Publicidad:
La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

Categoría: Holly G.

6 Noviembre 2006

Siete, por Holly Golightly

Soberbia

Le aburre la gente. Bosteza en medio de una conversación soporífera junto a la máquina del café. La capulla del Master habla del Parlamento Europeo y de la crisis del sector textil. Los de Contabilidad coinciden en elevar a la categoría de obra maestra el disco nuevo del músico que hace ruiditos. Alguien le pregunta algo y él hace un gesto de desdén y da media vuelta sin más. Está por encima de todos esos mediocres y algún día...

Avaricia

Cierra despacio la puerta del despacho, baja la persiana y descuelga el auricular. Podría haber compartido la información con su socio, pero se da cuenta de que es mejor actuar por su cuenta. Sonrisa triunfal. Al fin y al cabo, tampoco es que sean amigos. Se regodea pensando en la pasta que va a ganar si cierra el acuerdo.

Lujuria

La observa mientras se viste. Siente asco al darse cuenta de que ya esta vieja y fofa. Hoy le ha costado lo suyo conseguir una erección. Se siente aliviado al comprender que éste será su último encuentro. Tarde o temprano tenía que pasar, y, además, ya su mujer no se traga la excusa de las reuniones de urgencia. Tiene que buscarse una sustituta. Piensa en las gemelas. Ya en la puerta de casa, percibe que vuelve a tener una erección.

Gula

Casi se deprime cuando ve el menú que le ha preparado siguiendo "a rajatabla" –lo remarca en la discusión la muy zorra-- las instrucciones del endocrino. 'Una dieta sana', ya. Mierda de cosas verdes que no saben a nada; eso es lo que es. Juega a aplastar los guisantes con el tenedor durante un buen rato y finge interés por el partido. Cuando ella se acuesta, abre la nevera y come. Come sin parar con las luces apagadas. Mañana le pedirá al de Recursos Humanos que le venda un par de botes de esas pastillas saciantes que pasaba. Lo que tiene que hacer a partir de ahora es descartar los alimentos altos en colesterol.

Envidia

Entra de peor humor que de costumbre en la oficina. El nerd de Operaciones Exteriores le ha quitado el aparcamiento con su puto deportivo nuevo. Se cree que por comprarse un descapotable rojo ya la gente no se va a dar cuenta de que se le nota en la cara que se meaba en los pantalones en el Instituto. Igual hasta ha tenido que pedir un préstamo. ¿De dónde sacará la pasta? Tiene una casa en la mejor zona de la ciudad... Coge las llaves del coche, mira hacia ambos lados y raya la puerta del conductor.

Pereza

Decide tomarse la mañana de relax que para eso es el jefe del departamento. Da las instrucciones pertinentes. Uno de los nuevos hace ademán de protestar cuando le encarga que agilice tres de los contratos pero tiene la sensatez de morderse la lengua justo en el momento oportuno. Pide a su secretaria que no le pase las llamadas. Se recuesta en el sillón y pone la tele. Oye murmullos al otro lado de la puerta y suelta una carcajada. Todavía creerán esos ineptos que pueden quitarle el puesto.

Ira

La becaria llora y moquea por el error garrafal. No va a servirte de nada, bonita, que has echado a perder varios millones. Chilla, chilla tanto que la gente le mira horrorizada y en silencio. La envía a la puta calle y sigue gritando a diestro y siniestro hasta que empieza a sudar. Siente náuseas y le oprime el pecho. Cae en la cuenta de que por culpa de esa descerebrada está sufriendo un ataque al corazón. Se desploma y alguien deja escapar un gritito ahogado.

...

"...Buen esposo y padre; trabajador incansable y gran amigo; poseedor de las virtudes de las que hablaba Santo Tomás: humildad, paciencia, templanza, caridad, diligencia... Descanse en paz"

servido por laauroradenuevayork 2 comentarios compártelo

10 Julio 2006

Otra estúpida historia de amor, por Holly Golightly

Viernes - FIDEOS CHINOS

No quiero entrar pero no tengo más remedio, porque, al fin y al cabo, es viernes noche y sirven platos orientales a unos precios asequibles. No puedo ni alegar en mi defensa lo del espacio sin humo.

La veo. Tan preciosa. Pequeña y encantadora. No sé si ella repara en mí más allá de una cara anónima que pide fideos chinos con voz de ultratumba pero le busco la mirada para encontrar algún signo de reconocimiento, complicidad o acuerdo tácito.

Creo que no ocurre nada y hasta tengo ganas de besarle los labios cereza porque sí.
Ellos dicen que es bonita y yo lo celebro por dentro. Me excuso para respirar hondo en el baño. Creo que hasta la rozo.

Luego nos ofrece algo y lo declino con un gracias que suena más efusivo de la cuenta. La dejo tomando una cerveza, riendo con el cocinero. Ajena mi brutal intromisión.

Pienso de camino a mi reencuentro que ambas lo sabemos. Probablemente me caería estupendamente. Se me olvida darme cuenta de que estoy enferma y de que sólo yo percibo los supuestos alternativos de esos encuentros fortuitos en los que nunca pasa nada más allá de los ataques traicioneros de mi inventiva.

Domingo - SE COME UNA PERA

En un cercanías, de camino a mi vida sin ti. Tengo suerte porque no llevo el MP3 y mis prisas abandonan el libro sobre la cama.

A mi lado se sienta un proyecto de ingeniero –eso dice más o menos su sudadera—que lee a Bach. Tiene sobrepeso y los ojos verdes. Me mira escandalizado cuando le sigo el ritmo con los pies.

Detrás de él, dos que han subido en mi misma estación y que llevan una bolsa con naranjas y hablan de comprarse un portátil. Sin más, salvo un cruce de miradas al inicio y al final del trayecto.

La mujer del Este y su hija adicta a la Gameboy no participan en el juego y se bajan enseguida y al chico de la gorra le vence la vergüenza, la pereza o el desinterés justo cuando casi ha decidido sentarse a mi lado.

Los de la bici, probablemente defensores de las ballenas, están demasiado enfrascados en una conversación relacionada con alguna especie de teoría acerca de la involución humana y el revisor ni siquiera se da cuenta de que existo porque no me pide el billete.

A dos paradas aparece con las uñas sucias y se sienta dos filas de asientos más allá. Se come una pera y me parece extraordinario. Luego me sigue un rato por la estación antes de volver a dejarme sola. Guardo mis extractos bancarios y opto por coger un taxi.

Sábado - CABELLOS ALBOROTADOS DE AMOR

Consigo dormir un poco a pesar de. Hambre voraz a las 12 y a las 3. Desnutrición que no se curará hasta que vuelvas. Pareces un niño durmiendo, un niño bueno conspirando en una habitación de hotel conmigo.
Amo todo lo que has hecho y has dicho. La certeza, dolorosa e hiriente, de que ya es mañana y de que me da un miedo atroz pensar que este escondite es sólo de paso.
Cierras los ojos justo al final de mi cuento y no me puedo levantar a lavarme la cara, aunque casi me da igual porque estoy buscando a tientas trozos de ti.
Lo de escalar la verja lo dejo para otro día. Llevo zapatos y, como ya te has ido, no podrás rescatarme. Son sólo las 8 de la mañana.
Al despertarme por segunda vez lloro por dentro y me sonrío frente al espejo mil veces antes de bajar a comer. Es que aún quedan rastros, en mis cabellos, alborotados de amor.

servido por laauroradenuevayork 1 comentario compártelo

3 Julio 2006

Capgras, por Holly Golightly

Varón de 39 años sin antecedentes de enfermedad conocida.
Clase media-alta, profesión liberal y adosado con piscina en forma de riñón.
Todos los martes por la tarde juega una partida de tenis en el Club Social mientras su mujer, N.I, riega las plantas y fuma la marihuana que cultiva entre petunias. Mientras su hija preadolescente, H.N., compite en el ‘Aprieta o Corre’ (en sus respectivas variantes) con muchas otras iniciales en el patio trasero.
Varón de 39 años cuyos primeros síntomas de cambio conductual acusado se manifiestan en forma de alteración del patrón sueño-vigilia y de trastorno en la conducta alimenticia y que en la madrugada del 13 al 14 de agosto en el salón de la casa adosada hace un descubrimiento “aterrador”, según relatará él mismo ya en la unidad de agudos.
Desde el sillón orejero y en medio de la final del campeonato emitido vía satélite descubre los perfiles de “dos entes que han suplantado la identidad” de los seres originales que esa misma tarde han regado las plantas y han jugado en el patio trasero.
Varón de 39 años que compra una libreta cuadriculada de tapas rojas donde empieza a registrar las “sutiles diferencias” (empezando por ligeras variaciones de peso y talla) que delatan a las “impostoras”.
Que confirma la existencia de una “conspiración” contra su persona “urdida y perpetrada por dobles no humanos” de familiares, vecinos, transeúntes con o sin sombrero, mascotas, empleados del Club y un largo etcétera.
Que en un registro rutinario de sus facciones frente al espejo se da cuenta de que le han implantado un “GPS” en la oreja izquierda. Que se compra una recortada y la esconde debajo del colchón. Que en el descarte de motivos concluye con la existencia de una inteligencia superior extraterrestre que ha campado a sus anchas en la zona residencial de casas adosadas. Que el día de la festividad local saca la recortada y pone “perdido de salpicaduras el mantel” para la comida familiar. Que no responde a la medicación y acumula cajones de libretas cuadriculadas de tapas rojas en habitaciones blancas con olor a desinfectante.

servido por laauroradenuevayork sin comentarios compártelo

26 Junio 2006

Sincronización, por Holly golightly

Tú todavía no lo sabes.

'Sincronización en osciladores acoplados a (im) pulsos' es obra de cuatro estudiantes de la Universidad de Barcelona.

Oscilar – Acoplar- (Im) pulsar. Es una secuencia de motivos.

¿Sabes que alguien en algún lugar está ahora utilizando el cable retráctil de sincronización en el mismo momento en el que lo menciono? Justo ahora, sin yo tener ni la más remota idea de lo que es -- suena a un invento para espías -- pero sabiendo que existe.

También he leído por ahí que “la sincronización horaria de los equipos informáticos conectados en red es necesaria debido a dos razones fundamentales: la seguridad y la funcionalidad”.

Es una cita aburrida. Seguridad y Funcionalidad. Y por eso en la cuarta planta de este edificio de oficinas de nueve alturas quizá sea la única que en este preciso instante no está conectada en red.

A todo esto, mientras Steven Strogatz promociona su libro sobre la sincronización en las células del corazón, en las poblaciones de neuronas que se activan de modo sincrónico y en los fotones o electrones que se sincronizan para producir láseres y semiconductores, yo pienso en preciosas nadadoras de natación sincronizada.

En ataques sincronizados con coches bomba.

En cuerpos que se funden en movimientos y suspiros coincidentes porque sí.

En gritos al unísono al borde de acantilados en ninguna parte.

En relojes programados a las horas en punto para ajustarnos a nuestras recién renovadas expectativas.

En la ausencia de sincronía, clara y gravosa, entre mi mente y mi espíritu.

Mejor perderse en referencias igual de absurdas pero menos trascendentales para la humanidad. Mejor desperdiciar el tiempo tratando de sincronizar contigo.

Justo ahora es cuando me doy cuenta de que el vacío del audio y mi 'click click' con el teclado también están sincronizados y de que este binomio se funde a su vez desde una lógica aplastante, pero ya metafórica, con el conato de proceso creativo frustrado.

Al tiempo que mi compañera me mira con cara de preguntarse en qué acabará todo. A la vez que las chicas de la habitación de al lado simultanean sus gritos mientras ordenan papeles. En el durante de los pasos -- pie derecho con pie derecho, pie izquierdo con pie izquierdo -- del Todopoderoso y su miniyo, que le sigue por el pasillo y cuya respiración agitada por el ascenso que ni de coña le van a dar se confunde con la mía propia ante la inminencia de su irrupción en mi despacho.

Lo dice la RAE: “Hacer que coincidan en el tiempo dos movimientos o fenómenos”. El diccionario me está dando claramente autoridad para forzar el ajuste de varias situaciones tontas.

Conseguir por alguna suerte de ciencia infusa que leyeras este texto justo ahora, mientras los de abajo o los de arriba tienen el súper multiorgasmo físico de la historia y la niña de las trenzas, a lo mejor hija de alguna de las parejas que se acoplan, lleva a su chihuahua ladrador al pipican.

Desear que suceda justo en el momento en el que sucede aunque tú todavía no lo sepas...

Sincronización hoy sería como sentir que la indiferencia del resto del mundo coincide en el tiempo con el impacto brutal de dos existencias dentro de un círculo perfecto, armónico, encajado y simultáneo de hechos extraordinarios.

servido por laauroradenuevayork 1 comentario compártelo

19 Junio 2006

Helena Hell - Pedro, por Holly Golightly

La quería. La quería mucho. Hablar de esto me pone nervioso.

- ¿Tienes un cigarro?

Fueron unos años locos pero de eso ya hace una eternidad.

- ¿Qué quieres saber exactamente?
- No, sólo se trata de que tú me cuentes las cosas que recuerdas de ella. Lo que se te ocurra. Como si yo no estuviera aquí. Luego yo escogeré las frases para las transcripciones. Si hablas de algo mientras estamos grabando que luego no quieres que salga me lo dices.
- Vale, de acuerdo, veamos. Qué curioso. Veamos…

Sólo se me ocurren cosas bonitas cuando pienso en He. A ella le daba rabia que le acortara el nombre, pero a mí me gustaba, así que no creo que importe eso ahora.

Joder, era preciosa, eso ya te lo habrán dicho. ¿Has visto fotos de esa época? Podría haber sido modelo. Una vez se lo dije y se rió en mi cara. Supongo que tenía otras aspiraciones. Y aquella cosa extraña en la mirada... A veces me daba miedo... Siempre estaba empeñada en competir por tonterías y, de normal, no hablaba mucho.

¿Te cuento cómo la conocí? Vale, sí, eso. Pues, en el autobús de vuelta a casa. Yo acababa de empezar el instituto y ella estudiaba en el privado. Llevaba un uniforme súper hortera, con esos calcetines horribles por la rodilla… Le dije una grosería porque iba con los colegas de entonces y me crecí. Y, tío, que pasó de mí. No se asustó lo más mínimo a pesar de las pintas de macarrilla y de la mala leche que yo me gastaba por entonces. No me hizo ni caso en realidad. Miraba por la ventana, como si aquella historia no fuera con ella. No sé muy bien por qué, pero cuando llegó a su parada me bajé y la seguí un rato. Cuando vi que la cosa no iba a mejorar decidí volver a coger el bus. Y, entonces, alucina que me habló. “Qué pronto se asusta el gallito”. Algo así dijo. Me parece que me puse rojo y tal y el caso es que acabamos tomando algo en un bar.
La historia no creo que quieras que te la cuente con detalle. Éramos unos críos y hacíamos tonterías. No se trataba sólo de sexo. Es mentira que ella se drogara como dice su familia y alguna gente. Su padre es un hijo de puta, que lo sé yo por cosas que He me contaba.

-Perdona el taco, bórralo si eso.

Marihuana y poco más. Cosas íntimas no te voy a contar, espero que lo comprendas. Nos peleamos pocas veces. Montamos un grupo en la onda de los Smiths y tal. Bueno, monté un grupo y ella escribía las letras. Estábamos convencidos de que íbamos a ser famosos, pero ya ves, tío, cómo ha acabado ella y cómo he acabado yo. Una vez… Jajaja… Es que me acaba de venir el flash. Una vez la quiso fichar el productor de una discográfica. ¡Pero si ella cantaba fatal, tío! Creo que era lo único que no hacía bien, más o menos. El productor cabrón se la quería tirar, saltaba a la vista. Y me enfadé con ella porque me pareció que le daba coba y porque el músico era yo, cojones. Nos empezamos a chillar en medio de la calle, al salir de la fiesta. Ella escuchaba tan tranquila. Cuando ya me callé se quitó los zapatos, se subió a mi espalda y empezó a cantarme una canción con su voz de pito. Bueno, ahora no tiene gracia porque yo no sé explicarlo así, para que quede bien, pero me pareció un momento perfecto, para una canción, tío. A lo mejor en tu libro puedes ponerlo bonito, como un homenaje de mi parte.

-Lo que te cuento ahora no lo pongas, ¿vale?

He me dejó. No fue una cosa de los dos. Creo que nunca estuvo enamorada de mí, lo notaba. A veces pienso que aguantó por pura necesidad, por huir de su viejo y de esa casa de mierda. Todo como muy dramático. Estuve chungo después de eso, pero la habría perdonado si hubiera vuelto. La habría perdonado cada vez. Ahora ya es agua pasada, supongo. Las cosas me van más o menos bien, pero cuando me enteré de lo que le pasó me quedé helado. Lloré un poco, la verdad. No sé si hubiera podido ayudarla. Le perdí la pista y dejé de comerme el coco cuando conocí a Ana. Ella me ayudó mucho pero no puede oír hablar de esta historia. Se puso de los nervios cuando saltó la noticia y los periodistas empezaron a llamar sin parar. En fin...

- ¿Has averiguado cosas importantes desde que desapareció?
- Algo, sí.
- ¿Tenía novio? ¿Estaba con alguien?
- Nada estable, según parece.
- Ahhh…Tú también te hubieras enamorado de ella si es que no lo estás ya. Todo el mundo se enamoraba de Helena.

servido por laauroradenuevayork 1 comentario compártelo

12 Junio 2006

Breve, por Holly Golightly

Las heridas que hoy sangran a borbotones de rojo amapola se cerrarán mañana.

Mientras, a la espera de mi regeneración, pienso en esto como algo que encierra la misma belleza que un niño llorando en un parque porque se ha perdido.
Que un perro feo y abandonado que te dice con los ojos que puede ser la mejor de las mascotas si se lo pides.
Que una lluvia torrencial que se desata al final de un concierto al aire libre, justo cuando suena la canción que estabas esperando.

Escribir no tiene sentido si no hay nada que decir.

servido por laauroradenuevayork 2 comentarios compártelo

5 Junio 2006

"Un lago ha nacido en mi cráneo: flotan los peces", por Holly Golightly

M.T. existió por los vapores etílicos y el hambre que vinieron a acoplarse en los baños de un bar de carretera. Dos cuerpos ajenos a la costumbre del conocimiento mutuo avanzaron en perfecta sincronía sobre una pila de grifería oxidada. De puertas para afuera del excusado, el mundo permaneció ajeno a la unión circunstancial de mitades en un todo. La tierra continuó girando alrededor del sol.

Tres semanas antes de la fecha prevista llegó la consecuencia de este breve encuentro: el hijo de la necesidad forzosa salió disparado de un universo amniótico para aterrizar sobre los excrementos de gallina del corral de la casa materna.

La vergüenza de madre soltera se tornó en la desdicha silenciosa de criar a un niño con defecto de fábrica. Sin mención expresa a la naturaleza concreta de su enfermedad mental, la infancia y adolescencia de M.T. transcurrieron como páginas de un libro en blanco salvo por algunas notas al pie. Un anecdotario de pequeños incidentes sin violencia -- en la escuela, las comidas familiares, la misa de 7, las verbenas o la piscina municipal—no bastó, sin embargo, para presagiar ningún tipo de desenlace.

En un mundo de casas bajas, su anomalía fue asimilada con la laxitud propia del entorno. Como contrapunto al devenir soporífero de los días en blanco por los más jóvenes. Como resultado ejemplarizante de la descarga de pasiones impetuosas por los vecinos de mayor edad.

Siempre se le trató con condescendencia. No fue blanco de bromas crueles ni de castigos aleccionadores. Ni siquiera el incendio del confesionario se interpretó como un aviso de lo que vendría después. Un accidente sin daños graves, según la versión oficial, y una breve reseña en el periódico comarcal. Tema zanjado.

Otro ingrediente fundamental en esta fórmula fue su afición enfermiza por las películas de corte bélico, una pasión que despertó en el cine de verano ya superada su mayoría de edad.

- ¿Has visto Traidor en el infierno? ¿Y Doce en el Patíbulo? ¿El puente sobre el río Kwai? ¿Los cañones de Navarone? ¿El día más largo? ¿La gran evasión? ¿La Cruz de Hierro?
Ven conmigo, ven. ¿Sí, vale? ¿Vienes a verlas? Anda...

Cientos de horas de visionado, las más de las veces en soledad, abrieron la puerta a una fantasía demencial que con el paso de los años se tornó en toda una filosofía de vida.

Su abuelo, ex comandante del bando vencedor y aquejado después de una demencia senil, alimentó el delirio de otra mente con tara mediante retazos mutilados de la memoria.

Así pues, ‘El Soldadito’ heredó el uniforme y un simulacro de instrucción militar que comenzaba todas las mañanas con el canto del gallo. Se quedó con la caja de recortes antiguos y las condecoraciones, adquirió cintas y libros de temática bélica por correo y un 17 de julio despertó con la firme convicción de que el pueblo iba a ser atacado por el enemigo. Sin más.

La revelación de este peligro inminente dio un giro a su existencia, suspendida hasta la fecha entre episodios aislados de alucinaciones que no acababan de hilar una secuencia de motivos.

Como era de esperar, nadie tomó en serio la gravedad del anuncio. Su madre fingió escucharle mientras hacía las tareas domésticas y evocaba el recorrido de unos dedos por su nuca bajo el calor sofocante de un mismo mes de julio de hacía 25 años. El abuelo se empeñó en sacarle pegas al relato con apuntes técnicos que no venían al caso. Los vecinos, a su paso, le rieron la gracia y continuaron su camino.

El héroe incomprendido se enfundó el uniforme de batalla y se presentó en el Ayuntamiento. Fue atendido por el alcalde, un hombre joven que todavía no había caído en el descreimiento. Escuchó paciente sus teorías y simuló interesarse por la documentación confidencial que desplegó M.T. sobre la mesa. Un montón de papeles arrugados con dibujos infantiles que pretendían ilustrar posibles estrategias defensivas.

La historia, rocambolesca y profusa en detalles, se sustentaba en el supuesto ataque inminente de una guerrilla, integrada por elementos peligrosos de identidad desconocida.

-No puedo revelar mis fuentes, señor alcalde. Están muy cerca, muy cerca... Una avanzadilla de casi 100 hombres armados... A lo mejor a pie tardan como unos seis días en llegar. Nadie los verá porque son muy sigilosos. Yo le aviso, señor, que empezarán por este pueblo y luego sembrarán el caos general. Usted verá, señor... Se arrepentirá. Lucharé solo si hace falta. Sí, eso haré...

La estrategia secreta acordada entre el primer edil y su recién nombrado brazo militar fue la de que éste recabara toda la información posible en días sucesivos, a la espera de órdenes del Mando Supremo.

Una solución provisional a un quebradero de cabeza más en la lista de asuntos pendientes. Entre proyectos de aprobación de los presupuestos municipales, litigios por la puesta en marcha de un PAI, informes del secretario municipal sobre la irregularidad de pactos entre grupos de la oposición y firmas de convenios, el freno al delirio de M.T. no era más que un mal menor que pasaba por una conversación con su madre y quizá un internamiento cautelar.

Durante los días siguientes, el responsable secreto de la seguridad de 7.120 vecinos anduvo atareado. Todas las mañanas hacía inspecciones exhaustivas de los accesos al municipio. Subía al monte y exploraba cuevas y posibles escondites. Tomaba notas del parte meteorológico. Preparaba informes que luego presentaba por registro de entrada en el Consistorio a la espera de nuevas órdenes.

La indiscreción del alcalde provocó que la dedicación en cuerpo y alma de M.T. a esta empresa acaparara las conversaciones de pasillos en el Ayuntamiento, las charlas en el bar y los cotilleos en los comercios. Una irrupción jocosa en el orden del día de un pueblo sin demasiados sobresaltos y al tonto del pueblo se le concedió el estatus de bufón de la Corte a sus espaldas.

La mañana del quinto día los nervios de M.T. estaban a flor de piel. Sin noticias del Mando Supremo, sin estrategia definida y sin ejército, decidió presentarse de nuevo en la Casa Consistorial. Estaba en esos momentos el señor alcalde discutiendo con el edil de Urbanismo sobre la polémica expropiación de unos terrenos cuando el iluminado irrumpió sin miramientos en la reunión. Más incoherente de lo habitual, advirtió del desastre inmediato y exigió autorización para desplegar una ofensiva terrestre.

Como era de esperar, la comicidad del momento, con un loco inofensivo vestido de militar y graznando pasillo arriba y abajo, jugó la baza definitiva. Fue el responsable municipal de Urbanismo, un hombre de talante socarrón sin demasiada mano izquierda, el que zanjó su acalorada diatriba. Entre risas ahogadas, el edil le informó de que en unas horas el alzamiento iba a ser sofocado, ya que habían descubierto al cerebro de toda esta trama entre los miembros del propio equipo de Gobierno. Si bien había huido, según explicó, la Guardia Civil seguía su pista muy de cerca y en breve sería detenido. La identidad del traidor: el concejal de Educación, un chupatintas que no gozaba de las simpatías de sus compañeros de filas.

El anuncio desinfló a M.T., que se marchó con la cabeza gacha a casa. Pero quiso la mala suerte o el destino que se topara en su trayecto con el concejal acusado.

En este punto, como ocurre casi siempre, la historia se confunde con la leyenda. Los datos se difuman y la imaginación de quienes no estuvieron allí se dispara. Imposible saber en realidad que pasó por la mente de nuestro protagonista en esa fracción de segundo y en minutos posteriores. Nadie vio, escucho o presintió nada. Este mundo rural permaneció ajeno al encuentro desafortunado de mitades en un todo. La tierra continuó girando alrededor del sol.

El orden del día del pleno de esa misma tarde se abrió con la inusual ausencia del regidor de Educación. Se preveía una sesión tranquila y rápida. Hacía calor y la selección jugaba los cuartos de final. A las 18.23 minutos de ese 21 de julio ‘El Soldadito’ marcó el punto de inflexión en el devenir tranquilo de un pueblo de interior cualquiera.

Durante la ronda de Ruegos y Preguntas, justo en el momento en el que portavoz del principal partido de la oposición denunciaba la desmesurada subida de impuestos municipales, mientras el secretario pasaba por debajo de la mesa una nota personal a la regidora de Bienestar Social, en el preciso instante en el que el alcalde miraba su reloj con impaciencia, M.T. hizo acto de presencia en la sala mostrando orgulloso la cabeza degollada del conspirador.

-¡Aquí está! Ya no hay que preocuparse de nada. Todo está bien, todo está bien…Señor alcalde, avise a la Guardia civil. Lo he hecho yo solo, sin ayuda de nadie, señor…Ha sido muy fácil…Estén tranquilos. Todo vuelve a estar bien…

servido por laauroradenuevayork 3 comentarios compártelo

29 Mayo 2006

Espectáculo de variedades, por Holly Golightly

Para los proscritos los días son sólo de lunas y cafés con reservados. Se admiten ciertas diferencias en los elementos de la escenografía -- iluminación, índole del espectáculo o calidad del servicio -- pero seguimos hablando de un mismo submundo.

Jueves. Programa de variedades con nocturnidad y alevosía. Nadie va a mirarte a los ojos si quiere esconder tanto o más que tú.

Las paredes son constelaciones de estrellas de cuatro puntas en cielos de azul de moqueta que a lo largo de los años han ido absorbiendo toda la pestilencia moral. Una sala de reminiscencias rococó que en otro tiempo olía a supernovas ha sido engullida hoy por un agujero negro.

La noche arranca bien. Aplausos entusiastas al hombre del sombrero que imita a Frank Sinatra con cierta solvencia y renovada confianza en su potencial. El presentador le ha comunicado en escena que se irá de gira a Cancún.

Los camareros no son más que enterradores con sonrisa automática y pajarita. Y sus trajes apestan a naftalina y decadencia.

Sirven granadina a la mamá del artista en ciernes que se mueve nerviosa en su primera fila.

Cambian el cenicero al esquizofrénico que amenaza al público con su puntero azul desde una ubicación estratégica.

Censuran a la prostituta por su risa de prostituta y porque nunca paga las consumiciones.

Hay una chica... Hay una chica que no pasó el primer casting para el programa de televisión que descubre a nuevos talentos. Tiene las piernas bonitas y un manager de nariz ganchuda y ojos en la espalda. Diminuta Barbie con acento de intercambio y chorro de voz... Lástima –piensan algunos-- que no haya escogido bien el repertorio.

Jubilados en muletas, un señor orondo con cargo en el Consistorio, un adicto al sexo que ha perdido su oportunidad por falta de reflejos, un matrimonio de conveniencia que tiene cara de follar poco y formal y dos extraterrestres que viajan juntos por la galaxia pero que esta noche no van a cruzar ni media palabra.

El productor del show, con trazas de italiano venido a menos, trata de levantar los ánimos por el micro. Al tiempo, un mazas bosteza y hace crucigramas y ese señor con problemas de vejiga se desabrocha la bragueta y busca algo en la bolsa de plástico que lleva asida de su cinturón.

La Perla Malagueña ya está preparada entre bambalinas. Se coloca los pechos rendidos en su top dorado y retoca con saliva algunos mechones rebeldes mientras una dentadura postiza que hace las veces de showman promociona sus bondades para deleite de bajos fondos desatendidos. Respira hondo y hace una entrada digna porque sabe que es guapa o lo fue.

Además, la programación incluye hoy un nuevo fichaje de 1’83 cm. Luce pañuelo pirata y palmito bañado en purpurina. Brazos y muslos dorados, de proporciones griegas, que luego lamerá su benefactor en el camerino después de brindar con champán para neutralizar el sabor de la lejía.

La oscuridad amenazada por fogonazos que inmortalizan los grandes momentos. Trozos de vida que no te interesan y que pasarán a formar parte del álbum familiar y de los recuerdos del fotógrafo aficionado que cada noche, desde hace una eternidad, disecciona con su objetivo las mismas figuras diluidas, secas, apelmazadas, inmortales, anacrónicas, desesperanzadas, enfermas y desertoras de la redención. Proscritos y apóstatas de jueves.

La lista interminable de los VIPs del cementerio en bosquejos atropellados por los niveles de condensación del aire y un escrupuloso respeto por los ‘vicios’ ajenos.

Existe una burbuja de aire viciado en medio de toda la flora y la fauna que se preserva en este microclima extraordinario. Un punto rojo, ajeno a la contaminación del hábito como único responsable de metamorfosear en normalidad la secuencia de las anomalías humanas. Cuatro brazos que constriñen por pares. Cuatro ojos que se miran las puntas del zapato. Y de ahí a la nariz. Y de ahí a los otros ojos. Intrusos que se escudan en los ángulos muertos y toman notas mentales. Tan inofensivos como un cáncer de colon.

Dos observadores observados que simultanean la sorpresa ante lo desconocido con besos graves en los párpados y caricias clandestinas cuyos ecos de existencia también pueden perderse entre las constelaciones de estrellas de cuatro puntas en cielos de azul de moqueta si el despiste del fotógrafo no interfiere en este conjunto concomitante de motivos.

Si el estudiante de periodismo que compagina sus estudios con un trabajo a tiempo parcial en la tienda de revelado baja la guardia.

Si ella no está casada con un magnate.

Si él no es el portavoz del principal grupo de la oposición.

Si el periódico sensacionalista no se ha declarado en quiebra.

Si la sala rococó no abre los jueves.

Si yo no estoy allí.

Si tú no me invitas a contarlo.

servido por laauroradenuevayork 5 comentarios compártelo


Sobre mí

Fotos

laauroradenuevayork todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera