Categoría: María González Ovelar
5 Julio 2006
“- Al final todo se termina, eso no era difícil de prever, todo acaba por tener un final.”
En ese momento, Blanca sintió como la cerveza no la ayudaba a digerir esa frase, ni siquiera sus más oscuros pensamientos le permitieron mirarle a los ojos. No le miraba, cuando él pronunció esta frase, no lo hacía afortunadamente o desafortunadamente, pues no fue capaz de adivinar si lo que había dicho era o no lo que él sentía. Pero Blanca sabía que así era. Él no había cambiado ni un ápice desde la primera vez, y parecía imposible que llegara a hacerlo.
Pero Blanca hizo como si nada, dio un paso hacia delante, y siguió relatando la historia del 2001.
“- Bueno, sí, ésa fue la última vez que supimos el uno del otro. Después de eso, nada.”
Tampoco entonces fue capaz de mirarle a los ojos. Notaba como el corazón le apretaba la camiseta roja y como sus ojos cerraban el paso a ese cúmulo de lágrimas que se agolpaban ya detrás de sus ojos. Lo que tampoco se esperaba es que él retomara la palabra como si nada.
“- Pues la verdad es que a mí no me importaría nada pasar una o dos semanitas en Roma.”
No entendía, no comprendía, o tal vez sí. Eso era lo que más daño le hacía. Pues comprendía que él se había quedado en el resquicio que marca el límite de los viajeros que se encuentran con una pasión, sabía que él no había tomado ninguno de esos senderos cuyo final nadie conoce, sabía que él ya preveía el final de una historia que para ella no había hecho más que empezar.
“- Pagamos y nos vamos; tengo hambre.” El sonido de sus palabras huecas, pensó Blanca, realmente están huecas. Obediente, Blanca sacó el monedero. Miró al chico con sus jarras de sangría ya preparadas para algún turista advenedizo, y con un movimiento de cabeza consiguió que se les acercara.
“- Me dices que te debemos, eran dos cañas.”
“-3’60”. Blanca había olvidado que, a pesar de lo buenas que estaban las patatas de la Zapatería, sus cañas -frescas y en jarrita- siempre habían sido caras.
El sol. Ya estaban en la calle una vez más. Las dos pálidas figuras de pelo moreno y ojos oscuros se movían sorteando los rayos de luz y eligiendo los huecos de sombra como refugio veraniego. Madrid en julio no es soportable para las personas que rehuyen a los turistas y no quieren ver el sol ni tener que sufrir su calor. No obstante, para Blanca ese calor fue como una bendición. Seguía dolida por lo que había escuchado ahí dentro, no era capaz de aceptarlo, no se lo creía. Hace unos meses tal vez sí, pero en ese momento... Había llegado a pensar que por primera vez él se había enamorado y pensó que en efecto era de ella de la que se había enamorado. Sin embargo, desde hacía algunas semanas sus comentarios habían dejado de aportarle alegrías.
“- ¿Te quedas a comer en mi casa? Voy a hacer arroz basmati y pimientos con huevo revuelto; ¿te apetece?
“– Tengo un montón de comida en casa y sería una pena tener que congelarla, ayer hice paella y sobró un montón. Vente tú.”
“- Quiero trabajar esta tarde, quiero hacer el cartel para la fiesta de Néstor. Quédate.”
Un rictus gracioso nace en la boca de Blanca, de ese mohín brota una sonrisa irónica.
“- No.”
Miguel la empuja hacia el portal, la abraza y la besa. Cuando nota que Blanca se zafa, la atrae más hacia él, la besa, y luego le vuelve a preguntar, “¿seguro que no subes?” Blanca nota cómo toda su persona se concentra en él, en sus trazos, en sus ojos, en su pelo, en su sonrisa, en sus gestos, sabe que le ama... hace tanto que ella no quiere... Pero no olvida.
“– No, ya nos vemos luego.” Se va a sabiendas de que ese luego se lo podía haber ahorrado.
Es entonces, al notar que esa calle llega a su fin cuando se le escapa un sollozo y las lágrimas rompen la presa y caen enfiladas hasta la comisura de sus labios.
Por qué, por qué ¿Por qué le quiere?
Hace calor en esta vieja ciudad de cinco millones y medio de habitantes. Hace calor y las entropías mueven firmemente a los átomos alrededor del cuerpo de Blanca. Le queman los pies. Lleva andando por Madrid desde las diez de la mañana. A esa hora era capaz de aguantar el cemento que se adhería a su piel, a las 16 horas, no. Se había levantado a las nueve con la esperanza de huir de él y dedicarse a sus cosas que sabía que eran muchas, o al menos confiaba en que fuesen muchas, pero lo cierto era que había terminado a su lado. A las nueve y media, le había mandado un mensaje. “Tengo que hacer cosas por el centro de Madrid, si vas a bajar para lo del billete, avisa.” A las once y media Miguel la había requerido, se reunirían en Callao a las doce. Ella lo había dejado todo a medias. Tenía que ir a por unos papeles que necesitaba para tramitar su viaje a Londres. Londres era la última parada, Londres la ayudaría a escapar. Se iría con él a Paris en septiembre pero no soportaría estar a su merced todo el mes de agosto. No era necesario que ella se lo dijera, se lo diría cuando todo estuviera ya planeado y decidido. A las 12’30 se le escapó la sorpresa, quería saborearlo. Se iría, sí, a Londres, y además sin él. Ésta le parecía una hazaña. Pero en realidad se había traicionado, no había sabido hacerlo sola, se lo había dicho antes de tiempo.
Ella no quería que esa historia terminara.
En una habitación oscura se miran los quierentes en susurros escondidos bajo las sábanas.
“- ¿Pero tú estás bien conmigo?”
-Blanca, yo te quiero.
Casi todas las noches de borrachera terminaban así: él la abrazaba y le lamía el cuello hasta llegar a su oreja entonces dejaba que un escurridizo “te quiero” se colara por el oído de Blanca. Era de estos momentos de los que Blanca tomaba posesión cuando la azotaban las dudas, cuando recibía en su lecho a antiguos fantasmas. Blanca estaba asustada. No quería que se repitiera la misma historia; bueno, no quería que aquella terminara entrando en uno de esos dos moldes en los que se habían forjado sus otras pasiones. Él. Desde que aquello había empezado estaba asustada pero segura de una cosa, dejaría que todo aconteciese sin abrir la boca, sin dejar que sus palabras predecieran a sus sentimientos -como le acababa de suceder con Sergio- sin dejar escapar una palabra si él no la pronunciaba antes. Y sabía que a ninguno de estos dos preceptos, de estas dos condiciones que se había fijado había faltado. Pero ella jamás pensó que el fuego llegaría a extenderse con tanta celeridad y a consumirse tan rápido... ¿qué es más doloroso: una llama o unas brasas? Sin duda las brasas; la herida producida por éstas es siempre más profunda que la que producen las llamas. Aunque las brasas también puedan avivar el fuego.
Blanca, yo te quiero... ¿Cómo podía decirle eso y luego vociferarle al tiempo que todo se acaba, que todo tiene su final? ¿Cómo?
Para poder construir vida a dos síganse los distintos pasos: constrúyase un núcleo común, un lecho, un plato, una calle, un vaso. A los lados levántense dos muros, como argamasa utilícense los constituyentes propios/ personales entiéndase recuerdos, conocimientos e incluso ideas en el caso de los más experimentados, y los proyectos, las aficiones, y la voluntad como ladrillos. Téngase en cuenta que para poder construir vida a dos las terceras personas, las advenedizas, sobran. Si por algún motivo una tercera persona se impone, inténtese por todos los medios alejarla del núcleo común, y hágase lo posible por aislarla e incluirla en otro centro piloto. No olviden que siempre se pueden levantar más construcciones si se logra separarlas por nuevos muros. Eso sí difícilmente se conseguirá obtener los mismos resultados de un centro piloto paralelo. Toda construcción adicional es un riesgo y depende de las habilidades de la persona interesada. Si tiene alguna duda sobre el método a seguir póngase en contacto con la sede oficial, ellos les darán detallados informes sobre técnicas que le podrían interesar. No se desesperen si al principio el modelo no les da el resultado que estaban buscando, tal vez no se adecué a sus expectativas, pero eso sí queda garantizada la seguridad de una vida a dos beneficiosa para usted. Las secciones de vida en familia, y los capítulos referentes a la supervivencia en una vida sexual, o asexual aparecerán en breve. Perdonen la espera.
Así veía Blanca el mundo, desde su balcón de oro, así se encerró en la torre del castillo hasta que dieron las doce.
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28 Junio 2006
No podemos terminar el día sin acercarnos a la playa, le había dicho Juan. Ana conjuraba momentos con la mirada puesta en las montañas. Debo irme, así cerró el día la no tan dulce dama.
Eran las seis de la mañana y los servicios de limpieza se afanaban en limpiar aceras y calles con la presión de sus mangueras. Algunos rezagados deambulaban, partidos, entre los primeros ruidos de la mañana. Ya despuntaba el alba.
Había sido una noche de tantas, y Ana arrastraba sus sandalias por los adoquines mojados de Alicante. Rambla arriba, rambla abajo había buscado el solaz de la noche. No lo había encontrado. Rambla abajo perseguía, no con mucho éxito, algunos taxis azorados. Escapaban como animales asustados. Se le había hecho tarde, como tantas otras veces. No lejos de allí, se hallaban todas las esquinas de su mezquina vida. Su violáceo color de pelo amenazaba con barrer todo su cuerpo. No había sido feliz aquella noche, como tal vez no lo hubiese sido nunca. Entre los coches mal aparcados y desperdigados por callejuelas y avenidas, se levantaban montículos de basura: vasos alargados, cajetillas de malboro, pajitas multicolores, bolsas vacías de patatas y hasta unos hielos desafiantes. Ana se movía en la piel de sus 15 años con las ropas y las desavenencias de los 25. Resultaba más fácil emborracharse antaño. Las resacas, más llevaderas; la cama, más cómoda; la cabeza, mejor amueblada. Tenía 25, sí, pero había perdido, calle arriba, calle abajo, sus 15 años. Y ahora los buscaba por las callejuelas de su adolescencia. ¿Estarían agazapados entre los escombros de la noche anterior?, ¿en las frías piedras del casco antiguo?, ¿en las butacas del cine Astoria?
A Alicante no le había empujado su marea de recuerdos. A Alicante le había empujado la misma marea que había tirado de ella hasta la casa de sus padres en Sant Joant. Pinos, romeros y algarrobos; palmeras, sabinas negras y almendros; madreselva, carrasca y eneldo. Y mucha zarza. Y luego estaban claro, la piscina y las pistas de tenis de su infancia y la terraza crepuscular de sus primeros porros. No eran remembranzas, sino seres con luz propia.
Su madre estaba enferma –orfidal, lexatin, trankimazin - o demasiado cuerda para reconocerlo. Hasta la casa de los suyos la habían conducido las ganas de saber cómo de loca estaba su progenitora. Al llegar, dos días antes, sólo pudo constatar que su madre estaba más enganchada a las drogas de lo que lo estaban ella y sus amigos. Drogadicta casera y burguesa, se había dicho. ¡Quién lo hubiese imaginado de una persona que se reía de las “incomprensibles debilidades del ser humano”? Las prisas y la hiperactividad de mi madre trituradas por la rutina pastillera. Río arriba, río abajo. Era difícil aprehender de parte de quién se inclinaría: si de las pastillas o de sí misma. Eso esta por ver, pensó Ana. Era constante el lamento materno: por la distancia –no física sino emocional- de su marido, por la muerte de los abuelos y la indiferencia de su hija pequeña. Mireya, que así se llamaba su hermana, estaba hecha de dulces contradicciones. Después de un periodo de calma, llegaba su tormenta. Ahora arreciaban sus gritos y problemas sobre la cabeza de su madre. Las eternas luchas familiares, un acto más en la soporífera tragicomedia de la familia Casado. No habían podido, ni podrían nunca, pensaba Ana, anudar los lazos abiertos de sus relaciones.
Era septiembre y Ana caminaba tranquila calle arriba, calle abajo. No había nada que la hiciera disfrutar más que un vaso de agua en un día de resaca. Así pasaría la tarde al despertar en su cama diocechesca de terciopelo azul y patas doradas: se abrazaría a una botella de agua como un naufrago a un pedazo de madera.
Arrastrar los pies, ¿durante cuánto más tiempo? El momento que esperaba, la escapada al sur o al norte, no llegaba. ¿Cuándo arribaría a puerto?
El puerto de Alicante, bañado por puntillas de oro y plata, se escapa bajo la fina capa del mar que nutre el horizonte. Eran límpidos los rayos de sol en la ciudad costera. Como también lo eran las olas sorollescas que blandían la playa del Postiguet. Ana miraba insegura la playa de su ciudad costera. ¿De qué color es la arena?, le había preguntado esa noche Juan. Historias inconclusas, la sinfonía de siempre. Y, ¿cómo iba ella a saberlo si ni tan siquiera conocía a ciencia cierta si realmente cientos de personas habían muerto fusiladas en aquel puerto en 1939 cuando esperaban a que los barcos las rescatasen de la amenaza franquista?
Ana se iría por donde se había venido, por la puerta de atrás y sin hacer ruido. Así se había despedido de Juan y así se marcharía de Alicante.
No debe ser fácil navegar por un mar en calma.
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14 Junio 2006
Entre estertor y olvido, seguía debatiéndose la abuela. Cristina, a tres casas del hospital, almacenaba sus errores y recuerdos en cajas de latón. Le habían contado que cuando era niña, las paredes gritaban nombres oscuros con ecos familiares y olor a sal gorda. El antiguo uniforme del colegio, con un escudo cosido en el polo blanco, yacía inerte sobre su cama. Cristina lo quería sentenciar a muerte encerrándolo en una caja que luego iría a parar a la basura. Había decidido congelar su vida en cartones y empezar –como dicen- de nuevo. Había llegado a la conclusión de que su jardín, lleno de malas hierbas y matorrales, se ahogaría si no lo sometía a una buena poda. Le tocaba arañarse las ampollas y lamerse las heridas.
Entre las sábanas enmohecidas por los años de su cama, encontró la joven besos robados, caricias apagadas, amapolas rotas y gritos roncos. Debajo de la cama: monstruos transparentes, serpientes enmudecidas, resacas afrutadas, princesas en apuros y caballeros compungidos. “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que la guardan.” La colcha, a los pies de la cama, era de un azul encantado, y las paredes, antaño blancas, de un gris verdoso ansioso por tirarse por la ventana.
—Querían llamarte Ana. Tu bisabuela se llamaba así y tu padre, que la quería más que a mí, quiso ponerte su nombre. Pero a tu madre no le pareció correcto y al final lo echaron a suertes entre toda la onomástica, le dijo un día su abuela Juliana.
Cristina velaba sus recuerdos, envuelta en un océano de objetos incomprensibles. En la casa de sus padres, siempre había espacio para los juegos ocultos. Cristina apoyaba un mar de dudas sobre el respaldo de su cama. ¿Cómo encajaba ella en la historia de su abuela? ¿Qué y quién era su abuela exactamente?
En su niñez, sus padres le ocultaron nombres, palabras y contextos. Libros, le habían regalado muchos, historias familiares, pocas. Cristina había caminado veloz cobre los senderos y campos de sus abuelos. Casi no conocía sus tierras, su pueblo, sus almas. Para ella siempre serían cenizas. Y sin embargo, aquella tarde en la que Juliana agonizaba en el hospital, vislumbraba con sorprende claridad la existencia de su yaya.
Imaginaba las voces aterciopeladas en campos de trigo; las yeguas anaranjadas en las cuadras; los gallos orgullosos envueltos en frías mañanas. Una vida bucólica de pastoreo; así veía Cristiba, en su recuerdo inexistente, la vida de su abuela. Juliana en el monte con un pañuelo de flores en el cabello, Juliana, verde el fondo, azul el cielo. ¿Y Sinforoso? Sinforoso, contemplando alegre a su mujer llevándole la comida. Pero nada de esto había ocurrido, ni acaecería nunca. Cristina lo barruntaba un tanto enojada; le costaba creer que su formidable cuento de hadas no fuese más que humo. Eran rosados sus sueños, pero a veces -como ahora que estaba a punto de morir su abuela-, fenecían entre los lamentos de la casa vacía. Todos, menos su madre, estaban fuera, su hermano Hugo –¡ojalá fuera él! - también.
No era Cristina ni veleta aterciopelada, ni mar desbocado, pero sí que desprendía un no sé qué de niña pura. Pero ahora sólo ver cómo disfrutaban las aguas estertóreas ahora que su abuela desaparecía. ¿A dónde irían a parar sus recuerdos nunca compartidos?, ¿qué sabía ella que no conocía la vida de sus abuelos, sus bisabuelos, su familia? ¿Podría remontar el sendero de su genealogía? ¿Podría navegar río arriba, contra corriente? Y de no ser así, ¿le quedaría la esperanza de poder vivir sin ancla familiar, sin norte ni sur original? Tal vez por los caminos embarrados de conflictos centenarios, podría abrirse paso. Entre la maleza de las remembranzas, sirve mucho el olvido. Pero ella ni tan siquiera había olvidado, porque nunca había sabido.
Había escuchado: que su padre José y la abuela habían discutido una mañana cuando eran jóvenes; que en el pueblo de Villaescusa, los abuelos habían vivido en el piso de abajo y los bisabuelos en el de arriba; que si la yaya nunca había querido a su marido Sinforoso. Retazos de mentiras bordadas con marcos podridos de casas polvorientas. Cristina enmarcaba dichas habladurías mientras desempolvaba las cajas en las que quería apilar sus recuerdos. Y si fuese cierto, si el abuelo Sinforoso hubiese sido injusto con Juliana, ¿por qué prefirió papá enfadarse con la yaya?, se preguntaba.
Si construyes con peldaños dulces la casa de tus sueños, se desmoronará. Cristina había vivido encerrada en su casa de muñecas hasta los 13 años. Distanciada, física y emocionalmente de sus abuelos (ellos en el norte, ella en el sur), Cristina había respirado la armonía de un hogar libre de humos. Todo o casi todo le había parecido “normal”. A veces le asaltaban dudas sobre la relación de sus progenitores, pero enseguida las desechaba y volvía a respirar tranquila entre las cuatro paredes de su cuarto. Pero sabía a ciencia cierta que para su hermano Hugo era distinto. Hugo marchaba cabizbajo, con cierta pena escrita en el rostro y cierta emotividad marcada en los pies. Le pesaban los hombros. Cristina lo sabía, y hoy intuía la razón.
Moría parte de su Historia y con ella, los secretos, la memoria y la posibilidad de su abuela de seguir viviendo a través de Cristina. Porque ella no la recordaba. Tan sólo los demás podrían devolvérsela contándole capítulos de su existencia; ¿pero quién le restituiría el derecho a conocer a su yaya? Nadie.
La abuela en su lecho no sufría: sabía que seguiría existinedo en la esperanza de una remembranza futura; después de todo, las pirámides no fueron construidas para un solo pueblo, lo fueron para dominar y enfrentarse al paso del tiempo que todo lo borra.
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7 Junio 2006
Entre sueño y vigilia, movía sus dedos la abuela disparando dardos heridos al techo. La muerte vagaba tranquila por el cuarto posponiendo, no sin siniestra morbosidad, la hora del fallecimiento.
¿Quién no ha pensado alguna vez en las negras parcas? A veces, de niño, en el viaje de su casa al colegio, se aislaba y abstraía, y dibujaba en su mente una isla de pensamientos. En esos momentos de fugaz existencialismo, Hugo se distanciaba del presente y contemplaba inerte sus manos, tobillos y brazos. Hugo se miraba desde fuera como si su cuerpo no fuera suyo. Entonces se le planteaban las interrogaciones que apremian al hombre desde que es hombre: ¿qué es todo esto?, ¿estoy ‘yo’ realmente aquí?, ¿hago ‘yo’ parte de este momento? A Hugo le agradaba jugar a “salir” de los instantes. Pero en aquel cuarto de paredes mortecinas, 12 años después de esos viajes de casa a la escuela, Hugo no recordaba sus juegos infantiles. La realidad lo solapaba todo.
Entristecido y algo impedido, dejaba caer sus ojos sobre la escuálida y lánguida figura de su abuela. La última que le quedaba.
Hugo rememoraba las tardes de verano cuando el sol desteñía las cortinas de la casa solariega y Estefanía –que así se llamaba su abuela- tejía en una silla de esparto. Cosía la yaya faldas y pantalones, camisas y calzas que la familia Villaverde se colocaba remendadas. A través de sus enormes gafas marrones, que descansaban en la punta de su nariz, filtraba sus recuerdos Hugo. Era inútil intentar entender cómo la abuela perdía los hilos entre la tela: la cadencia y el ritmo de sus puntadas ágiles eran más veloces que el tictac del antiguo reloj de madera. Hugo, en su cuerpo de nueve años, la miraba fascinado. En aquellas tardes de verano azul turquesa, entre las profundidades de las aguas marinas y el reflejo del cielo, la yaya hablaba del abuelo Sinforoso, de las matanzas de cerdo y de la casa embrujada.
—En Villaescusa, nos despertábamos con los gallos. En Villaescusa, rey mío, tu abuelo, que en paz descanse, tenía cerdos, vacas y gallinas. Los del pueblo empezábamos a engordar a nuestros cerdos en febrero. Les dábamos cardos, remolachas, patatas hervidas y harinilla de cereales. ¡No te imaginas lo gordos que se nos ponían! Realmente, era increíble ver lo mucho que se hinchaban en sólo cinco o seis meses. Y cuando llegaba noviembre, preparábamos la matanza: los hombres del pueblo afilaban cuchillos y hachas. Las mujeres fregábamos la caldera de cobre con vinagre y sal granzuda, y comprábamos pimentón y canela.
Hugo saboreaba -tiernamente, con ojos de cordero degollado- las palabras de su abuela: el relato de su abuela le hace rememorar los dibujos de los sacrificios inca de su manual de historia.
—Abuela —decía su madre—, ésas no son historias para niños.
Entonces, los ojos de Hugo y de su yaya se encontraban, cómplices.
En el cuarto del hospital, la mirada cavernosa de su abuela inunda de presencia infinita las paredes y los techos del edificio. Hugo la contempla, angustiado, de pie a un lado de la cama, mientras se muerde en un rictus nervioso el labio inferior. Las campanas de la iglesia repican oscuras desde el fondo del callejón.
Estefanía, pequeña y exánime, tose y alimenta su vejez. Poco tiene ya que ver el amarillo verdoso de sus mejillas con los rosados picajosos de su madurez. Hugo la recuerda, lozana y risueña, cantando coplillas mientras frotaba con una toalla áspera su piel de niño.
Bajo la sombra cabizbaja de sus ojos entornados, Hugo aprehende imágenes de su existencia. Estefanía no había sido ni la más callada y humilde, ni la más puta y disoluta. La yaya había cosido su vida tal y como remendaba calcetines o tejía servilletas; con la elegancia y perfección de quien conoce el oficio. Estefanía era un tanto calculadora; impetuosa, un mucho; comedida en el lenguaje y en el vestido, muy poco.
—Me gusta la lencería francesa, las picardías y los pañuelos de seda… —le había dicho a su nieto una vez— yo siempre voy a la última; aunque eso en el pueblo no guste nada…
Hugo también recuerda el funeral del abuelo Sinforoso. Su madre, vestida de negro, le había enfundado unos pantalones y una chaqueta negros. “Es el color de los funerales, Hugo”, le había dicho su madre. Estefanía apareció deslumbrante, en su vestido rojo.
—Me encuentro muy cómoda en este mundo fandanguero —le había dicho la abuela— y no quiero perder ni mis horas ni mis días vistiéndome con la muerte.
La abuela creía en Dios, pero no se ahogaba con las cuentas de los rosarios. Sin embargo, ahora sí que se ahogaba, y mucho, en repetir con sus manos esmirriadas los gestos de la desesperación y el ahogo. ¿A quién culpar de su desmayo?, ¿a quién y por qué pronosticar su muerte? Cielos de su infancia cabalgaban desbocados por el techo del hospital. ¿Se desvanecerá su historia?, ¿se perderá su vida?, se pregunta Hugo en una marisma de dudas; ¿desfallecerán sus ojos?, ¿se secará su recuerdo como la fruta del verano?
La muerte seguía paseándose, serena y taimada, por el cuarto de los remembranzas de Hugo.
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31 Mayo 2006
“Cuando despertó, el dinosaurio…”, ¡no, no, no! ¡eso ya ha sido escrito! Pero, ¿qué es lo que aún no hemos transformado en literatura?, ¿qué puedo escribir yo? ... ¡si ya no queda nada! ¡si ya todo ha sido dicho! ¿Qué me han dejado? NADA.
Grecia y Roma legaron al mundo una obra sobre la que hemos establecido la base de nuestra literatura, los árabes introdujeron la sensualidad de los sentidos, Italia nos dio a Dante y a Petrarca, Francia irradió al mundo con su saber, y hoy el nuevo mundo nutre con palabras robadas una escritura que se me antoja vacua; ¡qué desastre!, ¡Oh, Dioses, escuchadme, no se puede vivir sin literatura, no dejéis que muera, no permitáis que desaparezca!
Pero yo sé que no se extinguirá su llama, yo sé que Vesta la guarda. Aunque desde hace algunos años ya nadie escribe... parece que se nos ha olvidado. A mí, a mí me agradaría hallarla, a mí me llenaría de dicha poder crear un cuento. Pero, ¿dónde buscar?
Que alguien me diga de dónde vienen las palabras, de dónde surgen las ideas. Tal vez provengan del norte, aunque también puede que venga del sur, o del este, o del oeste; pero de lo que sí estoy seguro es de que si encontrarlas quiero mucho camino tendré que andar.
El escritor se debatía entre el miedo y la esperanza de encontrar al fin la fuente que aplacara la sed de un mundo que se había quedado seco sin el río de palabras que fluían por la literatura. Sentado en su sillón, miraba en derredor y contemplaba su pequeña morada: el sillón, una mesa, un ordenador y un frigorífico componían el único mobiliario que vestía su alcoba. El escritor, afligido por el vacío de su hogar, contemplaba las hojas; hojas en blanco, llenas de NADA. A él le hubiera gustado convertirlas en una puerta hacia otros mundos; pero esos huecos, esas oquedades infinitas se resistían a transformarse en algo más. Resultaba bastante cómico verle recorrer esas blancuras rodeado de altísimas paredes llenas de libros. Parecía imposible que esa montaña, tan pesada como era, no se le viniese abajo. Igualmente sorprendente era que la casa siguiera en pie.
La pluma en el aire, la tinta en la mesa y el papel blanco sobre sus rodillas, el escritor clavaba sus ojos en el techo en ademán cristiano, esperando quizá que las palabras le lloviesen sobre los hombros. Dedalus, pues así se llamaba el escritor, barruntó que tampoco escribiría aquella tarde. El cuarto, único dormitorio de su casa, le angustiaba; en efecto, la mera presencia de los libros le estresaba. Todas aquellas historias, todos aquellos personajes, todos aquellos paisajes se dibujaban y desdibujaban en su memoria; todos, según él, convivían en el mismo momento: no existía ni un antes ni un después. Todos esos libros, todas esas historias, todos aquellos personajes, TODO vivía al mismo tiempo y no entendía por qué desde hacía 2 años la literatura no había vivido el nacimiento de un nuevo personaje, de un nuevo paisaje, de un nuevo lenguaje. Sobre Dedalus pesaba la historia, siglos de literatura. Este sentimiento de culpa provenía de su infancia. Una noche en la que el niño Dedalus leía, le desazonó una duda: ¿se extinguirán algún día los libros? La crisis de la literatura, esos dos años en los que ningún escritor compuso nada, no tardó en aparecer, y Dedalus se avergonzó de haber vaticinado tan desesperanzador futuro.
Allí estaba él aquella tarde, rodeado de blancas hojas, salpicado de tinta, presionado por los libros que ahogaban las paredes, solo, solo sin Ella. Sin Ella. Sin Musa. Había escuchado su nombre cientos de veces, y tan grande era el respeto que le infundía, que llegó incluso a pensar que su identidad le había sido revelada debido a la negligencia de algún escritorcillo que, en un descuido, había pronunciado su nombre. Muchas veces, en efecto, tropezó con su nombre, pero jamás llegó a conocerla, ni siquiera a verla.
Y barruntó que tampoco aquella tarde la conocería. Quizá, pensó, debería encender el ordenador y navegar un rato por Internet; pero ¿acaso no significaría eso que renunciaba definitivamente a hallar a MUSA.
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
MUSA
Abrió los ojos, un paisaje gris lo rodeaba, un paisaje gris y un cielo rojo. Al principio se asustó, pues no sentía ni un solo músculo de su cuerpo; tan sólo sus ojos parecían responder a las órdenes de su cuerpo. Sus manos estaban entumecidas, y el resto de su cuerpo dormía en profundo letargo. Pero decidió no preocuparse. De todas formas, lo que le rodeaba era mucho más interesante. El cielo, como ya dijimos rojo en un principio, y la tierra gris cambiaban continuamente de color. Dedalus se dejó cautivar por el amarillo que le llenó de alegría, por el azul que le comunicó la libertad, por el verde que le devolvió la esperanza... hasta que el negro le dejo a oscuras. Afortunadamente, Dedalus había recuperado la motricidad de su cuerpo, así que se calmó pensando que encontraría fácilmente el interruptor. Pero pronto se dio cuenta de que no había ningún interruptor. Registró sus pantalones con la esperanza de hallar en ellos la cajetilla de cerillas que siempre llevaba consigo, pero no
encontró NADA. Se sintió indignado, pues ¡Alguien había apagado la luz, y también Alguien le había robado sus cerillas!
De repente, una llama se abrió paso en la oscuridad.
¿Por qué escribes?, le preguntó la llama.
Yo no escribo, llama, yo nunca he escrito, pues todo cuanto he escrito ha sido ya escrito anteriormente.
Tal vez sea como dices, pero en realidad no has contestado a mi pregunta, objetó la llama. Dime, ¿por qué escribes?
Pues, escribo... por qqu... escribo ya q... y sí, bueno, escribo.
Y la llama se extinguió.
¡No, no te vayas!, exclamó Dedalus, sin embargo la llama no respondió.
Dedalus se encontró nuevamente en la oscuridad; no obstante, había olvidado su amilanamiento y ahora le acechaba una duda: ¿por qué escribo? ¿por qué? ¿por qué...? En realidad desconocía la respuesta a tan simple pregunta. Jamás se había parado a pensar la razón por la que escribía. O tal vez sí, pero de eso hacía ya tanto que ni lo recordaba.
Un silencio ensordecedor lo envolvía, entonces una voz surgió de la quietud.
Para salir de la oscuridad debes responder a la llama, le dijo.
Pero voz, la llama se ha ido, ¿cómo podré contestar a su pregunta?
La llama no se ha ido, Dedalus, no se ha ido.
La voz se desvaneció en la NADA.
¡Voz, espera, no te vayas!, gritó Dedalus, pero de poco le sirvió, pues tras su grito la oscuridad y el silencio lo anegaron todo.
Dedalus no se desanimó y siguió buscando a la llama. Cuando llevaba ya andando un buen rato se oyó un estridente “¡Aaaay, qué me pisas!” Preocupado, Dedalus se apresuró a disculparse.
Lo siento, dijo, es que como no veo nada...
¿Cómo?, ¿qué no ves nada? Pero si todo está muy clarito hombre: el cielo, por ejemplo, está a tu derecha, la tierra justo debajo de la manga de tu camisa y los árboles están justo bajo tus pies.
Ah sí... pues la verdad es que no me había dado cuenta. ¿Dónde dices que están los árboles?
Bajo tus pies.
Dedalus levantó levemente el pie izquierdo y lo volvió a apoyar suavemente sobre... un árbol.
Uy, es cierto. Seas quien seas sabes mucho, seguro que tú podrías decirme dónde está la llama.
En la oscuridad resonó una carcajada.
¿La llama? ¿Tú quieres encontrar a la llama?
Sí...
Bueno no sé, búscala; tal vez tú tengas más suerte que los demás, aunque si yo fuera tú abandonaría la busca; muchos calvarios evitarías si desistieses ahora.
Dices que otros la han buscado.
Sí, y todos fallaron. La llama sólo aparece una vez. Y digo yo que si tú la buscas es que ya la has visto porque sino ¿cómo ibas tú a saber que ella existe? Lo que significa que, bueno que... ¡ay, ya me he perdido!
Que no la volveré a ver más.
Eso, que no volverás a verla más.
Pero, ¿cómo sabe usted que...?
¿Es que no me has entendido? A ver, si me pre...
No, no, si eso sí que lo he entendido. Me preguntaba sólo cómo es que usted sabe que a la llama se la puede ver una única vez.
Pues porque otros como tú, bueno, mejores que tú, lo intentaron.
Y eso, ¿cómo lo sabe?
¡Porque yo soy uno de esos otros!
Pero la segunda voz se extinguió también y Dedalus se quedó solo y en silencio. Anduvo y anduvo durante días pero no encontró ni a la llama, ni a la voz, ni a ‘uno de esos otros’.
Dedalus no perdió la esperanza, ni la libertad, ni la alegría que le proporcionaba pensar en la escritura, en su escritura, en la literatura. Caminó sobre los árboles y sintió el arrebol de las nubes en su piel... Me consta que un día habló como sigue:
“Tal vez las palabras hayan estado siempre ahí, reposando en silencio en las profundidades marinas. Tal vez esperarán siglos antes de que el hombre las redescubriera, tal vez yo no sería NADIE si ellas no me acompañaran hoy. Pero también puede que las palabras no sean tan importantes, quizá sólo delimiten unas formas en una masa más bien difusa, más bien vaga.
Tal vez las palabras no puedan ser rescritas por segunda vez, tal vez las palabras escritas por segunda vez sean distintas, tracen, delimiten una forma diferente. Tal vez las palabras vivan por sí solas, pero precisen también de nosotros para existir. Una palabra sola, aislada; una palabra silenciada, no escuchada, ¿quién es?, ¿qué es? NADA.”
De repente voz surgió de la nada y le preguntó:
¿No crees entonces que la literatura sea tan sólo una invención nuestra?
No, no lo creo, la literatura vive, respira y se mueve, brilla como la luz, nos habla como una voz y nos rodea como el aire.
Pero entonces, preguntó ‘uno de los otros’, ¿no nos necesita?
Sí, sí que nos necesita.
Fue entonces cuando la llama le iluminó poco a poco,
poco a poco
poco a poco
poco a poco
poco a poco
poco a poco
Dedalus se despertó, y descubrió que: ¡no había sido más que un sueño!
No obstante, sobre sus rodillas encontró una hoja en la que se podía leer:
“Escribir es como bordar una colcha con varios retazos, escribir es reinventar lo inventado, yo no escribo lo que ya ha sido escrito, llama, pues de mí surge algo nuevo, y entre quienes me lean surgirán miles de historias distintas a la que yo escribí, pues ellos son también reinventores de historias. ¡Oh llama!, tú me has mostrado el camino. Era cierto como yo pensaba que todo existe al mismo tiempo, pero lo que yo no sabía es que hay cosas que no perecen ni perecerán nunca por mucho que llueva en la tierra, ¡oh, llama!”
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24 Mayo 2006
Por la oscura carretera que todo lo borra, dirigía sus fugaces impresiones Cancio. “Hoy será un gran día para el Madrid”, se dijo mientras metía la cuarta. En su coche azulado, lleno de golpes y de roces, vibraba de impaciencia este hombre menudo, de manos largas y expresión perdida. A sus 50 años, había fotografiado las caras impasibles de artistas y pitonisas; de pintores y sofistas; de atracos y fiestas elitistas. Ataviado con un traje gris y una llamativa corbata roja, conducía su gran atractivo por las finas curvas de la M-30. Descuidaba las noticias, y se devanaba su sonrisa –siempre atractiva, siempre furtiva- entre la multitud de coches que adelantaba tarareando canciones de Andrés Pajares. Corría el año 1989, y las carreteras de la capital hervían –a pesar del frío del invierno- con el humo de los coches. “¡Maldita sea! –exclamó palideciendo tras su turbia barba blanca— ya está la M-30 como todos los días; ¡hay que ver cómo está Madrid!”. Y Cancio dejó que un murmullo de cláxones, sirenas y neumáticos le envolviera.
Cancio intentaba –con poco éxito- discurrir entre los camiones, coches y ciclomotores que empantanaban la vía. Sus pensamientos recaían, como una losa, sobre el volante, mientras sus deseos se concentraban en el partido de baloncesto que seguramente ya habría empezado. “Y como no, para variar, llegaré tarde”, se dijo ponsando, mansamente, el codo izquierdo en la ventanilla de su Seat. Mano apoyada sobre la sien, vista puesta en la distancia que le separaba del estadio; ¡qué difícil era no pisarle más el acelerador!
Tráfico, tranquilo. Hasta que, de repente, se concentró en el techo del coche un anuncio fatídico. Entonces su ratita, que así llamaba Cancio a su Canon F-610, pegó un respingón en el asiento contiguo. La velocidad decayó aún más, y los vehículos recayeron, ante la orden de unos agentes, en un sólo carril. Las ambulancias, los coches de bomberos y de la policía destilaron sus sonidos por las ventanillas del coche de Cancio. “Ya está, ya la hemos liado: un accidente", se dijo aburrido. Pasos parsimoniosos le guiaron hasta el lugar de los hechos. No estaba de servicio, pero en un abrir y cerrar de ojos había colgado su ratita al cuello, y había salido a hacer unas fotos del siniestro para el medio en el que trabajaba. Le hubiera gustado alimentar a su cámara con los primeros minutos del partido que enfrentaba al Real Madrid con el Cai Zaragoza, pero un suceso es un suceso, y sólo las malas noticias son noticia. A la mierda, la pasión fotográfica. Aparcado el coche a un lado de la vía, y con la identificación en el bolsillo, congeló el amasijo de hierros y vísceras que colgaban cerca del azul del cielo. Raudo y preciso. Equilibrista de instantes mortales.
Flotaban en el espacio carambolas de percas negras; Cancio las atrapó en su máquina. Colores de asfalto puntillistas se comían los gorros rojos de los bomberos; Cancio los aisló en su papel plateado. Obraban por la M-30, pies desnudos, ropa descosida, sangre helada; Cancio los disparó desde la negrura de su cámara. Una, dos, tres veces, cerró el obturador el reportero; una, dos, treinta veces, imaginó en su retina un encuadre olvidado. Carne, huesos y bomberos. Un Opel Kadett blanco y unos guardias alterados. Un Lancia Thema rojo y más bomberos preocupados. Quince minutos descansando sobre los parachoques cercenados. Gritos y silencios aullados en una tarde de invierno.
Cancio lo tenía claro: el conductor del Lancia había perdido el control, saltado la mediana e invadido el carril contrario hasta chocar, de pleno, contra el Opel. “Los dos están muertos”, pensó. Tras de sí, dejó una estela de muerte y un rastro de vida apagada. Carrete en mano, voló hacia su Seat y arrancó el vehículo. Se olvidó de esos mórbidos momentos, y deslizó la película en el bolsillo derecho se su chaqueta.
Uno, dos, tres, hasta 20 minutos pasaron antes de que el fotógrafo alcanzara el Palacio de los Deportes de la capital. Pisó el acelerador y pasó de los 90 km por hora permitidos; pero ni perdió el control, ni se llevó por delante 6 árboles, ni destrozó 5 metros de carretera, ni invadió la calzada contraria como lo había hecho el conductor del Lancia. Su ratita, descansaba tranquila en el asiento del copiloto. Canció aparcó el coche, y la cogió decidido por el objetivo. Meciéndola en su cuello, se la llevo al estadio. Rugían las gradas, rugían los jugadores. “Hombre, Cancio; llega usted tarde, pa’ variar –le dijo el vigilante–; si es que nos trabaja usted mucho hombre. Ande pase, que le hemos guardado su sitio.”
Los recuerdos no terminan con una pelota golpeando el frío suelo de líneas y zapatillas. Sobre los deslices y el volar de algunos jugadores, Cancio reposó su vista cansada. Rechinar de deportivas, rebotes y pivotes, posesiones volátiles de pocos segundos. Asistencias perdidas y carga explosiva del Cai. Una defensa espléndida, asfixiante del Madrid. Triples decaídos. Pero las gradas se congelaron. Se oían los gritos, de un anciano que, a diez asientos a la derecha de Cancio, escuchaba la retrasmisión del partido con una radio roja. “¡Fernando Martín ha muerto!” Derraparon sus palabras, invadieron la cabeza de Cancio, y chocaron contra sus vértebras. “Fernando Martín ha muerto... –se dijó, asustado–, no puede ser”. En el bolsillo derecho de la chaqueta, una mano jugaba traviesa con un carrete de 36 fotos. “Tengo a Fernando en el bolsillo, llevo su cuerpo inerte en la chaqueta”, musitó. “¡Fernando Martín ha muerto!”, una vez destapada la tapa de la verdad, los aficionados chillaban al unísono. Fernando Martín, jugador del Real Madrid, no estaba en el terreno porque estaba lesionado. A nadie se le había ocurrido que la ausencia de un día se fuera a convertir en eterna.
Murmullo de voces en la nada de un recinto cerrado que olía a muerte forense. Silencio tronador de la pelota. Redes vacías, ávidas de unos ojos que las miren. Fernando, muerto. “Fernando ha muerto”, se repitió para sus adentros el reportero. Un pitido en uno de los altavoces cortó todo balbuceo, todo siseo. Un locutor explicó que el número 10 del Madrid acababa de morir hacia media hora en un accidente en la M-30. Cancio no pudo oír más. Su mente y su mirada hicieron una digresión, cogieron la M-30 y giraron en la vía de circunvalación madrileña. Aparcó sus pensamientos en una mañana de ese noviembre en la que había comido junto a Fernando en un restaurante de las afueras de la capital. Fernando Martín adoraba Madrid, sus calles empedradas, su bullicio solano. “Ya no me quiero marchar, me quiero quedar aquí el resto mi vida –le había dicho a Cancio mientras compartían una botella de Bajoz–, disfruté en EE UU, pero ahora quiero quedarme en la capital, con mi hermano, con los míos”. La botella teñía las finas copas de rojos y taninos. “En el próximo partido te hago unas fotos, que ya me apetece a mí volverte a hacer unas sobre el terreno de juego –dijo el fotógrafo. “Bien. Pero un día de estos, me haces unas con mi novia. Pero eso sí, que sean sólo para mí; nada de medios, ¿eh?”. “Pues claro, Fernando”.
“Pues claro Fernando”, se oyó mascullar Cancio desde su asiento en la grada del Palacio de los Deportes. “Te llevo en el bolsillo de mi chaqueta, como una herida abierta, como un amigo al que no se deja”.
Cancio llamó a la redacción. “Felipe, el accidente... la carretera..., Fernando Martín..., están todos aquí, en un carrete..., en mi chaqueta...”
Detrás del parasol izquierdo del Lancia, un policía encontró una foto del número 10 del Madrid. “Fernando Martín. Fotografía: Raúl Cancio”, se leía en el reverso. Dos nombres unidos en la luz de una tarde de noviembre, dos nombres manchados por los cristales rotos de una película derrapada.
Subió al Seat y arrancó el coche. Pero antes de salir del aparcamiento, Cancio miró condenado a su compañera de viaje.
La ratita descansaba tranquila sobre el asiento.
Marie_O
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17 Mayo 2006
Cuando se alcanzan los 15 años de edad, uno piensa que ya puede dedicarse a saltar de vida en vida hasta deshojar todas las flores que habitan en los jardines parentales. Pero siempre llega el momento de la lucidez adulta, y como no, siempre viene con la seguridad y la esperanza de arrasarlo todo.
Cuando Sonia tenía 15 años, creía en la música, los encuentros casuales, las coincidencias y la superflua realidad de las cosas. Sonia estaba convencida de que tras la íntima superficie de las cosas, se escondía un mundo apasionante, propio y gutural. Sonia contemplaba una mesa e imaginaba el trajín de fibras de celulosa, motas de polvo y átomos entrelazados. “El mundo está hecho de átomos bailarines; las cosas giran y bailan siempre, incluso cuando parecen inmóviles”; aquellas palabras, recogidas de un libro de fotografía sobre Barbara Morgan, se le habbían quedado grabadas entre pecho y espalda. Sonia se permitía caer en ensoñaciones gatunas en las que veía, con todo lujo de detalles, cómo se desarrollaba la melodiosa vida de las ínfimas e infinitas partículas. De adolescente, sonreía siempre pues creía ser feliz con sus gatos y sus libros, con las series de manga de Telecinco y el queso curado del Mercadona.
Fueron muchos los que observaron su rostro lánguido y abierto desde el precipicio de la cama. Como también fueron muchos los que confundieron sus ojos con los de una virgen enamorada. Sonia aprendió a mentir a escondidas y a mirar de soslayo; a construir naipes de madera y a derribar fortalezas con el chasquido de sus finos y largos dedos. No había memoria funesta que la detuviera en su camino, danzaba y giraba sobre sí misma, dejándose arrastrar por la marea de las horas sin importarle el encargo del tiempo. Hasta que un día tropezó. Con la marcha tranquila de un espejo ajado, con un cigarro mal apagado en el fondo del bolso, con una mancha macilenta en la cavidad bucal de sus vestidos. Las travesuras se tornaron pecados; los caprichos, enojos; los sueños, rabia. Dejo de confiar en las canciones de los Smiths que ocupaban cansinamente el espacio que mediaba entre la puerta de su dormitorio y la minicadena. Dejo de pronunciar el nombre de sus escritores favoritos, por miedo a no poder invocarlos. Desoyó el ímpetu aislado a seguir leyendo, imaginando, bailando. Fue entonces y sólo entonces cuando empezó a oír: el murmullo de las carreteras que se entrechocan, el roce de los guantes rosas con el estropajo enmudecido entre tanto cacharro, el silencio abisal de una casa vacía, hueca y ajena, las suspensivas palabras de los catedráticos de la Complutense y los pitidos insufribles de las tardes de resaca. Sonia perdió a los 18 años el alma infantil de las nínfulas rosadas. Se quedó sola: sin su mar, su playa, su arena y su sol de Alicante. Intentó soliviantar la pérdida con cañas en bares casposos del centro de la capital, con escapadas ruidosas a tumultos ensombrecidos, pero no encontró una brizna de vida en aquellas calles madrileñas. El cambio enturbió su mirada y su mundo se fue apagando poco a poco. Entonces trasformó la necesidad en deber, y el deber en mazmorra. Sin unos padres a los que oponerse, sin la seguridad bobalicona de no tener que hacerse la cama, Sonia se impuso responsabilidades. Ella se convirtió en su padre, en su madre; ella se trasformó en el futuro incierto de su propia sombra. Adiós al microcosmos de las mesas de madera; adiós a la eternidad encubierta de la realidad incierta. Sonia se desposó con la tristeza fiel de su libertad.
Fueron también muchos los que pasaron por su colchón en Madrid, como también lo fueron las canciones que escuchó, los libros que leyó y las películas que vio. Pero en sus ojos brilló por su ausencia el fulgor de su mirada y la sonrisa espontánea de sus cabellos rojos. Sonia olvidó el placer de sus pequeños vicios, la satisfacción innata de sus pecados y la locura risueña de la melancolía. Aparcó su vida como se aparca un coche vacío y adaptó la del vecino, que condujo sin fuerza ni brío, hasta estrellarse una noche de verano.
servido por laauroradenuevayork
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