Las nínfulas sin memoria por María González Ovelar
Cuando se alcanzan los 15 años de edad, uno piensa que ya puede dedicarse a saltar de vida en vida hasta deshojar todas las flores que habitan en los jardines parentales. Pero siempre llega el momento de la lucidez adulta, y como no, siempre viene con la seguridad y la esperanza de arrasarlo todo.
Cuando Sonia tenía 15 años, creía en la música, los encuentros casuales, las coincidencias y la superflua realidad de las cosas. Sonia estaba convencida de que tras la íntima superficie de las cosas, se escondía un mundo apasionante, propio y gutural. Sonia contemplaba una mesa e imaginaba el trajín de fibras de celulosa, motas de polvo y átomos entrelazados. “El mundo está hecho de átomos bailarines; las cosas giran y bailan siempre, incluso cuando parecen inmóviles”; aquellas palabras, recogidas de un libro de fotografía sobre Barbara Morgan, se le habbían quedado grabadas entre pecho y espalda. Sonia se permitía caer en ensoñaciones gatunas en las que veía, con todo lujo de detalles, cómo se desarrollaba la melodiosa vida de las ínfimas e infinitas partículas. De adolescente, sonreía siempre pues creía ser feliz con sus gatos y sus libros, con las series de manga de Telecinco y el queso curado del Mercadona.
Fueron muchos los que observaron su rostro lánguido y abierto desde el precipicio de la cama. Como también fueron muchos los que confundieron sus ojos con los de una virgen enamorada. Sonia aprendió a mentir a escondidas y a mirar de soslayo; a construir naipes de madera y a derribar fortalezas con el chasquido de sus finos y largos dedos. No había memoria funesta que la detuviera en su camino, danzaba y giraba sobre sí misma, dejándose arrastrar por la marea de las horas sin importarle el encargo del tiempo. Hasta que un día tropezó. Con la marcha tranquila de un espejo ajado, con un cigarro mal apagado en el fondo del bolso, con una mancha macilenta en la cavidad bucal de sus vestidos. Las travesuras se tornaron pecados; los caprichos, enojos; los sueños, rabia. Dejo de confiar en las canciones de los Smiths que ocupaban cansinamente el espacio que mediaba entre la puerta de su dormitorio y la minicadena. Dejo de pronunciar el nombre de sus escritores favoritos, por miedo a no poder invocarlos. Desoyó el ímpetu aislado a seguir leyendo, imaginando, bailando. Fue entonces y sólo entonces cuando empezó a oír: el murmullo de las carreteras que se entrechocan, el roce de los guantes rosas con el estropajo enmudecido entre tanto cacharro, el silencio abisal de una casa vacía, hueca y ajena, las suspensivas palabras de los catedráticos de la Complutense y los pitidos insufribles de las tardes de resaca. Sonia perdió a los 18 años el alma infantil de las nínfulas rosadas. Se quedó sola: sin su mar, su playa, su arena y su sol de Alicante. Intentó soliviantar la pérdida con cañas en bares casposos del centro de la capital, con escapadas ruidosas a tumultos ensombrecidos, pero no encontró una brizna de vida en aquellas calles madrileñas. El cambio enturbió su mirada y su mundo se fue apagando poco a poco. Entonces trasformó la necesidad en deber, y el deber en mazmorra. Sin unos padres a los que oponerse, sin la seguridad bobalicona de no tener que hacerse la cama, Sonia se impuso responsabilidades. Ella se convirtió en su padre, en su madre; ella se trasformó en el futuro incierto de su propia sombra. Adiós al microcosmos de las mesas de madera; adiós a la eternidad encubierta de la realidad incierta. Sonia se desposó con la tristeza fiel de su libertad.
Fueron también muchos los que pasaron por su colchón en Madrid, como también lo fueron las canciones que escuchó, los libros que leyó y las películas que vio. Pero en sus ojos brilló por su ausencia el fulgor de su mirada y la sonrisa espontánea de sus cabellos rojos. Sonia olvidó el placer de sus pequeños vicios, la satisfacción innata de sus pecados y la locura risueña de la melancolía. Aparcó su vida como se aparca un coche vacío y adaptó la del vecino, que condujo sin fuerza ni brío, hasta estrellarse una noche de verano.

Luis FG dijo
Cosas que a todos nos ha pasado, de algún modo, pero que apenas hay alguno de nosotros que sabe contarlo. Genial!!
20 Mayo 2006 | 10:29 AM