La Huida, por Ignacio Naya
El refinamiento de desfallecer. Recuerdo mis primeros desmayos. En concreto el primero, el que comenzó este fraseo constante de situaciones límite; me sorprendió en la butaca de un cine. Tenía yo 7 años. Creé mucha fascinación. No entiendo si el enjambre de nerviosos y exaltados que se lanzó a la curiosidad de ver al niño inconsciente entre sus propias palomitas (desperdigadas al golpear la moqueta del suelo, escribiendo una macabra coreografía con mis huesos) fue movido por algo que no fuera el llano y claro morbo. Aún hoy ocurre así. Aún hoy de vez en cuando viene alguien y manosea mi cara, mi torso, el contorno de mis muslos, esperando, estúpidamente, reanimar mi conciencia con sus torpes movimientos. El impulso, en estos casos: nada más alejado de la piedad como la autosatisfacción.
Desde ese momento todo fue a peor.
A mi familia le costó asumir la incapacidad del primer nacido. Yo significaba el error inicial. Un error que podría expandir su tragedia endógena al resto de la prole malcriada que, en el momento en que comencé a idear Mi Plan, cenaba con Sus Chicas en el comedor, riendo e inmersos en un gran jolgorio del que no estaba enterado y del que posiblemente me hubiera avergonzado de haber sabido la causa. En ese preciso instante me encontraba en mi cuarto dando los últimos trazos de lo que me aventuro a llamar: Mi Gran Obra. No he comentado todavía a lo que me dedico. Con el paso de los años mi exagerada cantidad de desmayos me habían vuelto progresivamente un animal hogareño. Mis salidas del edificio victoriano propiedad de mis apellidos (desde tiempos y glorias de los que yo en particular no puedo sentirme orgulloso) se limitaban de forma única a rápidas visitas a miembros de la familia con residencia en los alrededores. Es por aquellos escarceos que soy dibujante de comics: la biblioteca gráfica de uno de mis tíos abrumaría al más gordo y patizambo freak de toda Europa. Podría, lo sé, haber dedicado mis horas de encierro a sumergir mi habilidad en otros aspectos artísticamente más reseñables, empero: me divertía más la ocupación que profesaba.
Una noche mi hogar se llenó de extraños. Matiz que creo necesario: a mí me eran extraños. A los que compartían mi misma sangre se les antojaban amistades, grandes conocidos, fastuosos estandartes de la camaradería, “colegas”, buenos tipos… En el primer piso mi familia había organizado un asueto largo, enfundado en un horrible hilo musical. El hilo musical fue posiblemente una de tantas chispas que azuzaron mi apresuramiento.
Había ideado para cada uno de mis familiares un delicioso destino particular y exclusivamente decorado. A mis hermanos les había relegado a la bajeza de enfrentarse al estridente rumor de una Black & Decker correteando por entre el tabique nasal; no me ocuparía en exceso de ellos: creo que con un breve fileteado final habría satisfecho mis inquietudes. Mis padres era otro cantar. Con ellos iba a pasar una tarde fabulosa; rebosaría de ingenua alegría como cuando cenábamos costillas con salsas americanas y luego me llevaban al cine. Tenía secuestrado bajo mi cama un pelapatatas ciertamente oxidado que descubrí en el cajón de uno de mis tíos; una chica había cuidado en los últimos meses mis uñas, dejándolas impecablemente largas (mi madre se puso contentísima al descubrir esta inesperada preocupación por mi apariencia); un equipo de grabación con monitor incluido descansaba en el altillo ; y lo que más frenético me volvía cada vez que imaginaba el sinfín de posibilidades que me proporcionaría: una maza mugrienta y robusta, hurtada de la tienda de artículos para la tala de árboles que se encontraba cuatro manzanas hacia el sur.
Pero no podía esperar a que se vaciara la casa. El ajetreo y las aberraciones compositivas que se desprendían del equipo del salón me hicieron resolver la necesidad de una actuación inmediata. Me sumió en la más absoluta tristeza no poder recrear mis fantasías. De aquello aprendí que uno no puede tenerlo todo en la vida. Podría parecer un inmaduro descubrimiento tras haber superado la mayoría de edad, pero espero que pueda comprenderse la tremenda decepción que supuso.
Me quedaba un recurso que hubiera sido inútil si Poirot hubiera rondado por allí. Fui afortunado: en mi ciudad nunca hubo en el cuerpo de policía nadie que pudiera aproximarse a los bigotes del belga.
Abrí el pequeño armario de nogal que descansaba a la derecha de mi estantería. Allí, al resguardo de una llave que sólo yo podía tener en posesión, escondía un frasco. Al contacto con la luz aquel recipiente destellaba reflejos rosáceos. Las zonas limítrofes de aquella feliz luminosidad coloreada aleatoriamente por dios sabe qué maravilla natural no eran claras a la vista. Digo que dios sabrá qué maravilla natural conseguía parir aquel reflejo porque el líquido de aquella pequeña cantimplora de cristal era de un verde pálido indiscutible. Ahora, pasemos a Mi Plan.
Bajé las escaleras de madera que separaban el piso en el que yo oscuramente me encontraba con el de la extravagante fiesta. Nada más pisar el último escalón (el primero para alguien habituado a subir más que a bajar) mi madre corrió a mi encuentro. Su cháchara fue imposible de entender. Sólo alcanzo a recordar ciertos movimientos alegres e intermitentes sonrisas sorprendidas que dibujaron su rostro. Me guió -yo en pijama, sin duchar después de dos días, aunque os aseguro que mi olor corporal nunca ha sido fuerte- hacia la ponchera. Una ponchera que conocéis. La ponchera que veis en cada fiesta de instituto y en cada evento en el cine. La ponchera en que Debbie vierte con cariño el jugo esperando que a Brad se le antoje una delicia. Aquella famosísima ponchera estaba allí, en mi casa. Y lo mejor de todo: sería la portadora de mi propósito.
En un momento en que mi atractivo gestador paró la música, el baile, y las conversaciones subiéndose a la mesa para lanzar traidoramente un discurso de confraternidad yo me escabullí. Me coloqué al lado de la ponchera. Los ojos de los asistentes se centraron en los resultones bigotes de mi padre. Introduje disimuladamente el contenido del frasco en la bebida. La removí con suavidad. El color volvía a ser el habitual. El hombre que había propiciado mi nacimiento acabó la arenga y segundos después incitó a rellenar vasos y copas y a entrechocar las bebidas en pos de la alegría y la unión porque hoy… ¡hasta su hijo estaba entre todos ellos!
Subí sin ser visto a mi habitación. Allí preparé con rapidez la bolsa deportiva que, desde ese instante, sería mi futuro. Mi vuelta a comenzar. Aunque también podía suceder que, claro, me desmayara en la carretera y que me atropellara algún camionero más bebido de lo habitual. Pero de todos modos, merecía la pena. Y por supuesto, cualquier cosa sería mejor que acabar en prisión por toda mi vida. Lo que acababa de hacer, si he de ser sincero, no estaba del todo bien.
Algún otro día, quizá cuando haya pasado el tiempo suficiente –y ya han sido años desde aquello- y se haya olvidado el fenecer colectivo que a la mañana siguiente inundó como un riachuelo los diarios locales, ofreceré alguna de mis aventuras posteriores. He tenido, por suerte, una existencia inquieta y peculiar; puedo aseverar que interesante. Pero sería un terrible desbarajuste que por razón de mi vanidad narrativa se me acabaran el buen vino y las caminatas matinales. Es comprensible, ¿me equivoco?

HollyG dijo
Me ha encantado!
Excelente descripción de una psicopatía.
"Una ponchera que conocéis. La ponchera que veis en cada fiesta de instituto y en cada evento en el cine. La ponchera en que Debbie vierte con cariño el jugo esperando que a Brad se le antoje una delicia. Aquella famosísima ponchera estaba allí, en mi casa". Me recordó a Chuck Palahniuk.
Saludos
28 Mayo 2006 | 07:09 PM