Hans, por Ignacio Naya
La conciencia me llama a narrar una historia que, si bien no confío en hacer creer, veo necesario propagar de algún modo. Mi confianza en su veracidad no va más allá de una fe absoluta en las palabras de un buen amigo, el juez M., al que pude conocer intensamente durante mi estancia en Suecia. Contóme la historia sin la pomposidad que posiblemente impregne este relato; aún así en términos generales creo haber conseguido no desvirtuar, en las inquietas noches en las que se confabulaban contra mi los hados del sueño, los hechos que vengo a explicar a continuación. Repito que no pido credulidad: me basta con unos minutos de atención.
Esta es la historia:
Sucedía en Estocolmo que no era, en el tiempo en que se enmarcan estos acontecimientos, habitual que se perturbara la vida de sus habitantes con salvajes asesinatos o escandalosos hurtos en los que la sospecha y la cábala envolvieran la investigación que los proseguía. Por ello, el descubrimiento por parte de uno de los vecinos en los límites de la ciudad del cuerpo mutilado de K. J. en las inmediaciones de un contenedor levantó un gran revuelo; un río continuo de curiosos llegaba desde todos los puntos de la ciudad a interesarse por el crimen, otros simplemente debatían –desconocedores de toda prueba fehaciente- sus impresiones sobre el mismo en cafés y sobremesas.
Mucho se habló del caso, y con el tiempo se construyeron en las efervescentes imaginaciones de los capitalinos leyendas y cuentos que, fuera como fuese, no tenían ni pies ni cabeza.
No tardaron las autoridades en sellar de bien lejos el lugar en que el cuerpo fue hallado; a pesar de toda la cura que se puso en impedir la intromisión de civiles siempre alguno conseguía saltar el cordón policial y observar unos segundo las ya delimitadas pruebas y el rastro de sangre seca que de forma ortogonal se dibujaba en la pared y los adoquines del suelo.
Es cierto que el gabinete designado para organizar, dirigir y estructurar las pesquisas se vio desbordado por la imposibilidad de avanzar -a pesar de las innumerables pruebas que pudieron extraer de los restos del cuerpo- ni un solo ápice en sus conclusiones acerca del homicidio. Cuando una ciudad no vive en el continuo ajetreo de la descarnada delincuencia, su policía está en pañales frente a hechos como el acaecido.
Fue un alivio para todos que un reputado sabueso –tenido en consideración inclusive por las altas esferas de la Europa menos septentrional (esto era, desde el país escandinavo, toda una carta de presentación)- pasara el invierno en Estocolmo. Aquel hombre había comenzado su carrera a caballo entre París y Berlín, resolviendo imposibles casos, ya fueran manipulaciones políticas, actos de extorsión a organizaciones sindicales o, cómo ahora tenían entre manos los suecos, brutales asesinatos realizados por manos aparentemente invisibles. Su estancia en la capital sueca se debía a una ineludible revisión médica en la que sólo un prestigioso instituto médico de Estocolmo había aventurado poder tener éxito. El afamado detective llevaba por nombre Hans. No tenía interés por el cuerpo que, sin pies ni extremidades superiores, había sido lanzado pasto de las ratas al servicio de limpieza.
Al director del cuerpo policial y al ministro que debía ocuparse de asuntos tales les costó sacar del hostal en que se encontraba al extranjero. Reiteradas negativas llegaron con descuidada caligrafía, en lengua inglesa, a sendos despachos. Desamparados como estaban se personaron en la recepción del hostal esperando mantener, aunque fuera, una breve entrevista en la que Hans pudiera entender cuán necesaria era su aportación; además, por la parte del mandatario ministerial una fervorosa admiración le concitaba a charlar con el detective.
Por supuesto, Hans acabó por aceptar; no sin antes incluir en la hoja de prerrogativas la absoluta libertad de movimiento por los lugares donde el alemán creyera oportuno, además de la asunción por parte del ayuntamiento del gasto que su estancia pudiera provocar; por añadidura demandó su traslado inmediato a un hotel en condiciones: insistió a título personal en su preferencia por los desayunos copiosos, que lo tuvieran en cuenta, vamos. El ministro aceptó las condiciones estrechando su mano mientras agitaba la cabeza en son de agradecimiento, lo que a Hans le trajo a la mente al perro que en su adolescencia sus tíos tenían en la casa del campo.
Le llevaron en un Ford oscuro y reluciente, nacarado en las rejillas frontales y en los centros metálicos circundados por los neumáticos. Le mostraron durante todo un día los cotejos que, en el transcurso de los días, habían aparecido en la escena del crimen y alrededores. Las muecas de desinterés con que obsequiaba el detective a los que ahora serían por un tiempo sus subordinados indignó a más de uno; de hecho, es destacable que dos de los principales y más considerados policías de la capital se negaran a continuar la línea de investigación de Hans, aduciendo una terrible gripe que, inexplicablemente, había alcanzado a ambos por igual y al unísono.
Hans el detective durante los arduos periodos de conjeturas y tanteos sufría desvelos nocturnos. Las nuevas heladas septentrionales, el fuego norteño que azotaba a golpes helados Estocolmo y las particularidades del buen hacer sueco no cambiaron la situación. Aunque se presentara cansado y aburrido de su colaboración, lo cierto es que su alma se removía pletórica: el aliciente de probarse tan lejos de casa le ilusionaba enormemente. Jugar al juego de siempre allá arriba era harto atrayente. Cuando rechazó de forma rotunda las primeras ofertas del ministro lo había hecho con convencimiento; pero una vez en el ajo, el resto de cosas eran secundarias; incluso dejó pasar algunas de las revisiones médicas, que por cierto, habían resuelto en las primeras sesiones un grave problema cardíaco.
El torso de K. J. les había ofrecido una serie de averiguaciones nada desdeñables. Hans trabajó de inmediato sobre datos como: rastros de piel desprendida diferente al tejido epidérmico del mutilado; hematomas que por su extensión y gravedad únicamente podían haber sido creados por los golpes de un cuerpo robusto y de puño descomunal; heridas abiertas de forma tímida en los costados, posiblemente fruto de una breve tortura previa a la cercenadura; y un trapo liso, de un solo color pardo sin motivos identificativos. El escollo que suponía no disponer del cráneo (y por consiguiente de la dentadura) del desgraciado en cuestión hacía imposible su reconocimiento, y menos todavía con los pésimos aparatos que podían proporcionarle las autoridades estocolmesas.
Hans vagó unas semanas por las barriadas marginales de Estocolmo. Pertinaz, se entrometió tanto como pudo en las vidas familiares, académicas, económicas y sociales de aquellos despojos. Sacó en claro, al menos, la pasividad con que el crimen florecía en la península escandinava; una incierta preocupación asaltaba a los interrogados cuando se presentaban en la conversación el narcotráfico y el mercado negro, pero, por lo visto, Hans no tendría mucho más dónde rascar. No perdía, sin embargo, la esperanza firme que se había construido con los años y que confirmaba que fuera como fuese, había una vía de investigación correcta que en algún momento saldría a la luz. Pero ajeno a sus movimientos, en otro lugar, al mismo tiempo, se fraguaba una insidiosa y abyecta conspiración contra su persona.
Los indignados oficiales se mantuvieron, cómo ya se ha comentado, al margen de la investigación oficial. Esto no quiere decir que se hubieran olvidado de Hans. Que el departamento al completo aceptara la denigrante subordinación que suponía hacer los recados que el alemán mandaba enfurecía a ambos por igual; también entre las unidades que habían quedado en sus puestos se encontraban algunos resentidos con la actual situación. Lo que se antojaba un largo proceso hasta aclarar el brutal acontecimiento dio tiempo suficiente a los apartados agentes para cavilar sobre cómo podían quitar de en medio al extranjero grande y arrollador que había irrumpido en la vida del departamento de forma tan insultante.
Hans, por supuesto, en ningún momento pudo deducir que a raíz de su intromisión se hubiera formado sendos enemigos tan firmes y empecinados. Éstos, por su parte, resolvieron no poner escollos al transcurso de las pesquisas, sino tratar de vejar al detective de modo irreversible, causando todo el impacto posible, esperando una airada reacción tanto dentro del cuerpo como en los fascinados estocolmeses (y, por extensión, suecos de todo el país). Al todavía confiado germano la vastedad helada de la ciudad le insuflaba la suficiente seguridad como para no parar atención a los rumores que se alzaban a su alrededor.
Un aciago día el detective quedó pálido al entrar por el portón principal de la oficina central. Nada más ver entrar su gabardina color oliva oscuro y las botas negras como el petróleo, reluciendo bajo los haces de luz amarillenta que traslucían las mamparas entre los escritorios, el cuerpo de policía al completo freno sus ocupaciones y alzaron la mirada hacia la pesada figura de Hans. Se topó con un inesperado ejército inquisitorial. De pronto, el ya de por si frígido tratamiento que con sus colegas había mantenido se tornó brusco e incómodo. El que hacía las veces de segundo en la jerarquía de las investigaciones (Y.) acercó sus pasos y le comentó que necesitaban charlar unos minutos.
Ya en el despacho, Y. explicó la situación:
- Hans… Nos han llegado algunas informaciones muy incómodas sobre el caso –dejó pasar unos segundos, gestualizando cierta incomodidad- . Se habla de que puede que seas tú, bueno, el… homicida –Hans se sobresaltó y las ruedas de la silla traquetearon-. Nos ha llegado una carta asegurando tu implicación, y creo que sería conveniente que dieras de tu parte (que nos permitas analizar tu sangre y algunas cosas más, quiero decir) para probar tu, de la que no dudo, inocencia.
La palidez que en un principio la tomó con la expresión del detective viró hacia un intenso tono escarlata. No podía creer que alguien, en aquel desierto que era Suecia, aquella infausta colonia de ciervos alejada de la Gran Europa, algún cernícalo hubiera tenido los cojones de proferir tal absurdidad. Daría lo que le pidieran, sólo por desconcertar a los desgraciados que habían querido mofarse de su ahora rasgado honor.
- Claro, Y.; entiendo que aún siendo una majadería necesitéis comprobarlo.
- Gracias por tu colaboración, Hans. Pensaba que te sentirías ofendido, o que te negarías en redondo, pero ya veo que eres un hombre cabal.
Si Hans encontraba a los responsables de la falaz misiva les arrancaría los dientes uno a uno con toda la parsimonia de la que se creía capaz.
Las pruebas de los componentes sanguíneos, los estudios sobre la dermis, la extremada posibilidad que hacía cuadrar su complexión con la del agresor y algunas circunstancias más hicieron declarar al equipo forense que: “Sin temor a caer en el error o el descuido, y tras una intensa contrastación de los datos obtenidos de los análisis demandados, podemos afirmar que los resultados coinciden de forma inequívoca con los extraídos del cuerpo asesinado”. Hans era, a todas luces, el autor del crimen.
La noticia le llegó de manos del propio Y., quien con cautela se presentó en el piso que le había sido otorgado de forma provisional al detective. No sin cierto temor a una violenta reacción, Y. le explicó lo sucedido al viejo Hans. La mueca que se formó en su cara al escuchar la rotunda aseveración puso en guardia a Y.; Hans quedó petrificado, incapacitado para responder siquiera con rabia a la sinrazón que desprovista de tacto alguno acababa de convertir su estancia en la ciudad en un infausto infierno. Era, literalmente, imposible.
Se movilizó un fuerte contingente judicial. Gracias a la intervención de Y. se permitió que fuera el propio Hans el que acudiera al tribunal; por el momento se le declararía arrestado en el interior del piso. Para el alemán la huída no era una opción. No se planteaba siquiera la posibilidad de enfrentarse a la por fin saciada y voraz necesidad de respuestas a la que el país había sucumbido. Su única opción sería esgrimir ante el poder jurídico su sentida inocencia, y la incontrastable coartada que lo situaba en el momento de la agresión en el centro mismo de Estocolmo.
Los agentes que habían aducido la tremenda gripe habían reintegrado sus servicios. Por lo visto habían sanado can rapidez. Lo curioso (lo que hace quizá imposible de resolver las contradicciones que al final de esta historia asaltarán al lector) es que, en todo el tiempo que gastaron en conspirar contra el acusado nunca llegaron a un acuerdo; tanta fue la falta de consenso que optaron por únicamente enviar el anónimo que inculpaba al alemán, del que por supuesto no esperaban que produjera más que un efímero chismorreo de semanas. Estaban tan sorprendidos como el resto de que Hans fuera el homicida.
Pasaron los días, y se fijó la fecha del proceso el 17 de julio.
Se colocó la gabardina. Trató de recomponerse de una vez por todas. Iba a hacerse justicia y –a pesar del su talante en ocasiones poco afín al viejo y raído poder legislativo- fuera como fuera, aquello era ineludible. Instantes antes de salir del pisucho encontró, tirado al costado de la consola del recibidor, un sombrero; un sombrero que era en absolutamente todo (color, contorno y talla) exacto al que descansaba ahora sobre su cabeza. Las mismas imperfecciones que se habían abierto con los años en el borde derecho de la visera, el mismo tono castaño, el calcado tacto rugoso de su sombrero de siempre… Un temor helado corrió por sus venas, retorciendo su corazón de forma que un dolor caminó por su pecho como si un arpón hubiera cruzado –escondido tras los pulmones- la carne que lo separaba del exterior. El robusto detective vaciló ante el espejo de la entrada. Tanteó su pecho con la mano izquierda, temblando, incapaz de proporcionarse una deducción coherente para aquella prenda tirada en el suelo. Su pulso estalló en un rápido tamborilear. Las sienes del germano parecían estrecharse, estrujando su cráneo más y más cada segundo; si un clavicordio desafinado se hubiera cobijado entre el tejido cerebral la sensación no hubiera distado demasiado de la actual.
Salió a duras penas de la casa y alcanzó el portal terriblemente confuso. Al salir a la calle encontró la blancura del julio sueco más desnuda de lo habitual si cabía. El trajín diario de automóviles y comercios pausó su ansiedad: quizá lo que acababa de suceder fuera una tramposa jugada inconsciente para evadirle del proceso al que habría de enfrentarse. Inició su andadura hacia el transporte oficial que le llevaría a las puertas del tribunal. Y. le esperaba en el conocido Ford oscuro, en la esquina de dos calles más allá.
A medio camino de Y. una presencia sobresaltó a Hans. Al otro lado de la calle un silbido limpio e hiriente le hizo girar la cabeza. Allá, frente al establecimiento de dulces, separado de Hans por el asfalto de doble carril, se dibujaba una figura de aproximadamente metro noventa. Parecía, se dijo Hans, un barril agigantado. La figura estaba enfundada en una amplia gabardina idéntica a la del detective, de un intenso verde oliva; calzaba unas botas que, aún desde la lejanía, podían adivinarse de un inconfundible y brillante negror; el pelo le ondeaba pulcramente recortado, pues no llevaba gorro alguno. El corazón de Hans dio un vuelco cuando la sospecha que se había afianzado –construida con implacable temor- mientras observaba las vestiduras del individuo se hizo clara; los surcos de su rostro, la incipiente papada afeada por un trazo desigual, los ojos hundidos bajo unas espesas y descuidadas cejas: aquel era el propio Hans. Un Hans en la acera contraria. Un Hans que agitaba la mano derecha con una amistosa sonrisa dibujada en los labios. Hans saludando a Hans; Hans provocando un incipiente ataque de ansiedad en Hans.
Pasó un autobús entre los dos. Al dejar libre de nuevo el campo de visión, Hans vio el ajetreo de la mañana estocolmesa, nada más.
Seguro de una desenfrenada y surrealista conspiración contra su persona alegó en el juicio como defensa lo sucedido aquella mañana. Las autoridades no encontraron rastro del individuo explicado por Hans, sin embargo sí obtuvieron el sombrero del que habló el acusado, un sombrero aparentemente exacto al que el procesado tenía entre sus manos. A pesar de la extrañeza que provocó en el juez aquel aparente escollo, no era ni tan solo prueba suficiente como para derrumbar las concluyentes averiguaciones que habían conducido el ataque de la fiscalía.
Hans fue declarado culpable de la agresión, la desmembración y la tortura de K. J.
Aquel juez era M.; y créanme si les digo que después de la resolución de culpabilidad del germano y de su encierro en una de las más terribles prisiones Suecas, lo visitó tantas veces como le fue posible. Sus visitas no fueron encubiertas, y causó algo de revuelo su relación con el hombre al que él mismo había ajusticiado. Con el tiempo confió en sus argumentos, y se convenció de su inocencia. A pesar de esta convicción, nada se podía hacer sin unos hechos irrefutables, los cuales no poseían. M. me narró lo ocurrido de forma sentida, y creo que si algún sueco descubriera esta confesión arrebatada acerca de la opinión del juez M. respecto a Hans, su posición correría grave peligro. El descrédito del que sería víctima destrozaría su brillante carrera; así que: espero que sepan guardar un secreto.

Rosemary Clooney dijo
Imaginemos que una simple llamada nos hace sospechosos de un asesinato...
-¿Qué relación tenía con esta persona...?
[...]
Creo que has conseguido transmitir lo que querías.
Me ha encantado introducirme en los escenarios de una novela policiaca a estas horas de la tarde.
Pd: Gracias :D , tip
21 Mayo 2006 | 07:31 PM