"El holgazán" por Iván Sirgado
-¡¡Qué perezoso eres, hijo mío!!
Esta recurrente frase para destacar su apatía auguraba lo que iba a ser su vida. Las constantes reprimendas de su madre, a las que Raúl hacía oídos sordos, no hicieron mella en su concepción de vida. Se pasaba las tardes frente al televisor sin mover ni un dedo en casa, más que el que le servía para cambiar de canal. Se sabía de memoria los diálogos de casi todas las series de dibujos animados. Conocía la parrilla televisiva a la perfección y especulaba sobre la invención de un mando a distancia mental que le permitiese cambiar de canal sin siquiera moverse. Nunca fue un chico trabajador. En el colegio siempre acababa el último en hacer las tareas de clase, si es que las terminaba. Durante los años que permaneció en la escuela se molestó muy poco en hacer buenos amigos y con los que hizo involuntariamente -como simple consecuencia de acudir a clase- tampoco quedaba sino es que estos se acercaban a su casa. Dejó los estudios con quince años tras repetir octavo de EGB dos veces. Su vida consistía en pasearse por la casa con su batín, del dormitorio al sillón del comedor y viceversa. Sin prisa y con pausa.
Tras varios años soportando una haraganería imperturbable, su madre decidió mandarlo a trabajar al quiosco de su tío. Esa misma mañana, cruzando el paso de peatones contiguo a la salida del portal de su casa, un conductor despistado le regaló cuatro meses de reposo. El conductor se dio a la fuga y un testigo tomó la matrícula. La indemnización fue millonaria. La suerte sonreía a Raúl enseñando todos sus dientes y Raúl no podía estar más contento. Ahora, ya no era que pudiese estar tirado en el sillón todo el día, sino que debía estarlo. Él no se aburría, ni mucho menos. Huelga decir que nunca se había divertido lo suficiente como para poder aburrirse. No conocía muchas cosas más allá de los programas de televisión, y del colegio ya sólo recordaba las clases de educación sexual que le permitían fantasear de vez en cuando para satisfacer su libido. Nunca se esforzó demasiado por entender las cosas. Sumido en su ignorancia era muchísimo más feliz que la mayoría de la gente. No tenía preocupaciones. No había nada que le quitara el sueño ni que le hiciera despertar de su letargo intelectual, que ya duraba poco más de veintiún años.
Días más tarde de su vigésimo-segundo cumpleaños sus padres se fueron a vivir a la capital, a casa de la abuela, y él se quedó viviendo en el pequeño chalé a las afueras de la ciudad. Se administró bien el dinero de la indemnización y pagaba a un recadero para que le trajera lo necesario para subsistir. Dormía horas y horas. Al principio sólo ocho o nueve. Cuando se fueron sus padres, aumentó a diez o once. Cuando descubrió que los pocos haces de luz diurnos que entraban por su habitación le impedían dormir más, le encargó al recadero un antifaz para que nada le perturbase mientras descansaba. Esto aumentó sus horas de sueño significativamente. De once horas había pasado a dormir quince. Pronto se percató de que dejar las ventanas de la casa abiertas invitaba a los ruidos externos a franquear impunemente las líneas del hogar. Haciendo uso de mucha de su energía, cerró todas las ventanas de la casa y bajó todas sus persianas. La casa quedó completamente a oscuras. Se vio obligado a situar algunas lámparas en lugares estratégicos de la casa de manera que los techos atraparan la luz y la dispersaran a lo largo y ancho de la habitación. No obstante, apagar y encender todas aquellas luces cada vez que se iba a dormir o se despertaba respectivamente, le resultaba una tarea superflua. Pronto redujo el número de las fuentes luminosas a dos. Una, encima de su mesita de noche, y otra, en el suelo, al lado del sillón. El sosiego en la oscuridad del unifamiliar incitaba al sueño de Raúl que veía cómo su día se hacía más corto paulatinamente. Llegó a dormir 18 horas seguidas perdiendo por completo el sentido horario. -¿Qué hora será?- se preguntaba a sí mismo.
Hasta entonces había coincidido que el teléfono, que reposaba sobre una pequeña mesa redonda de plástico de cuatro patas a la vera del sillón, había sonado cuando Raúl estaba despierto. Un día, el teléfono sonó cuando todavía estaba en su cama, alterando su sopor. Después de desperezarse, caminó hasta el salón y desconectó el teléfono, aislándose todavía más en su profunda incomunicación. Pocos días después reparó en que si movía su cama hasta el salón, ya no tendría que mover su pesado cuerpo desde el sillón hasta la cama, que quedaba a unos diez metros. Así pues, decidió, con ayuda del recadero, trasladar su cama hasta ponerla frente al televisor, sustituyendo el cuatro, que su posición formaba cuando se sentaba en el sillón, por un uno horizontal, más conveniente y oportuno. Entendía el esfuerzo como el proceso para no tener que esforzarse luego, para estar más cómodo. Es decir, contribuyó en el trabajo de desplazar su cama porque sabía que su consecuencia directa era no tener que caminar desde su cama hasta el sillón nunca más. Aprovechó el trabajo en equipo, ganándose la confianza del repartidor -único contacto con el exterior- para darle una copia de la llave del chalé de manera que no tendría que moverse siquiera para recibirlo. Apagó la luz de su habitación definitivamente y cerró la puerta impetuosamente, diciéndose a sí mismo que ya no volvería a entrar. En compañía de la espectral iluminación que el único globo de lumbre despedía recostado en el adoquín más cercano de la cama, comenzó a utilizar las botellas de agua como recipiente para su orina y un cubo de ropa sucia para sus excrementos.
Desde entonces, y exceptuando los momentos en que debía levantarse para hacerse algo de comer, permanecía las seis horas de su escaso día tumbado en su cama, viendo pasar las imágenes del televisor como vagones de interminables trenes que desembocaban en la fantasía de sus sueños. Muchas veces dejaba de comer para no tener que levantarse de la cama, pero a veces el hambre era demasiado poderosa y vencía a la holgazanería. Sin embargo, poco a poco, fue acostumbrando su cuerpo al hambre y no se movía más que para sacar, de alguna de las bolsas que su recadero había dejado cerca de la cama, cualquier alimento que no necesitase ser preparado. Se inclinaba tímidamente con ayuda de sus cojines para no atragantarse y depositaba la bolsa de patatas sobre su barriga. Su nutrición se basaba en agua, papas y en el afán de sus células de comerse unas a otras y a la propia grasa de su cuerpo. La inanición era patente y voluntaria. De ser un chico gordo, bien nutrido y sano, había pasado a ser un joven demacrado y enjuto, enfermo y débil, aislado de todos y de todo. Perdido en su soledad en algún punto entre la vigilia y el sueño continuaba circunscrito por los ángulos rectos de su cama e invadido por la tenebrosidad y lobreguez del salón. El hedor que desprendía tanto su cuerpo como el cubo de plástico que rebosaba excrementos le era ahora tan familiar que apenas lo percibía. Había perdido el sentido del gusto por comer siempre el mismo tipo de papas. Se sentía desubicado, su sentido de la orientación y del espacio-tiempo se había disipado como en un sueño cuyas puertas llevan a mundos desconocidos e imaginarios. Discernir entre sueño y realidad cada vez se le hacía más difícil. Vivía, quizá, consciente de las cosas que le rodeaban, pero se pasaba tanto tiempo durmiendo que cuando despertaba en ese mar de sombras y tinieblas, le costaba diferenciar si ya había amanecido o si continuaba preso de las injerencias de su mente. Apagó la última luz de la casa que descansaba al costado de su cama y pasó a dormir 20 horas al día. Osado en sus divagaciones, pensó que si dejaba conectada la tele en el mismo canal reduciría sus acciones todavía más para sólo tener que apagarla y encenderla. Con ello, discurrió una vez más para caer en la cuenta de que si bajaba el volumen todo lo posible, ni siquiera necesitaría apagar y encender la tele; el mando a distancia ya había perdido su función. Ahora, cuando se despertaba, la tele ya estaba encendida, y cuando quería irse a dormir, el volumen no le molestaba, porque no tenía.
Bajo un silencio sepulcral, el salón, convertido en depósito de residuos y en cementerio de un solo ser viviente, veía cómo Raúl se extinguía tumbado sobre su cama, inamovible y con el cuerpo entumecido. Cuanto menos comía y bebía, menos defecaba y orinaba, hasta el punto de hacer cada ejercicio sólo una vez a la semana. Con el tiempo, empezaron a salirle algunas ronchas por la espalda y pronto aparecieran las primeras erupciones en su piel. Una combinación del sudor, de la poca ventilación que disfrutaba y la carencia nutritiva de algunas vitaminas necesarias para subsistir, provocaban el desprendimiento de algunas zonas del cuero curtido y una dermatosis que erosionaba su cuerpo lentamente.
Rondaba el vigésimo-noveno año de su vida cuando, reflexionando, llegó a una curiosa conclusión. Dormir tanto le cansaba. Se despertaba y ya volvía a tener ganas de dormirse otra vez. Disertó que dormir tanto era contraproducente para su propia pereza. No podía ser perezoso si su cansancio no le dejaba serlo. Tras varios días indagando en esta idea comenzó a sobrevolar su cabeza lo que creyó una fantástica idea. Empapado de su propia holgazanería que, llevada hasta sus límites, había desembocado en una terrible insania, pensó que dormir y soñar implicaba unas acciones que podía evitar. Razonando estos pensamientos, se levantó de la cama y se acercó a la cocina cuya nevera estaba plagada por todo tipo de insectos derramando las marcas de sus cuerpos en forma de incisión y succionando los vestigios de los alimentos vetustos y putrefactos que anidaban en el interior del refrigerador. Con cautela, se acercó pavoroso al cajón de los cubiertos de donde extrajo un largo cuchillo afilado de mango de madera. Sin pensárselo dos veces, retraído en su soliloquio, levantó con dificultad su brazo entumecido y hendió la hoja del cuchillo a lo largo de las venas de su muñeca izquierda, provocándose una muerte segura. Al charco de su sangre acudieron los horribles insectos que devoraron, con el tiempo, la totalidad de su cuerpo. Días más tarde, apareció el recadero.

Lucía dijo
Madre mía! Espero que nunca me debore la pereza de esa forma!
Magnífico! De veras!
Un besete muy fuerte y felicidades por el texto!
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23 Mayo 2006 | 11:02 AM