Categoría: Ignacio Naya
8 Julio 2006
En la calle chispeaba. Yo esperaba impaciente para poder enfundarme las botas amarillas y correr hacia tu casa. Me podía permitir salir arropado en mi impermeable oscuro camino de tu puerta sólo cuando paraba el canturreo de la lluvia. Y cuando los charcos mantenían seguro el asfalto; cuando el viaje se guarecía en la humedad de la pausa que parían aquellos “chofs” pálidos entre la niebla. Porque, espero que lo recuerdes, aquí la bruma lo devoraba todo.
Encontrar el empedrado que llevaba a tu casa me costó alguna vez que otra. Lo puedo confesar después de tantos años alimentándome de nostalgia: me aterrorizaba caminar solo por la niebla. Y, además de atemorizado, solía no parar de estornudar hasta que me armaba de voluntad y me tragaba mi resfriado antes de empaparte la alfombrilla del recibidor. Es por eso que cuando me veías podías sonreír al verme temblar. No era por ti, tú nunca me hiciste reaccionar de tal modo. Era el miedo a que algún hombre del saco o algún depravado bicho sobrenatural devoraran mi cabeza. Afortunadamente, siempre fueron fantasías. Pero tú no lo eras. Tú sólo eras una bestia risueña que se divertía con mis peculiaridades. Y yo te lo permitía. Te lo seguiría permitiendo ahora, créeme.
Hay algo que no sé si retendrás. Es un detalle sin importancia. No te preocupes si ni siquiera te suena: yo coleccionaba insectos. Si no tienes ninguna imagen de mi joven personita tropezando por los hierbajos tras algún asqueroso vertebrado quizá no te haya sorprendido. Lo que sabes ciertamente es que mis aficiones pasaban por extravagantes. Y ahora, tras esta confesión (no creo que sea tal, pero temo cada vez más que te sea imposible recordar esa nimiedad) puede que llegues a conclusiones terribles. Conclusiones que me vean inspeccionando tu ser como si de un grillo diseccionado se tratara. Imaginándome elucubrando cómo serías por dentro, cómo podría descubrir que maravillas nacerían de tus entrañas una vez atada a una mesa de metal y abierta en canal con cuidado de no convertir el lugar en un estropicio. Nada más lejos de la realidad. ¿Cómo podría pensar en ti de ese modo? ¿Era siquiera razonable ver en ti un animal bípedo? Olvida esa locura, por favor.
Tu madre exprimía fruta y yo te admiraba. Vigilaba las arrugas que se formaban en tu axila cuando tenías la casa caliente y vestías impuras camisetas de tirantes. Había veces que no podía ni tragar el zumo. Si una sola gota de aquello tocaba mi garganta sería capaz de vomitarla. Eso lo producía, en particular, la danza del contorno de tus labios. También me costaba comentarle a tu padre qué tal funcionaba la ferretería de mi tío. Aquello era producto de las cuchilladas que cada filamento de tus pestañas hendían en el aire. Un día vomité en secreto después de escuchar el vinilo que acababas de robar del supermercado. Cantaba Leonard Cohen “The Partisan” y yo expulsaba bilis con violencia al son del estribillo. De esto último declaro culpables a las carnes de tus mofletes mientras te hinchabas a carcajadas y galletas.
No sé porque te cuento ahora estas cosas.
Te juro que no tengo ni idea. Aún así, necesito seguir adelante.
Fuiste hija única durante mucho tiempo. Para mí aquello era muy extraño. En mi casa me era imposible permanecer solo en algún lugar como no fuera mientras cagaba. Incluso cuando meabas o tomabas una ducha alguien zumbaba alrededor buscando algo. Mientras embozabas de mierda el retrete el olor los alejaba durante un tiempo. Pero al final volvían. No era culpa suya. Por lo menos éramos nueve allí dentro. Sin embargo, contigo, podíamos reconvertir nuestro poco tiempo juntos en una isla insonorizada, protegida por verjas con sensores de movimiento y torres robóticas cargadas de munición para impedir que cualquier intruso estuviera a cuatro metros de nosotros.
Nacíamos cada vez que la aguja lamía los surcos del vinilo.
Yo me sonrojaba, y me parece que te dabas cuenta. Nunca decías nada. Limitabas tu sorpresa a revolver el pelo que ocultaba mi frente. Y yo la mía a sufrir secretos ataques al corazón. El intercambio me parecía flagrantemente justo.
Perdón pero me parece que te acabo de mentir.
Sí sé porque te estoy arrastrando sin permiso a un tiempo que puede que quieras olvidar. Sé la razón de tanta memoria filmada en sepia. No me tomes en cuenta el lapso de pecado del que acabo de verme víctima. Estoy postrado en un colchón tan duro como una tabla de madera. Es tan incómodo, y yo… Por favor, deja que te cuente qué me ha sucedido. Déjame retenerte en mis desventuras una vez más. Espero que no te veas secuestrada en un arrebato de piedad después de todo. No quiero verte de nuevo. No del modo en que pienso puedas venir.
Descubrieron no hace demasiado que tenía en poder una terrible enfermedad degenerativa. Nadie me ha descubierto al culpable. Todos me aseguran que no lo hay, Algún conocido ha llegado a aconsejarme que me olvide de la venganza porque no hay nada que vengar. Me lleno de ira y desconcierto cada vez que me relegan a la inútil pasividad que únicamente me permite luchar aullando mis recuerdos en esta hoja de papel reciclado que la santa enfermera ha conseguido traerme bajo mano.
Mi vida va a llegar al final. Toda la retrospectiva anterior ha sido patalear. Tú entiendes lo que quiero decir cuando hablo de estar sólo entre la sofocante bruma clavándote espinas de rosas en los tobillos. Espero que no hayas olvidado lo difícil que era tomar bocanadas de aire en el camino de espuma que se formaba después de las lluvias. Desde ya hace un tiempo cada inspiración que me aventuro a dar me transporta a mis botas amarillas. A mi impermeable oscuro. A tu camino. A mis miedos. A ti. Y eso es lo que más me preocupa de todo.
Tú eres a todas luces lo único que mantengo. Tú, tu música descansando en los huracanes que creaban tus dedos cuando bailabas por el cuarto.
Si mi estado actual no es saludable, mucho menos lo es tanto mirar atrás. Es por ello y no por mi natural condensación existencial por lo que he perdido todo apetito. Todo apetito de nada de lo que puedan alimentarme aquí. O mejor dicho, de nada de lo que puedan darme de comer ahora. Porque no he perdido el hambre. Estoy desfallecido por las ansias de tragar al mismo tiempo todas las meriendas que compartimos. Suena demasiado cursi, y yo soy demasiado adulto. Perdóname.
He conseguido con esfuerzo que me dejen usar un teléfono. Escarbando con saña en aquellos días he desenterrado tu nombre y tus apellidos. Se los presenté sucios de ensoñaciones como estaban a la operadora de Telefónica. Le supliqué que hiciera todo lo que pudiera por encontrar tu dirección con esos datos. Que, si era necesario, le pagaría todos los extras que me obligara a darle. Pero, gracias a las fuerzas que mueven esta enorme depravación, fue amable y me aseguró que era su obligación el ofrecer ese tipo de servicios. No estoy seguro de que eso sea cierto, y creo que lo dijo para quitar importancia a su añadido esfuerzo. Con todo, fue rapidísima.
Ahora tengo frente a mí todas tus señas. Ya las he escrito en el sobre azul pálido que habrás visto al abrir tu buzón. Y este papelucho que descansa sobre la mesa frente a la que te has sentado extrañada para leer la carta de un absoluto desconocido estará inundado de olor a analgésicos. Y es feísimo, como todos los papeles reciclados.
Te recuerdo. Y te estoy agradecido.
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1 Julio 2006
Instituto Biológico Avanzado
CONCLUSIONES ACERCA DEL CUERPO Nº 98000
FORENSE: Gerard Brockman
El cuerpo 98000 presenta las siguientes características, las cuales fueron, sin duda alguna, causantes de la hemorragia y posterior defunción:
Hendiduras y brechas de carácter aparentemente aleatorio en el contorno bucal. Desprendimiento violento, desgarro y aperturas durante todo el recorrido del conducto gutural. Breves pero profundos y marcados arañazos en las paredes del estómago (gran parte de la zona izquierda había sido aparentemente acuchillada con insistencia mayor que el resto). El hígado y el páncreas habían sufrido fuertes ataques y se encontraban en estado deplorable (es previsible que al poco de ser atacados sus funciones se encontraran absolutamente inutilizadas). En el paladar se observan hondas y violentas trituraciones, lo mismo que en la superficie de la lengua, órgano éste difícilmente reconocible por el amasijo cárnico en que había sido convertido. El resto de tejido interior mostraba graves y anárquicas heridas, muchas de ellas probablemente mortales por si mismas.
La explicación a lo anterior se encuentra en un insecto encontrado en el camino del recto. Muerto por asfixia, ha sido encontrado un lepidóptero de clase urbana. El material concreto de su naturaleza parece ser hierro, en algunas zonas en estado de oxidación. Las alas, sin duda alguna, fueron las responsables del destrozo. El contorno dentado de las mismas y los movimientos del insecto dentro del cuerpo 98000 provocaron la totalidad de las heridas.
La defunción se registra entre las 23:45 y 23:46 del primero de julio.
El cielo estaba despejado. Los depuradores de luz habían abierto las compuertas, rompiendo el estruendo del motor contra el inminente silbido aéreo de la bandada dorada de aves kuta que anidaban en las azoteas. El jabonoso aliento matinal del sector B-85… el primer sector que Lucas había visto en su vida. También fue, técnicamente, el último que vio entre el tambaleo nervioso y los esputo rojizos que empaparon los cristales del quinceavo piso del edificio Mesta. Fue, junto a la irremisible carcajada de Carrión y la inmensa alacena asediada por mariposas, la última sensación del mundo que pudo procurarse antes de morir.
Lucas no había tenido suerte los últimos meses de vida. Su estancia en la tremenda urbe a la que de modo casi patológico había encaminado sus pasos desde la primera visita con doña Clavijas hacía ya casi veinte años se había vuelto un circo de despropósitos y medios alivios.
Al principio no fue tan mal. El objetivo principal con que Lucas había contado desde hacía años había sido, si no se recuerda mal, la recolección de mariposas. El fanatismo nacido en cobre alcanzó su cota más enfermiza los tres primeros años en la ciudad. Consiguió en aquellos primeros cuarenta meses hacerse un hueco entre las jóvenes promesas de la Nueva Entomología. Se granjeó prestigiosas amistades, y sí es cierto que en alguna que otra ocasión creyó encontrarse en cierta elite insectívora, dándoselas de convencido snob –posición que, por otra parte, se le antojaba incómodamente antinatural a un Lucas crecido en carnes rurales- zoológico. Afortunadamente acabó por dejar tal actitud, pues el sólo mirarse al espejo entre tales aires le traía una desconcertante punzada cercana a la estupidez.
Pasados los meses (y olvidada la más mínima brizna de altanería) Lucas perfeccionó brillantemente sus aptitudes para la caza. La Sociedad por la Entomología Moderna le debió por mucho tiempo al ya algo crecido Lucas una buena parte de su prestigio. El muchacho era capaz de soportar horas encaramado a una escalerilla entre el triturador de residuos de Borde Este –uno de las barriadas menos transitadas de la inmensa trama urbana- para cazar un lepidóptero con la más mínima mutación. Allí, entre incesantes ríos de ácidos edulcorados y luminiscentes aves de carroña, capturó Lucas una de las piezas de las que la SEM se sentía más orgullosa.
El bicho en cuestión había supuesto un batacazo para las teorías vigentes sobre los porqués y las razones de los lepidópteros urbanos. De un abdomen extrañamente transparente nacían unas extremidades de vuelo opacas, de aluminio, tintadas de rojo intenso. Lo que desconcertó a todos los investigadores (no tanto al propio Lucas, quien siempre pensó que aquello acabaría por ocurrir) fue que en ellas se dibujaban las siglas de un conocido refresco, con su misma tipografía y sus mismas variantes cromáticas al reflejar la luz. Así que el insecto quedaba así: abdomen de vidrio transparente, incoloro; alas casi publicitarias; antenas y cabeza negruzca, de un material inexacto muy semejante al carbón. Lucas capturo el espécimen momentos antes de que una kuta devoradora de detritus lo hubiera engullido junto con el resto de desperdicios.
Sus aportaciones fueron más allá de extrañas variantes y prolíficas capturas masivas; Lucas había conseguido, inclusive, mantener uno de aquellos insectos en cautividad por unas semanas. Logró mantener un pequeño espacio perfectamente acondicionado para la polilla de arena que capturó en las inmediaciones del centro comercial V7. Focos de calor, piedras trituradas y esporádicas ráfagas de viento artificiales mantuvieron la existencia del artrópodo con éxito hasta sus últimos estertores (más exactamente, ambiguos signos de desintegración del cuerpo en granos dispersos) la tercera semana de cautiverio.
Pero, si bien había dado por olvidada la vanagloria científica que suponían sus logros, la admiración exógena a la que tan cómodamente había asentado sus posaderas mostró su reverso más despreciable en V. Carrión. El hombre en cuestión era un gordo cincuentón fácil de encontrar en los cocktails y jaranas aristocráticas de las construcciones aéreas cercanas al límite metropolitano oriental. Entre sus extravagancias más conocidas el interés por los insectos era la menos alarmante de todas. Historias y habladurías aventuraban violentas intromisiones en habitaciones de preadolescentes, juegos macabros y ritos arcanos encuadrados entre televisores de plasma, huesos roídos en la tercera bifurcación de Gran Camino todavía rezumantes de vapor helado y mugrienta bilis. Carrión no era bien recibido en las reuniones de la SEM, y mucho menos en la privacidad de los compañeros de Lucas. Aún así, era sencillo verle por allí.
A mediados de junio V. Carrión le dio a entender a Lucas el enorme interés que tenía en concertar una reunión privada. De hecho, afirmaba que su admiración por su trabajo y su esfuerzo era, como poco, pura devoción. A pesar de las leyendas negras sobre el viejo V. se decidió por aceptar. Mantuvo esta cita en el más absoluto secreto: soportar la presunción y temerosa preocupación de sus amistades sería tanto o más horripilante que una sesión de abominable espiritismo con el magnate, eso lo daba por seguro.
Pero el encuentro iba a tener matices bien diferentes de los que Lucas imaginaba.
El encuentro tuvo lugar el uno de julio. Un sofocante manto de calor había tomado la ciudad desde hacia una semana: los sistemas de refrigeración subterráneos habían copado sus posibilidades tras dos días de ingente ocupación, el descontrolado caos energético que asoló la estructura interna abrió brechas en las principales vías y al menos cuatro terremotos se registraron en el perímetro norte. Las visiones apocalípticas de los Centros de Búsqueda años atrás parecían hacerse con la hegemonía de la psicosis colectiva que alimentaba las decisiones políticas más inmediatas. La aurora resplandeciente extirpada de las pocas cercanías rurales no sísmicas era aplacada por el reflector aéreo que resguardaba a la urbe por completo: el impacto solar podría significar el declive absoluto de las infraestructuras. En el momento en que el alcalde anunciaba graves restricciones de ventilación y agua por televisión, V. Carrión entró por la puerta.
- ¡Lucas, muchacho! Que locura de ciudad… ¡Dios mío! Por poco no podemos charlar un rato a solas…
- Sí… El tiempo está un poco loco…
- Claro que sí. Pero seguirán habiendo bicharracos que capturar, ¿eh, pillo?
- Ja ja ja...
- Bueno, veamos… ¿Es esto vino de los cultivos Mog-90? ¡Hacía mucho que no veía uno por aquí!
- Me ha costado encontrarlo, V., pensé que sería un buen detalle.
- ¡Claro que lo es! Todavía queda gente con decencia en este estercolero de ratas. Gente como tú, a la que no hay que perder de vista…
- Oh…
- ¡Nada de “oh”, amigo mío! Tú sabes tan bien como yo quién vale y quien no por aquí. ¿Me equivoco?
- Hay muchos que valen, V.
- No, chico. Muchos no. Créeme. Llevo mucho tiempo entre ellos. Son todos iguales.
- Ja ja ja. Parece que vivamos en diferentes ciudades.
El rostro de V. se tornó adusto.
-Lucas, tengo que confesarte una cosa. –metió las manos en los bolsillos, arrugando el entrecejo, adelantando el labio inferior-, no tenía ningún interés en charlar contigo.
El ambiguo devaneo entre la burla y la sequedad de las muecas de V. desconcertaron a Lucas. En plena perplejidad de incomprensión Lucas sintió una fuerte presión en las muñecas y el cuello. Las facciones de V. dibujaron cierto desdén y marcado sarcasmo ante el descompuesto rostro del muchacho, forcejeando contra las tenazas con incrustaciones de plata de Klaus, el matón mutagénico propiedad de la familia Carrión.
-Lucas, dame unos segundos antes de que empieces a escupir sangre. Tranquilízate, ¡por favor! No quiero tenerte inmerso en algún extravagante paroxismo de ansiedad o de terror o de lo que quiera que te de por tener. Deja de chillar, por favor, es tan desagradable… -V. se rascó la coronilla-. ¿Sabes? Tú y toda tu ufana jauría de entomólogos superestrellas me habéis aislado, me habéis confinado en la más absoluta indignidad. Una tremenda negligencia por vuestra parte hijos de puta… ¡Tremenda! Si supieras mi querido cazabichos… Si supieras las horas que he pasado… Pero qué más da. Es ahora cuando me gustaría que firmáramos la paz. Pero una verdadera paz amigo mío… -el amorfo y hediondo ser que Lucas podía imaginar como Klaus deslizaba alguna de sus vomitivas, aborrecibles y execrables extremidades por entre sus piernas-. ¡Klaus! –la monstruosidad se detuvo-. Bien, Lucas… Esto es lo que quería mostrarte: mi creación –Carrión extrajo un diminuto recipiente de madera-. Vuestra vergüenza. –de la cajita de madera saltó una extraña mariposa, que a Lucas se le antojó despreciable estéticamente-. Sí, mi querido. He encontrado el origen. He conocido la matriz y he extirpado de la misma lo que hasta este momento se me ha permitido. He creado a una de ellas.
Inmerso en la ofuscación y la desesperación más absoluta Lucas pasó por alto todo interés científico. Lo único a lo que pudo responder fue al cuerpo firme de V. acercando entre sus dedos al grisáceo lepidóptero, revoloteando rítmicamente sus brazos ante la nerviosa mirada del muchacho. Las húmedos órganos anexos al cuerpo de Klaus que hacían las veces de brazos abrieron de par en par las fauces de Lucas, provocando en él un inmediato e inconsciente vómito. V. introdujo en la mandíbula del entomólogo la mariposa de alas dentadas, el revoltijo de sierras, la oxidada Némesis que la naturaleza había arrancado de su propio pecho…
La mariposa vagó por el interior de Lucas durante horas, abriendo de par en par cada uno de sus órganos. Murió a quince centímetros del orificio anal.
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24 Junio 2006
Lucas alquiló un piso en la ciudad. No era el caso habitual de labrador tectónico de amplia tradición familiar que, de un día para otro, se encuentra pulsando el grasiento, resbaladizo y tosco botón de recarga sísmica totalmente solo bajo el vacío de los halógenos y decide irse a la ciudad a buscar gloria. La situación de Lucas era algo diferente.
Siendo un niño había viajado con la abuela Clavijas –un terrible descuido la noche de bodas la había arrastrado a lo que empezó como un mofe cruel y acabó como una denominación particularmente cariñosa - a la ciudad. Se fascinó de la bestia cálida y asmática que se presentaba tras el telón rojizo que los barridos de seguridad hilvanaban a la entrada. La dimensión de los carriles de transmutación, la coreografía automovilística callada en contraste con el griterío animal que desprendían los cargamentos aéreos del sector B-85, los Centros de Búsqueda con sus respectivos profetas y sibilas desprovistos de ropa, ofreciendo pulcro misticismo genético… Lucas miraba tontamente boquiabierto alrededor, y Clavijas ajetreada ultimaba los detalles del formulario al que la habían enviado a rellenar.
La estancia de ambos en el gran centro urbano no pasó de doce horas, y fue en ese periodo de tiempo en el cual Lucas se topó sorpresivamente con lo que, año tras año, le rascaría la tremenda picazón de lo que, sin temor a dramatizar la situación, podríamos denominar como obsesión por los lepidópteros. Un pequeño traspiés (una terrible punzada de hambre que asaltó a Clavijas mientras esperaban en la estación) permitió que Lucas se dedicara a rebuscar –movido por la natural curiosidad del niño que nunca ha visto nada más que el bucólico paisaje de tierra seca y fumigadores aéreos del área 12- por las inmediaciones de la vasta matriz del transporte continental.
Anduvo unos minutos, perplejo por el vodevil de luces y olores que controlaba el lugar. No lejos de los retretes el cuerpo flacucho de Lucas se contorsionó con dificultad, forzando los gemelos y apretujando una mueca de incomodidad. Guió sus dedos hacia un organismo ovalado que descansaba en un pequeño recoveco de la pared. Los reflejos luminosos en la extraña pelota de no más de una pulgada despertaron de inmediato la devoción del pequeño. Con intención de inspeccionarlo con más cuidado y seguridad en casa, lo enfundó entre la abigarrada masa de papel de seda que descansaba en uno de los bolsillos de la chaqueta. Volvió con Clavijas. Volvieron a casa.
Desde aquella noche Lucas resolvió que escaparía del sempiterno cultivo familiar. Algún día, claro. Con el paso de los meses esta sentencia de inefable pasión urbana se perfiló de forma tan severa e inamovible como deslumbrante y maravillosa se tornó aquella extraña pelotilla de caracteres metálicos y artificiales pero tremendamente débil y de modos indudablemente naturales. Lo que cristalizó en el alquiler de una vivienda en el Gran Camino fue un capullo. La crisálida resquebrajó el endeble cascarón al poco de que Lucas la sacara del bolsillo acolchado. Un vago destello rojizo brotó cuando desde los más misteriosos enigmas de aquella pequeña forma ovalada saltó algo que a Lucas no pudo recordarle a otro ser que no fuera una mariposa. La sorpresa paralizó el endeble raciocinio del niño cuando el insecto se posó sobre un lapicero y Lucas pudo observar con detenimiento, en la quietud lumínica del flexo, sus peculiaridades.
La muda explosión de tonos rojos había sido sintomática. En el abdomen del bicho se dibujaban líneas divergentes escribiendo surcos, marcando figuras aparentemente aleatorias, de tono bermellón e indiferente a la luz o a la oscuridad que contrastaba con el pardo apagado del resto, el cual relucía con la claridad y parecía desaparecer cuando se ocultaba en la sombra. Las alas a Lucas se le antojaron alguna especie de membrana. Su transparencia se veía truncada por manchurrones oscuros y cobrizos que dirigían la mirada hacia una compleja red negra sobre la cabeza del artrópodo: un revoltijo de antenas que se erizaban y contraían, como si de unos pulmones deshilachados y de forma indefinida se trataran, culminaban el insecto, abstrayendo al crío en la más absoluta fascinación. Lucas descubrió a los pocos días que la mariposa estaba formada, casi en su totalidad, de cobre.
La sorpresa del niño quizá no hubiera sido tanta si le hubieran dejado utilizar los ordenadores o las televisiones de casa. Los diez años de Lucas en aquel momento habían sido nulos en lo que a devaneos informativos se refería. Y fue justo en esa edad cuando cambiaron las cosas.
Como la mayoría de sus contemporáneos Lucas parecía ofrecer cualidades innatas para la tecnología. La sorpresa paterna se comprende cuando, al cuarto día de su curso privado de interacción electrónica, el crío no durmió aporreando nervioso el aparato de su padre. El tremendo visor de barrido pasó las quince horas siguientes chisporroteando gritos agudos de recarga. Entretanto, Lucas había descubierto el paraíso, el manoseado vademécum de la mariposa de cobre que guardaba en la caja de zapatos.
Por lo visto, hacía poco menos de un siglo que el servicio de seguridad de una conocida empresa de asfaltos había encontrado, regurgitando alquitrán y envuelto en el espasmódico movimiento del ahogo, a un hombre dentro de la nueva vía de transmutación B-83. El revuelo y las extrañas condiciones que envolvían el caso consiguieron devolver a la ciudadanía cierto temor hacia lo que, después de décadas de apacible quietud social, pensaban ya como imposible: el crimen organizado. La ineptitud de las fuerzas del orden en lo que a ocultar información se refiere abasteció durante meses a la población con datos como la falta de globos oculares en las cuencas; masas de carne y piel extraídas y compactadas en pequeñas bolsas de plástico alrededor de los tobillos; desfiguración del aparato sexual, abriendo en canal el pene para, antes de recomponerlo con hábiles puntadas de costurera, introducir los testículos. El cadáver estaba trufado de macabros detalles.
Pero lo que hizo que se recordara aquel trágico acontecimiento fue el descubrimiento, en el hígado del muerto, de lo que la comunidad científica no tuvo más remedio que declarar como una mariposa de -y fue esto lo que hasta muchos años después no pudo obtener el reconocimiento firme de la gran mayoría de investigadores del globo- metacrilato.
Aquel incidente desconcertó a la entomología. Los pocos estudiosos de esta rama zoológica que se aventuraron en la investigación de aquella novísima y terriblemente poco común especie de lepidóptero no lograron concretar de modo alguno la razón que había movido a la naturaleza a parir un insecto de tales características. Ni aún un siglo después (en el tiempo de Lucas) existía una noción clara de qué era aquella mutación. Al menos, fue irrebatible el hecho de la existencia del insecto como tal, pues en las semanas que siguieron los entomólogos de las grandes ciudades comenzaron a notificar nuevas capturas (algunas incluso masivas) de mariposas y polillas desconocidas. La mayoría de ellas, se informaba, tenían cualidades más propias de un rascacielos que de un ser vivo. El doctor Kazinsky (un reputado entomólogo euro-asiático) publicó, con gran esfuerzo, una extensa y amena obra en que consiguió clasificar y definir esta oleada animal.
Lucas, por supuesto, se hizo con tanta información como su joven intelecto le permitió. Tuvo suerte, pues los grandes clásicos de ficción del siglo trataban de forma fiel el entorno de estas mariposas. Los viajes literarios y científicos de Lucas impulsaron ferozmente su interés, dibujando una aguda ansiedad de huida frente al encierro del cultivo y la cría en que se encontraba. Lucas, se juraba, saldría a la gran ciudad, viviría en Gran Camino y pasaría horas capturando nuevos insectos para su colección. Los sueños de Lucas pasaban por maravillosas aleaciones de estaño y lapislázuli; alas de madera oscura, casi negra, con antenas y filamentos de neón y abdomen acartonado; contornos de luz halógena y débiles transparencias aladas templadas en hierro; cadencias tétricamente hermosas de PVC y goma azulada; radiaciones hipnóticas de polillas de plasma…
Finalmente, llegó el día en que Lucas cerró la puerta y dejó tras de si los movimientos sísmicos imperceptibles de pulso agrario. Subió a la ciudad. Se instaló. Fue entonces cuando las cosas se torcieron para mal.
servido por laauroradenuevayork
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17 Junio 2006
Aparta las sábanas con movimientos aquejados. El cristal cromado de tres centímetros de grosor que conforma el ventanal abierto al patio común filtra la luz amarillenta a las 7:12 de un nuevo día. El hecho no es nuevo, si acaso algo más turbado. Más hueco. Más zarandeado. Por decirlo de algún modo: no sabe como definirlo.
Fluctuaciones constantes. ¿Queréis creerlo?: existe una cadencia. Quizá no la notéis, pero ahí está. Late. Camina por vuestras cuentas bancarias esquivándoos a cada variación. Puede que no lo sepáis ciertamente, pero, decidme la verdad: lo advertís, ¿no es cierto? Miradme apesumbrados por resignaros a no cambiar la mesa del salón. Miradme apesumbrados por los 4,057 que marca la pantalla. De algún modo presentaos de forma lúcida y dolida y tened el descaro de decirme que no lo habéis sentido alguna vez. Mi trabajo tiene ritmo. Y vosotros sois el bajo descontrolado que marca mis pautas. Creedlo o no. Yo os respeto. No podría mentir en estas cosas. Me cansé de mentir al poco de conocer el curro que me ha llevado de cabeza desde el principio.
No os contaré mis penas. En cierto modo, esto es sólo una misiva de pleno agradecimiento. Espero que sepáis valorarla en su justa medida. Valoradla como la apertura de la cripta de Cristo. Valoradla como el día que se descubrió la penicilina. Aún así, entiendo que vuestros valores también sean en ocasiones divergentes. Al fin y al cabo, mis agradecimientos tratan de eso. De vuestra confusión de valoración…
La estampida de agua que rompe contra la mampara de la ducha sale despedida como sangre de la garganta de un tuberculoso.
Miguel piensa en su trabajo. Piensa en pisar el parqué reluciente mientras sostiene un grasiento bocadillo de lomo. En el olor a lejía que se proyecta desde los retretes y los despachos. En las camisas arrugadas de los becarios que esa noche han dormido recostados en el sofá de cuero de la antesala de dirección. En sus ojeras. Sus profundas ojeras. Verse reflejado en un crío de 23 años con el peinado deshecho le lleva a recordar la época en la que todavía conciliaba el sueño sin medicación. Ahora es más sencillo que antes. En esta etapa de su vida (la etapa en que, con la cabeza erguida, perfila una brillante respetabilidad) duerme como un bebé. Incluso llega a dejar caer hilos de baba alguna noche que otra. En términos generales se siente maravillosamente bien. Mejor que eso. Mucho mejor que maravillosamente bien: exultante.
Precisamente hoy hay un problema. Los hay todos los días, no hay que engañarse. Los ha habido más tajantes. Algunos incluso peligrosos. Miguel no se miente cuando se afirma bajando las escaleras que no es tan sencillo como se piensa pasar al interior de la Bolsa y actuar sin congoja.
La puerta que cierra la entrada al edificio está flanqueada por muros de mármol. La estructura metálica de la misma hiede a pulcritud. El camino desde la puerta a la angosta escalera mide unos veinte pasos. Al abrir la puerta se cuela aire húmedo. El culpable es un pequeño riachuelo artificial con nacimiento en una abstracta escultura hecha en piedra que se levanta por encima del jardín principal. Después del jardín comienza la ciudad. La auténtica. La de manos callosas e inflexibles.
El problema de hoy viste trajes satinados.
El problema de esta mañana utiliza pintalabios Dior color rojo intenso.
El problema de ahora gime de tal modo cuando hacen el amor que molesta a los vecinos.
O mejor dicho, cuando lo hacían.
Porque, por lo visto, eso no va a volver a pasar.
Ése es el problema actualizado de Miguel.
Y, para ser un tipo importante, no parece tan especial.
-
Al golpe de un paso acelerado se abren de par en par las puertas acristaladas.
Flash. Zoom. Travelling excéntrico por las ansias del capital en forma de manos dispuestas a arrancar de su soporte los pocos teléfonos analógicos que quedan en el lugar. Una visión algo más centrada y, en términos generales, en perspectiva de la escena, descubre muchas otras cosas.
Cosas como indicios de irritación en la piel de un cuarentón con problemas de colesterol. Como una terrible discusión con voces altas y corbatas apunto de desanudarse. Como mujeres en monos azul pastel limpiando retretes embozados por vómitos de las últimas horas del día anterior.
Hay hombres con barbas mal afeitadas. A algunos de ellos se puede decir que todavía no les ha devorado la costumbre de sobrevivir. Digamos que es expresión se valida en cualquier situación que requiera una extrema comida de cabeza sobre: ¿cómo voy a llegar a fin de mes? y derivados. Una buena parte de los mismos todavía se ensucia de café el suéter cuando habla con su mujer sobre el pavo de la noche anterior. Sobre el vino de la noche anterior. Sobre las tragedias pasadas de moda que rememoraron con los amigos la noche de antes. Sobre el frío que hacía. Sobre el, créeme cariño, frío que hacía. Y además llovió. Me voy al trabajo. Esta mañana, también hace frío. Abrígate. Hasta la noche.
Miguel entra rodeado de todo esto. De todo esto, que no es poco para él.
Miguel puede relatarse cosas como estas cada noche antes de dormir. Mientras prepara el agua. Mientras abre la cajetilla del cartón. Mientras traga una mitad de fármaco mesmerizante. Mientras engulle la mitad restante. Cuando se introduce entre el olor a cansancio y analgésicos de sus sábanas. En el momento en que trina el teléfono y de la pantalla nace a borbotones un río de luz clara entre la que se puede leer: “LLAMANDO… Mamá”. Cuando presiona el botón rojo. Cuando la luz deja de brotar. Cuando lanza el aparato tras la lamparita.
Ahora es cuando empieza la acción.
Le esperan en la Sala de Control. Es el lugar en que dirigen tus movimientos del día. De allí Miguel suele salir decidido. El camino desde la despedida de aquel lugar hacia su primera ocupación se embravece. Después del tercer café de la mañana (el primero en La Bolsa) se siente pletórico, es un toro empujado a desgarrar músculos recubiertos de metacrilato. Avanza con decisión. Inicia una charla acelerada y directa sobre los problemas de la semana pasada relacionados con la Sra. De Luna con el que desde hace dos meses ha sido designado como su ayudante. Le gusta. Se llama Ernesto. Tiene pocos años menos que Miguel. Aún así le gusta.
La primera directriz es asesorar los siguientes movimientos de la semana del Jefazo [Jefazo: con purpurina y focos móviles a cada lado de cada letra de la palabra, es lo que Miguel imagina cuando piensa en el director de la empresa.]. Los años de trabajo codo con codo han dado resultados. Ahora existe camaradería. Sonrisas de complicidad. Existen los momentos entre whisky y whisky que dibujan con firmeza la perfecta relación entre varones. Hay palmadas en la espalda. Y eso es, justamente lo primero que ha hecho Jefazo [en estos momentos los focos parpadean nerviosamente mientras un redoble de tambores deja paso a un suave vibrato de arpa] cuando ha abierto la puerta del despacho.
Ernesto el ayudante se queda fuera. Tras la puerta. En uno de los sillones de cuero.
JEFAZO: ¿Qué tal Miguel?
MIGUEL: Buenos días, señor. Esta semana me encargo yo de sus asuntos, ¿le habían informado?
JEFAZO: ¡Claro! Fui yo quien les dijo que te enviaran. Desde la cosa aquella con los de los astilleros he confiado en ti más que en muchas de las momias de la junta de accionistas.
MIGUEL: Muchas gracias, señor…
JEFAZO: ¿Sabes qué? Me gusta que me llamen señor. Que TÚ me llames señor. No eres un mierda de los que cree poder tirar la jerarquía por tierra en cuanto ven la oportunidad. Y no hace falta decir que yo creo en la jerarquía. Aunque de eso ya te he hablado otras veces Miguel…
MIGUEL: Lo ha hecho señor.
JEFAZO (sonríe distraído): Bien… Quiero hablarte de un asuntillo. Y tienes que tener en todo momento la jerarquía en la cabeza, Miguel. Aunque puede que los miedos que pueda albergar acerca de tu reacción sean pura especulación. Siéntate Miguel… ¿Un café?
MIGUEL: Si es tan amable…
JEFAZO: Verás… Seré todo lo directo que pueda ser: hace unos meses que veo a tu madre.
Espera la reacción de Miguel con un té entre los dedos. La mirada inquisitorial que Miguel lucía cuando había tomado asiento se desvaneció hacia un páramo diferente. Un paisaje de tonos azules y malvas se abren a un inmenso acantilado. Entre el polvo rosáceo y la sequedad asoma un cartel antiguo. Un cartel que sostiene las delgaduchas patas de un cuervo recién nacido. Un cartel con la palabra CONFUSIÓN impresa en él. Y ahora:
MIGUEL: Perdón, señor…
JEFAZO: Oh, lo siento. Tenía que haber supuesto que no sabías si quiera que nos conocíamos.
MIGUEL: No, lo cierto es que no tenía ni idea…
Miguel araña el contorno de sus uñas. Al cabo de diez segundos brotan unas incipientes gotas de sangre entre el tejido enrojecido.
JEFAZO: ¡Pues ya lo sabes! Espero que no sea ningún inconveniente chico. Tanto tu cómo yo sabemos que esto puede mejorar tu relación y la mía. Incluso, llegado el momento y si las cosas funcionan, podrás dejar eso de “señor” y llamarme papá, ¿qué te parece?
Miguel entiende las caras descompuestas de los enfermos de úlcera estomacal.
JEFAZO: Me alegro de que te lo tomes tan bien.
Miguel siente como si su garganta se ensanchara.
JEFAZO: En ese caso, amigo mío: te doy el día libre. ¿No eres afortunado? ¡Maldita sea! ¡Soy tan feliz!
Jefazo vomita una estruendosa risa al tiempo que Miguel alza su cuerpo, sosteniéndose paupérrimamente sobre los inestables soportes que en este caso son sus piernas, reconvertidas en reptiles a segundos del último coleteo.
MIGUEL (dirigiéndose a la puerta): Gracias, señor…
Ahora Miguel TIENE un problema. La modelo traga-sushi es lo más alejado de lo inoportuno que pueda imaginar. Miguel arranca el coche, parpadea violentamente, le parece imposible tragar una gota más de saliva. Exhala una brusca brizna de aliento.
El tráfico entre los edificios que flanquean las vías por las que Miguel chilla histérico a todo automóvil que roza los límites del entorno en que está sumido es denso. Denso y agobiante. La enorme masa de periferia acelerada se golpea así misma. Repiquetea los intersticios neuronales de su propia y arbitraria ley. Un coro de pitidos e insultos alzan la gloria sonora a extremos arquitectónicos propios de magnificencias alemanas y aluminio cromado. Miguel estalla.
Mamá. Jefazo. El borde del precipicio. El sueño de Miguel. HA SIDO ENCONTRADO ASESINADO EL DUEÑO DE… BRUTAL HOMICIDIO EN EL HOTEL… REUNIÓN FAMILIAR CONVERTIDA EN DESPIADADA CARNICERÍA… Tenía que seguir existiendo la posibilidad de huir. De dejar atrás la bestia económica que destellaba tras él. De arruinar sus expectativas. La fastuosa posibilidad de sonreír al ocaso de la victoria. No iba, por supuesto, a dejar en coma a su madre. Tampoco, era obvio, la mataría. Quizá… Quizá pudiera acabarlo todo de algún otro modo. Su progenitora era atractiva. 60 años y lo era. Mierda.
Podría hacerlo. Sería tan sencillo cómo… cómo llamarla para cenar esta noche. Cómo recordar los viejos tiempos tintineando copas de champaña. Cogerla de la mano asegurándole que, a pesar del tiempo que pasan separados por culpa de su trabajo, le encantaría dormir esa noche en casa, como hacía años. Ella haría pucheros. Seguramente esa noche su vieja reencontraría las viejas esperanzas de que su niño fuera Suyo. Y le prepararía la habitación. Mientras ella quitara de en medio los últimos cacharros de su viejo aposento, él cogería el aceite hirviendo que todavía quedaba en la sartén. El aceite que todavía recordaba el sabor a filete tierno. Cerraría los ojos, tensaría los músculos de sus brazos, estamparía la parte interior del cachivache de cocina contra las narices de su madre. El aceite le comería la carne. En dos semanas su rostro sería del todo irreconocible. John Merrick en la familia. Las pústulas y las nimias cuevas que formarían sus facciones faciales serían las propias de un monstruo óseo devorador de adolescentes. Entonces Jefazo no se atrevería a volver a dirigirle la palabra. Porque él sólo necesitaba saber que podía huir. Porque era eso. Porque… (suena el teléfono).
MAMÁ: Hijo, te llamé anoche.
MIGUEL: ¡Mamá! Precisamente pensaba llamarte dentro de un momento. ¿Cenamos en casa esta noche juntos?
MAMÁ: ¡Oh! ¡Cariño! ¡Claro que sí!
Miguel se siente orgulloso.
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10 Junio 2006
La anciana Sra. Cisneros hacía gala de un fino cuidado de sus acciones. De un terrible garbo en lo referente a la delicadeza que lucía en los concisos debates que en las festividades privadas de Ciudad Alta se daban. La Sra. Cisneros, como un pez al que el pavor a morir en los estertores de la electricidad hubiera escarmentado, habíase tornado astuta con los años; los estudiosos de sus hazañas se han atrevido a calificar su calculada e implacable asepsia como maquiavélica. Yo creo que no es para tanto. Yo creo que fue una desvalida vieja que tuvo que buscarse la vida lo mejor que pudo, pero vamos, eso puede que tenga poco o nada que ver con la realidad.
Cómo no es sorprendente en edades tales, le llegó un nieto. Lo más destacable de esta nueva incorporación familiar quizá fuera el hecho de que a ella le llegara con casi los diez años cumplidos. Su hija hacía tiempo que resolvió desvivirse por su marido, al que conoció en una convención en Sydney; ahora vivían a caballo entre Oceanía y Europa, olvidando sus obligaciones para con Andrea Cisneros, la bien avenida vieja de Ciudad Alta. No le incomodaba la aparente ignorancia de su hija y su yerno. La Sra. Cisneros ciertamente tenía sus propios quehaceres en la ciudad. Es necesario añadir el fervor que entre sus conocidos se había implantado hacia su figura. A modo de tótem encarnado, muchos la alababan a escondidas o descubriéndose como heraldos de su honor cuando algún rumor vilipendiaba a la vieja. En esta situación de glorificación cisneriana, llegó una tarde en helicóptero el nieto de Andrea.
Eduardito Pelayo, el nieto de la venerable Cisneros, lucía las siguientes características: un flamante tono cetrino que recorría la maravilla cutánea morena; una cabellera un tanto desgarbada, que en composición con los suaves y accidentados rasgos que confeccionaban sus peculiaridades faciales hizo suspirar de envidia a algunos y de anhelo a muchas otras; un descontrolado maremágnum cromático en el iris de unos ojos tan cambiantes como la vivacidad de las acacias de estación en estación; una decisión en cada ademán y una fuerza en el perfil de las vocales que implacablemente pronunciaba las cuales lo convirtieron en toda una atracción para las jovencitas -y las no tanto- de entre las amistades de la Sra. Cisneros. El crío Pelayo era algo nervioso, algo cabeza loca –como a la vieja Andrea le gustaba definirle-, pero parecía que alguna incógnita científica le hacía atraerse la atención de las más y la desconfianza de los menos. Era el semental que destronaba a la masa equina del podio; el depredador que violaba a las cebras ante la impotente mirada sus crías; era algo semejante a dios: un dios recién nacido apadrinado por Atenea arrugada en años.
Es bien claro que Andrea Cisneros se jactaba de la nueva llegada.
Lo revistió en la etiqueta que demandaba un lugar como Ciudad Alta. Eduardo no pisó las calles como no fuera para tomar un automóvil que lo llevara a dónde quisiera. La anciana se cuidaba terriblemente de que no se infectara el crío de la vomitiva fragancia que alimentaba los callejones y las barriadas de la urbe. ¿Acaso no era inconsciente, joder, dejar que el desvalido Eduardo quedara a merced de los temibles grupúsculos que amilanaban los firmes valores que en “su” Ciudad Alta se protegían? Que alguien le respondiera negativamente. ¿Debía dejar que el niño se engrasara con la bebida y el mal vivir que se agazapaban entre los servicios de limpieza en cada madrugada? ¡Valientes mal nacidos! Que se atrevieran a decir que sí.
La introducción del nieto en la vida de sus amistades no le fue un inconveniente a la Sra. Cisneros. De hecho se sentía halagada de que se la elogiara por tamaña creación divina. A los pocos meses la fascinación que el niño Eduardo había despertado con sus botas marrones relucientemente cuidadas y su desusado pestañeo de astro mediático desembocó en la celebración de su décimo aniversario. Los padres de la criatura –una criatura que veía brotar un inusitado orgullo hacia si mismo (cultivado sobremanera por la masa de niñas que, presentadas por los parientes para que Eduardo tuviera con quien entretenerse durante sus coloquios, se embobaban en su ágil sencillez al jugar al escondite)- deseaban, y así habían informado a la abuela, que el niño volviera con ellos al poco de cumplir los años. Por supuesto, Andrea Cisneros se iba a negar en rotundo.
Eduardo Pelayo podía convertirse entre los dedos de la Sra. Cisneros en la crisálida de algo semblante a un predecesor. Si sabía manejar sus gozos y sus obligaciones por el camino adecuado podría conseguir que el propio crío se negara de forma absoluta a volver a Londres, dónde ahora sus padres se habían establecido temporalmente, a la espera de una llamada islandesa que les obligara a trasladarse al gélido destino que el petróleo les brindaba. Es esto lo que hace razonable el cariño con que Andrea coronó las delicadas sienes del niño cuando éste se propasó cubriendo de salsa de aguacate el chaqué de un prestigioso político de Ciudad Alta; la ternura con que arropó los fracasos escolares de Eduardo; los débiles traqueteos de las manos de la anciana moldeando el trazado que debía seguir su peinado.
Pero, como en muchas ocasiones, a la vieja de la salió el tiro por la culata.
Se había formado con el trajín de los meses un florido jardín de rizos de cristal y pieles tiernas en torno a Eduardo. Su atadura a las idas y venidas de la Sra. Cisneros no se desvaneció absolutamente, pero es indudable que si bien en los primeros tiempos no se alejaba de ella más de lo que la sala en que se encontraban permitía, ahora abría y cerraba la portezuela del caserón con total autonomía. No caminaba hacia los hogares de sus prepubescentes nuevas amigas; hacía uso del servicio privado de transporte que la abuela podía proveerle. Los adultos le recibían complacidos, y cuando Andrea Cisneros llamaba interesada por la situación del chaval, todos respondían joviales que habían tenido la suerte de recibirle, sonriente y vivaz como era, con el fabuloso amasijo de tulipanes que había llevado a sus hijas.
La vieja se contentaba con saber que se había integrado sin problemas. Eso haría más difícil su huída a la capital inglesa.
En la amalgama de nuevos compañeros de juego y menudas delicias de carnes inmaculadas, lechosas bajo las luces de los amplios habitáculos en que se regodeaban intercambiando desvelos sexuales y algún que otro desmán lingüístico, Eduardo descubrió a Margarita Casavieja.
La niña en cuestión se jactaba de su mala educación. En sus primeros encuentros tanto Eduardo como ella se declararon abiertos enemigos, irreconciliables milicianos de digestión láctea; pero como sucede en las correrías de la chiquillada demasiado a menudo, la situación cambió radicalmente: una de tantas mañanas en que se acabaron topando, dos breves carreras por los jardines del terreno familiar de los Casavieja y un instante en que el rozar de antebrazos les hizo caer en una tropelía de cosquillas y risotadas hicieron que ambos olvidaran las reticencias que habían alimentado recíprocamente.
El paso de los días fortaleció la camaradería en meriendas y visitas al cinematógrafo de la Gran Avenida. Fue la época, para ambos, de unas iniciáticas conspiraciones conducidas por una imparable y frenética verborrea. Sobre todo hablaban mal de la Sra. Cisneros; de lo aburrida que era cuando intentaba tranquilizar los temores de Eduardo en las noches de insomnio; de lo insoportable que se había vuelto desde los primeros meses en que él llego a Ciudad Alta. Se prometieron que, ya que Margarita también estaba harta del Sr. y la Sra. Casavieja, un día se escabullirían en, quizá, el maletero de un coche, o tomarían uno de los trenes que tenían como destino el embarcadero. Sellaron el pacto con un solemne beso, tanteando torpemente sus labios,
Los padres de Eduardo le reclamaron por vía postal a la Sra. Cisneros la vuelta del crío a Londres, pues esperaban que su traslado a Reykiavik fuera a más tardar el mes que seguía. Andrea respondió que el chaval quería pasar algún tiempo más en Ciudad Alta, que había conocido a nuevos amigos y que prefería ir directamente a su nueva casa en lugar de pasar antes por la soporífera Inglaterra. Andrea no recibió respuesta; el Sr. Pelayo había decidido dejarlo correr y de algún modo se sintió complacido de la buena acogida del niño.
Pero la mierda pronto se iba a hacer con la hegemonía con que ahora se alzaba la suerte en la Sra. Cisneros.
Pasó un mes.
Andrea Cisneros recibió la misiva en que definitivamente se la instaba a remitir a Eduardo con sus padres. No sabía qué hacer. No sabía cómo reaccionaría el crío. Debía decírselo, en eso no cabía la menor duda. ¿Cabía la posibilidad de que sí, de que Eduardito tuviera razones lo suficientemente tajantes como para quedarse a su lado? La Sra. Cisneros resolvió que al día siguiente con una taza de té humeando en la cocina sería mucho más sencillo (embaucar a Eduardito) tomar decisiones.
Eduardo y Margarita ya estaban en casa. Habían pasado la tarde pisoteando el jardín de los vecinos de los Casavieja, y tenían los tobillos -Margarita incluso las rodillas- escondidas tras una espesa masa de barro y raíces. La Sra. Cisneros estaba repantigada en el sofá de flecos dorados que coronaba la alfombra del salón. Los niños pasaron con cuidado hacia el baño. Cuando estaban por la mitad del pasillo Margarita estrujó la mano de Eduardo. Éste se sobresalto, y una picazón ambigua recorrió su entrepierna. Le devolvió la presión. De las presiones en luz tenue llegaron al estallido blanquecino de las bombillas del aseo. Colegiaron en limpiarse el estropicio mutuamente: sería mucho más rápido y la ingenuidad infantil permite la indiscreción de forma casi despiadada.
Entre el trajín de pastillas de jabón y toallas empapadas Margarita lamió discretamente el cuello de Eduardo. El niño tembló como una gelatina. Parpadeó tímidamente en dirección a las pupilas de Margarita, desdibujando las pinceladas de su rostro hasta mostrarlo tan colorado la lengua de la niña; la lengua que se aventuraba implacable por el contorno de su oreja izquierda, bañando en saliva la cuenca de la misma. Lo que siguió es un calco inexacto de muchas escenas. La peculiaridad, quizá, fuera el descuido en que desembocó el calentón prematuro. El tremendo descuido. Esa es la finalidad de toda esta historia.
La decisión fue rápida; habían ido al cine, habían bebido coca-cola, comían chicle, sabían insultar: era hora de ponerse serios. El problema era la vieja. Sería una debacle familiar que un desliz ofreciera a los ojos de la Sra. Cisneros la macabra y desproporcionada fotografía de Margarita y Eduardo bañados en sudor, sin ropa, aplastados el uno contra el otro. A Eduardo no se le podía imaginar peor entuerto. Tenía la total seguridad de que si las cosas seguían como hasta ahora, podría zafarse del despiadado control parental y heredar el paraíso de su abuela; si la mujer le veía embistiendo desde atrás –como había visto tantas veces en los comics del padre de Margarita- a la cría, todas sus esperanzas se irían por algún desagüe islandés.
Resolvieron manipular la solución que Andrea Cisneros tomaba para conciliar el sueño. La señora espolvoreaba en agua la medicina durante el desayuno –ésta necesitaba un largo periodo de tiempo para mimetizarse con el líquido, lo que multiplicaba el efecto sobremanera- y la tomaba a eso de las diez y media de la noche. Solía rendirse al sueño en poco menos de media hora. Tres cucharadas más seguro que harían imposible cualquier desvelo, por mucho que los cimientos del edificio volaran por los aires.
Observadas, analizadas, discutidas y aclaradas estas cuestiones, Eduardo y Margarita echaron no tres, sino cuatro rebosantes cucharadas de polvo rosáceo sobre el vaso que descansaba en la esquina derecha de la encimera.
La abuela lo tomó junto a ellos mientras cenaban. Cayó dormida en la misma butaca. Los niños huyeron al cuarto con un nudo de nervios vibrando en las gargantas.
El lector amoral quizá hubiera albergado la esperanza de una descripción realista y pormenorizada de los gemidos infantiles y las depravaciones que los niños gestaron hora tras hora. Esa escena existe transcrita. La guardo celosamente para mi propio recreo. Olvídense.
Al despertar encontraron el cuerpo inerte de Andrea Cisneros tendido contra los adoquines blancos de la cocina. La caída había abierto en las sienes de la vieja una brecha de la que ya no emanaba más sangre; el charco formaba un tétrico mosaico con su gesto descansado sobre la pulcra luminosidad del suelo. Margarita gritó agudamente. Eduardito la estrujó contra su pecho.
Televisión, radio, diarios y rumores de toda Ciudad Alta manosearon la historia de la Sra. Cisneros durante muchos años.
Eduardito Pelayo consiguió extirpar del impacto emocional que Ciudad Alta sufrió compasión ilimitada y atenciones desproporcionadas. Alegó en una magnífica interpretación un desdén paterno hacia su persona que únicamente el buen hacer y el entregado amor de su abuela le habían conseguido hacer ver. Los Sres. Casavieja, escandalizados, azuzaron un proceso judicial que permitió salvaguardar al niño de la terrible brujería afectiva con que sus padres le habían infectado. El desconcierto y la sorpresa paterna cayeron en la impotencia de la total indefensión ante una decisión jurídica inapelable. El testimonio de Eduardito fue recordado durante décadas como la confesión de crueldad más despiadada y lúcida que nunca se hubiera pronunciado por el lugar.
Eduardito, finalmente, se estableció en Ciudad Alta. Heredó: la casa, los derechos, los vehículos, las tierras, las propiedades, la gloria, la envidia, la apoplejía de la despreocupación y todo lo que Andrea Cisneros gozó en vida.
Margarita murió durante el parto más prematuro que conoció el país en toda su historia.
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3 Junio 2006
La madrugada era reiterativa o, al menos, así se le antojaba a Amparo.
Los lentos sorbos al café tibio de la taza de asa curva confundían el gesto de Amparo al mirar la televisión; lo volvían un tanto más siniestro y, en general, la línea blanca que cruzaba la parte inferior de sus párpados afeaba las facciones que quedaban a la vista. Las tazas de café, siendo lo suficientemente grandes y robustas, devoran toda verdad que un rostro pueda traslucir; a cambio, ocultan imperfecciones, heridas, surcos del poco dormir. Amparo, con todo, se cobijaba en los largos tragos al café aguado, cubriendo el recipiente con las dos manos, protegiéndolo de algún posible descuido.
Saltó un flash informativo en televisión.
El icono pardusco de la cadena estalló contra la pantalla. Las desusadas cortinillas que se ofrecen en los inesperados paréntesis de la programación para dejar paso al servicio informativo aparecían aquella vez con una viveza que a Amparo se le antojaba inaudita. Un hombre de pelo graso y gran nariz modulaba su voz grave y tensada; al mismo tiempo, la barra pálida que cubría como una pincelada la parte inferior de la pantalla rezaba: EXPLOSIONES EN EL METRO. El hombre que ampliaba la información enarcaba las cejas y la cadencia en los movimientos oscilantes de su cabeza cubría el plano. A los pocos instantes la conexión con una de las terminales móviles mostraba el apocalíptico atrezzo que los estallidos habían perfilado. Se hablaba de posibles muertos, de cifras referentes a heridos y pérdidas materiales; las sentidas reflexiones entre especulaciones policiales e inciertas responsabilidades plagaban la información que ahora una chica joven algo nerviosa profería ante un amontonamiento de escombros ennegrecidos. Es entonces cuando se pierde todo sentido de la objetividad, cuando la ética rompe las barreras y hace enfermar de sentimentalismo y pesadumbre la realidad.
Era entonces cuando Amparo decidió bajar las escaleras, salir del portal y correr al teléfono público de la manzana.
Primer tono. Segundo. Tercero.
Al cuarto escuchó el clic.
- Luis, ¿no has cogido el tren, no?
Luis debía acabar esta mañana en casa de ella el proyecto con el que habían batallado desde hacía semanas.
- No, claro. Al final me he quedado viendo una serie. Pensaba tardar una media hora, un poco menos.
- Han volado más sitios. Creo que un tren ha salido por los aires, y dicen que puede que algo más.
- Bien. ¿Y cuándo acabamos con el trabajo?
- Hoy no creo que haya clase, pásate cuando puedas. De todas formas no he podido dormir en toda la noche. Trataré de descansar mientras.
- De acuerdo. Te avisaré cuando salga.
- Bien. Hasta entonces.
- Adiós…
Amparo volvió al piso sin caer en la cuenta de que había arrastrado el camisón por doscientos metros de asfalto. Al llegar de pronto se sintió algo sofocada: a pesar del todavía cerrado portón de oscuridad que a las 5 y media de la mañana alimentaba la ciudad, la temperatura y el aire viciado habían madrugado con ganas. Abrió la corriente de agua y tomó una ducha. No iba a conciliar el sueño en lo que quedaba de día. Podría redactar algunos de los datos que todavía descansaban inmaculados sobre el escritorio, o quizá dar los últimos trazos de lo que era, todavía, el esbozo de una vaga idea planteada sin demasiada convicción por el que por el momento estaba empleado temporalmente como sustituto de un catedrático. Antes de cualquier cosa descargaría la tensión del insomnio del algún modo.
De la televisión llegaba un murmullo agudo: el murmullo que se crea cuando el histérico lamento de alguien ahora descubierto huérfano circula de cadena en cadena y vuelve implacable a las cabeceras de los noticiarios. El murmullo de las Breaking News. El murmullo que desde hacía meses perseguía los pasos de Amparo; no era culpable, podía ser que de algún modo cómplice; cómplice de aquella tragedia adolescente desprendida de figura paterna. Y todo porque… bueno, necesitaba evadirse de tanto en tanto.
La pérdida homérica de horas de sueño frente a la incandescencia mediática le sentaba fatal. Estaba desasosegada en términos generales. Amparo resarcía su ineficacia humana con esporádicas masturbaciones y contactos más frecuentes e interesados con células terroristas.
Fue inesperada casualidad conocer a Hilario; entablaron cierta relación las primeras semanas del curso: él formaba parte del servicio de limpieza de la cafetería, y el devenir de los acontecimientos les llevaron a conversar algunas veces bajo el parpadear de los tubos de luz que iluminaban la sala. Se agradaron con frecuencia. Hilario gastaba sus horas en preparar combinados; Amparo había tenido oportunidad de ver el barreño, los suaves modos con que amasaba la espesura del contenido, el torso relajado y firme de él trazando la forma final del explosivo.
Hilario pertenecía a un grupo violento en pro del equilibrio natural. Él se encargaba no sólo de los preparativos de ejecución sino también del aparato propagandístico. LAS CUCARACHAS DOMINARÁN LA TIERRA había sido su último gran logro. La serigrafía manipulada del abdomen del bicho inundado por anacrónicos burgueses y reiterativas figuras de Leatherface blandiendo la habitual sierra mecánica era preciosa. Habían conseguido empapelar un sinnúmero de edificios en el centro con monumentales carteles no hacía más de diez días. No eran demasiados activistas, pero tomaban cada movimiento con toda la ilusión y la inocencia que se le puede pedir a un niño. Además, estaban bien organizados.
Aún con todo, Amparo no estaba implicada; una pequeña picazón de curiosidad, nada más, le inspiraba la insurgencia: aquél era su entretenimiento más nítido.
Era más que probable que el desaguisado del que se hablaba en prácticamente todas las cadenas se hubiera cocido entre los dedos de Hilario. Era temerario el chico. Temerario para Amparo venía a significar desnudarse pomposamente sobre un terrado, maquillarse como un indio cherokee y hacer estallar petardos con corazón de brócoli contra helicópteros de seguridad. Que las decisiones de Hilario viraran por momentos de forma más entusiasta hacia muestras de febril extravagancia como la ya comentada paralizaba el corazón de Amparo. Sentíase tranquila: las explosiones a gran escala no producían detenciones rápidas. El pelo empapado sobre sus mejillas, cubriendo las pobladas cejas, la incomodaba, que agitó los cabellos ayudada de la capucha del albornoz. Fue hacia el saloncito con el que se comunicaban el resto de habitáculos, el saloncito de la televisión, y dejó caer su cuerpo sobre el sofá.
En momentos de tensión periodística la reiteración, al igual que en el insomnio, parecía convertirse en dogma. La incierta ambigüedad que hacía a Amparo relacionar sin fundamento su imposibilidad para echarse a dormir con la retransmisión continuada de unas mismas imágenes, unos mismos hechos, unas mismas particularidades faciales, la perturbaron tras los penachos del albornoz. No había parado atención hasta el momento en la localización de las primeras montañas de chatarra que aparecieron en las retransmisiones: parecía ser una parte del entramado de rieles que cercano al recinto universitario. Definitivamente, la resolución de que Hilario estaba implicado la golpeó con firmeza. Comenzó a juguetear con rizos que nacían en su nuca.
Saltó desinteresada de cadena en cadena. Excepto en los canales temáticos, la debacle y colapso de las vías de comunicación se habían propagado como las llamas de un accidente aéreo. Estadísticas, mezcolanzas de coloridas teorías sobre la autoría de la afrenta, analistas, físicos, breves entrevistas a un grupo de aficionados al cine que habían estado grabando la parte final de un cortometraje en las inmediaciones de uno de los estallidos y toda clase de parafernalia periodística posible habían tomado la difusión televisiva. Amparo estaba habituada a pasar las horas muertas (las del insomnio, no hay razón para negarlo) pegada al televisor. Al cabo de un tiempo su empatía para con los protagonistas de seriales eternos y comedias de situación podía llegar a ser absoluta; con los noticiarios sucedía todo lo contrario.
Y entonces, Hilario corriendo como si del propio diablo se tratara.
Un equipo de seguimiento de la tercera cadena había monopolizado el inesperado incidente, obligando al maremagno de espectadores a engrosar su índice de audiencia. Uno de los muchos enviados por el canal en cuestión había salido disparado con el cámara al ver a Hilario lanzado en carrera hacia las instalaciones universitarias. Una voz rebufaba y gemía ahogada explicando la huída de alguien a quien, desde aquella distancia, se aventuraban a reconocer como un hombre. Según las entrecortadas explicaciones del informador habían alejado sus pasos del desastre en busca de alguna nueva información que pudiera ayudar a las fuerzas del orden, y oteando las inmediaciones se habían sorprendido de aquella figura alejándose del lugar a gran velocidad. Ahora, tras él, el cuerpo de policía movilizado al completo. Amparo no muestra estímulo alguno. Amparo tiene, cómo en todo lo referente a Hilario, curiosidad.
El equilibrio del medio le iba a costar algo más que la vida al desgraciado Hilario.
Las fuerzas del orden levantaron barricadas de automóviles tanto a las salidas como en el perímetro que suponía el entorno de la universidad. Las cámaras esta vez estaban todas. Sería cuestión de minutos que Hilario decidiera claudicar y dejar al descubierto su escondrijo. Amparo ahora, expectante, corrió a la despensa en pos de una barrita de chocolate. Las imágenes que ahora se descubrían en el televisor eran las de los edificios grises de hierro; zooms zigzagueando de ventanal en ventanal y de vano en vano tratando de captar imágenes del aún no identificado posible terrorista. Nada captó esto, pero resaltaba de entre el circo que en escasos segundos se había levantado la imagen de un cámara local grabando, apoyando el codo en el hombro de un policía portador un rifle tal que resultaba difícil impedir que rozara el asfalto; el policía lo empuñaba con orgullo. Ciertamente, bajo el aire reseco y la imperiosa luminosidad que cubría la escena, aquello resultaba enternecedor.
Imperó el silencio. El nervioso bailoteo de las fuerzas del orden quedó registrado cómo si de cine mudo se tratara.
Hilario sudaba y su aspecto se desmejoró en los minutos que duró su encierro. Quedó registrada la increíble, famélica, enjuta y, podría decirse, absorbida persona que presentó cuando, tembloroso, arrastró los pies desde el interior de la Facultad de Derecho. Las empuñaduras de armas, teléfonos móviles, cámaras y bolígrafos se tensaron.
Hilario se puso a llorar. Babeó descortésmente ante los medios de comunicación. Los pucheros del activista por el equilibrio natural desconcertaron a la presencia estatal. A la dirección policial se le antojó que no era descabellado que aquel media mierda flacucho hubiera salido corriendo atemorizado por una posible confusión policial con respecto a su implicación en el caso debido a su cercanía al lugar de los hechos. Un megáfono voceó que se acercara, que continuara con la lentitud con que había salido del edificio y que tranquilizara los nervios. Los impactos del corazón del chico contra su estructura ósea resonaban como el lento batir de las alas de una mariposa de doscientos pies de longitud cruzando la ciudad entrada la noche.
Con todo, Hilario estaba más tranquilo. Avanzaba.
Un pequeño contingente policial se abría paso hacia la figura algo indecisa que camina en dirección a la barricada. Al cruzarse le tomaron por los brazos y el torso, esposando y cubriendo su cara, recibiendo todos ellos una inesperada fragancia que recordaba vagamente al hedor húmedo de las acacias. Lo llevan con parsimonia hasta la furgoneta que acaba de posicionarse dando la espalda a la universidad, abriendo las puertas de la pequeña celda trasera.
Hilario no se resistió en el camino hacia el vehículo. Podía entrever, gracias a la improvisada y descuidada mortaja, a dónde le dirigían. Estuvo en todo momento flanqueado por la colonia de informadores, cámaras y micrófonos que se habían desplazado hasta allí. Una invisible alfombra roja recibía el golpetear de sus pasos, al tiempo que un sinfín de preguntas formuladas precipitadamente se amontonaban a su alrededor al tiempo que avanzaba. Amparo inclinó imperceptiblemente el cuello y los hombros.
Al segundo anterior de colocar la suela del zapato sobre el metal de la furgoneta Hilario propinó un cabezazo al policía que había inutilizado sus brazos. Impulsó su cuerpo desde los pies hacia atrás, disparando su peso contra los otros dos policías que le acompañaban. Paralizó por unos segundos el repentino frenesí y, con el oscuro tejido cubriendo sus facciones, expulsó un chillido que podría ser tomado por tribal. Arrancó en cólera y antes de que los dos policías levantaran del suelo aplastó la cara del tercero –había quedado semiconsciente tras el cabezazo, tendido al lado un reportero- con el tacón de sus botas. Ensañó su furia brevemente contra la ahora monstruosa y ensangrentada máscara que era la cara del policía; de un puntapié desprendió un buen trozo de carne de su mejilla derecha, dejándolo gimiendo de angustia, flasheado desde millones de puntos diferentes.
Por supuesto, Amparo había visto todo lo ocurrido. Lo siguiente que se mostraron fueron las represalias que los ya erguidos policías dejaron caer sobre Hilario. El resto de unidades por lo visto habían intentado abrirse camino entre periodistas y demás, incluso algunos de los gendarmes había usado la porra cómo método de dispersión; no habían podido impedir que un mar de informadores tomara las posiciones que a ellos les pertenecían. En estas circunstancias no pudieron impedir la reacción de sus compañeros.
Un espectáculo inhumano se abrió al público mundial una vez vuelto a capturar Hilario. El éxtasis de la venganza se desplomó con fiereza sobre el cuerpo del activista. Uno de los dos agentes lo agarró desde atrás de los brazos, bajó su cuerpo y clavó implacable contra su espalda la rodilla. El quejido del chico penetró en todos los micrófonos por lejanos que estuvieran. El policía que se encontraba frente al chaval respiraba con una frecuencia mucho mayor a la habitual, ronroneó y desenfundó un artilugio que descansaba en su gemelo. El machete relució entre las llamas del mediodía; bajó contundente. El estómago de Hilario se abrió de par en par, borboteando coágulos sanguíneos y órganos cercenados, desprendiendo suavemente tubos construidos en carne y oscuros flujos que se escapaban ahora por la pernera del pantalón. No salió de su boca más que un leve y desigual aliento.
Amparo arqueó las cejas sorprendida.
Resonó el timbre de la puerta.
Serían, aproximadamente, las doce y media del mediodía. Luis no había anunciado su llegada, aunque era habitual que se presentara de improviso.
Fue hacia la entrada y con cautela entreabrió la puerta de conglomerado. Cabía la extraña posibilidad de que el brutal asesinato de Hilario hubiera llevado a su casa a cualquiera de los miembros de la organización; conocían su relación, en ocasiones los habían visto juntos, incluso la habían abordado queriendo saber si habían mantenido relaciones sexuales, a lo que por supuesto respondió con una rotunda negativa. Podía ser que vinieran a reclamarle algún tipo de responsabilidad o quizá, por el contrario, a pesar de su negación de cualquier cosa que no fuera una sana amistad, vinieran a darle un fastuoso pésame. Amparó miró el rellano.
Allí estaba Luis.
- Buenas…
- ¿Porqué no has avisado? Me has asustado.
- Jajaja… lo siento. Se me pasó. –ajetreó los poblados cabellos que le colgaban hasta la nuca-. ¿Has visto lo del tipo ese…?
- Si. Raro, ¿eh?
- Han conseguido tenerme con el culo pegado a la silla: me han hecho perderme un capítulo entero de Paranoia Agent.
- Jajajaja, sí que es raro, entonces.
- Bueno, ¿acabamos la mierda esa de una vez?
- ¡Claro!
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27 Mayo 2006
El refinamiento de desfallecer. Recuerdo mis primeros desmayos. En concreto el primero, el que comenzó este fraseo constante de situaciones límite; me sorprendió en la butaca de un cine. Tenía yo 7 años. Creé mucha fascinación. No entiendo si el enjambre de nerviosos y exaltados que se lanzó a la curiosidad de ver al niño inconsciente entre sus propias palomitas (desperdigadas al golpear la moqueta del suelo, escribiendo una macabra coreografía con mis huesos) fue movido por algo que no fuera el llano y claro morbo. Aún hoy ocurre así. Aún hoy de vez en cuando viene alguien y manosea mi cara, mi torso, el contorno de mis muslos, esperando, estúpidamente, reanimar mi conciencia con sus torpes movimientos. El impulso, en estos casos: nada más alejado de la piedad como la autosatisfacción.
Desde ese momento todo fue a peor.
A mi familia le costó asumir la incapacidad del primer nacido. Yo significaba el error inicial. Un error que podría expandir su tragedia endógena al resto de la prole malcriada que, en el momento en que comencé a idear Mi Plan, cenaba con Sus Chicas en el comedor, riendo e inmersos en un gran jolgorio del que no estaba enterado y del que posiblemente me hubiera avergonzado de haber sabido la causa. En ese preciso instante me encontraba en mi cuarto dando los últimos trazos de lo que me aventuro a llamar: Mi Gran Obra. No he comentado todavía a lo que me dedico. Con el paso de los años mi exagerada cantidad de desmayos me habían vuelto progresivamente un animal hogareño. Mis salidas del edificio victoriano propiedad de mis apellidos (desde tiempos y glorias de los que yo en particular no puedo sentirme orgulloso) se limitaban de forma única a rápidas visitas a miembros de la familia con residencia en los alrededores. Es por aquellos escarceos que soy dibujante de comics: la biblioteca gráfica de uno de mis tíos abrumaría al más gordo y patizambo freak de toda Europa. Podría, lo sé, haber dedicado mis horas de encierro a sumergir mi habilidad en otros aspectos artísticamente más reseñables, empero: me divertía más la ocupación que profesaba.
Una noche mi hogar se llenó de extraños. Matiz que creo necesario: a mí me eran extraños. A los que compartían mi misma sangre se les antojaban amistades, grandes conocidos, fastuosos estandartes de la camaradería, “colegas”, buenos tipos… En el primer piso mi familia había organizado un asueto largo, enfundado en un horrible hilo musical. El hilo musical fue posiblemente una de tantas chispas que azuzaron mi apresuramiento.
Había ideado para cada uno de mis familiares un delicioso destino particular y exclusivamente decorado. A mis hermanos les había relegado a la bajeza de enfrentarse al estridente rumor de una Black & Decker correteando por entre el tabique nasal; no me ocuparía en exceso de ellos: creo que con un breve fileteado final habría satisfecho mis inquietudes. Mis padres era otro cantar. Con ellos iba a pasar una tarde fabulosa; rebosaría de ingenua alegría como cuando cenábamos costillas con salsas americanas y luego me llevaban al cine. Tenía secuestrado bajo mi cama un pelapatatas ciertamente oxidado que descubrí en el cajón de uno de mis tíos; una chica había cuidado en los últimos meses mis uñas, dejándolas impecablemente largas (mi madre se puso contentísima al descubrir esta inesperada preocupación por mi apariencia); un equipo de grabación con monitor incluido descansaba en el altillo ; y lo que más frenético me volvía cada vez que imaginaba el sinfín de posibilidades que me proporcionaría: una maza mugrienta y robusta, hurtada de la tienda de artículos para la tala de árboles que se encontraba cuatro manzanas hacia el sur.
Pero no podía esperar a que se vaciara la casa. El ajetreo y las aberraciones compositivas que se desprendían del equipo del salón me hicieron resolver la necesidad de una actuación inmediata. Me sumió en la más absoluta tristeza no poder recrear mis fantasías. De aquello aprendí que uno no puede tenerlo todo en la vida. Podría parecer un inmaduro descubrimiento tras haber superado la mayoría de edad, pero espero que pueda comprenderse la tremenda decepción que supuso.
Me quedaba un recurso que hubiera sido inútil si Poirot hubiera rondado por allí. Fui afortunado: en mi ciudad nunca hubo en el cuerpo de policía nadie que pudiera aproximarse a los bigotes del belga.
Abrí el pequeño armario de nogal que descansaba a la derecha de mi estantería. Allí, al resguardo de una llave que sólo yo podía tener en posesión, escondía un frasco. Al contacto con la luz aquel recipiente destellaba reflejos rosáceos. Las zonas limítrofes de aquella feliz luminosidad coloreada aleatoriamente por dios sabe qué maravilla natural no eran claras a la vista. Digo que dios sabrá qué maravilla natural conseguía parir aquel reflejo porque el líquido de aquella pequeña cantimplora de cristal era de un verde pálido indiscutible. Ahora, pasemos a Mi Plan.
Bajé las escaleras de madera que separaban el piso en el que yo oscuramente me encontraba con el de la extravagante fiesta. Nada más pisar el último escalón (el primero para alguien habituado a subir más que a bajar) mi madre corrió a mi encuentro. Su cháchara fue imposible de entender. Sólo alcanzo a recordar ciertos movimientos alegres e intermitentes sonrisas sorprendidas que dibujaron su rostro. Me guió -yo en pijama, sin duchar después de dos días, aunque os aseguro que mi olor corporal nunca ha sido fuerte- hacia la ponchera. Una ponchera que conocéis. La ponchera que veis en cada fiesta de instituto y en cada evento en el cine. La ponchera en que Debbie vierte con cariño el jugo esperando que a Brad se le antoje una delicia. Aquella famosísima ponchera estaba allí, en mi casa. Y lo mejor de todo: sería la portadora de mi propósito.
En un momento en que mi atractivo gestador paró la música, el baile, y las conversaciones subiéndose a la mesa para lanzar traidoramente un discurso de confraternidad yo me escabullí. Me coloqué al lado de la ponchera. Los ojos de los asistentes se centraron en los resultones bigotes de mi padre. Introduje disimuladamente el contenido del frasco en la bebida. La removí con suavidad. El color volvía a ser el habitual. El hombre que había propiciado mi nacimiento acabó la arenga y segundos después incitó a rellenar vasos y copas y a entrechocar las bebidas en pos de la alegría y la unión porque hoy… ¡hasta su hijo estaba entre todos ellos!
Subí sin ser visto a mi habitación. Allí preparé con rapidez la bolsa deportiva que, desde ese instante, sería mi futuro. Mi vuelta a comenzar. Aunque también podía suceder que, claro, me desmayara en la carretera y que me atropellara algún camionero más bebido de lo habitual. Pero de todos modos, merecía la pena. Y por supuesto, cualquier cosa sería mejor que acabar en prisión por toda mi vida. Lo que acababa de hacer, si he de ser sincero, no estaba del todo bien.
Algún otro día, quizá cuando haya pasado el tiempo suficiente –y ya han sido años desde aquello- y se haya olvidado el fenecer colectivo que a la mañana siguiente inundó como un riachuelo los diarios locales, ofreceré alguna de mis aventuras posteriores. He tenido, por suerte, una existencia inquieta y peculiar; puedo aseverar que interesante. Pero sería un terrible desbarajuste que por razón de mi vanidad narrativa se me acabaran el buen vino y las caminatas matinales. Es comprensible, ¿me equivoco?
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20 Mayo 2006
La conciencia me llama a narrar una historia que, si bien no confío en hacer creer, veo necesario propagar de algún modo. Mi confianza en su veracidad no va más allá de una fe absoluta en las palabras de un buen amigo, el juez M., al que pude conocer intensamente durante mi estancia en Suecia. Contóme la historia sin la pomposidad que posiblemente impregne este relato; aún así en términos generales creo haber conseguido no desvirtuar, en las inquietas noches en las que se confabulaban contra mi los hados del sueño, los hechos que vengo a explicar a continuación. Repito que no pido credulidad: me basta con unos minutos de atención.
Esta es la historia:
Sucedía en Estocolmo que no era, en el tiempo en que se enmarcan estos acontecimientos, habitual que se perturbara la vida de sus habitantes con salvajes asesinatos o escandalosos hurtos en los que la sospecha y la cábala envolvieran la investigación que los proseguía. Por ello, el descubrimiento por parte de uno de los vecinos en los límites de la ciudad del cuerpo mutilado de K. J. en las inmediaciones de un contenedor levantó un gran revuelo; un río continuo de curiosos llegaba desde todos los puntos de la ciudad a interesarse por el crimen, otros simplemente debatían –desconocedores de toda prueba fehaciente- sus impresiones sobre el mismo en cafés y sobremesas.
Mucho se habló del caso, y con el tiempo se construyeron en las efervescentes imaginaciones de los capitalinos leyendas y cuentos que, fuera como fuese, no tenían ni pies ni cabeza.
No tardaron las autoridades en sellar de bien lejos el lugar en que el cuerpo fue hallado; a pesar de toda la cura que se puso en impedir la intromisión de civiles siempre alguno conseguía saltar el cordón policial y observar unos segundo las ya delimitadas pruebas y el rastro de sangre seca que de forma ortogonal se dibujaba en la pared y los adoquines del suelo.
Es cierto que el gabinete designado para organizar, dirigir y estructurar las pesquisas se vio desbordado por la imposibilidad de avanzar -a pesar de las innumerables pruebas que pudieron extraer de los restos del cuerpo- ni un solo ápice en sus conclusiones acerca del homicidio. Cuando una ciudad no vive en el continuo ajetreo de la descarnada delincuencia, su policía está en pañales frente a hechos como el acaecido.
Fue un alivio para todos que un reputado sabueso –tenido en consideración inclusive por las altas esferas de la Europa menos septentrional (esto era, desde el país escandinavo, toda una carta de presentación)- pasara el invierno en Estocolmo. Aquel hombre había comenzado su carrera a caballo entre París y Berlín, resolviendo imposibles casos, ya fueran manipulaciones políticas, actos de extorsión a organizaciones sindicales o, cómo ahora tenían entre manos los suecos, brutales asesinatos realizados por manos aparentemente invisibles. Su estancia en la capital sueca se debía a una ineludible revisión médica en la que sólo un prestigioso instituto médico de Estocolmo había aventurado poder tener éxito. El afamado detective llevaba por nombre Hans. No tenía interés por el cuerpo que, sin pies ni extremidades superiores, había sido lanzado pasto de las ratas al servicio de limpieza.
Al director del cuerpo policial y al ministro que debía ocuparse de asuntos tales les costó sacar del hostal en que se encontraba al extranjero. Reiteradas negativas llegaron con descuidada caligrafía, en lengua inglesa, a sendos despachos. Desamparados como estaban se personaron en la recepción del hostal esperando mantener, aunque fuera, una breve entrevista en la que Hans pudiera entender cuán necesaria era su aportación; además, por la parte del mandatario ministerial una fervorosa admiración le concitaba a charlar con el detective.
Por supuesto, Hans acabó por aceptar; no sin antes incluir en la hoja de prerrogativas la absoluta libertad de movimiento por los lugares donde el alemán creyera oportuno, además de la asunción por parte del ayuntamiento del gasto que su estancia pudiera provocar; por añadidura demandó su traslado inmediato a un hotel en condiciones: insistió a título personal en su preferencia por los desayunos copiosos, que lo tuvieran en cuenta, vamos. El ministro aceptó las condiciones estrechando su mano mientras agitaba la cabeza en son de agradecimiento, lo que a Hans le trajo a la mente al perro que en su adolescencia sus tíos tenían en la casa del campo.
Le llevaron en un Ford oscuro y reluciente, nacarado en las rejillas frontales y en los centros metálicos circundados por los neumáticos. Le mostraron durante todo un día los cotejos que, en el transcurso de los días, habían aparecido en la escena del crimen y alrededores. Las muecas de desinterés con que obsequiaba el detective a los que ahora serían por un tiempo sus subordinados indignó a más de uno; de hecho, es destacable que dos de los principales y más considerados policías de la capital se negaran a continuar la línea de investigación de Hans, aduciendo una terrible gripe que, inexplicablemente, había alcanzado a ambos por igual y al unísono.
Hans el detective durante los arduos periodos de conjeturas y tanteos sufría desvelos nocturnos. Las nuevas heladas septentrionales, el fuego norteño que azotaba a golpes helados Estocolmo y las particularidades del buen hacer sueco no cambiaron la situación. Aunque se presentara cansado y aburrido de su colaboración, lo cierto es que su alma se removía pletórica: el aliciente de probarse tan lejos de casa le ilusionaba enormemente. Jugar al juego de siempre allá arriba era harto atrayente. Cuando rechazó de forma rotunda las primeras ofertas del ministro lo había hecho con convencimiento; pero una vez en el ajo, el resto de cosas eran secundarias; incluso dejó pasar algunas de las revisiones médicas, que por cierto, habían resuelto en las primeras sesiones un grave problema cardíaco.
El torso de K. J. les había ofrecido una serie de averiguaciones nada desdeñables. Hans trabajó de inmediato sobre datos como: rastros de piel desprendida diferente al tejido epidérmico del mutilado; hematomas que por su extensión y gravedad únicamente podían haber sido creados por los golpes de un cuerpo robusto y de puño descomunal; heridas abiertas de forma tímida en los costados, posiblemente fruto de una breve tortura previa a la cercenadura; y un trapo liso, de un solo color pardo sin motivos identificativos. El escollo que suponía no disponer del cráneo (y por consiguiente de la dentadura) del desgraciado en cuestión hacía imposible su reconocimiento, y menos todavía con los pésimos aparatos que podían proporcionarle las autoridades estocolmesas.
Hans vagó unas semanas por las barriadas marginales de Estocolmo. Pertinaz, se entrometió tanto como pudo en las vidas familiares, académicas, económicas y sociales de aquellos despojos. Sacó en claro, al menos, la pasividad con que el crimen florecía en la península escandinava; una incierta preocupación asaltaba a los interrogados cuando se presentaban en la conversación el narcotráfico y el mercado negro, pero, por lo visto, Hans no tendría mucho más dónde rascar. No perdía, sin embargo, la esperanza firme que se había construido con los años y que confirmaba que fuera como fuese, había una vía de investigación correcta que en algún momento saldría a la luz. Pero ajeno a sus movimientos, en otro lugar, al mismo tiempo, se fraguaba una insidiosa y abyecta conspiración contra su persona.
Los indignados oficiales se mantuvieron, cómo ya se ha comentado, al margen de la investigación oficial. Esto no quiere decir que se hubieran olvidado de Hans. Que el departamento al completo aceptara la denigrante subordinación que suponía hacer los recados que el alemán mandaba enfurecía a ambos por igual; también entre las unidades que habían quedado en sus puestos se encontraban algunos resentidos con la actual situación. Lo que se antojaba un largo proceso hasta aclarar el brutal acontecimiento dio tiempo suficiente a los apartados agentes para cavilar sobre cómo podían quitar de en medio al extranjero grande y arrollador que había irrumpido en la vida del departamento de forma tan insultante.
Hans, por supuesto, en ningún momento pudo deducir que a raíz de su intromisión se hubiera formado sendos enemigos tan firmes y empecinados. Éstos, por su parte, resolvieron no poner escollos al transcurso de las pesquisas, sino tratar de vejar al detective de modo irreversible, causando todo el impacto posible, esperando una airada reacción tanto dentro del cuerpo como en los fascinados estocolmeses (y, por extensión, suecos de todo el país). Al todavía confiado germano la vastedad helada de la ciudad le insuflaba la suficiente seguridad como para no parar atención a los rumores que se alzaban a su alrededor.
Un aciago día el detective quedó pálido al entrar por el portón principal de la oficina central. Nada más ver entrar su gabardina color oliva oscuro y las botas negras como el petróleo, reluciendo bajo los haces de luz amarillenta que traslucían las mamparas entre los escritorios, el cuerpo de policía al completo freno sus ocupaciones y alzaron la mirada hacia la pesada figura de Hans. Se topó con un inesperado ejército inquisitorial. De pronto, el ya de por si frígido tratamiento que con sus colegas había mantenido se tornó brusco e incómodo. El que hacía las veces de segundo en la jerarquía de las investigaciones (Y.) acercó sus pasos y le comentó que necesitaban charlar unos minutos.
Ya en el despacho, Y. explicó la situación:
- Hans… Nos han llegado algunas informaciones muy incómodas sobre el caso –dejó pasar unos segundos, gestualizando cierta incomodidad- . Se habla de que puede que seas tú, bueno, el… homicida –Hans se sobresaltó y las ruedas de la silla traquetearon-. Nos ha llegado una carta asegurando tu implicación, y creo que sería conveniente que dieras de tu parte (que nos permitas analizar tu sangre y algunas cosas más, quiero decir) para probar tu, de la que no dudo, inocencia.
La palidez que en un principio la tomó con la expresión del detective viró hacia un intenso tono escarlata. No podía creer que alguien, en aquel desierto que era Suecia, aquella infausta colonia de ciervos alejada de la Gran Europa, algún cernícalo hubiera tenido los cojones de proferir tal absurdidad. Daría lo que le pidieran, sólo por desconcertar a los desgraciados que habían querido mofarse de su ahora rasgado honor.
- Claro, Y.; entiendo que aún siendo una majadería necesitéis comprobarlo.
- Gracias por tu colaboración, Hans. Pensaba que te sentirías ofendido, o que te negarías en redondo, pero ya veo que eres un hombre cabal.
Si Hans encontraba a los responsables de la falaz misiva les arrancaría los dientes uno a uno con toda la parsimonia de la que se creía capaz.
Las pruebas de los componentes sanguíneos, los estudios sobre la dermis, la extremada posibilidad que hacía cuadrar su complexión con la del agresor y algunas circunstancias más hicieron declarar al equipo forense que: “Sin temor a caer en el error o el descuido, y tras una intensa contrastación de los datos obtenidos de los análisis demandados, podemos afirmar que los resultados coinciden de forma inequívoca con los extraídos del cuerpo asesinado”. Hans era, a todas luces, el autor del crimen.
La noticia le llegó de manos del propio Y., quien con cautela se presentó en el piso que le había sido otorgado de forma provisional al detective. No sin cierto temor a una violenta reacción, Y. le explicó lo sucedido al viejo Hans. La mueca que se formó en su cara al escuchar la rotunda aseveración puso en guardia a Y.; Hans quedó petrificado, incapacitado para responder siquiera con rabia a la sinrazón que desprovista de tacto alguno acababa de convertir su estancia en la ciudad en un infausto infierno. Era, literalmente, imposible.
Se movilizó un fuerte contingente judicial. Gracias a la intervención de Y. se permitió que fuera el propio Hans el que acudiera al tribunal; por el momento se le declararía arrestado en el interior del piso. Para el alemán la huída no era una opción. No se planteaba siquiera la posibilidad de enfrentarse a la por fin saciada y voraz necesidad de respuestas a la que el país había sucumbido. Su única opción sería esgrimir ante el poder jurídico su sentida inocencia, y la incontrastable coartada que lo situaba en el momento de la agresión en el centro mismo de Estocolmo.
Los agentes que habían aducido la tremenda gripe habían reintegrado sus servicios. Por lo visto habían sanado can rapidez. Lo curioso (lo que hace quizá imposible de resolver las contradicciones que al final de esta historia asaltarán al lector) es que, en todo el tiempo que gastaron en conspirar contra el acusado nunca llegaron a un acuerdo; tanta fue la falta de consenso que optaron por únicamente enviar el anónimo que inculpaba al alemán, del que por supuesto no esperaban que produjera más que un efímero chismorreo de semanas. Estaban tan sorprendidos como el resto de que Hans fuera el homicida.
Pasaron los días, y se fijó la fecha del proceso el 17 de julio.
Se colocó la gabardina. Trató de recomponerse de una vez por todas. Iba a hacerse justicia y –a pesar del su talante en ocasiones poco afín al viejo y raído poder legislativo- fuera como fuera, aquello era ineludible. Instantes antes de salir del pisucho encontró, tirado al costado de la consola del recibidor, un sombrero; un sombrero que era en absolutamente todo (color, contorno y talla) exacto al que descansaba ahora sobre su cabeza. Las mismas imperfecciones que se habían abierto con los años en el borde derecho de la visera, el mismo tono castaño, el calcado tacto rugoso de su sombrero de siempre… Un temor helado corrió por sus venas, retorciendo su corazón de forma que un dolor caminó por su pecho como si un arpón hubiera cruzado –escondido tras los pulmones- la carne que lo separaba del exterior. El robusto detective vaciló ante el espejo de la entrada. Tanteó su pecho con la mano izquierda, temblando, incapaz de proporcionarse una deducción coherente para aquella prenda tirada en el suelo. Su pulso estalló en un rápido tamborilear. Las sienes del germano parecían estrecharse, estrujando su cráneo más y más cada segundo; si un clavicordio desafinado se hubiera cobijado entre el tejido cerebral la sensación no hubiera distado demasiado de la actual.
Salió a duras penas de la casa y alcanzó el portal terriblemente confuso. Al salir a la calle encontró la blancura del julio sueco más desnuda de lo habitual si cabía. El trajín diario de automóviles y comercios pausó su ansiedad: quizá lo que acababa de suceder fuera una tramposa jugada inconsciente para evadirle del proceso al que habría de enfrentarse. Inició su andadura hacia el transporte oficial que le llevaría a las puertas del tribunal. Y. le esperaba en el conocido Ford oscuro, en la esquina de dos calles más allá.
A medio camino de Y. una presencia sobresaltó a Hans. Al otro lado de la calle un silbido limpio e hiriente le hizo girar la cabeza. Allá, frente al establecimiento de dulces, separado de Hans por el asfalto de doble carril, se dibujaba una figura de aproximadamente metro noventa. Parecía, se dijo Hans, un barril agigantado. La figura estaba enfundada en una amplia gabardina idéntica a la del detective, de un intenso verde oliva; calzaba unas botas que, aún desde la lejanía, podían adivinarse de un inconfundible y brillante negror; el pelo le ondeaba pulcramente recortado, pues no llevaba gorro alguno. El corazón de Hans dio un vuelco cuando la sospecha que se había afianzado –construida con implacable temor- mientras observaba las vestiduras del individuo se hizo clara; los surcos de su rostro, la incipiente papada afeada por un trazo desigual, los ojos hundidos bajo unas espesas y descuidadas cejas: aquel era el propio Hans. Un Hans en la acera contraria. Un Hans que agitaba la mano derecha con una amistosa sonrisa dibujada en los labios. Hans saludando a Hans; Hans provocando un incipiente ataque de ansiedad en Hans.
Pasó un autobús entre los dos. Al dejar libre de nuevo el campo de visión, Hans vio el ajetreo de la mañana estocolmesa, nada más.
Seguro de una desenfrenada y surrealista conspiración contra su persona alegó en el juicio como defensa lo sucedido aquella mañana. Las autoridades no encontraron rastro del individuo explicado por Hans, sin embargo sí obtuvieron el sombrero del que habló el acusado, un sombrero aparentemente exacto al que el procesado tenía entre sus manos. A pesar de la extrañeza que provocó en el juez aquel aparente escollo, no era ni tan solo prueba suficiente como para derrumbar las concluyentes averiguaciones que habían conducido el ataque de la fiscalía.
Hans fue declarado culpable de la agresión, la desmembración y la tortura de K. J.
Aquel juez era M.; y créanme si les digo que después de la resolución de culpabilidad del germano y de su encierro en una de las más terribles prisiones Suecas, lo visitó tantas veces como le fue posible. Sus visitas no fueron encubiertas, y causó algo de revuelo su relación con el hombre al que él mismo había ajusticiado. Con el tiempo confió en sus argumentos, y se convenció de su inocencia. A pesar de esta convicción, nada se podía hacer sin unos hechos irrefutables, los cuales no poseían. M. me narró lo ocurrido de forma sentida, y creo que si algún sueco descubriera esta confesión arrebatada acerca de la opinión del juez M. respecto a Hans, su posición correría grave peligro. El descrédito del que sería víctima destrozaría su brillante carrera; así que: espero que sepan guardar un secreto.
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