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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

28 Mayo 2006

Biodiversidad, por Vincent Ferré

SICILIA
Octubre 26 de 1987
Hotel "Goldener Angel"

Mi muy querido y grande Maestro:

Soy consciente de que el contenido de esta carta podría indignarle y hasta enfurecerle, pero mi angustia me impide olvidar los interrogantes que me sobrevuelan. Le pido, con la humildad de un siervo, que considere esta misiva hasta el final de la misma y que me dé, si es poseedor de él, un antídoto para estos dilemas de alma y montura de caballero.

Hoy he asistido de nuevo a la universidad. Estoy seguro de su rictus recriminatorio al conocer la anarquía de su indisciplinado y sin embargo amante alumno. Un profesor amigo de la treintena ha tratado de explicar porqué es mejor pensar que sentir, porqué el sentir es tan perjudicial como la verdad herida; porqué sentir es un mal camino en el brutal mundo que vivimos.

Mis compañeros asentían clónicamente las aseveraciones del titulado; nadie parecía estar en desacuerdo con él, ni incluso yo, que sufría en mi interior la tormenta del genio ignorante, del bípedo que camina a cuatro patas, del cobarde que no puede ni osa luchar contra sus miedos, porque son éstos los que dominan la totalidad de sus actos de víctima del futuro.

Mi estimado Maestro, ¡si hubiera estado allí! El profesor era calvo y bajo. Como usted dice, cuando a aquella combinación se le une la mirada de arpía asiática de la Mongolia extraterrestre indica sin ningún tipo de ambivalencia el carácter amargo, prepotente y resentido de cualquier persona. El monjil clérigo no hacía más que repetir salmos de estúpidos libros, de subrayar lo que otros infelices como él habían dicho en alguna otra ocasión. Todo estaba basado en ignorar el corazón, pues según él si el cerebro estaba arriba y el corazón abajo era porque éste último sólo servía para latir. ¡No recuerdo ofensa mayor! ¡Latir! ¿Acaso hay alguien que todavía no sepa que se respira por el corazón, que se vive por las venas, que se ama desde el pecho? Lo que dijo este positivista encarcelado es la prueba de mi inexperiencia e ingenuidad.

Señor, le ruego, le exhorto a que me explique cómo se puede vivir sin corazón, cómo se puede calcular lo incalculable y pensar lo que sólo debe ser sentido. Sabe usted que yo nunca jamás utilizaría ese conocimiento en mi existencia. Debe estar seguro de que conmigo tiene al fiel admirador, al servidor infinito de la casa en llamas, que me cuido de sucumbir a las tentaciones que el destino me tiene preparadas en cada esquina. Mas créame imperativamente en mi discurso escrito en sangre.

Estos días intento redactar sin éxito los mejores poemas de mis páginas tristes. Si antes de forma sencilla fui capaz de contraer palabras y sentimientos de duración indiferente, hoy me siento solo ante un muro de inquebrantable piedra. Para mí ya no hay muerte que signifique lágrima; estoy en una campana de cristal, sin luz. Admiro sus obras esperando encontrarme de frente con el alado que me abofetee, que me duela lo suficiente como para descomponerme sin reconstrucción posible. Ahora sé que el llanto es poesía líquida.

Como ya habrá adivinado, si le cuento esta anécdota de lo irreversible es porque yo mismo me siento débil. A veces me despierto y no sé si quiero dejar de sentir. Miro a los ojos a los que tengo delante de mí y sé que su alma es miserable; camino sin rumbo y puedo asegurar mis pasos con los ojos de guía marchito. No puedo obviar la tristeza de observar a las tortugas que me rodean; a aquellos que desprecian el arte y viven sin vida en una burbuja de material niquelado. Oírles me estremece; lloro en puntiagudos filamentos que se me clavan, temo no aguantar el próximo advenimiento.

Ni siquiera el sentirme desgraciado me hace más feliz. Usted tiene la fortaleza suficiente para aguantar las dudas de aprendiz, los problemas de una infancia demasiado condescendiente, los miedos de animal de buhardilla. Cómo puede lograr y continuar creando sin caer en la destrucción interior es algo que no consigo comprender. Sigo pensando en la mezcolanza que es la proximidad que me acecha; en ella nadie parece creer en la pasión de las verdades extremas, nadie ama sin ojos y el abrazo de la fusión, el único posible para mí, es interpretado como una copulación de felinos.

¿Se sirve usted de la música, quizá? Pruebo a escuchar las sinfonías que un día eligió para mí y sin embargo nunca tengo la sensación de haber llegado hasta ese punto de pleno vacío. Jamás he llegado a recordar el parque donde una vez navegué o el amor de infante caduco que recibí de mis padres y educadores alternos. En este momento, mientras le escribo, trato de ausentarme de cualquier sonido que contamine mis sentimientos. ¡Me gustaría tanto ser siempre sincero!

He reflexionado durante demasiado tiempo sobre la belleza. Lo horrible me arrastra entre callejones de oscura algarabía y agónica tensión. No encuentro lo bello y temo, una vez más, que no exista; que lo bello sea otra de esas tramas confeccionadas en tiempos de belicidad. ¿Está lo bello en lo extranjero y desconocido? ¿Existe sólo lo bello en el reino de los ciegos?

Lo que le pido es el secreto de la supervivencia; le pido una razón para existir. Cada vez que acudo al acantilado que usted ya conoce siento que una irresistible y atractiva fuerza me empuja paso a paso al borde del abismo. No quisiera desaparecer sin avisarle; Maestro, es usted la única persona en la que pienso antes de realizar cualquiera de mis acciones. Me pregunto siempre si aprobaría o no lo que estoy a punto de llevar a cabo. Ahora me siento como un niño de rodillas famélicas y ojos apagados; me esfuerzo por no acercarme al mar asesino, por no salir de mi refugio ni jugar en conjuntos de felicidad terrorista.

Agradeciéndole su atención me despido. Suplico me conteste con la mayor celeridad posible. Sé que no tengo derecho a reclamarle nada, pero ya no le hablo como discípulo sino como humilde semejante de alma desgraciada. No pido más la verdad, sino el consejo para respirar sin que el pecho se me quiebre. Me estremezco por momentos, Señor, cualquier segundo que pasa es otra lenta agonía que me cubre. Anhelo sin esperanza el llanto silencioso de violín.

Todo suyo

J u a n C a r l os M a r t í n A m a d o r

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

HollyG

HollyG dijo

Me da bastante 'cosa' (palabra comodín) comentar vuestros textos. Por eso no posteé tu entrada anterior, a pesar de que me pareció magnífica.

Creo que ésta la iguala o la supera.

Saludos

28 Mayo 2006 | 07:14 PM

Alba Nieto Cerdeiriña

Alba Nieto Cerdeiriña dijo

El llanto es poesía líquida..Se me sale el corazón Vince,que no el cerebro..
¿Se lo explicas tú?

Te estimo más a través de los textos que en persona,aunque ahora me gustaría abrazarte

29 Mayo 2006 | 09:15 PM

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