"El Mendigo" por Fibla
Encogido en un rincón de la calle portal del Ángel habita un profeta. Viste una chaqueta holgada con innumerables bolsillos. Afirma ser invisible. Y en cierto modo lo es. La primera vez que pasé por su rincón no fui capaz de fijarme en un bulto arrugado que tendía la mano a cualquier avatar. Pero una hora después efectué el camino de vuelta y la naturaleza quiso que me fijase en un rayo de sol que atravesaba una vidriera herrumbrosa y oscurecida por años de abandono. El rayo venía a morir justo en la palma de la mano más venerable que había contemplado. Fue entonces cuando conocí al dueño de la extremidad. Un mendigo, pensé, que agota las últimas luces en busca de algo que llevarse a la boca. Me acerqué hipnotizado por el espectáculo sin saber muy bien que iba a hacer. Pero antes de decidir nada la palma se cerró en torno al rayo que ya agonizaba y la figura abrió los ojos. Se quedó mirándome fijamente sin decir palabra durante un buen rato. Yo ya me había entregado a su venerabilidad y tan solo esperaba alguna palabra, un gesto o simplemente que volviera a su trance.
-Muchacho, ¿Me prestas un momento tu mano?-dijo el anciano con un murmullo de voz
Todavía mantenía el puño cerrado, como si escondiese algo, y poco a poco lo fue abriendo. La luz había dado ya paso a esa oscuridad grisácea que precede a la noche. Pensé que esta era del tipo de cosas que pasan pocas veces en la vida. Así que extendí la mano en un gesto autónomo. El viejo mantenía la mano completamente abierta y algo brillaba en su palma. Como si la luz se hubiera filtrado y quedado adherida entre las arrugas formando una medusa temblorosa.
-¿Quién es usted?-pregunté de manera un tanto brusca.
-Practico el antiguo oficio de los profetas. Adivino el futuro leyendo en la luz. Si me ofreces la palma de tu mano podrás conocer la vida y el mundo que te aguarda. Sin cartas, sin bola de cristal, tan sólo en la luz reside la respuesta a los acontecimientos venideros. Piénsalo bien. El saber tiene dos filos.
Hubiera proferido alguna frase de desconfianza. Alguna burla típica o un incómodo silencio que terminaría con mis pasos alejándose del supuesto loco. Pero le creí. No lo pensé siquiera. Simplemente tendí la mano y proseguí con el diálogo de sordomudos. El profeta colocó su palma sobre la mía y volvió a cerrar los ojos. Me sentía cansado así que decidí sentarme a su lado, siempre con las palmas juntas. Pasaron 5, 10, 15 minutos. Lo más extraño de todo es que no era consciente de lo que ocurría a mi alrededor. Porque efectivamente había un alrededor. La calle era transitada por numerosas personas, puntitos fugaces, pinceladas de blanco, rojo, verde y negro sobre un fondo de paredes terrosas. De repente el viejo desprendió su mano de la mía. Una media sonrisa adornaba su rostro apergaminado. Mi palma brillaba ahora con fuerza y un pequeño latido recorría su extensión con un ritmo constante y audible. Sobre la piel se habían formado numerosos surcos que brillaban con intermitencia. Al tacto producía la sensación de sumergir los dedos en arena castigada por el sol.
-No puede ser...¿Quién eres?
-La huella del tiempo ha quedado impresa en tu mano. La luz lo sabe todo. Es capaz de viajar allá donde quiere y cuando quiere. Tan sólo hay que saber interpretarla. Conocer su idioma no es tarea fácil. Toda una vida de aprendizaje apenas da para un breve lapso de verdadera práctica. Dime ahora joven, ¿Deseas realmente conocer la historia de tu futuro?
-Si
Comenzó entonces el abuelo a recorrer los surcos en busca de la verdad. Ni un solo amago de expresividad pasaba por su rostro. Tampoco emitía gruñidos de aprobación o desagrado. Simplemente recorría la palma ritualmente y con una concentración inaudita. Yo permanecía hipnotizado, los ojos fijos en ninguna parte, con un deseo de conocer lo que jamás podría haber pensado en conocer. Debía de haber pasado bastante tiempo desde el momento en el que me acerqué por primera vez. Ya no se oía ruido alguno y la oscuridad se hacía presente en todas las ventanas. Me resultaba extraño no sentir frío ni calor. Por un momento se afilaron las cuchillas en mi vientre. ¿Qué demonios estaba pasando? Súbitamente el viejo se levantó y me miró.
-Ya está. Acerca tu oído. Tengo que contarte la historia de lo que será tu vida. Cuando despiertes del trance puede que te sientas desorientado. Tardarás un tiempo en recordar mis palabras.
Me acerqué solemnemente y prometí el valor necesario para no apartar la oreja en ningún momento. La mano había vuelto a su forma natural y me sentía mucho más tranquilo. Ni un momento me había parado a pensar en lo que hacía. Cuando lo intentaba algo me empujaba de nuevo al estado de ingenuidad en el que me hallaba sumergido. Como el bloque de cemento que precipita al condenado por los abismos del mar sin que éste pueda hacer nada. En este estado me dispuse a conocer lo que estaba escrito.
Tranquilamente el viejo comenzó su relato. En este punto perdí contacto con la realidad y me sumergí en un estado de semiconsciencia en el que las palabras eran todo menos palabra. Cuando recuperé el control soplaba un viento cálido que daba un punto más de irrealidad a la escena. Por entre los espacios desprovistos de edificios se adivinaba el principio del día. A lo lejos se oía el murmullo de las máquinas de limpieza esparciendo agua por las calles y aceras. Los primeros transeúntes caminaban con hogazas de pan bajo el brazo o maletines llenos de papeles y bolígrafos.
Con un primer paso decidido comencé a enterrar la noche en el rincón más remoto de mi memoria. Cada paso un puñado más de tierra sobre el profeta, sus palabras y el rayo de sol capturado en la palma de la mano. Ni siquiera pude mirar atrás. La temperatura era agradable así que decidí volver andando a casa. Necesitaba despejarme para saber si lo que acababa de ocurrir era real o producto de un sueño que se había escapado al control de la mente. Había poco tráfico y cruzaba las calles ensimismado y con andar torpe pero constante. En poco tiempo llegaría a casa para dormir y lograr apartarme por unas horas de lo sucedido. Entonces brotaron de la memoria un puñado de letras que pronto adquirieron sentido.
Resonaron las siguientes palabras:
-Caminarás pensativo hacia tu casa. Cuando te dispongas a cruzar la calle Provenza un coche te atropellará provocándote la muerte instantánea. No intentes cambiar lo que está escrito. No podrás. Quizás estés pensando en coger el metro y evitar así el accidente. Pero te aseguro que nada más poner un pie fuera de esta esquina te sentirás irremediablemente conducido hacia tu destino.
Entre el cielo y la tierra habita un falso profeta. Roba las vidas de los ingenuos a quienes logra engañar mediante trucos varios. Su preferido es la adivinación del futuro. Conocedor del secreto de la hipnosis, conduce al condenado a una muerte segura para después vender al cielo o infierno su alma. Sin preferencias, solo dinero contante y sonante. Mercancía de dioses que llevan hasta el límite su aburrimiento en noches apacibles de Mayo.

Bolleta dijo
Como profeta que descodifica las señales de la luz, dislumbro una vida llena de muertes placenteras y resurrecciones esperadas con la vuelta de ese joven ensimismado y con andar torpe pero constante...
Mientras dejaremos que sus palabras resuenen cada jueves, y nos alimentaremos de ellas, aun corriendo el riesgo de atragantarnos.
Pd: Resultado de un espasmo provocado por las ganas de verte y este texto...
jksadfkjanghlakhj
TeQuieroMÁSQueLaTruchaAlTrucho!!
18 Mayo 2006 | 02:41 PM