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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

24 Mayo 2006

"Un carrete de 36" por María González Ovelar

Por la oscura carretera que todo lo borra, dirigía sus fugaces impresiones Cancio. “Hoy será un gran día para el Madrid”, se dijo mientras metía la cuarta. En su coche azulado, lleno de golpes y de roces, vibraba de impaciencia este hombre menudo, de manos largas y expresión perdida. A sus 50 años, había fotografiado las caras impasibles de artistas y pitonisas; de pintores y sofistas; de atracos y fiestas elitistas. Ataviado con un traje gris y una llamativa corbata roja, conducía su gran atractivo por las finas curvas de la M-30. Descuidaba las noticias, y se devanaba su sonrisa –siempre atractiva, siempre furtiva- entre la multitud de coches que adelantaba tarareando canciones de Andrés Pajares. Corría el año 1989, y las carreteras de la capital hervían –a pesar del frío del invierno- con el humo de los coches. “¡Maldita sea! –exclamó palideciendo tras su turbia barba blanca— ya está la M-30 como todos los días; ¡hay que ver cómo está Madrid!”. Y Cancio dejó que un murmullo de cláxones, sirenas y neumáticos le envolviera.
Cancio intentaba –con poco éxito- discurrir entre los camiones, coches y ciclomotores que empantanaban la vía. Sus pensamientos recaían, como una losa, sobre el volante, mientras sus deseos se concentraban en el partido de baloncesto que seguramente ya habría empezado. “Y como no, para variar, llegaré tarde”, se dijo ponsando, mansamente, el codo izquierdo en la ventanilla de su Seat. Mano apoyada sobre la sien, vista puesta en la distancia que le separaba del estadio; ¡qué difícil era no pisarle más el acelerador!
Tráfico, tranquilo. Hasta que, de repente, se concentró en el techo del coche un anuncio fatídico. Entonces su ratita, que así llamaba Cancio a su Canon F-610, pegó un respingón en el asiento contiguo. La velocidad decayó aún más, y los vehículos recayeron, ante la orden de unos agentes, en un sólo carril. Las ambulancias, los coches de bomberos y de la policía destilaron sus sonidos por las ventanillas del coche de Cancio. “Ya está, ya la hemos liado: un accidente", se dijo aburrido. Pasos parsimoniosos le guiaron hasta el lugar de los hechos. No estaba de servicio, pero en un abrir y cerrar de ojos había colgado su ratita al cuello, y había salido a hacer unas fotos del siniestro para el medio en el que trabajaba. Le hubiera gustado alimentar a su cámara con los primeros minutos del partido que enfrentaba al Real Madrid con el Cai Zaragoza, pero un suceso es un suceso, y sólo las malas noticias son noticia. A la mierda, la pasión fotográfica. Aparcado el coche a un lado de la vía, y con la identificación en el bolsillo, congeló el amasijo de hierros y vísceras que colgaban cerca del azul del cielo. Raudo y preciso. Equilibrista de instantes mortales.
Flotaban en el espacio carambolas de percas negras; Cancio las atrapó en su máquina. Colores de asfalto puntillistas se comían los gorros rojos de los bomberos; Cancio los aisló en su papel plateado. Obraban por la M-30, pies desnudos, ropa descosida, sangre helada; Cancio los disparó desde la negrura de su cámara. Una, dos, tres veces, cerró el obturador el reportero; una, dos, treinta veces, imaginó en su retina un encuadre olvidado. Carne, huesos y bomberos. Un Opel Kadett blanco y unos guardias alterados. Un Lancia Thema rojo y más bomberos preocupados. Quince minutos descansando sobre los parachoques cercenados. Gritos y silencios aullados en una tarde de invierno.
Cancio lo tenía claro: el conductor del Lancia había perdido el control, saltado la mediana e invadido el carril contrario hasta chocar, de pleno, contra el Opel. “Los dos están muertos”, pensó. Tras de sí, dejó una estela de muerte y un rastro de vida apagada. Carrete en mano, voló hacia su Seat y arrancó el vehículo. Se olvidó de esos mórbidos momentos, y deslizó la película en el bolsillo derecho se su chaqueta.
Uno, dos, tres, hasta 20 minutos pasaron antes de que el fotógrafo alcanzara el Palacio de los Deportes de la capital. Pisó el acelerador y pasó de los 90 km por hora permitidos; pero ni perdió el control, ni se llevó por delante 6 árboles, ni destrozó 5 metros de carretera, ni invadió la calzada contraria como lo había hecho el conductor del Lancia. Su ratita, descansaba tranquila en el asiento del copiloto. Canció aparcó el coche, y la cogió decidido por el objetivo. Meciéndola en su cuello, se la llevo al estadio. Rugían las gradas, rugían los jugadores. “Hombre, Cancio; llega usted tarde, pa’ variar –le dijo el vigilante–; si es que nos trabaja usted mucho hombre. Ande pase, que le hemos guardado su sitio.”
Los recuerdos no terminan con una pelota golpeando el frío suelo de líneas y zapatillas. Sobre los deslices y el volar de algunos jugadores, Cancio reposó su vista cansada. Rechinar de deportivas, rebotes y pivotes, posesiones volátiles de pocos segundos. Asistencias perdidas y carga explosiva del Cai. Una defensa espléndida, asfixiante del Madrid. Triples decaídos. Pero las gradas se congelaron. Se oían los gritos, de un anciano que, a diez asientos a la derecha de Cancio, escuchaba la retrasmisión del partido con una radio roja. “¡Fernando Martín ha muerto!” Derraparon sus palabras, invadieron la cabeza de Cancio, y chocaron contra sus vértebras. “Fernando Martín ha muerto... –se dijó, asustado–, no puede ser”. En el bolsillo derecho de la chaqueta, una mano jugaba traviesa con un carrete de 36 fotos. “Tengo a Fernando en el bolsillo, llevo su cuerpo inerte en la chaqueta”, musitó. “¡Fernando Martín ha muerto!”, una vez destapada la tapa de la verdad, los aficionados chillaban al unísono. Fernando Martín, jugador del Real Madrid, no estaba en el terreno porque estaba lesionado. A nadie se le había ocurrido que la ausencia de un día se fuera a convertir en eterna.
Murmullo de voces en la nada de un recinto cerrado que olía a muerte forense. Silencio tronador de la pelota. Redes vacías, ávidas de unos ojos que las miren. Fernando, muerto. “Fernando ha muerto”, se repitió para sus adentros el reportero. Un pitido en uno de los altavoces cortó todo balbuceo, todo siseo. Un locutor explicó que el número 10 del Madrid acababa de morir hacia media hora en un accidente en la M-30. Cancio no pudo oír más. Su mente y su mirada hicieron una digresión, cogieron la M-30 y giraron en la vía de circunvalación madrileña. Aparcó sus pensamientos en una mañana de ese noviembre en la que había comido junto a Fernando en un restaurante de las afueras de la capital. Fernando Martín adoraba Madrid, sus calles empedradas, su bullicio solano. “Ya no me quiero marchar, me quiero quedar aquí el resto mi vida –le había dicho a Cancio mientras compartían una botella de Bajoz–, disfruté en EE UU, pero ahora quiero quedarme en la capital, con mi hermano, con los míos”. La botella teñía las finas copas de rojos y taninos. “En el próximo partido te hago unas fotos, que ya me apetece a mí volverte a hacer unas sobre el terreno de juego –dijo el fotógrafo. “Bien. Pero un día de estos, me haces unas con mi novia. Pero eso sí, que sean sólo para mí; nada de medios, ¿eh?”. “Pues claro, Fernando”.
“Pues claro Fernando”, se oyó mascullar Cancio desde su asiento en la grada del Palacio de los Deportes. “Te llevo en el bolsillo de mi chaqueta, como una herida abierta, como un amigo al que no se deja”.
Cancio llamó a la redacción. “Felipe, el accidente... la carretera..., Fernando Martín..., están todos aquí, en un carrete..., en mi chaqueta...”
Detrás del parasol izquierdo del Lancia, un policía encontró una foto del número 10 del Madrid. “Fernando Martín. Fotografía: Raúl Cancio”, se leía en el reverso. Dos nombres unidos en la luz de una tarde de noviembre, dos nombres manchados por los cristales rotos de una película derrapada.

Subió al Seat y arrancó el coche. Pero antes de salir del aparcamiento, Cancio miró condenado a su compañera de viaje.
La ratita descansaba tranquila sobre el asiento.

Marie_O

servido por laauroradenuevayork 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Alba Nieto Cerdeiriña

Alba Nieto Cerdeiriña dijo

Serás retorcida,hermanita...Pobre Cancio,qué soporte,que fuerza!
Me encantan los dos.En el primero me veo algo reflejada..y a ti también,of course.Sonia,Shaniah,María..Amante del manga,de lo bien hecho.Tú si que sais-faire!

Bueno,qué crítica,pensaréis,pero,¿Qué esperabais?Se trata de ma belle grande soeur..

Keep on doing,está genial esta iniciativa blogg-era,que no "la era del blog".Los de Vicente son tan guays también..Me daré una vuelta por el resto otro dia..Curiosear..Disconnectar..al fin y al cabo.
Besitos.
Qué registro,qué recursos,Marie!

25 Mayo 2006 | 08:14 PM

Carlos

Carlos dijo

Cancio, con nombre de emperador romano, degusta semanalmente tus instantaneas tan aseadas. Las de esta semana olerán a cerveza.

25 Mayo 2006 | 11:06 PM

Yo

Yo dijo

Se nota que no conoces de nada a Cancio, porque de hombre menudo no tiene nada. jajajajajaja.

3 Diciembre 2006 | 02:26 PM

Yo

Yo dijo

se nota que no conoces de nada a Raul Cancio porque te aseguro que de hombre menudo no tiene nada. Jajajajajajaja. Además el no iba hacia el Palacio de los Deportes iba hacia el Calderón.

3 Diciembre 2006 | 02:28 PM

pssss

pssss dijo

esss

8 Marzo 2007 | 02:13 AM

Yo-cancio

Yo-cancio dijo

tía eres pedante hasta la extenuación

además visitando tu fotolog se nota que te crees la mejor del mundo y no es que seas lo peor pero no tienes nada de especial como tú te crees, además de sexy-colegiala nada, te faltan tetas, te sobra nariz y pa ser una femme fatale que es lo que pretendes te falta cuarto y mitá de chicha por no decir muchas más cosas...

a los tíos no nos ponen las engreídas pocas tetas como tú...

8 Marzo 2007 | 02:19 AM

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