Alegato final, por Holly Golightly
Para que conste en acta, señoras y señores del jurado:
El que hoy les habla es un buscador de tesoros. Un arqueólogo de su recuerdo, de vocación tardía. Un converso sinceramente arrepentido. Un penitente que irá descalzo desde hoy y durante los próximos mil años. Un historiador que registrará para la posteridad la cronología de sus silencios y de sus batallas personales. Para que conste en acta, el milagro de esta transformación es por ella.
Antes de que me condenen, quiero que escuchen mi alegato final. Que no eludiré las responsabilidades de mis actos pero han de atender a la metamorfosis mística que se ha obrado en este pobre pecador. Les aseguro que hace tiempo que me despedí del ilusionista sin ilusiones y del pirómano que encendió una hoguera en su honor. De quien quemó hojas secas y libros. Plásticos poliformes, fotos y contratos firmados con sangre. Del mismo que le infringió medio año de infierno sentimental cuyas pruebas materiales se elevaron en una columna de humo negro por encima de los tejados. Avistada a más de 10 kilómetros de distancia. Como un ritual de purificación y sacrificio que borró prácticamente su rastro.
Pero un historial de delitos no es toda la vida de un hombre.
Para que conste en acta, esa mutación espiritual vino con el hallazgo de un error en mis labores de esterilización. Un jersey en una bolsa de plástico que había olvidado. Olía a ella. Lo tiré y escupí sobre el recuerdo. “Después de ti y de mí, todavía hay especies animales que no conozco”, escribí.
Sólo una noche de insomnio bastó para que de un descubrimiento aparentemente insignificante naciera el atisbo de la duda. Nunca debí esforzarme en pulverizar el impacto de una existencia esencial para la supervivencia de este microcosmos…
Para que conste en acta, traté de recuperar la prenda de ropa al día siguiente porque se había convertido en símbolo de mi redención, pero la eficacia del servicio de recogida de basuras acabó con cualquier esperanza de enmendar de forma fácil e higiénica esta falta por la que hoy me expongo ante ustedes.
Lejos de hacerme desistir, mi primer fracaso me empujó a la difícil y estúpida empresa de encontrar un objeto que me la trajera de nuevo. Me propuse reconstruir una historia que yo mismo había reducido a cenizas con una búsqueda exhaustiva. Revolví cajones y retiré muebles. Buceé en archivos y revelé carretes. Pasé el aspirador por todos los rincones y hurgué en los huecos de mi memoria. Desesperé en fondos de vasos de cristal opaco. Me levanté una y otra vez con cada nuevo delirio. Nada.
¿Qué sobrevivió de ella después de todo? “Después de ti y de mí, sólo quedan manchas en el parquet”, escribí.
Pensé incluso en ponerme en contacto con la gente que la conoció, pero no quería manchar su recuerdo. Dirán que mi propia memoria está por encima de cualquier concreción material y pensarán en la ilógica aplastante de mi misión. Creo que nunca nos pondremos de acuerdo en este punto.
Ni fotos que pretendí olvidar desterrándolas a algún cajón.
Ni pendientes huérfanos de su par.
Ni frascos de perfume vacíos.
Ni notas recordatorias con su caligrafía infantil.
Ni productos estéticos femeninos.
Ni mensajes en el contestador.
¿Aciertan a comprender mi desesperación?
Vencido por la imposibilidad de la posibilidad. Reducido a la mínima expresión de mi mismo. Recluido por los siglos de los siglos en mi miseria personal. Profundamente abatido por dejarla marchar sin pedir perdón, la noche de autos resolví ir al cementerio.
En este punto, les confesaré que estos lugares me provocan un terror irracional. La caminata eterna por corredores de lápidas anónimas y de aire saturado por el olor a flores muertas. Todo el peso de los recuerdos de los cuerpos en descomposición sobrevolando las cabezas de los muertos en vida.
La última vez antes de la última vez que me atreví a recorrer el camino de cipreses tenía nueve años. No entraré en detalles irrelevantes de lágrima fácil pero puedo asegurarles que aquella experiencia – tormenta de verano que ahogaba los llantos de cuervos disfrazados de mujer, mi madre dejándose caer sobre el féretro, el poliéster mojado sobre mis piernas de niño – fraguó un miedo que hoy, a mis 42 años de edad, no he superado.
Aun así, una fuerza sobrenatural me condujo como ciego, sordo y mudo hasta ella. Con nocturnidad y alevosía, lo admito, arranqué su lápida, abrí su ataúd y arrastré su cuerpo hasta mi coche. Todavía hoy no me explico qué clase de providencia divina me ayudó aquella noche a atravesar a una velocidad temeraria toda la ciudad con el cadáver de mi amante en el maletero.
Del trayecto de vuelta sólo recuerdo la sensación de euforia, el fuego que se expandió por cada una de mis terminaciones nerviosas y el alivio de comprobar que los siete días de cautiverio en un nicho no habían conseguido apenas corromper la hermosura extraordinaria que encerraba su cuerpo desde la primera hasta la última curvatura.
La tarea más complicada de toda esta locura no fue, al contrario de lo que se pudiera pensar, la de profanar su tumba y cargarla sobre mi espalda, sino entrar a casa con un bulto de esas dimensiones sin ser descubierto.
No piensen que había trazado un plan meticuloso. En realidad, salvo el objetivo inicial de traerla conmigo, la sucesión de hechos a partir de ese momento se fue hilando sobre la marcha. Mis conocimientos sobre embalsamamiento son rudimentarios por lo que concluí que la mejor solución era quedarme con pequeños trozos de su existencia y deshacerme del resto muy a mi pesar.
Me convencí de que el fin de mis actos justificaba lo grotesco de estas acciones. Pensé en reliquias religiosas, en las extremidades momificadas de santos o en el prepucio de Cristo, dentro de vitrinas de cristal irrompible en armoniosa convivencia con retablos, capillas y arbotantes y veneradas por fervientes devotos o turistas fisgones.
Ahí está el quid de la cuestión, señoras y señores de jurado. Sin más justificación que la de presentarme como el creyente de la más perfecta de las religiones, envasé al vacío la uña del dedo anular de su mano izquierda, uno de sus cabellos castaños y sus dos ojos. Antes de eso, le puse un vestido que compré para ella y le hice varias docenas de fotos. Capturé en una grabación el sonido de mis dedos golpeando con suavidad su columna vertebral y sus mejillas. Catalogué y etiqueté mis tesoros. Los coloqué sobre la estantería de roble macizo del salón, metí los restos descartados en bolsas de basura y los enterré en el jardín trasero de mi casa. Fue la primera noche que pude dormir de un tirón después del accidente.
Lo que sigue ya figura en el informe policial así que no me detendré en los detalles. Fueron sólo dos meses de resurrección hasta mi detención pero les mentiría si dijera que me arrepiento de lo que hice. Desde el primer momento rechacé escudarme en una enfermedad mental ficticia para librarme de prisión. Si hay algo que lamento es haber descubierto el secreto de nuestra relación y el daño que esta revelación pudiera haber ocasionado a terceras personas. Tampoco creo prudente ofrecerles datos de nuestra historia en común y de su punto y final porque las concreciones en este caso no van a ayudarles a entender los motivos de mis acciones. Nos conocimos, nos enamoramos y a los seis meses ella me dejó. Es todo lo que necesitan saber.
Pueden llamarme loco o monstruo y condenarme a una eternidad entre rejas. Pueden aplicarme un castigo ejemplarizante y dejar que caiga sobre mí todo el peso de eso que llaman justicia. Pueden estudiar mi caso, rezar por mi salvación espiritual y escribir la biografía falsa de un psicópata. Nada de eso me importa. Yo sólo pido… Les suplico que me permitan llevarme a la celda al menos sus ojos, uno de sus cabellos o la uña del dedo anular de su mano izquierda.

Teresa dijo
Mi alegato inicial, primera parte:
Seré escueta y parca en palabras. Soy partidaria de las sentencias abreviadas. Sin pretextos ni excusas, digo que tu estreno en tan valeroso relato virtual ha sido sobresaliente. Te recomiendo que no te escondas tras parapetos ni seudónimos cinéfilos porque puedes tener un futuro brillante como escritora de nombre propio.
Lo mejor de tan agridulce texto es tu capacidad para describir sentimientos. Un 10 preciosa!
Muacks!
22 Mayo 2006 | 11:50 AM