"La dríade enamorada (Eco de Narciso)" por Iván SIrgado
Una corona de robles macizos circunscribía al óvalo de agua que reinaba, en ese onírico paraje, como el más sabio de sus elementos. La dureza y templanza de las rocas imperaba a lo largo de la zona meridional del lago protegiéndolo de los vientos alisios que se alargaban desde el sudeste. Apolo alumbraba en las dulces y cálidas mañanas los lares de cientos de seres que se despertaban sedientos con el silbante y apacible canto de los pájaros. Una cantidad indiscriminada de insectos y animales apagaban su sed con un único sorbo del estanque. Sus aguas rociaban las raíces de los árboles y las flores, cuyas hojas coloreaban el lugar con una variada mezcolanza de tonalidades cyan, magenta y amarillo. La espesa y tupida copa verdosa de los gruesos daba especial cobijo a una belleza inigualable, una fantasía de la creación, una burla de la naturaleza frente a sus semejantes. Las dos constelaciones de su faz resplandecían con luz propia y se abrillantaban con las brisas del aire. Sus orejas, de acabado puntiagudo, se alargaban ligeramente con el silbido que provenía de los árboles. Su dorada y recta cabellera brindaba con el lago cada vez que se acercaba a la orilla; embalsaba un poco de agua juntando sus delicadas manos y las abocaba a la enamoradora comisura de sus labios. El esbelto y desnudo cuerpo de la dríade desplegaba toda su sutileza cuando extendía suavemente sus transparentes alas de mariposa. Los demás seres vivos observaban abstraídos cómo agitaba sus límpidos pétalos cada vez que levantaba sus pequeños pies del suelo.
Después de un armonioso baño que el lago disfrutaba tanto o más que la propia dríade, solía tumbarse, con un elegante desparpajo, en las siempre agradecidas rocas, dispuesta a que la luz solar secara todo su cuerpo. Revoloteaban entonces, a su alrededor y por encima suyo, diminutos bichos de diversas especies. Jugaba con ellos creándoles circuitos en su tersa piel mediante las gotas de agua que todavía permanecían agarradas a su cuerpo.
Acostumbraba a escalar por las tortuosas ramas de los robles cuyas trasovadas hojas acariciaban su cuerpo haciéndole cosquillas. Nada le gustaba más a los robles que provocarle la risa a la ninfa de los bosques, pues enaltecía sus ramas y enverdecía su perenne hoja. La flor verdosa amarillenta del roble crecía más rápida para poder escuchar el plácido gozo de la dríade en su máximo esplendor. Así, los robles siempre permanecían bellos y exultantes.
Esta deleitosa criatura recorría el sinuoso bosque acariciando con sus frágiles dedos a aquellos animales que encontraba a su paso. Por supuesto, no eran pocos, todos querían que las yemas de sus algodones dibujaran figuras en sus cuerpos almibarando su piel e impregnándola del distinguido aroma que la envolvía. Muchos ronroneaban como un gato cuando les rascaba la cabeza o les tocaba en un ademán de diáfana satisfacción.
Le gustaba escuchar la leve melodía de los pájaros. Se sentaba bajo los árboles entregada al embeleso del canto e inclinaba su cuerpo para oler el perfume de las flores, dispersas por la húmeda tierra. Entonces miraba al cielo y quedaba absorta ante la apatía de las nubes.
La dríade admiraba todo cuanto tenía a su alrededor y enmarcaba en su memoria momentos que, más tarde, vivificaba en su entelequia. Como aquella vez que la lluvia caía perpendicular a los haces de luz irisando un espacio indeterminado en el aire. O aquella en que el cielo se volvió rojo oscuro en el crepúsculo, y verde claro al alba. Y qué decir de cuando observó durante horas a una generación de hormigas transportar hasta su hogar subterráneo una ristra de bellotas cuarteadas. Todo en aquel paraje podía ser bello si se miraba con los ojos adecuados. Bastaba pararse a contemplar la magnificencia de la naturaleza para que el tiempo le pasara tan rápido como se hace y deshace un arco iris.
Recorriendo la orilla del lago en busca de diminutas caracolas que, de cuando en cuando, encontraba en los huecos de las rocas, se detuvo a contemplar una de las cosas más bonitas que ella jamás había visto. No era la primera vez que la observaba, pero esta vez fue diferente… Se arrodilló y puso sus manos sobre la tierra, en la orilla. El agua del lago golpeaba delicadamente sus dedos sumergiéndolos por instantes. Estiró el cuello y ante ella apareció su propio reflejo. Quizá el color del agua de ese día, quizá el hecho de que Apolo había regalado una luminosidad excepcional esa mañana, quizá el viento que desplegaba fastuosamente su condición por las aguas del lago. No sabía el motivo, el caso es que quedó ensimismada por su belleza. Se agolparon los latidos de su tierno corazón y tanto sus ojos como su boca se engrandecieron ostentosamente. Miraba y miraba. Prendada de su rostro, permaneció inmóvil sin proferir palabra alguna. Se aventuró en tocar la imagen y se asustó al ver que se difuminaba en un tren de ondas. Pronto recuperó la compostura y continuó admirando el nuevo atractivo del lugar hasta que subió la Luna para teñir de plata el retrato de la dríade.
Despertó a la orilla del estanque. Rápidamente acomodó su organismo para contemplar su efigie en el agua. La otrora admirable naturaleza se le antojaba ahora nimia y vacua. Entendía su propia belleza como inalcanzable. Nada en ese lugar podía acercarse a los destellos de fascinación que su beldad le provocaba. Desde la orilla dirigía su mirada a los sitios donde antes había disfrutado. Veía a las rocas: incómodas; a los insectos: impertinentes; a las flores: marchitas; a los robles: turbadores; los caminos se habían convertido en laberínticos vericuetos; los animales, débiles e insensibles; y la armoniosa melodía de los pájaros en un silbido molesto y chirriante.
Las rocas notaron su ausencia, no se había estirado para refrescar su pétrea corteza. Decidió contárselo a los bichos que recorrían aburridos los agujeros de Las Pedregosas. Éstos informaron a la invidente roca de que la ninfa de los bosques estaba meditabunda a la orilla del lago. A su vez, las avispas quedaron enteradas de tal suceso y divulgaron entre las flores, al extraer miel y polen, dónde pasaba el tiempo la hermosa dríade. Las flores, que encadenaban sus raíces a las de los gigantescos troncos de los robles, consultaron con estos ancianos árboles si habían oído reír a la ninfa últimamente. Comentaron que no había escalado sus ramas. Uno de los árboles se deshizo de una hoja que cayó suave sobre el lomo de uno de los ciervos. Éste explicó al resto de animales la situación. Con otra hoja derramada deliberadamente de una de las voluminosas ramas del roble y ayudada por el viento, llegó al erudito lago la noticia que él ya sabía: la dríade permanecía ensimismada desde hacía días ante su propio retrato.
El lago, patrón de la zona, pensó en qué podía y en qué debía hacer. Desde luego, no era admisible que la ninfa de los bosques menospreciara a los demás elementos de la naturaleza. Por una vez, sentían envidia. El cambio en la actitud de la dríade había molestado a unos y crispado a otros. Por el bien de todos, las aguas del lago debían hacerla escarmentar. La belleza global de la naturaleza se veía desafiada por una criatura que creía ser más hermosa que cualquier otra cosa. No lo podían permitir. Todos formaban parte de la preciosidad de la naturaleza. La dríade estaba retando a las leyes del bosque, yendo contra natura. Sus acciones hacían palmaria su intención entrópica. El orden de la naturaleza podía sufrir graves daños en su seno y era necesario acabar con esta cuestión cuanto antes, pues no era adecuado para el correcto funcionamiento de este terreno albergar a un ser que no disfrutaba con todos y para con los demás. Las aguas, ahora turbulentas, en contraposición a la calma que las caracterizaba, llegaron a una conclusión. Con ayuda de los rayos de Apolo, el lago practicó voluntariamente la evaporación de una parte de sí mismo y condensándose en esponjosas nubes grises pronto cayó un rocío tímido y fino de gotas menudas que se esparcieron sobre árboles, animales, insectos, rocas y plantas comunicando a todos los elementos su propósito. El lago ya había reparado en que, por mucha lluvia que cayera encima de la dríade, ésta ni se inmutaría, atrapada en el contubernio del narcisismo. Entregada a la pasión por su cuerpo. Su mirada vertía la magia de su figura en las templadas aguas del estanque, convencida de que todo cuanto necesitaba estaba ahí, en el reflejo que el lago le devolvía, y era ella misma.
Todos aceptaron complacientes los designios del lago.
La ninfa de los bosques, sonriendo enérgicamente y con los ojos cansados, vio, poco a poco, cómo se emborronaba su rostro. Pensó, al principio, que se trataría de una brisa más fuerte que de normal. Abandonó esta idea cuando se empezaron a desdibujar las facciones de su cara haciendo cientos de extrañas y horribles muecas que la asustaban violentamente. Empezó a contagiar una ansiedad que le demolía el alma. Cambió su posición y corrió hacia la otra orilla donde se volvió a mirar con idénticos resultados. La dríade comenzaba a sollozar y suspiraba en cuanto que pensaba que el reflejo se recomponía. Desaparecía su faz. Hundía sus manos en el agua intentando capturar la estela que se formaba en la superficie del lago. Desesperada por perder a su amada. Desdeñada por la naturaleza de la cual formaba parte. Apartada, vituperada y traicionada por las aguas que antes le habían obsequiado con la gloria de su reflejo y ahora se lo arrebataban. Un duelo de belleza fratricida. La imagen descompuesta de su perdición. El terror esperanzado de quien se sabe terminada, finada pero no sucumbe ante los poderes de la muerte. La ninfa de los bosques veía su propio llanto arrastrándose por sus ojos. Dirigiendo sus pasos en busca de su efigie de quien el lago se sabía una deidad. Castigada por orden de la naturaleza. Su figura se desvaneció y las constelaciones de su cara se convirtieron en cristales rotos dispersos por el suelo y por su cuerpo arrodillado en la húmeda tierra.
Después de llorar un río incesante de dolor, pensó que debía recuperar su retrato, que nadie tenía derecho a robarle su belleza. Se lanzó al agua, a buscar en las profundidades del lago a su amada.
Nunca más se supo de la más hermosa y bella criatura que jamás ha pisado nuestras tierras; que, de tan bonita que era, se enamoró de sí misma.

nacho sábado dijo
Ya de habitual amo las revisiones mitolóicas, y cuando son tan preciosistas (en este en concreto ha habido un párrafo que me parece se te ha ido un poco, por el resto absorbente: puro deleite) y revisan los porqués de una manera tan directa más.
Que la naturaleza actúe desde el egoismo propio de un comisario estalinista se merece mi grito de admiración.
y ya comentaremos algún día bien a fondo
6 Junio 2006 | 05:35 PM