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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

Categoría: Iván Sirgado

4 Julio 2006

"La agonía y un viaje" por Iván Sirgado

No se irá para siempre. Sabe que volverá. A veces piensa que no debería hacerlo, que más vale pájaro en mano que ciento volando. Al fin y al cabo, aquí tiene las piezas bien colocadas. Pero se siente frustrado, quiere cambiar de aires y tirar de una de esas piezas, quizás romperla una vez la haya sacado para que el rompecabezas ya no se pueda volver a construir. Quiere un hueco en su vida, lo necesita. Es un temerario, aunque rematadamente sensato. Perdió a su padre hace poco y, en cierta manera, el viaje se debe a eso. No quiere decir que no lo hubiese pensado ya, lo llevaba preparando hace tiempo, aunque sólo fuese en su cabeza (elucubraciones, nada de praxis); poniendo en la balanza las ventajas y desventajas, las contradicciones que podía ocasionarle un periplo vital y espiritual.
El caso es que su padre le había dado el último empujón, ese pequeño -aunque determinante- impulso que necesitaba para sentirse capaz y con ganas. La motivación es muchas veces efímera, en ocasiones anteriores había estado a centímetros, milímetros de decidirse, pero en seguida encontraba una razón por la que quedarse que le desmoronaba todo el plan, y caía en una impertinente depresión ambiental. Aquello que le rodeaba le repugnaba, pero nada más lejos de su cuerpo, su propia piel le abrasaba.
Su padre logró convencerle. Postrado en la camilla hospitalaria le había advertido de que la vida no se hace ni se vive sola. Hay que vivirla, accionarla, motorizarla, dinamizarla, mecanizarla, le decía. Pensó que su padre llevaba demasiado tiempo metido en aquella fábrica. Recordar el trabajo de su padre le remitía a Charlot y a su recalcitrante apretar de tuercas en "Tiempos Modernos". Era una combinación indisoluble. Sentía lástima por él, pero entendía que ya no tenía sentido quedarse allí. Aquello que en repetidas ocasiones le había frenado de abandonar su casa y su ciudad, ahora le había abandonado a él. Era ley de vida, como se solía decir, la muerte formaba parte de ella. Era una etapa más. Pensaba en dónde estaría ahora su padre, espiritualmente hablando. No obstante, al observar el finado e inamovible cuerpo de uno de sus ídolos de juventud arropado con una sábana color hospital, que era poco menos que su mortaja, pensó que no debía ir muy lejos. Su tiempo se había terminado y el suyo seguía pasando sin concesiones al llanto. Era momento de largarse; tomar el consejo de su padre por última vez, respirar hondo y hacer las maletas.
Se despidió de cuantos él creyó que le echarían en falta. Cogió el tren de las 17:25 hacia Montpellier. El ligero traqueteo procedente de la fricción con la vía que se oía de vez en cuando, y la cantidad de paisajes que se desvanecían fugazmente le recordó a su padre y a sus agonizantes últimas horas. Pensó que no debía estar sujeto al pasado, que ahora se abría un nuevo camino en su vida y que él debía recorrerlo sin desperdiciar un momento. Su padre, en sus mejores palabras desde que él lo conocía, y contradiciendo años de conservadora y cautelosa educación, le había pedido a su hijo, a su único primogénito, a su ídolo, que viviese; que viviese como nunca lo había hecho; que viviese por él, por todas aquellas oportunidades que él había desechado. Que viviese sin restricciones e impulsivamente, que se olvidase del mañana. Que viviese para el hoy, que era el día en que estábamos viviendo y que si vivíamos para el futuro, en el presente no habría nadie. Tan sólo habría un fantasma, la sombra de quien cree vivir por pensar que la vida es su futuro. Todos aquellos espectros itinerantes vivirían para su muerte porque el único futuro cierto era el de estar sepultado en un nicho. Consideraba preferible ser un hombre curtido en cuerpo y alma que merecía ese nicho para descansar de la intensidad e inconmensurabilidad de una vida bien vivida, que una de esas almas en pena que encontrarían una tumba como resorte hacia aquello que habían estado esperando siempre.
Al bajar del tren, doscientos metros más allá de la estación le amenazaron con una navaja y le robaron su maleta y todo su dinero. No podía estar más contento, ahora era cuando empezaba lo bueno.

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20 Junio 2006

"Mentes de porcelana" por Iván Sirgado

-Espera un momento.
-¿A qué?
-Tú espera.
-¿Pero para qué?
-Tú sólo espera, hazme caso, y verás…

(...)

-¿Ya?
-Todavía no.
-¿Pero a qué estamos esperando?
-Permanece.
-¿El qué?
-Tú, permanece, no desesperes y espera.
-Ya llevo un rato así.
-Yo también.

(...)

-Ahí lo tienes. ¿Lo has visto?
-No, mierda, ¿el qué?
-Te lo has perdido. ¿Dónde estabas mirando?
-No lo sé, creo que a ningún sitio, creo que no estaba haciendo nada.
-En fin, tengo hambre, ¿quieres algo?
-Sí, una goma de borrar y una mente de porcelana. ¿Cuántas hormigas habré matado en mi vida?

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13 Junio 2006

"Lo que fácil viene, fácil se va" por Iván Sirgado

-Bien, procedamos. ¿Su nombre es…?
-Daniel Tudela de Castro.
-¿Edad?
-Veinticuatro años.
-¿Estado civil?
-Soltero supeditado.
-¿Pero qué dice?
-Verá, es que necesito contarle toda la historia. Siempre he estado a su lado, ha hecho conmigo lo que ha querido y…
-Deje eso para luego. Por de pronto, no tendríamos que estar haciendo esto si usted no hubiese perdido su DNI. No me venga con esas ahora y conteste correctamente a mis preguntas. Ya tendremos tiempo para eso más tarde. ¿Estado civil?
-Soltero, supongo.
-¿Domicilio?
-Pues… depende.
-¿De qué?
-¿Le doy el de casa de mis padres o el de ella?
-Déme los dos. Serán igualmente útiles.
-Casi prefiero darle el de mis padres.
-¡Qué mala suerte! -replicó con una risa sardónica- Yo prefiero que me dé los dos, me ha gustado la idea.
-Está bien, la de mis padres es: calle Tudela 36, puerta 7.
-¿Calle Tudela? Qué coincidencia.
-Sí, supongo que a mis padres les hizo gracia y por eso eligieron la casa. Aunque ahora que lo pienso, nos la dejó nuestro abuelo en herencia cuando murió, y entonces…
-Dejémoslo en una coincidencia, ¿de acuerdo? –lo interrumpió algo enfurecido.- ¿Y la dirección de ella?
-¿Es necesaria?
-Pero vamos a ver chaval, has venido aquí diciendo que te ha traicionado ¿y dudas de dar la dirección de su casa? Deberías estar echando pestes de ella.
-Sí… sí, es verdad –ahora le parecía muy razonable tomar esa posición- Gracias señor. Sí, joder, es una puta y... y…-prolongaba la conjunción por no ocurrírsele más cosas.
-Oye… ¡Oye! –gritó reclamando la atención de Daniel, que estaba perdido en encontrar más insultos- Mírame –arrastró su silla hacia delante, puso sus codos sobre la mesa, apretó sus manos la una contra la otra, estiró su cabeza hacia la de Daniel dirigiéndole una mirada firme y muy elocuente.- Estoy aquí porque tu enferma cabeza ha decidido que hoy es el día en que debías entregarte. Así que, contesta a mis jodidas preguntas, ¿de acuerdo? No estoy dispuesto a presenciar un cúmulo de insolencias. Tan sólo atenderé a tus datos y a tu alegato que, por lo que hemos podido ver de momento, no se alejará mucho de esa sarta de estupideces.
-¡Yo no estoy loco! ¡Ni enfermo! Todo esto ha sido una trampa. Me han jodido, ¿entiende? Si soy algo es una marioneta, un idiota quizá, pero nunca un loco o un enfermo. –se sobresaltó ante la desfachatez del comisario levantando un dedo y agitándolo- Aunque bueno, ahora que lo dice… no sé, puede ser que me haya vuelto loco, ella me ha vuelto loco. Es lo que ha dicho, ¿no? Deben condenarla a ella, es su plan, yo tan sólo seguí órdenes.
-Está bien, está bien. Piensa lo que quieras, yo tengo mi opinión y tú la tuya, lo importante ahora es ver qué decidirá el juez. Por eso necesito, por mi parte muy a duras penas, escuchar tu declaración a ver si sacamos algo en claro de todo esto. No vayas muy deprisa, apuntaré aquellas cosas que estén en relación con el caso, y aguarda, también las que tengan relación con el aspecto emocional –dijo el comisario complaciendo las exigencias de Daniel. El comisario le tuteaba, a pesar de que llevaban poco tiempo dentro de aquella sala que fortificaban dos fornidos osos vestidos de traje, porra y gorra. El ambiente, exceptuando el descaro del comisario, no era excesivamente intimidatorio. Al fin y al cabo, Daniel había acudido allí voluntariamente y, quitando de la seguridad organizada necesariamente para retenerlo en caso de que se arrepintiese, no había muchas más restricciones.
-De acuerdo, le contaré todo desde el principio. Todo empezó cuando me enamoré de ella…
-¿Una historia de amor? Joder, ¿qué hay que hacer para que le toque a uno un asunto de mafias? Deberíamos habernos hecho forenses… ¿a que sí Mario?-miró a uno de los agentes que se apoyaban doblegados en las paredes tras la noche de guardia. Mario afirmó con un insulso e inhibido gesto de aprobación. –En fin chico, sigue con tu historia.
-Gracias y… bueno, lo siento, intentaré hacerla lo más amena posible.
Al comisario se le escapó una breve risa burlona, perplejo ante el optimismo y la condescendencia del muchacho.
-Verán, la conozco desde que íbamos a primero de EGB. Fue una de esas chicas que llegaron al colegio más tarde con respecto a la demás clase en la cual nos conocíamos todos desde los tres años. Ya desde un comienzo tenía ese ingrediente novedoso que desviaba mi atención, era la nueva, la pretendida por todos, y denostada, al menos en un principio, por todas. Yo me intenté acercar emocionalmente a ella, tratar de comprender sus sentimientos respecto a las demás chicas y establecer esa empatía tan nutritiva para una posible relación de futuro. Pero debí percatarme de que, lógicamente, no era el único chico de la clase que había pensado en esto.

›› Salí malparado de algunos encontronazos con algunos chicos más fuertes y decidí ampararme en aquellos chicos que habían corrido igual o peor suerte. Sin embargo, era imposible olvidarme de ella, la vi casi todos los días, exceptuando los fines de semana y aquellos en los que ella estaba enferma o yo estuve enfermo. Durante los años que precedieron a nuestra prematura y más importante decisión estudiantil, me enamoré de ella. En realidad, creo que lo estuve desde el primer año, pero digamos que todo mi amor se construyó a lo largo de este tiempo a base de charlas espontáneas por los pasillos, que evolucionaron paulatina y respectivamente en: “si tú me enseñas tu cosa, yo te enseño la mía”, intercambio de notitas en clase en las cuales hablábamos sobre dulces tonterías, regalos en nuestras fiestas de cumpleaños, anónimos en el paradójico día de San Valentín, goles dedicados en los campeonatos de fútbol… en fin, ya me entienden. Fue todo un proceso. Cuando salimos del colegio y decidimos aquello que queríamos estudiar cogimos caminos distintos que, aunque nos separaron “docentemente” hablando, no lo hicieron físicamente, pues mi escuela quedaba a dos calles de su facultad. Ella se metió a la carrera de Ciencias Políticas mientras que yo opté por la Formación Profesional para hacer cursos de sonido. Esta época fue la más fértil en cuanto se refiere a nuestra relación. Solíamos quedar para comer cuando terminábamos las clases y pasábamos largos ratos hablando sobre nuestras cosas y planes de futuro, fantaseando a menudo con la remota posibilidad de que nos tocara la lotería.

›› Uno de esos días tontos de primavera que a uno le vienen porque sí, me decidí a dar el famoso primer paso que, seguido de otros más decisivos, tanto por su parte como por la mía, terminaron en una jocosa “primera vez” que hacía de nosotros, y a pesar de lo que se nos haya querido inculcar a lo largo de muchos años especialmente por parte de su madre, una mezcla pura, consciente y real. Desde esa primavera no me alejé de ella ni un solo momento. Podía escucharla horas y horas, patidifuso, perplejo ante la lucidez discursiva de quien me había abierto la vía, incondicional bajo nuestra percepción, del amor y el sexo. Fue después de una discusión en la que me dejó bien claras algunas cosas sobre las decisiones, la conducta y el respeto, que la empecé a ver como alguien superior a mí. Como consecuencia de esto, accedí, de su mano e involuntariamente, a un viaje iniciático en el universo de las drogas que ella justificó como la necesidad de vivir experiencias nuevas. Estuve de acuerdo con ella, confié y confío en su criterio, pues cualquier experiencia, sea del tipo que sea, es enriquecedora pero todo en exceso es malo, incluso el sexo me solía decir. Así pues, este revoltijo de drogas no duró demasiado, sólo hasta el tercer año de carrera, cuando a ella la empezaron a llamar para ciertas conferencias de organizaciones no gubernamentales. Sus discursos comenzaban a tomar un cariz más serio y determinante.

›› Terminando sus estudios, confirmándose mi ascenso como técnico de sonido en una radio privada de difusión nacional y consolidada mi sumisión a sus decisiones, tanto en lo individual como en la vida de pareja, a ella se le ocurrió que debíamos pensar en vivir juntos –cosa que agradeceré mientras mi memoria y mi conciencia me lo permita-. Llevábamos cuatro años saliendo y la verdad es que no habíamos tenido ningún roce ni diferencia que nos frenara de tomar una determinación de este calibre. Sin embargo, pronto vimos truncadas nuestras ilusiones por los altos precios –o paralácticos costes como le gustaba decir- que pedían por un piso. Asistí a un vehemente discurso, calificado de subversivo por el asistente inmobiliario que la denunció por haber roto una silla en un acto vandálico y haber proferido continuos insultos a su persona y a la empresa, sin decir oxte ni moxte. Desde luego que a mí no me pareció bien su actitud, le había faltado el respeto a una persona que, al fin y al cabo, era una mandada y estaba ejerciendo su trabajo correctamente de acuerdo con las pretensiones de la empresa. El destrozo en el mobiliario, por otra parte, lo veía más que justificado, incluso me pareció bien. Estar obligados a pedir hipotecas de 45 ó 50 años, que estaríamos pagando toda nuestra vida, me parece una aberración. De todas maneras, no dije absolutamente nada, me quedé boquiabierto ante su reacción, y de camino al restaurante donde cenaríamos esa misma noche asentí mecánicamente a todo cuanto decía. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquello que temía desde hacía tiempo se había cumplido ineluctablemente: mi supeditación a sus deseos era evidente. Ella era una persona valiente, fuerte, locuaz, atrevida y elocuente. Yo era débil, maleable, manipulable, indeciso e inseguro. Su seducción no tenía límites sobre mí y yo ansiaba anclarme a ella de por vida. Cambió el condicional a imperativo. El derecho se convirtió en deber. Y yo, sin embargo, no podía estar más contento.

›› Pronto se le ocurriría una maléfica idea que yo no vi mal en una primera instancia pero que me aterrorizó cuando la pensé en frío y sin tenerla a ella delante. Según ella, sólo había una manera para que pudiésemos vivir juntos. Yo, interesado por las posibles buenas noticias, le pedí que me contara qué tenía en mente:

-Mi madre ha de morir.
-¿Qué?
-Piénsalo, sería perfecto. La casa ya está más que pagada, mi madre la heredó de mi abuela. Estaríamos en el centro como tanto deseábamos, tendrías el trabajo al lado de casa y, además, nos ganaríamos un dinerillo con todo esto de la herencia y… se me ocurre una cosa, si nos lo montamos bien, quizá hasta nos den una indemnización.
-Espera, espera… ¿me estás diciendo que matemos a tu madre?
-Ay, ¡¡qué bruto eres!! Mira, piensa que a mi madre tampoco le quedan muchos años de vida, ten en cuenta que además está algo enferma. Lo único que haríamos es adelantarle sus últimos días.
-Yo… no sé, si quieres que te diga la verdad, aunque tu madre me adore, a mí nunca me ha caído demasiado bien, pero de ahí a…
-¡No lo digas otra vez! Pero vamos a ver Dani, ¿tú me quieres?
-Por supuesto, haría lo que fuera por…
-¡Ah! Ahí lo tienes. Harías lo que fuera por mí… Sabes de sobra que lo que más me gustaría es vivir contigo y que las circunstancias no nos permiten comprar una casa en condiciones. Esta es nuestra única oportunidad.
-¿Y no sería mejor comentarle a tu madre si le parece bien que vayamos a vivir los tres juntos en vuestra casa?
-Daniel, seamos realistas, no aguantaríamos… con lo pesada que se pone mi madre, tú no la conoces bien. Pero es insoportable cuando se pone a mandar.
-No sé, me suena algo precipitado.
-Mira, lo tengo todo pensado…

›› ¿Que si lo tenía pensado? Madre mía, parecía que lo hubiese estado planeando desde que nació. Era sencillo, su madre, divorciada y viuda de un segundo marido, se pasaba las tardes viendo la tele y haciendo algunas tareas en la casa. Tejiendo, encontraba la justificación para no tener que hacer nada. Mi misión consistía en…

Ding Dong

-¿Sí?
-¡Hola! Soy Daniel, venía a buscar …
-¡Hola! -me dijo efusivamente- no está ¿eh? Ha salido.
-¿Y eso? Me dijo que la pasara a buscar, que estaría en casa.
-Sí, sí, pero me ha dicho que te diga que le ha salido un imprevisto, que tenía que marcharse rápido y que ya te contará.
-¿Y va a tardar mucho?
-No, me ha dicho que volvería pronto.
-¿La puedo esperar arriba?
-Claro, hijo, pasa pasa.

››El plan iba bien. Cuando me abrió la puerta, empecé a sentir escalofríos. El momento se acercaba y yo no estaba seguro de estar totalmente preparado. Me empezaban a sudar las yemas de los dedos y el ascensor menguaba conforme subía pisos: 3, el espejo me miraba. 4, el techo se caía. 5, el suelo se alejaba. 6, se abrían las automáticas hacia el cadalso. 7, caminaba hasta la puerta. 8, la saludaba con sudores. 9, me sentaba en el sillón. 10, esperaba algo de café. 11, metía mi mano en el bolsillo de la chaqueta. 12, me preguntaba por nuestra relación. 13, le hacía una llamada perdida a mi novia. 14, se oía el teléfono de la casa. 15, se iba a atender la llamada. 16, llenaba su taza de café con un polvo somnífero. 17, me decía que su hija se retrasaría un poco. 18, sorbía lentamente su café. 19, me contó que había estado esperando este momento, que sabía que un día pasaría. Yo le pregunté, intrigado. Me dijo que era de esperar, que ella había hecho lo mismo con su abuela y que por eso heredó la casa, lo que fácil viene, fácil se va, me dijo entre soplos. 20, la vi caer sobre el sofá. 21, me miré al espejo.

-En ese momento de enajenación, ni siquiera se me pasó por la cabeza lo que conllevaba un asesinato. No pensé en qué me podía ocurrir. Me dejó hacerlo todo a mí, cómo no. Debería haberme dado cuenta, debería haberme enfrentado a ella cuando pude, dejar las cosas claras antes de seguir adelante. He estado sometido… sumiso… ¡subordinado a sus órdenes y deseos desde hace años! Estaba como hipnotizado, yo no era yo, era otra persona… ¡Era ella, maldita sea! Me había convertido en otra persona, obstinada en ese error, influida y persuadida por sus argucias y arrumacos. Llegó un momento en que estaba tan supeditado que me daba hasta vergüenza aceptarlo frente a mis amigos, frente a mi familia, frente a mí mismo. Resultaba humillante aceptar que mi personalidad había sido fagocitada por las pretensiones de ella. Siempre es duro aceptar que llevas toda tu vida haciendo el gilipollas. Y es que, estaba tan convencido, todo iba a salir bien, el asesinato no tenía por qué ser malo.
-Lo siento amigo, la ignorancia de la ley no exime su culpa. –dijo el comisario, siempre irónico.
-No, me refiero a que, en fin, estaba todo tan calculado, era todo tan perfecto. Estaba estudiado hasta el más mínimo detalle. Supongo que no pensé en mi conciencia. Mi manera de ver las cosas. Me había olvidado de mí mismo.
-Si piensa que eso le va a servir como atenuante, más le vale encontrar un buen abogado.
-No, no… no me entiende. Es cuestión de amor. Todo lo hice por amor, yo la quería ¿sabe? Y la sigo queriendo.
-¿Pero no comprende que eso aquí da igual? Quizá le rebajen la pena por cuestiones morales, ya sabe, el rollo ese de que estaba enamorado y que no podía pensar con lucidez porque estaba… atontado. Pero olvídese de la libertad física durante una temporada, aquí hay unos hechos y es que usted ha matado a una persona. Hay pruebas suficientes para condenarle, y dé gracias por no estar en Texas. Allí les gusta mucho la pena del talión.
-Supongo que es mi palabra contra la de ella.
-No, bueno, yo más bien diría que es la de una mujer inteligente contra la de un hombre estúpido.
-Nunca me había enfrentado a ella. Quizá ahora es demasiado tarde. Pero aún así, es un paso… ¿no?
-No sé hijo, de momento, ahora vive sola en su casa y tú irás a la cárcel. Puede que eso sea un paso, no lo sé.

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6 Junio 2006

"La dríade enamorada (Eco de Narciso)" por Iván SIrgado

Una corona de robles macizos circunscribía al óvalo de agua que reinaba, en ese onírico paraje, como el más sabio de sus elementos. La dureza y templanza de las rocas imperaba a lo largo de la zona meridional del lago protegiéndolo de los vientos alisios que se alargaban desde el sudeste. Apolo alumbraba en las dulces y cálidas mañanas los lares de cientos de seres que se despertaban sedientos con el silbante y apacible canto de los pájaros. Una cantidad indiscriminada de insectos y animales apagaban su sed con un único sorbo del estanque. Sus aguas rociaban las raíces de los árboles y las flores, cuyas hojas coloreaban el lugar con una variada mezcolanza de tonalidades cyan, magenta y amarillo. La espesa y tupida copa verdosa de los gruesos daba especial cobijo a una belleza inigualable, una fantasía de la creación, una burla de la naturaleza frente a sus semejantes. Las dos constelaciones de su faz resplandecían con luz propia y se abrillantaban con las brisas del aire. Sus orejas, de acabado puntiagudo, se alargaban ligeramente con el silbido que provenía de los árboles. Su dorada y recta cabellera brindaba con el lago cada vez que se acercaba a la orilla; embalsaba un poco de agua juntando sus delicadas manos y las abocaba a la enamoradora comisura de sus labios. El esbelto y desnudo cuerpo de la dríade desplegaba toda su sutileza cuando extendía suavemente sus transparentes alas de mariposa. Los demás seres vivos observaban abstraídos cómo agitaba sus límpidos pétalos cada vez que levantaba sus pequeños pies del suelo.

Después de un armonioso baño que el lago disfrutaba tanto o más que la propia dríade, solía tumbarse, con un elegante desparpajo, en las siempre agradecidas rocas, dispuesta a que la luz solar secara todo su cuerpo. Revoloteaban entonces, a su alrededor y por encima suyo, diminutos bichos de diversas especies. Jugaba con ellos creándoles circuitos en su tersa piel mediante las gotas de agua que todavía permanecían agarradas a su cuerpo.

Acostumbraba a escalar por las tortuosas ramas de los robles cuyas trasovadas hojas acariciaban su cuerpo haciéndole cosquillas. Nada le gustaba más a los robles que provocarle la risa a la ninfa de los bosques, pues enaltecía sus ramas y enverdecía su perenne hoja. La flor verdosa amarillenta del roble crecía más rápida para poder escuchar el plácido gozo de la dríade en su máximo esplendor. Así, los robles siempre permanecían bellos y exultantes.

Esta deleitosa criatura recorría el sinuoso bosque acariciando con sus frágiles dedos a aquellos animales que encontraba a su paso. Por supuesto, no eran pocos, todos querían que las yemas de sus algodones dibujaran figuras en sus cuerpos almibarando su piel e impregnándola del distinguido aroma que la envolvía. Muchos ronroneaban como un gato cuando les rascaba la cabeza o les tocaba en un ademán de diáfana satisfacción.

Le gustaba escuchar la leve melodía de los pájaros. Se sentaba bajo los árboles entregada al embeleso del canto e inclinaba su cuerpo para oler el perfume de las flores, dispersas por la húmeda tierra. Entonces miraba al cielo y quedaba absorta ante la apatía de las nubes.

La dríade admiraba todo cuanto tenía a su alrededor y enmarcaba en su memoria momentos que, más tarde, vivificaba en su entelequia. Como aquella vez que la lluvia caía perpendicular a los haces de luz irisando un espacio indeterminado en el aire. O aquella en que el cielo se volvió rojo oscuro en el crepúsculo, y verde claro al alba. Y qué decir de cuando observó durante horas a una generación de hormigas transportar hasta su hogar subterráneo una ristra de bellotas cuarteadas. Todo en aquel paraje podía ser bello si se miraba con los ojos adecuados. Bastaba pararse a contemplar la magnificencia de la naturaleza para que el tiempo le pasara tan rápido como se hace y deshace un arco iris.

Recorriendo la orilla del lago en busca de diminutas caracolas que, de cuando en cuando, encontraba en los huecos de las rocas, se detuvo a contemplar una de las cosas más bonitas que ella jamás había visto. No era la primera vez que la observaba, pero esta vez fue diferente… Se arrodilló y puso sus manos sobre la tierra, en la orilla. El agua del lago golpeaba delicadamente sus dedos sumergiéndolos por instantes. Estiró el cuello y ante ella apareció su propio reflejo. Quizá el color del agua de ese día, quizá el hecho de que Apolo había regalado una luminosidad excepcional esa mañana, quizá el viento que desplegaba fastuosamente su condición por las aguas del lago. No sabía el motivo, el caso es que quedó ensimismada por su belleza. Se agolparon los latidos de su tierno corazón y tanto sus ojos como su boca se engrandecieron ostentosamente. Miraba y miraba. Prendada de su rostro, permaneció inmóvil sin proferir palabra alguna. Se aventuró en tocar la imagen y se asustó al ver que se difuminaba en un tren de ondas. Pronto recuperó la compostura y continuó admirando el nuevo atractivo del lugar hasta que subió la Luna para teñir de plata el retrato de la dríade.

Despertó a la orilla del estanque. Rápidamente acomodó su organismo para contemplar su efigie en el agua. La otrora admirable naturaleza se le antojaba ahora nimia y vacua. Entendía su propia belleza como inalcanzable. Nada en ese lugar podía acercarse a los destellos de fascinación que su beldad le provocaba. Desde la orilla dirigía su mirada a los sitios donde antes había disfrutado. Veía a las rocas: incómodas; a los insectos: impertinentes; a las flores: marchitas; a los robles: turbadores; los caminos se habían convertido en laberínticos vericuetos; los animales, débiles e insensibles; y la armoniosa melodía de los pájaros en un silbido molesto y chirriante.

Las rocas notaron su ausencia, no se había estirado para refrescar su pétrea corteza. Decidió contárselo a los bichos que recorrían aburridos los agujeros de Las Pedregosas. Éstos informaron a la invidente roca de que la ninfa de los bosques estaba meditabunda a la orilla del lago. A su vez, las avispas quedaron enteradas de tal suceso y divulgaron entre las flores, al extraer miel y polen, dónde pasaba el tiempo la hermosa dríade. Las flores, que encadenaban sus raíces a las de los gigantescos troncos de los robles, consultaron con estos ancianos árboles si habían oído reír a la ninfa últimamente. Comentaron que no había escalado sus ramas. Uno de los árboles se deshizo de una hoja que cayó suave sobre el lomo de uno de los ciervos. Éste explicó al resto de animales la situación. Con otra hoja derramada deliberadamente de una de las voluminosas ramas del roble y ayudada por el viento, llegó al erudito lago la noticia que él ya sabía: la dríade permanecía ensimismada desde hacía días ante su propio retrato.

El lago, patrón de la zona, pensó en qué podía y en qué debía hacer. Desde luego, no era admisible que la ninfa de los bosques menospreciara a los demás elementos de la naturaleza. Por una vez, sentían envidia. El cambio en la actitud de la dríade había molestado a unos y crispado a otros. Por el bien de todos, las aguas del lago debían hacerla escarmentar. La belleza global de la naturaleza se veía desafiada por una criatura que creía ser más hermosa que cualquier otra cosa. No lo podían permitir. Todos formaban parte de la preciosidad de la naturaleza. La dríade estaba retando a las leyes del bosque, yendo contra natura. Sus acciones hacían palmaria su intención entrópica. El orden de la naturaleza podía sufrir graves daños en su seno y era necesario acabar con esta cuestión cuanto antes, pues no era adecuado para el correcto funcionamiento de este terreno albergar a un ser que no disfrutaba con todos y para con los demás. Las aguas, ahora turbulentas, en contraposición a la calma que las caracterizaba, llegaron a una conclusión. Con ayuda de los rayos de Apolo, el lago practicó voluntariamente la evaporación de una parte de sí mismo y condensándose en esponjosas nubes grises pronto cayó un rocío tímido y fino de gotas menudas que se esparcieron sobre árboles, animales, insectos, rocas y plantas comunicando a todos los elementos su propósito. El lago ya había reparado en que, por mucha lluvia que cayera encima de la dríade, ésta ni se inmutaría, atrapada en el contubernio del narcisismo. Entregada a la pasión por su cuerpo. Su mirada vertía la magia de su figura en las templadas aguas del estanque, convencida de que todo cuanto necesitaba estaba ahí, en el reflejo que el lago le devolvía, y era ella misma.

Todos aceptaron complacientes los designios del lago.

La ninfa de los bosques, sonriendo enérgicamente y con los ojos cansados, vio, poco a poco, cómo se emborronaba su rostro. Pensó, al principio, que se trataría de una brisa más fuerte que de normal. Abandonó esta idea cuando se empezaron a desdibujar las facciones de su cara haciendo cientos de extrañas y horribles muecas que la asustaban violentamente. Empezó a contagiar una ansiedad que le demolía el alma. Cambió su posición y corrió hacia la otra orilla donde se volvió a mirar con idénticos resultados. La dríade comenzaba a sollozar y suspiraba en cuanto que pensaba que el reflejo se recomponía. Desaparecía su faz. Hundía sus manos en el agua intentando capturar la estela que se formaba en la superficie del lago. Desesperada por perder a su amada. Desdeñada por la naturaleza de la cual formaba parte. Apartada, vituperada y traicionada por las aguas que antes le habían obsequiado con la gloria de su reflejo y ahora se lo arrebataban. Un duelo de belleza fratricida. La imagen descompuesta de su perdición. El terror esperanzado de quien se sabe terminada, finada pero no sucumbe ante los poderes de la muerte. La ninfa de los bosques veía su propio llanto arrastrándose por sus ojos. Dirigiendo sus pasos en busca de su efigie de quien el lago se sabía una deidad. Castigada por orden de la naturaleza. Su figura se desvaneció y las constelaciones de su cara se convirtieron en cristales rotos dispersos por el suelo y por su cuerpo arrodillado en la húmeda tierra.

Después de llorar un río incesante de dolor, pensó que debía recuperar su retrato, que nadie tenía derecho a robarle su belleza. Se lanzó al agua, a buscar en las profundidades del lago a su amada.
Nunca más se supo de la más hermosa y bella criatura que jamás ha pisado nuestras tierras; que, de tan bonita que era, se enamoró de sí misma.

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30 Mayo 2006

"Es ella, seguro. (Casi un poema)" por Iván Sirgado

Caminaba absorto entre las sombras de los árboles de un día soleado. Había llegado hasta ahí después de un largo paseo sin rumbo desde su casa. Se sentó en un banco y sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos y un mechero. Se puso el cigarro en la boca, lo encendió y miró hacia arriba inclinando la cabeza. El sol le cegó por momentos, se frotó los ojos y perdió la ocasión de verla por primera vez. Maldita su suerte.

Días después, fue con unos amigos a ver una reposición de Los niños del paraíso. Sus amigos decidieron ir a la filmoteca porque Plan Oculto no les llamaba demasiado la atención y, muy a pesar suyo, tuvo que sustituir un corto trayecto –el cine estaba en su misma calle- por uno largo –para ir a la filmoteca debía coger el coche-. Salió tarde tras tres horas de película y perdió la oportunidad de verla otra vez, pues ella pasó por la puerta del cine justo a la hora que terminaba la película de Spike Lee.

En el supermercado la vio por primera vez. Cogió unas cervezas para ir a casa de un amigo y, en la cola, entre cabezas y vagamente, vislumbró unas manos pagando. Pensó: “Joder, qué buena que está”. Ella metió los artículos adquiridos en sus bolsas y marchó. Él pidió que le dejaran pasar, que sólo tenía que pagar tres cervezas. Sin resultados. Ahí se quedó.

Por la noche, cuando llegó a su casa, se masturbó recreándose en las partes que todavía recordaba del cuerpo de ella: las manos. E imaginándose las que no había visto o había olvidado llegó al clímax. Soñó con una mujer que en su mente se asemejaba al cuerpo de ella. Estaba tan cerca de él que sólo levantando el brazo la tocaba, lo intentó hacer, pero al intentar manipular el sueño, tomó consciencia y se despertó.

Fue a tomar unas cañas y unos aperitivos a un bar cerca de su casa con unos amigos. Se sentaron, hablaron sobre qué podían hacer ese verano. Él creyó verla pasar muy cerca suyo, se giró para contemplarla pero la confundió entre la multitud de La Avenida. Alguien dijo: “Menudo Ferrari”, se giró hacia el otro lado, vio un Ferrari Maranello azul oscuro cromado con un abuelo conduciendo. Volvió la vista hacia ella pero la había perdido.

Salió al balcón y sacudió unas ropas. Saludó a su vecina que estaba tendiendo. Habló sobre el tiempo, lo sucio que estaba el rellano y ella pasó por debajo. La vecina dijo: “Qué chica más guapa”. Él miró hacia abajo. “Ahí, ahí… cruzando la esquina” insistía la vecina. Tan sólo pudo verle las piernas.

Se levantó pronto y decidió ir a visitar a sus padres al campo. Bajó a la calle y se metió en el coche. Paró en un semáforo en rojo. La vio pasar por delante de sus narices en el paso de cebra. Se determinó a bajar del coche. Abrió la puerta. Puso un pie en el suelo, y después el otro. Corrió hacia ella entre los transeúntes, le tocó el hombro, se giró y no era ella.

No dejó de masturbarse y de pensar en ella desde el primer día que la vio y desde el día en que no la vio. La siguió viendo durante mucho, mucho tiempo. En una heladería, en el bar de la esquina, por el centro comercial, en el fútbol, en el horno, en el cine, en una discoteca, en un anuncio, en el trabajo…

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23 Mayo 2006

"El holgazán" por Iván Sirgado

-¡¡Qué perezoso eres, hijo mío!!

Esta recurrente frase para destacar su apatía auguraba lo que iba a ser su vida. Las constantes reprimendas de su madre, a las que Raúl hacía oídos sordos, no hicieron mella en su concepción de vida. Se pasaba las tardes frente al televisor sin mover ni un dedo en casa, más que el que le servía para cambiar de canal. Se sabía de memoria los diálogos de casi todas las series de dibujos animados. Conocía la parrilla televisiva a la perfección y especulaba sobre la invención de un mando a distancia mental que le permitiese cambiar de canal sin siquiera moverse. Nunca fue un chico trabajador. En el colegio siempre acababa el último en hacer las tareas de clase, si es que las terminaba. Durante los años que permaneció en la escuela se molestó muy poco en hacer buenos amigos y con los que hizo involuntariamente -como simple consecuencia de acudir a clase- tampoco quedaba sino es que estos se acercaban a su casa. Dejó los estudios con quince años tras repetir octavo de EGB dos veces. Su vida consistía en pasearse por la casa con su batín, del dormitorio al sillón del comedor y viceversa. Sin prisa y con pausa.

Tras varios años soportando una haraganería imperturbable, su madre decidió mandarlo a trabajar al quiosco de su tío. Esa misma mañana, cruzando el paso de peatones contiguo a la salida del portal de su casa, un conductor despistado le regaló cuatro meses de reposo. El conductor se dio a la fuga y un testigo tomó la matrícula. La indemnización fue millonaria. La suerte sonreía a Raúl enseñando todos sus dientes y Raúl no podía estar más contento. Ahora, ya no era que pudiese estar tirado en el sillón todo el día, sino que debía estarlo. Él no se aburría, ni mucho menos. Huelga decir que nunca se había divertido lo suficiente como para poder aburrirse. No conocía muchas cosas más allá de los programas de televisión, y del colegio ya sólo recordaba las clases de educación sexual que le permitían fantasear de vez en cuando para satisfacer su libido. Nunca se esforzó demasiado por entender las cosas. Sumido en su ignorancia era muchísimo más feliz que la mayoría de la gente. No tenía preocupaciones. No había nada que le quitara el sueño ni que le hiciera despertar de su letargo intelectual, que ya duraba poco más de veintiún años.

Días más tarde de su vigésimo-segundo cumpleaños sus padres se fueron a vivir a la capital, a casa de la abuela, y él se quedó viviendo en el pequeño chalé a las afueras de la ciudad. Se administró bien el dinero de la indemnización y pagaba a un recadero para que le trajera lo necesario para subsistir. Dormía horas y horas. Al principio sólo ocho o nueve. Cuando se fueron sus padres, aumentó a diez o once. Cuando descubrió que los pocos haces de luz diurnos que entraban por su habitación le impedían dormir más, le encargó al recadero un antifaz para que nada le perturbase mientras descansaba. Esto aumentó sus horas de sueño significativamente. De once horas había pasado a dormir quince. Pronto se percató de que dejar las ventanas de la casa abiertas invitaba a los ruidos externos a franquear impunemente las líneas del hogar. Haciendo uso de mucha de su energía, cerró todas las ventanas de la casa y bajó todas sus persianas. La casa quedó completamente a oscuras. Se vio obligado a situar algunas lámparas en lugares estratégicos de la casa de manera que los techos atraparan la luz y la dispersaran a lo largo y ancho de la habitación. No obstante, apagar y encender todas aquellas luces cada vez que se iba a dormir o se despertaba respectivamente, le resultaba una tarea superflua. Pronto redujo el número de las fuentes luminosas a dos. Una, encima de su mesita de noche, y otra, en el suelo, al lado del sillón. El sosiego en la oscuridad del unifamiliar incitaba al sueño de Raúl que veía cómo su día se hacía más corto paulatinamente. Llegó a dormir 18 horas seguidas perdiendo por completo el sentido horario. -¿Qué hora será?- se preguntaba a sí mismo.

Hasta entonces había coincidido que el teléfono, que reposaba sobre una pequeña mesa redonda de plástico de cuatro patas a la vera del sillón, había sonado cuando Raúl estaba despierto. Un día, el teléfono sonó cuando todavía estaba en su cama, alterando su sopor. Después de desperezarse, caminó hasta el salón y desconectó el teléfono, aislándose todavía más en su profunda incomunicación. Pocos días después reparó en que si movía su cama hasta el salón, ya no tendría que mover su pesado cuerpo desde el sillón hasta la cama, que quedaba a unos diez metros. Así pues, decidió, con ayuda del recadero, trasladar su cama hasta ponerla frente al televisor, sustituyendo el cuatro, que su posición formaba cuando se sentaba en el sillón, por un uno horizontal, más conveniente y oportuno. Entendía el esfuerzo como el proceso para no tener que esforzarse luego, para estar más cómodo. Es decir, contribuyó en el trabajo de desplazar su cama porque sabía que su consecuencia directa era no tener que caminar desde su cama hasta el sillón nunca más. Aprovechó el trabajo en equipo, ganándose la confianza del repartidor -único contacto con el exterior- para darle una copia de la llave del chalé de manera que no tendría que moverse siquiera para recibirlo. Apagó la luz de su habitación definitivamente y cerró la puerta impetuosamente, diciéndose a sí mismo que ya no volvería a entrar. En compañía de la espectral iluminación que el único globo de lumbre despedía recostado en el adoquín más cercano de la cama, comenzó a utilizar las botellas de agua como recipiente para su orina y un cubo de ropa sucia para sus excrementos.

Desde entonces, y exceptuando los momentos en que debía levantarse para hacerse algo de comer, permanecía las seis horas de su escaso día tumbado en su cama, viendo pasar las imágenes del televisor como vagones de interminables trenes que desembocaban en la fantasía de sus sueños. Muchas veces dejaba de comer para no tener que levantarse de la cama, pero a veces el hambre era demasiado poderosa y vencía a la holgazanería. Sin embargo, poco a poco, fue acostumbrando su cuerpo al hambre y no se movía más que para sacar, de alguna de las bolsas que su recadero había dejado cerca de la cama, cualquier alimento que no necesitase ser preparado. Se inclinaba tímidamente con ayuda de sus cojines para no atragantarse y depositaba la bolsa de patatas sobre su barriga. Su nutrición se basaba en agua, papas y en el afán de sus células de comerse unas a otras y a la propia grasa de su cuerpo. La inanición era patente y voluntaria. De ser un chico gordo, bien nutrido y sano, había pasado a ser un joven demacrado y enjuto, enfermo y débil, aislado de todos y de todo. Perdido en su soledad en algún punto entre la vigilia y el sueño continuaba circunscrito por los ángulos rectos de su cama e invadido por la tenebrosidad y lobreguez del salón. El hedor que desprendía tanto su cuerpo como el cubo de plástico que rebosaba excrementos le era ahora tan familiar que apenas lo percibía. Había perdido el sentido del gusto por comer siempre el mismo tipo de papas. Se sentía desubicado, su sentido de la orientación y del espacio-tiempo se había disipado como en un sueño cuyas puertas llevan a mundos desconocidos e imaginarios. Discernir entre sueño y realidad cada vez se le hacía más difícil. Vivía, quizá, consciente de las cosas que le rodeaban, pero se pasaba tanto tiempo durmiendo que cuando despertaba en ese mar de sombras y tinieblas, le costaba diferenciar si ya había amanecido o si continuaba preso de las injerencias de su mente. Apagó la última luz de la casa que descansaba al costado de su cama y pasó a dormir 20 horas al día. Osado en sus divagaciones, pensó que si dejaba conectada la tele en el mismo canal reduciría sus acciones todavía más para sólo tener que apagarla y encenderla. Con ello, discurrió una vez más para caer en la cuenta de que si bajaba el volumen todo lo posible, ni siquiera necesitaría apagar y encender la tele; el mando a distancia ya había perdido su función. Ahora, cuando se despertaba, la tele ya estaba encendida, y cuando quería irse a dormir, el volumen no le molestaba, porque no tenía.

Bajo un silencio sepulcral, el salón, convertido en depósito de residuos y en cementerio de un solo ser viviente, veía cómo Raúl se extinguía tumbado sobre su cama, inamovible y con el cuerpo entumecido. Cuanto menos comía y bebía, menos defecaba y orinaba, hasta el punto de hacer cada ejercicio sólo una vez a la semana. Con el tiempo, empezaron a salirle algunas ronchas por la espalda y pronto aparecieran las primeras erupciones en su piel. Una combinación del sudor, de la poca ventilación que disfrutaba y la carencia nutritiva de algunas vitaminas necesarias para subsistir, provocaban el desprendimiento de algunas zonas del cuero curtido y una dermatosis que erosionaba su cuerpo lentamente.

Rondaba el vigésimo-noveno año de su vida cuando, reflexionando, llegó a una curiosa conclusión. Dormir tanto le cansaba. Se despertaba y ya volvía a tener ganas de dormirse otra vez. Disertó que dormir tanto era contraproducente para su propia pereza. No podía ser perezoso si su cansancio no le dejaba serlo. Tras varios días indagando en esta idea comenzó a sobrevolar su cabeza lo que creyó una fantástica idea. Empapado de su propia holgazanería que, llevada hasta sus límites, había desembocado en una terrible insania, pensó que dormir y soñar implicaba unas acciones que podía evitar. Razonando estos pensamientos, se levantó de la cama y se acercó a la cocina cuya nevera estaba plagada por todo tipo de insectos derramando las marcas de sus cuerpos en forma de incisión y succionando los vestigios de los alimentos vetustos y putrefactos que anidaban en el interior del refrigerador. Con cautela, se acercó pavoroso al cajón de los cubiertos de donde extrajo un largo cuchillo afilado de mango de madera. Sin pensárselo dos veces, retraído en su soliloquio, levantó con dificultad su brazo entumecido y hendió la hoja del cuchillo a lo largo de las venas de su muñeca izquierda, provocándose una muerte segura. Al charco de su sangre acudieron los horribles insectos que devoraron, con el tiempo, la totalidad de su cuerpo. Días más tarde, apareció el recadero.

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16 Mayo 2006

"Felisa" por Iván Sirgado

Felizmente casados durante cincuenta años, ahora era momento de celebrarlo. Para ello, los hermanos, los cuñados, las nueras, los hijos y los nietos (aquí, lo convencionalmente denominado como familia adquiría connotaciones demasiado cínicas; de ahí que los clasifique separadamente, manteniéndome todo lo fiel posible a la historia que nos atañe) se reunieron en la casa de los abuelos, patriarca y matriarca –compleja amalgama, A mal gama- de un árbol genealógico plagado de cuentos fastuosos. Relaciones cercenadas entre los miembros de la familia y familia con relaciones de miembros cercenados. Evito los detalles escatológicos por no ser concernientes a la finalidad de esta historia, no sin antes advertir a los lectores de que lo ausente de este texto es por pura decencia. Es comprensible el comportamiento -en ocasiones, de una incongruencia desmedida y semejante al de un loco desprovisto de eufemismo- de algunos individuos pertenecientes a esta sociedad hegemónica (en lo global) y también tiránica (en lo particular). Pero no por ello podemos considerarlo admisible, ni mucho menos adecuado para este escrito. Debo decir que ningún sujeto del linaje más acérrimo al escepticismo dudó en abandonar los estudios sobre esta majestuosa familia cuando se topó con escollos tan terriblemente sádicos como aquellos que omito. Como decía, a la congregación familiar no faltó ninguno de los todavía bióticos descendientes. Se preparó una suntuosa comilona en cuanto a carne se refiere, de la cual todos quedaron satisfechos excepto Felisa –evidente, firme y duradera vegetariana- que no probó bocado. Como buena herbívora, reparó en este problema, y dispuso una fuente de frutas troceadas.

Se acercaba a los veintidós años más los cincuenta de matrimonio y decía haber vivido siempre contenta, cerca de los suyos, con algún que otro susto desagradable, pero con la certeza de haber querido y ser querida. Adoraba que sus nietos fuesen tan atentos con ella, que disfrutasen con las meriendas y los juegos que su abuela les preparaba. Implicada en la educación de éstos, aseguraba haber aprendido mucho de la vida, casi más de lo que ésta podía ofrecerle. Desde luego, era una mujer inteligentísima, sagaz, prudente, calculadora, a veces quisquillosa, siempre preocupada por los demás, -aquí, -allá (demásaquí y demásallá). Comprometida con la sociedad a lo largo de todos sus años y consciente de la necesidad de un cambio, no era una abuela ancorada en la involución e inmovilismo de la dictadura, sino, más bien, todo lo contrario: creía en el progreso, era tolerante, educada y respetuosa. Sus años de matrimonio le habían regalado el don de la paciencia y una impertinente faja. A petición de su nieta predilecta, la menor de todas que contaba 8 años, mantenía su pelo largo, lacio y blanco. Pero no un blanco grisáceo, no, más bien níveo. Era maravilloso verle el cabello a la luz de la luna porque se argentaba y reflejaba ondulados haces nacarados a lo ancho de su cabellera. Tenía las manos castigadas por los continuos e intensos años de trabajo y, sobre todo, por la cantidad de platos fregados que serían, sin exagerar, cerca de ciento cincuenta mil. Solía lucir faldas larguísimas que le llegaban por los tobillos combinadas con camisas verdes o blancas. Si el lector es condescendiente, sabrá disculpar mi demora en la descripción de esta mujer. Yo tuve la suerte de conocerla, y créanme, no deja indiferente. No era de una belleza envidiable, pero su mirada era muy intensa y en seguida te atrapaba con sus ingeniosos juegos de palabras.

Una vez terminado el banquete, cada pariente hizo entrega de sus regalos. La mayoría de ellos descaradamente nimios, pidiendo a gritos ser tirados al trastero, ocultados para los siglos de los siglos. Algunos de ellos merecían ser lanzados con fuerza para ver si de paso se rompían en la oscuridad de la habitación. No lo hizo así la abuela, siempre agradecida, que colgó cada uno de los cuadros y buscó espacio para todos los bibelots recibidos una vez los familiares marcharon, poco a poco, conforme caía la tarde. Familia por familia. Nunca juntas, cada una en su coche y a distinta hora.
-Cariño, vámonos ya que se me está haciendo tarde y quiero llevar el coche a lavar- le cuchicheaba a la oreja.
-Un momento, me parece que mi hermana se está levantando para irse. Esperemos a ver si se larga.

Tras el alboroto que siempre supone una reunión parental, llegó la calma de la noche, el reluciente blanquecino de la abuela y la sopa previa a las horas de sueño. Una vez en la cama, marido y mujer, recién celebradas sus bodas de oro, acordaron acercarse temprano a pasear por la playa el día siguiente.

Amaneció con indicios de ser un gran día. De momento con suerte, pues el Sol lucía en todo su esplendor. Felisa se levantó cansada (durante la noche se había desvelado por culpa del crispante chirrido que se efectuaba cuando el aire golpeaba las ventanas. Ella, consciente de su ignorancia en el campo del bricolaje y de sus carencias físicas que le impedían alcanzar la parte superior del marco –donde las puertas de la ventana friccionaban-, había rogado a su marido en repetidas ocasiones que lo enmendara. Caso omiso a las demandas de Felisa). Se desperezó, se incorporó y lentamente se dirigió hacia la cocina donde preparó un suculento desayuno cuyo aroma hizo despertar la voracidad de su marido. Comieron los dos sin emitir palabra alguna. El silencio imperaba en el inmueble desde hacía bastante tiempo, exceptuando las cálidas acogidas que la casa regurgitaba cuando los familiares aparecían. Ambos se dieron una ducha, se vistieron y condujeron sus piernas hasta el coche.

Cuando llegaron a la playa situada a pocos kilómetros de su casa, Felisa descubrió sus pies y los hundió en la arena en un pausado y torpe ademán. Su marido hizo lo propio y juntos comenzaron a andar hacia la orilla.

Al rato de ir caminando, Felisa cayó bruscamente de rodillas al suelo. Su marido, preocupado por su estado, la miró sorprendido e hizo un gesto para incorporarla, interrumpido impetuosamente por el brazo de Felisa, que agarraba con una fuerza endemoniada el bíceps de su marido. Éste se deshizo de la tenaza agitando el brazo, lo que le provocó intensos dolores tanto en el bíceps como en el hombro y cayó al suelo presa del pánico y del desequilibrio. En ese instante, tuvo un momento para levantar la cabeza y contemplar el rostro pálido de la muerte vivificada por la macabra mirada de su esposa. Felisa le estiró violentamente de la camiseta y le acuchilló el pecho con sus sedientas uñas. Un furioso y estentóreo alarido terminó por suspender los movimientos de su marido, cuyo cuello había sido desgarrado sin apenas percatarse, inmovilizado por el asombro que las circunstancias le habían provocado. Quedó tendido en la arena, ensangrentado y con una bestia encima que en su locura no cesaba de golpear y arañar el difunto cuerpo de su esposo. La carnicería que ocurrió a continuación -una desorbitada antropofagia- escapa a mi entender. Culminada la tarea se levantó de un salto y miró al frente. El aire se revelaba poderoso, sacudiendo insensatamente la larga falda y la lacia melena de Felisa. El mar, verde azulado, se presentaba inmenso, abarcando más de los 180 grados perceptibles por el ser humano en un mismo plano, así que sólo observaba agua oceánica, salada y llena de porquería. Las olas, procelosas, se batían con las aves marinas por ver quién llegaba antes a la orilla.

A partir de aquí, todo lo que les pueda haber contado sobre Felisa quedará mixtificado para el resto de los siglos. No acierto a entender por qué lo hizo exactamente. Si las razones fueron justificadas, es algo que no podré saber nunca, pues no tengo permitido hablar con ella por ningún medio. Permanece recluida en un centro sanitario. Y cuando digo recluida, quiero decir que está encerrada, enclaustrada, internada, aislada, incomunicada… enjaulada. Todas las adulaciones y elogios que yo haya proferido acerca de esta mujer serán perdidos en un panegírico fácilmente rebatible. Con ello, apuesto toda la credibilidad y verosimilitud labrada tras largos años de redacción periodística cuando afirmo, totalmente convencido, que esta mujer es bondadosa. No lo creerán así quienes conocen esta historia y se atreverán a difamar mi nombre.

El inconmensurable delirio de Felisa todavía perdura. Los científicos que se aventuraron en descubrir las causas de esta incomprensible enfermedad quedaron perplejos al descubrir que su locura no cesaba. Su físico no atiende al cansancio. Con el tiempo, su cuerpo se descompone, devorado por la inanición. Quienes protegen su habitáculo se niegan a describir lo que han visto a través del respiradero por resultarles vomitivo. En la parsimoniosa melodía de los pasillos, todavía retumban los aullidos de una anciana transformada en engendro.

Temo por mi integridad física y psíquica. Los expertos a los que se ha asignado este caso descubrieron recientemente que es una patología hereditaria.

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