"Felisa" por Iván Sirgado
Felizmente casados durante cincuenta años, ahora era momento de celebrarlo. Para ello, los hermanos, los cuñados, las nueras, los hijos y los nietos (aquí, lo convencionalmente denominado como familia adquiría connotaciones demasiado cínicas; de ahí que los clasifique separadamente, manteniéndome todo lo fiel posible a la historia que nos atañe) se reunieron en la casa de los abuelos, patriarca y matriarca –compleja amalgama, A mal gama- de un árbol genealógico plagado de cuentos fastuosos. Relaciones cercenadas entre los miembros de la familia y familia con relaciones de miembros cercenados. Evito los detalles escatológicos por no ser concernientes a la finalidad de esta historia, no sin antes advertir a los lectores de que lo ausente de este texto es por pura decencia. Es comprensible el comportamiento -en ocasiones, de una incongruencia desmedida y semejante al de un loco desprovisto de eufemismo- de algunos individuos pertenecientes a esta sociedad hegemónica (en lo global) y también tiránica (en lo particular). Pero no por ello podemos considerarlo admisible, ni mucho menos adecuado para este escrito. Debo decir que ningún sujeto del linaje más acérrimo al escepticismo dudó en abandonar los estudios sobre esta majestuosa familia cuando se topó con escollos tan terriblemente sádicos como aquellos que omito. Como decía, a la congregación familiar no faltó ninguno de los todavía bióticos descendientes. Se preparó una suntuosa comilona en cuanto a carne se refiere, de la cual todos quedaron satisfechos excepto Felisa –evidente, firme y duradera vegetariana- que no probó bocado. Como buena herbívora, reparó en este problema, y dispuso una fuente de frutas troceadas.
Se acercaba a los veintidós años más los cincuenta de matrimonio y decía haber vivido siempre contenta, cerca de los suyos, con algún que otro susto desagradable, pero con la certeza de haber querido y ser querida. Adoraba que sus nietos fuesen tan atentos con ella, que disfrutasen con las meriendas y los juegos que su abuela les preparaba. Implicada en la educación de éstos, aseguraba haber aprendido mucho de la vida, casi más de lo que ésta podía ofrecerle. Desde luego, era una mujer inteligentísima, sagaz, prudente, calculadora, a veces quisquillosa, siempre preocupada por los demás, -aquí, -allá (demásaquí y demásallá). Comprometida con la sociedad a lo largo de todos sus años y consciente de la necesidad de un cambio, no era una abuela ancorada en la involución e inmovilismo de la dictadura, sino, más bien, todo lo contrario: creía en el progreso, era tolerante, educada y respetuosa. Sus años de matrimonio le habían regalado el don de la paciencia y una impertinente faja. A petición de su nieta predilecta, la menor de todas que contaba 8 años, mantenía su pelo largo, lacio y blanco. Pero no un blanco grisáceo, no, más bien níveo. Era maravilloso verle el cabello a la luz de la luna porque se argentaba y reflejaba ondulados haces nacarados a lo ancho de su cabellera. Tenía las manos castigadas por los continuos e intensos años de trabajo y, sobre todo, por la cantidad de platos fregados que serían, sin exagerar, cerca de ciento cincuenta mil. Solía lucir faldas larguísimas que le llegaban por los tobillos combinadas con camisas verdes o blancas. Si el lector es condescendiente, sabrá disculpar mi demora en la descripción de esta mujer. Yo tuve la suerte de conocerla, y créanme, no deja indiferente. No era de una belleza envidiable, pero su mirada era muy intensa y en seguida te atrapaba con sus ingeniosos juegos de palabras.
Una vez terminado el banquete, cada pariente hizo entrega de sus regalos. La mayoría de ellos descaradamente nimios, pidiendo a gritos ser tirados al trastero, ocultados para los siglos de los siglos. Algunos de ellos merecían ser lanzados con fuerza para ver si de paso se rompían en la oscuridad de la habitación. No lo hizo así la abuela, siempre agradecida, que colgó cada uno de los cuadros y buscó espacio para todos los bibelots recibidos una vez los familiares marcharon, poco a poco, conforme caía la tarde. Familia por familia. Nunca juntas, cada una en su coche y a distinta hora.
-Cariño, vámonos ya que se me está haciendo tarde y quiero llevar el coche a lavar- le cuchicheaba a la oreja.
-Un momento, me parece que mi hermana se está levantando para irse. Esperemos a ver si se larga.
Tras el alboroto que siempre supone una reunión parental, llegó la calma de la noche, el reluciente blanquecino de la abuela y la sopa previa a las horas de sueño. Una vez en la cama, marido y mujer, recién celebradas sus bodas de oro, acordaron acercarse temprano a pasear por la playa el día siguiente.
Amaneció con indicios de ser un gran día. De momento con suerte, pues el Sol lucía en todo su esplendor. Felisa se levantó cansada (durante la noche se había desvelado por culpa del crispante chirrido que se efectuaba cuando el aire golpeaba las ventanas. Ella, consciente de su ignorancia en el campo del bricolaje y de sus carencias físicas que le impedían alcanzar la parte superior del marco –donde las puertas de la ventana friccionaban-, había rogado a su marido en repetidas ocasiones que lo enmendara. Caso omiso a las demandas de Felisa). Se desperezó, se incorporó y lentamente se dirigió hacia la cocina donde preparó un suculento desayuno cuyo aroma hizo despertar la voracidad de su marido. Comieron los dos sin emitir palabra alguna. El silencio imperaba en el inmueble desde hacía bastante tiempo, exceptuando las cálidas acogidas que la casa regurgitaba cuando los familiares aparecían. Ambos se dieron una ducha, se vistieron y condujeron sus piernas hasta el coche.
Cuando llegaron a la playa situada a pocos kilómetros de su casa, Felisa descubrió sus pies y los hundió en la arena en un pausado y torpe ademán. Su marido hizo lo propio y juntos comenzaron a andar hacia la orilla.
Al rato de ir caminando, Felisa cayó bruscamente de rodillas al suelo. Su marido, preocupado por su estado, la miró sorprendido e hizo un gesto para incorporarla, interrumpido impetuosamente por el brazo de Felisa, que agarraba con una fuerza endemoniada el bíceps de su marido. Éste se deshizo de la tenaza agitando el brazo, lo que le provocó intensos dolores tanto en el bíceps como en el hombro y cayó al suelo presa del pánico y del desequilibrio. En ese instante, tuvo un momento para levantar la cabeza y contemplar el rostro pálido de la muerte vivificada por la macabra mirada de su esposa. Felisa le estiró violentamente de la camiseta y le acuchilló el pecho con sus sedientas uñas. Un furioso y estentóreo alarido terminó por suspender los movimientos de su marido, cuyo cuello había sido desgarrado sin apenas percatarse, inmovilizado por el asombro que las circunstancias le habían provocado. Quedó tendido en la arena, ensangrentado y con una bestia encima que en su locura no cesaba de golpear y arañar el difunto cuerpo de su esposo. La carnicería que ocurrió a continuación -una desorbitada antropofagia- escapa a mi entender. Culminada la tarea se levantó de un salto y miró al frente. El aire se revelaba poderoso, sacudiendo insensatamente la larga falda y la lacia melena de Felisa. El mar, verde azulado, se presentaba inmenso, abarcando más de los 180 grados perceptibles por el ser humano en un mismo plano, así que sólo observaba agua oceánica, salada y llena de porquería. Las olas, procelosas, se batían con las aves marinas por ver quién llegaba antes a la orilla.
A partir de aquí, todo lo que les pueda haber contado sobre Felisa quedará mixtificado para el resto de los siglos. No acierto a entender por qué lo hizo exactamente. Si las razones fueron justificadas, es algo que no podré saber nunca, pues no tengo permitido hablar con ella por ningún medio. Permanece recluida en un centro sanitario. Y cuando digo recluida, quiero decir que está encerrada, enclaustrada, internada, aislada, incomunicada… enjaulada. Todas las adulaciones y elogios que yo haya proferido acerca de esta mujer serán perdidos en un panegírico fácilmente rebatible. Con ello, apuesto toda la credibilidad y verosimilitud labrada tras largos años de redacción periodística cuando afirmo, totalmente convencido, que esta mujer es bondadosa. No lo creerán así quienes conocen esta historia y se atreverán a difamar mi nombre.
El inconmensurable delirio de Felisa todavía perdura. Los científicos que se aventuraron en descubrir las causas de esta incomprensible enfermedad quedaron perplejos al descubrir que su locura no cesaba. Su físico no atiende al cansancio. Con el tiempo, su cuerpo se descompone, devorado por la inanición. Quienes protegen su habitáculo se niegan a describir lo que han visto a través del respiradero por resultarles vomitivo. En la parsimoniosa melodía de los pasillos, todavía retumban los aullidos de una anciana transformada en engendro.
Temo por mi integridad física y psíquica. Los expertos a los que se ha asignado este caso descubrieron recientemente que es una patología hereditaria.

Genaro Gomez Angulo dijo
Ayer no pude conectarme, pero bueno, ya sabes lo q opino ;)
Un buen relato. Bien estructurado, de lectura fácil y con final sorpresa.
Ara q tinc vint anys...
17 Mayo 2006 | 12:35 PM