducido hasta aquí. Serán estos días de calor. Uno se aburre comprende usted, yo no quería inmiscuirme en una historia así.
-Oh tranquilo, será nuestro secreto. Porque verás, yo maté a Alfredo. Desde que le mandé la carta contándole mis intenciones me divertía contemplándole en la biblioteca intentando dar conmigo. Pero ha sido hoy cuando me he decidido a actuar. El veneno en agua es sin duda un método sublime. Me he sentido en paz conmigo mismo por primera vez en 60 años. Ojalá ese cabrón hubiese sufrido más. Se lo merecía.
Nunca antes había sentido las piernas clavadas al suelo con tanta fuerza. Me era imposible hilvanar dos pensamientos seguidos. Quien iba a pensar..
-Anda no te asustes. Era una deuda que tenía que ser pagada. Yo permanecí 18 años en la cárcel por su culpa y él ha muerto. Son curiosas las historias que se esconden tras la tapa de piel de un libro antiguo. ¿Quieres entrar a comer unas pastas? Desde luego que no tienes buena cara, me recuerdas a mí durante aquellos horribles años. Veras todo comenzó...
El resto se perdió en la negrura que precedió al desmayo. Demasiadas emociones para un día de mayo tan caluroso.
