'Muerte' por María González Ovelar
Entre sueño y vigilia, movía sus dedos la abuela disparando dardos heridos al techo. La muerte vagaba tranquila por el cuarto posponiendo, no sin siniestra morbosidad, la hora del fallecimiento.
¿Quién no ha pensado alguna vez en las negras parcas? A veces, de niño, en el viaje de su casa al colegio, se aislaba y abstraía, y dibujaba en su mente una isla de pensamientos. En esos momentos de fugaz existencialismo, Hugo se distanciaba del presente y contemplaba inerte sus manos, tobillos y brazos. Hugo se miraba desde fuera como si su cuerpo no fuera suyo. Entonces se le planteaban las interrogaciones que apremian al hombre desde que es hombre: ¿qué es todo esto?, ¿estoy ‘yo’ realmente aquí?, ¿hago ‘yo’ parte de este momento? A Hugo le agradaba jugar a “salir” de los instantes. Pero en aquel cuarto de paredes mortecinas, 12 años después de esos viajes de casa a la escuela, Hugo no recordaba sus juegos infantiles. La realidad lo solapaba todo.
Entristecido y algo impedido, dejaba caer sus ojos sobre la escuálida y lánguida figura de su abuela. La última que le quedaba.
Hugo rememoraba las tardes de verano cuando el sol desteñía las cortinas de la casa solariega y Estefanía –que así se llamaba su abuela- tejía en una silla de esparto. Cosía la yaya faldas y pantalones, camisas y calzas que la familia Villaverde se colocaba remendadas. A través de sus enormes gafas marrones, que descansaban en la punta de su nariz, filtraba sus recuerdos Hugo. Era inútil intentar entender cómo la abuela perdía los hilos entre la tela: la cadencia y el ritmo de sus puntadas ágiles eran más veloces que el tictac del antiguo reloj de madera. Hugo, en su cuerpo de nueve años, la miraba fascinado. En aquellas tardes de verano azul turquesa, entre las profundidades de las aguas marinas y el reflejo del cielo, la yaya hablaba del abuelo Sinforoso, de las matanzas de cerdo y de la casa embrujada.
—En Villaescusa, nos despertábamos con los gallos. En Villaescusa, rey mío, tu abuelo, que en paz descanse, tenía cerdos, vacas y gallinas. Los del pueblo empezábamos a engordar a nuestros cerdos en febrero. Les dábamos cardos, remolachas, patatas hervidas y harinilla de cereales. ¡No te imaginas lo gordos que se nos ponían! Realmente, era increíble ver lo mucho que se hinchaban en sólo cinco o seis meses. Y cuando llegaba noviembre, preparábamos la matanza: los hombres del pueblo afilaban cuchillos y hachas. Las mujeres fregábamos la caldera de cobre con vinagre y sal granzuda, y comprábamos pimentón y canela.
Hugo saboreaba -tiernamente, con ojos de cordero degollado- las palabras de su abuela: el relato de su abuela le hace rememorar los dibujos de los sacrificios inca de su manual de historia.
—Abuela —decía su madre—, ésas no son historias para niños.
Entonces, los ojos de Hugo y de su yaya se encontraban, cómplices.
En el cuarto del hospital, la mirada cavernosa de su abuela inunda de presencia infinita las paredes y los techos del edificio. Hugo la contempla, angustiado, de pie a un lado de la cama, mientras se muerde en un rictus nervioso el labio inferior. Las campanas de la iglesia repican oscuras desde el fondo del callejón.
Estefanía, pequeña y exánime, tose y alimenta su vejez. Poco tiene ya que ver el amarillo verdoso de sus mejillas con los rosados picajosos de su madurez. Hugo la recuerda, lozana y risueña, cantando coplillas mientras frotaba con una toalla áspera su piel de niño.
Bajo la sombra cabizbaja de sus ojos entornados, Hugo aprehende imágenes de su existencia. Estefanía no había sido ni la más callada y humilde, ni la más puta y disoluta. La yaya había cosido su vida tal y como remendaba calcetines o tejía servilletas; con la elegancia y perfección de quien conoce el oficio. Estefanía era un tanto calculadora; impetuosa, un mucho; comedida en el lenguaje y en el vestido, muy poco.
—Me gusta la lencería francesa, las picardías y los pañuelos de seda… —le había dicho a su nieto una vez— yo siempre voy a la última; aunque eso en el pueblo no guste nada…
Hugo también recuerda el funeral del abuelo Sinforoso. Su madre, vestida de negro, le había enfundado unos pantalones y una chaqueta negros. “Es el color de los funerales, Hugo”, le había dicho su madre. Estefanía apareció deslumbrante, en su vestido rojo.
—Me encuentro muy cómoda en este mundo fandanguero —le había dicho la abuela— y no quiero perder ni mis horas ni mis días vistiéndome con la muerte.
La abuela creía en Dios, pero no se ahogaba con las cuentas de los rosarios. Sin embargo, ahora sí que se ahogaba, y mucho, en repetir con sus manos esmirriadas los gestos de la desesperación y el ahogo. ¿A quién culpar de su desmayo?, ¿a quién y por qué pronosticar su muerte? Cielos de su infancia cabalgaban desbocados por el techo del hospital. ¿Se desvanecerá su historia?, ¿se perderá su vida?, se pregunta Hugo en una marisma de dudas; ¿desfallecerán sus ojos?, ¿se secará su recuerdo como la fruta del verano?
La muerte seguía paseándose, serena y taimada, por el cuarto de los remembranzas de Hugo.
