"Quien quiera verla, la verá" por María González Ovelar
“Cuando despertó, el dinosaurio…”, ¡no, no, no! ¡eso ya ha sido escrito! Pero, ¿qué es lo que aún no hemos transformado en literatura?, ¿qué puedo escribir yo? ... ¡si ya no queda nada! ¡si ya todo ha sido dicho! ¿Qué me han dejado? NADA.
Grecia y Roma legaron al mundo una obra sobre la que hemos establecido la base de nuestra literatura, los árabes introdujeron la sensualidad de los sentidos, Italia nos dio a Dante y a Petrarca, Francia irradió al mundo con su saber, y hoy el nuevo mundo nutre con palabras robadas una escritura que se me antoja vacua; ¡qué desastre!, ¡Oh, Dioses, escuchadme, no se puede vivir sin literatura, no dejéis que muera, no permitáis que desaparezca!
Pero yo sé que no se extinguirá su llama, yo sé que Vesta la guarda. Aunque desde hace algunos años ya nadie escribe... parece que se nos ha olvidado. A mí, a mí me agradaría hallarla, a mí me llenaría de dicha poder crear un cuento. Pero, ¿dónde buscar?
Que alguien me diga de dónde vienen las palabras, de dónde surgen las ideas. Tal vez provengan del norte, aunque también puede que venga del sur, o del este, o del oeste; pero de lo que sí estoy seguro es de que si encontrarlas quiero mucho camino tendré que andar.
El escritor se debatía entre el miedo y la esperanza de encontrar al fin la fuente que aplacara la sed de un mundo que se había quedado seco sin el río de palabras que fluían por la literatura. Sentado en su sillón, miraba en derredor y contemplaba su pequeña morada: el sillón, una mesa, un ordenador y un frigorífico componían el único mobiliario que vestía su alcoba. El escritor, afligido por el vacío de su hogar, contemplaba las hojas; hojas en blanco, llenas de NADA. A él le hubiera gustado convertirlas en una puerta hacia otros mundos; pero esos huecos, esas oquedades infinitas se resistían a transformarse en algo más. Resultaba bastante cómico verle recorrer esas blancuras rodeado de altísimas paredes llenas de libros. Parecía imposible que esa montaña, tan pesada como era, no se le viniese abajo. Igualmente sorprendente era que la casa siguiera en pie.
La pluma en el aire, la tinta en la mesa y el papel blanco sobre sus rodillas, el escritor clavaba sus ojos en el techo en ademán cristiano, esperando quizá que las palabras le lloviesen sobre los hombros. Dedalus, pues así se llamaba el escritor, barruntó que tampoco escribiría aquella tarde. El cuarto, único dormitorio de su casa, le angustiaba; en efecto, la mera presencia de los libros le estresaba. Todas aquellas historias, todos aquellos personajes, todos aquellos paisajes se dibujaban y desdibujaban en su memoria; todos, según él, convivían en el mismo momento: no existía ni un antes ni un después. Todos esos libros, todas esas historias, todos aquellos personajes, TODO vivía al mismo tiempo y no entendía por qué desde hacía 2 años la literatura no había vivido el nacimiento de un nuevo personaje, de un nuevo paisaje, de un nuevo lenguaje. Sobre Dedalus pesaba la historia, siglos de literatura. Este sentimiento de culpa provenía de su infancia. Una noche en la que el niño Dedalus leía, le desazonó una duda: ¿se extinguirán algún día los libros? La crisis de la literatura, esos dos años en los que ningún escritor compuso nada, no tardó en aparecer, y Dedalus se avergonzó de haber vaticinado tan desesperanzador futuro.
Allí estaba él aquella tarde, rodeado de blancas hojas, salpicado de tinta, presionado por los libros que ahogaban las paredes, solo, solo sin Ella. Sin Ella. Sin Musa. Había escuchado su nombre cientos de veces, y tan grande era el respeto que le infundía, que llegó incluso a pensar que su identidad le había sido revelada debido a la negligencia de algún escritorcillo que, en un descuido, había pronunciado su nombre. Muchas veces, en efecto, tropezó con su nombre, pero jamás llegó a conocerla, ni siquiera a verla.
Y barruntó que tampoco aquella tarde la conocería. Quizá, pensó, debería encender el ordenador y navegar un rato por Internet; pero ¿acaso no significaría eso que renunciaba definitivamente a hallar a MUSA.
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
Abrió los ojos, un paisaje gris lo rodeaba, un paisaje gris y un cielo rojo. Al principio se asustó, pues no sentía ni un solo músculo de su cuerpo; tan sólo sus ojos parecían responder a las órdenes de su cuerpo. Sus manos estaban entumecidas, y el resto de su cuerpo dormía en profundo letargo. Pero decidió no preocuparse. De todas formas, lo que le rodeaba era mucho más interesante. El cielo, como ya dijimos rojo en un principio, y la tierra gris cambiaban continuamente de color. Dedalus se dejó cautivar por el amarillo que le llenó de alegría, por el azul que le comunicó la libertad, por el verde que le devolvió la esperanza... hasta que el negro le dejo a oscuras. Afortunadamente, Dedalus había recuperado la motricidad de su cuerpo, así que se calmó pensando que encontraría fácilmente el interruptor. Pero pronto se dio cuenta de que no había ningún interruptor. Registró sus pantalones con la esperanza de hallar en ellos la cajetilla de cerillas que siempre llevaba consigo, pero no
encontró NADA. Se sintió indignado, pues ¡Alguien había apagado la luz, y también Alguien le había robado sus cerillas!
De repente, una llama se abrió paso en la oscuridad.
¿Por qué escribes?, le preguntó la llama.
Yo no escribo, llama, yo nunca he escrito, pues todo cuanto he escrito ha sido ya escrito anteriormente.
Tal vez sea como dices, pero en realidad no has contestado a mi pregunta, objetó la llama. Dime, ¿por qué escribes?
Pues, escribo... por qqu... escribo ya q... y sí, bueno, escribo.
Y la llama se extinguió.
¡No, no te vayas!, exclamó Dedalus, sin embargo la llama no respondió.
Dedalus se encontró nuevamente en la oscuridad; no obstante, había olvidado su amilanamiento y ahora le acechaba una duda: ¿por qué escribo? ¿por qué? ¿por qué...? En realidad desconocía la respuesta a tan simple pregunta. Jamás se había parado a pensar la razón por la que escribía. O tal vez sí, pero de eso hacía ya tanto que ni lo recordaba.
Un silencio ensordecedor lo envolvía, entonces una voz surgió de la quietud.
Para salir de la oscuridad debes responder a la llama, le dijo.
Pero voz, la llama se ha ido, ¿cómo podré contestar a su pregunta?
La llama no se ha ido, Dedalus, no se ha ido.
La voz se desvaneció en la NADA.
¡Voz, espera, no te vayas!, gritó Dedalus, pero de poco le sirvió, pues tras su grito la oscuridad y el silencio lo anegaron todo.
Dedalus no se desanimó y siguió buscando a la llama. Cuando llevaba ya andando un buen rato se oyó un estridente “¡Aaaay, qué me pisas!” Preocupado, Dedalus se apresuró a disculparse.
Lo siento, dijo, es que como no veo nada...
¿Cómo?, ¿qué no ves nada? Pero si todo está muy clarito hombre: el cielo, por ejemplo, está a tu derecha, la tierra justo debajo de la manga de tu camisa y los árboles están justo bajo tus pies.
Ah sí... pues la verdad es que no me había dado cuenta. ¿Dónde dices que están los árboles?
Bajo tus pies.
Dedalus levantó levemente el pie izquierdo y lo volvió a apoyar suavemente sobre... un árbol.
Uy, es cierto. Seas quien seas sabes mucho, seguro que tú podrías decirme dónde está la llama.
En la oscuridad resonó una carcajada.
¿La llama? ¿Tú quieres encontrar a la llama?
Sí...
Bueno no sé, búscala; tal vez tú tengas más suerte que los demás, aunque si yo fuera tú abandonaría la busca; muchos calvarios evitarías si desistieses ahora.
Dices que otros la han buscado.
Sí, y todos fallaron. La llama sólo aparece una vez. Y digo yo que si tú la buscas es que ya la has visto porque sino ¿cómo ibas tú a saber que ella existe? Lo que significa que, bueno que... ¡ay, ya me he perdido!
Que no la volveré a ver más.
Eso, que no volverás a verla más.
Pero, ¿cómo sabe usted que...?
¿Es que no me has entendido? A ver, si me pre...
No, no, si eso sí que lo he entendido. Me preguntaba sólo cómo es que usted sabe que a la llama se la puede ver una única vez.
Pues porque otros como tú, bueno, mejores que tú, lo intentaron.
Y eso, ¿cómo lo sabe?
¡Porque yo soy uno de esos otros!
Pero la segunda voz se extinguió también y Dedalus se quedó solo y en silencio. Anduvo y anduvo durante días pero no encontró ni a la llama, ni a la voz, ni a ‘uno de esos otros’.
Dedalus no perdió la esperanza, ni la libertad, ni la alegría que le proporcionaba pensar en la escritura, en su escritura, en la literatura. Caminó sobre los árboles y sintió el arrebol de las nubes en su piel... Me consta que un día habló como sigue:
“Tal vez las palabras hayan estado siempre ahí, reposando en silencio en las profundidades marinas. Tal vez esperarán siglos antes de que el hombre las redescubriera, tal vez yo no sería NADIE si ellas no me acompañaran hoy. Pero también puede que las palabras no sean tan importantes, quizá sólo delimiten unas formas en una masa más bien difusa, más bien vaga.
Tal vez las palabras no puedan ser rescritas por segunda vez, tal vez las palabras escritas por segunda vez sean distintas, tracen, delimiten una forma diferente. Tal vez las palabras vivan por sí solas, pero precisen también de nosotros para existir. Una palabra sola, aislada; una palabra silenciada, no escuchada, ¿quién es?, ¿qué es? NADA.”
De repente voz surgió de la nada y le preguntó:
¿No crees entonces que la literatura sea tan sólo una invención nuestra?
No, no lo creo, la literatura vive, respira y se mueve, brilla como la luz, nos habla como una voz y nos rodea como el aire.
Pero entonces, preguntó ‘uno de los otros’, ¿no nos necesita?
Sí, sí que nos necesita.
Fue entonces cuando la llama le iluminó poco a poco,
poco a poco
poco a poco
poco a poco
poco a poco
poco a poco
Dedalus se despertó, y descubrió que: ¡no había sido más que un sueño!
No obstante, sobre sus rodillas encontró una hoja en la que se podía leer:
“Escribir es como bordar una colcha con varios retazos, escribir es reinventar lo inventado, yo no escribo lo que ya ha sido escrito, llama, pues de mí surge algo nuevo, y entre quienes me lean surgirán miles de historias distintas a la que yo escribí, pues ellos son también reinventores de historias. ¡Oh llama!, tú me has mostrado el camino. Era cierto como yo pensaba que todo existe al mismo tiempo, pero lo que yo no sabía es que hay cosas que no perecen ni perecerán nunca por mucho que llueva en la tierra, ¡oh, llama!”

Eugenio dijo
La llama-da llega a quien la merece.
Tu estás llamada a ser una comunicadora de historias con efectos irreversibles sobre mi corteza cerebral.
Espero que no lo dejes nunca,
que no olvides tu obligación para con quien siente que te toca sólo a través de tus textos.
Eres una furia latente que centellea de rabia en las palabras agolpadas de amor, oportunidades y vida a grandes trazos de literatura.
De la necesidad de tus ideas nace mi timidez a la hora de abrazarte en comentarios... el silencio de quien admira y relee a gotas congeladas de una estupefacción irremediable lo que dices y dejas de contar.
31 Mayo 2006 | 11:38 PM