Caminaba absorto entre las sombras de los árboles de un día soleado. Había llegado hasta ahí después de un largo paseo sin rumbo desde su casa. Se sentó en un banco y sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos y un mechero. Se puso el cigarro en la boca, lo encendió y miró hacia arriba inclinando la cabeza. El sol le cegó por momentos, se frotó los ojos y perdió la ocasión de verla por primera vez. Maldita su suerte.

Días después, fue con unos amigos a ver una reposición de Los niños del paraíso. Sus amigos decidieron ir a la filmoteca porque Plan Oculto no les llamaba demasiado la atención y, muy a pesar suyo, tuvo que sustituir un corto trayecto –el cine estaba en su misma calle- por uno largo –para ir a la filmoteca debía coger el coche-. Salió tarde tras tres horas de película y perdió la oportunidad de verla otra vez, pues ella pasó por la puerta del cine justo a la hora que terminaba la película de Spike Lee.

En el supermercado la vio por primera vez. Cogió unas cervezas para ir a casa de un amigo y, en la cola, entre cabezas y vagamente, vislumbró unas manos pagando. Pensó: “Joder, qué buena que está”. Ella metió los artículos adquiridos en sus bolsas y marchó. Él pidió que le dejaran pasar, que sólo tenía que pagar tres cervezas. Sin resultados. Ahí se quedó.

Por la noche, cuando llegó a su casa, se masturbó recreándose en las partes que todavía recordaba del cuerpo de ella: las manos. E imaginándose las que no había visto o había olvidado llegó al clímax. Soñó con una mujer que en su mente se asemejaba al cuerpo de ella. Estaba tan cerca de él que sólo levantando el brazo la tocaba, lo intentó hacer, pero al intentar manipular el sueño, tomó consciencia y se despertó.

Fue a tomar unas cañas y unos aperitivos a un bar cerca de su casa con unos amigos. Se sentaron, hablaron sobre qué podían hacer ese verano. Él creyó verla pasar muy cerca suyo, se giró para contemplarla pero la confundió entre la multitud de La Avenida. Alguien dijo: “Menudo Ferrari”, se giró hacia el otro lado, vio un Ferrari Maranello azul oscuro cromado con un abuelo conduciendo. Volvió la vista hacia ella pero la había perdido.

Salió al balcón y sacudió unas ropas. Saludó a su vecina que estaba tendiendo. Habló sobre el tiempo, lo sucio que estaba el rellano y ella pasó por debajo. La vecina dijo: “Qué chica más guapa”. Él miró hacia abajo. “Ahí, ahí… cruzando la esquina” insistía la vecina. Tan sólo pudo verle las piernas.

Se levantó pronto y decidió ir a visitar a sus padres al campo. Bajó a la calle y se metió en el coche. Paró en un semáforo en rojo. La vio pasar por delante de sus narices en el paso de cebra. Se determinó a bajar del coche. Abrió la puerta. Puso un pie en el suelo, y después el otro. Corrió hacia ella entre los transeúntes, le tocó el hombro, se giró y no era ella.

No dejó de masturbarse y de pensar en ella desde el primer día que la vio y desde el día en que no la vio. La siguió viendo durante mucho, mucho tiempo. En una heladería, en el bar de la esquina, por el centro comercial, en el fútbol, en el horno, en el cine, en una discoteca, en un anuncio, en el trabajo…