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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

Categoría: Fibla

29 Junio 2006

"Destello" por Fibla

La lujuria desaforada
De una nota de jazz
En una noche fría y sin estrellas
Se desliza entre las sábanas
De cuerpos entrelazados
Al ritmo de susurros, roces
De piel con piel
Manos con manos
Cuerpos de velcro
Que amanecen hambrientos
Que despiertan al día
Justo cuando la última nota
Ya expira entre las paredes
Y se confunde con la algarabía
De la temprana obligación
De los huevos revueltos
De los niños ataviados con corbata
Una cacofonía de vidas...
Mientras en la habitación una metáfora
Cobra vida y los cuerpos
Se desprenden, Se miran
Y se condensa un silencio
Sobre la piel ya sudorosa
Que cristaliza los rostros
Dispersados en el infinito
Por un rayo de sol matutino

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22 Junio 2006

"Helado de Frambuesa" por Fibla

A uno le dolía la cabeza. El despertador emitía pitidos constantes desde la estantería situada en el otro extremo de la habitación. Maldita la inteligencia humana que presupone, anticipa y actúa en función de las consecuencias. Se incorporó de mala gana y de un salto llegó hasta el aparato apagándolo con resignación. Eran ocho de la mañana según el reloj digital que seguía parpadeando histérico.

-¿Cuándo vas a mandar ese trasto a la mierda cariño?

-Verás, esa mierda es la única que me hace desprenderme de tu cuerpo pequeña. Sin él estoy perdido. Hoy tenemos un trabajito que puede darnos mucho dinero.

Debía encontrarse con dos en la calle Berlín. Se vistió deprisa y bajó medio dormido las escaleras que conducían a la calle. Menudo día hacía. El calor era insoportable. Habría que acabar rápido con el trabajo para volver a casa y encerrarse en su cuarto con aire acondicionado.

-Menuda pinta haces uno. ¿Una mala noche?

-Ella me mantuvo despierto hasta muy tarde. Gajes del oficio muchacho. Ya verás como él pagará. Anda, vamos para allá.

Llaman a la puerta reiteradamente durante un par de minutos. Después la paciencia traiciona y echan la puerta abajo. Que sorpresa la suya al encontrar a un hombre tendido sobre la alfombra cubierto de sangre. Cuando digo cubierto no hago uso de la metáfora. Está literalmente bañado en sangre roja, como un helado de frambuesa. Ellos no comprenden, se quedan atónitos, no entraba en sus planes. Solo querían el dinero y alguna travesura para pasar el rato. Pero esto...esto es diferente. No, no lo esperaban para nada. Uno de ellos comienza a reír por lo bajo. Intenta contener las carcajadas pero falla, ya que su compañero le pregunta ¿qué demonios te pasa en la cabeza cenutrio? El otro le señala el cadáver. Concretamente se refiere a un objeto que aprieta en la mano derecha. Es un libro algo desmigajado y curiosamente no presenta grandes manchas de sangre. El título reza así: “Manual de autoayuda del buen ciudadano”. El otro rompe a reír sin pudor, por lo alto vamos. Ahora son los dos quienes interpretan una melodía fúnebre tan curiosa.

-Una vez vi a un cura en la sección de autoayuda-dice entre risas el hombre al que llamamos “uno”

-Seguro que escondía un manual del buen padre. Ya sabes, con fotos de pequeños y risueños niños-responde el hombre “dos”

-No, era un libro de autoayuda, como el que éste lleva en la mano.

-Ah...¿Le damos la vuelta? A ver si no va a ser John el “toro”. ¿Hemos llamado a la puerta correcta?

Uno se dirige a la entrada y comprueba el número. Sí, 26 de la calle Córcega, están en el lugar correcto. Por lo tanto John está bien muerto. Eso molesta a uno (y a dos). Hoy se quedan sin cobrar. En la casa no parece haber gran cosa de valor. Una tele destartalada y una nevera repleta de cerveza alemana. Poco más. Era un desgraciado sin duda.

-¿Qué le habrá pasado? Vamos uno, démosle la vuelta de una vez. Yo creo que le han trinchado como a un pavo. ¿Apostamos?

-Vete a la mierda ludópata. Lo único que quiero es largarme de aquí

-Como estamos...ya lo hago yo.

Dos levanta con esfuerzo el cadáver y finalmente consigue colocarlo boca arriba. Sin tiempo a comentar lo que acaba de ver oye como uno vomita efusivamente detrás suyo. Menuda le han hecho a John. Mejor no describirlo. Además se me da mal, no me vienen los adjetivos adecuados a la cabeza. Si algo tengo que decir es dantesco. Como una inmersión rápida en el infierno. O al menos en el infierno que ilustra la Biblia. Con su sufrimiento, sangre y torturas eternas. A Polifemo le condenaron a rodar una piedra gigante arriba y abajo por un colina bien alta. Pero a John le han sacado las entrañas. Uy, ya lo he dicho. No me callo una.

-¿Se podrá vivir en el cielo sin entrañas?-pregunta dos ya más relajado

-Lo que sí se es que sin cabeza no vas a ninguna parte así que vuelve a darle la vuelta antes de que te la corte.

-Vale vale...Solo era una duda epistemológica. Que palabra más lapidaria. La aprendí el otro día de mi hijo. Está estudiando cosas así en el colegio.

No saben qué hacer. Más vale huir del escenario del crimen antes de que el olor a sangre alerte a algún vecino. Si la policía llega están perdidos, nadie les creería. Uno procede a registrar el cuerpo del muerto. Imagina los titulares del día, “Muere antiguo mafioso”. O quizás utilicen algún eufemismo, les encantan. “Desaparece conocido criminal”. Yo más bien escribiría: “Desaparecen las entrañas de John el Toro”. Quizás deba dedicarme al periodismo. Que divertido.
En el cuerpo no encuentran nada de valor. Pero de pronto dos señala excitado la otra mano que hasta ahora había permanecido sepultada bajo la mole de John el Toro. Hay mechones de pelo que sin lugar a dudas pertenecen al asesino. Parecen de mujer, son muy lisos y de un color negro intenso.

-Parece que a John le salió algún amorío por la culata-proclama dos

-Yo más bien diría que le salió por las entrañas...-uno no ha podido evitarlo

Los dos vuelven a reír con fuerza. Pero las carcajadas han debido de intrigar a algún vecino curioso. Oyen pasos en las escaleras.

-¡Mierda!¡Corre maldita sea, corre! ¡Olvídate de coger algo de valor, no quiero pasar en resto de mi vida entre rejas!

Ambos huyen escaleras abajo dejando la puerta abierta y el rostro desencajado de John mirando hacia el techo, implorando una última ayuda que nunca llegó. Desde la calle les llega el rumor de gritos prevenientes del edificio y una sirena de policía que comienza a sonar. Se han salvado por los pelos. Deciden separarse en la esquina y no volver a verse hasta que las cosas se calmen un poco.

-Hasta pronto muchacho. Cuídate y no te metas en líos ¿Entiendes?

Uno se dirige a casa con paso apresurado. Hay algo en la escena que no le cuadra. Decide apartar sus dudas al menos por unas horas. Ya ha tenido suficiente por hoy. Pero, ¿Cómo se lo dirá?¿Cómo reaccionará? El sol pega demasiado fuerte para pensar. No se ve ni una sola alma en la calle. Por fin llega al portal y se deja caer exhausto sobre las escaleras. El frío marmóreo le reconforta y permanece así unos minutos tras los cuales se decide a entrar en casa. Sobre la mesa de la cocina hay una tarta de frambuesa. No cabe mencionar a qué se parece.

-Feliz cumpleaños cariño. Anda, ven aquí

-Yo...yo tengo algo que decirte

-¿Te habías olvidado? 40 años no se cumplen todos los días. Mira que tarta he comprado.

-Tres, tu padre ha muerto. Hoy, hoy he ido a su casa con uno y le hemos encontrado muerto.

Espera la explosión rabiosa de tres. Las profusión de lágrimas y golpes que acabará con alguno de los dos largándose de casa para no volver jamás. Pero ella permanece serena. Le mira con ojos tranquilos y dice:

-Lo sé, le maté yo.

Uno queda petrificado a contraluz en la pared. El mechón de pelo...exactamente igual al de tres...Pero no puede ser. ¿Quién desearía matar a su propio padre?

-Era un hijo de puta. Bien lo sabes. Y ahora, ¿Vas a comerte la tarta?

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15 Junio 2006

"El Abismo" por Fibla

Vuelan saetas en el aire
Destellos de luz inacabada
Murmullos apenas acallados
Directas al abismo inmemorial
De calumnias vespertinas

Se prenden los lirios olvidados
Y el dolor atenaza estómagos
Cercenados por brisas frías de soledad
como cuchillas

La sangre es bienvenida
En la alcoba de Hades
Donde una nínfula solitaria
Teje la mano al corazón

Ecos apenas audibles
Inundan las cabezas desmoronadas
De mil y un desfallecidos que
Absortos contemplan una polilla

Olvidados páramos descansan
En la palma de las manos
De aquellos que desearon la congoja
Y tarde se abocan al placer

El olvido retrata los rostros
Tallados por eones de vacío
De hombres paradigma
De la más impoluta de las locuras

Es el tiempo del puño contra cristal,
La pared lacónica y vacía,
El infinito fondo de la botella,
La luz fragmentada en un prisma de la vieja Inglaterra

Cuando el aullido ha devorado la agonía
Sólo queda recordar el inmemorial
Silencio de los derrotados,
Espectros del día y la noche
Esclavos de la vorágine arenosa

Que se deshace ligera
Con los primeros albores
Y abandona el terreno de la vida
Para ocupar el trono de la desdicha

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8 Junio 2006

"El abuelo" por Fibla

El Abuelo

Entregado a la lectura de un libro cualquiera me fijé en el abuelo que tenía enfrente. La biblioteca del Raval es un lugar evocador, que permite al visitante divagar la mirada por sus rincones. Pero esta vez no fue arco medieval o un fresco restaurado lo que llamó mi atención.
Delante de mí un hombre leía un grueso volumen ciertamente polvoriento y ajado. Me atrajo inmediatamente su rostro maltratado y el cabello espeso cuyo dueño no paraba de mesar. No parecía ser excesivamente viejo y con toda seguridad había de ser extranjero, puede que alemán o caucásico, quien sabe. Una botella de agua descansaba sobre sus piernas Sus dedos parecían brotar de la cubierta del libro, como extrañas pertuberancias en la tapa de piel. No podía saber si la piel de la cubierta era verdadera o una mera imitación. Si no era así había de tratarse de un volumen ciertamente antiguo. Probablemente de los más añejos recogidos en el catálogo de la biblioteca. Tan ensimismado estaba en contemplar al hombre que solo un carraspeo grave del abuelo me hizo apartar la mirada. Durante los minutos siguientes me dediqué a releer una y otra vez la misma línea de mi libro incapaz de concentrarme. Diferentes teorías alentadas por el aburrimiento se abrían paso en mi cabeza.
En estas estaba cuando el abuelo comenzó a jadear pesadamente. Parecía tener dificultades a la hora de respirar y no presentaba muy buena cara. Pensando en si levantarme para ayudarle o no perdí demasiado tiempo. En un abrir y cerrar de ojos el hombre se desplomó sobre la mesa invadiendo con su cabeza mi parte y desperdigando papeles por doquier. Un murmullo de voz apenas audible me hizo inclinarme hacia él para averiguar si seguía vivo. Entre los pasos apresurados de los empleados de la biblioteca que acudían a averiguar la razón de tanto alboroto distinguí las siguientes palabras:

-El álbum, has de llevar el álbum...es...importante.

Le interrumpió una joven asustada que había llegado a la mesa preocupada y ahora gritaba sin parar. No me dio tiempo a escuchar todo lo que el anciano había querido decirme. Tan solo las palabras que había escuchado y que me dejaban perplejo. Pocos segundos después el viejo expiró y nada más pude averiguar. Sin embargo me fijé en que oculto por el grueso volumen que él había estado leyendo había un álbum de fotos antiguas. Sin pensarlo agarré el volumen y huí rápidamente del edificio dejando atrás un tropel de curiosos que se asomaban a la mesa donde yacía el cuerpo inerte del abuelo.

Con el álbum en las manos llegué exhausto a casa dispuesto a averiguar qué secreto escondía el asunto. Dejé correr un poco de tiempo mientras calmaba el corazón con un Whiskey e intentaba devolver el orden a mi cabeza con una aspirina. Afuera comenzaba a llover y los transeúntes se afanaban en guarecerse bajo cualquier saliente. Tras una serie de suspiros me propuse iniciar la investigación de una vez.
Las fotos eran borrosas, todas en blanco y negro, pegadas con mimo sobre una cartulina roja. Inmediatamente algo atrajo mi atención. Todas y cada una de las imágenes reproducían a la misma joven en lugares distintos. Ni una sola persona más salía en las fotos. Ni tan siquiera un anónimo paseante. Ella era, o más bien había sido, muy guapa por lo que de distinguía sobre el papel. En cada fotografía se distinguía una fecha. Todas correspondían a un período de tiempo que iba del 3 de febrero de 1938 al 20 de abril del mismo año. Justo en plena guerra civil. El contexto histórico avivó profusamente mis ánimos. Comenzaba a presentir una historia terrible tras aquellas imágenes y el anciano muerto. Fue entonces cuando se me ocurrió. ¡Claro! ¡Había olvidado por completo el libro encuadernado en piel que leía el abuelo! Tenía que volver inmediatamente a la biblioteca e intentar conseguir el preciado volumen. Ahí debía de residir la clave del asunto. Sin tiempo para ponerme el chubasquero salté los escalones de tres en tres y corrí hacia el escenario inicial. Cuando llegué las cosas parecían haber vuelto a la normalidad. Me dirigí educadamente a la bibliotecaria:

-Perdone, verá esto le parecerá extraño pero necesito consultar un libro antiguo. Precisamente el que estaba leyendo el señor que murió hace una hora.

-¿Quién es usted?¿Y para qué demonios quiere el libro?

-Ya sé que suena raro pero es muy importante. Él me encargó una tarea justo antes de morir.

-Tendrá que traerme un permiso. El libro que quiere es propiedad del archivo histórico de la ciudad. Nos acababa de llegar de Salamanca. Ya sabe usted, el jaleo este de los papeles...

-Por favor se lo pido por favor. No me haga negarle el último deseo a un muerto. Sería sin lugar a dudas un desplante.¿Es usted creyente?

-No

-Vaya, ¿Pero creerá al menos en la decencia? Vamos, le prometo que no se arrepentirá. Erigiré una estatua en su memoria, compondré una canción, escribiré un poema..

-Está bien está bien. Ojalá se calle de una vez. Ahora le traigo el dichoso volumen.

Poco después apareció con mala cara y un grueso volumen entre las manos. Se trataba sin duda del libro que inspeccionaba el anciano. En la tapa se distinguía el título borroso: “Registro de insurrectos. Volumen 13”.Me instalé en una mesa cercana y lo abrí. Multitud de fotos de represaliados por el régimen franquista me saludaron con sorpresa por mi parte.
Había algunos rostros verdaderamente singulares. Se trataba pues de un listado de personas que habían sido ejecutadas durante los años de guerra. Triste, comprendí lo que buscaba el abuelo. La mujer de la foto debía de haber sido conocida suya. Quizás la encarcelaron poco después de las fotos, al finalizar la guerra, y nunca más volvió a verla. Al parecer no había misterio más allá. Sin embargo quise averiguar de quién se trataba y visitar su tumba. Tras una hora de búsqueda comencé a sopesar la idea de abandonar mi empresa y volver a casa. Pero de pronto, al girar una página, una nueva sección del libro reavivó mi interés. No solo contenía las fotos y nombres de los ejecutados sino también de aquellos que simplemente habían sido encarcelados por un tiempo. La mujer podía pues seguir viviendo en alguna de los viejos edificios que albergaba el Raval. Excitado, proseguí la búsqueda del rostro que tan bien grabado tenía en la memoria.
Tras unas horas más recibí mi recompensa. Con un suspiro de alivio encontré la fotografía de “Marcela Piñeiro”, nacida en 1915, natural de Ulldecona. Encarcelada el 26 de abril de 1938 y liberada el 13 de Febrero de 1956. Debía de haber sido una alta dirigente de la oposición al fascismo. 18 años en la cárcel no eran ninguna tontería. ¿Qué habría sido de ella?. No había dirección, ni un solo teléfono de contacto. Únicamente disponía de un nombre que consultar en la guía telefónica. Pedí la guía telefónica de la ciudad y, no muy convencido, busqué a la señora Marcela. No podía ser. Ahí estaba. Marcela Piñeiro, C/ del Gato número 10, 2º2ª. Salí corriendo una vez más hacia una calle que conocía perfectamente de mis andaduras nocturnas regadas de luna y alcohol.
Llegué al portal unos minutos después y me quedé un tiempo plantado sin saber qué hacer. Me tomaría por un loco y llamaría a la policía inmediatamente. No disponía siquiera de una foto del abuelo para intentar que le reconociese. Se hacía ya de noche y quedaba poca gente en la calle. El calor había anticipado la salida de las cigarras y una melodía seca envolvía el ambiente. Por fin me decidí a tomar la iniciativa y llamé al timbre tres veces rápidas. Abrieron las puertas sin preguntar y entré envuelto en un mar de dudas. Tras subir los dos pisos me planté ante una puerta de madera carcomida y con la pintura desconchándose en trocitos rojos, amarillos y morados. Antes de que me diese tiempo a llamar abrió una abuela robusta y sonriente.

-¿Así que tú eres el joven de la biblioteca? ¿Te sentabas enfrente de él verdad?

He de decir que me pilló completamente por sorpresa. Ni siquiera pude balbucear un monosílabo tembloroso. Simplemente quedé mudo y con la mirada fija en su cabello negro libre de canas.

-Ay, lo siento joven. Debería de explicarte alguna cosa primero. Es la edad, ya sabes. Te vi en la biblioteca. Justo antes de que Alfredo cayera muerto. Luego ya me tuve que ir, me cerraban el mercado fíjate.

Una sola mirada a su rostro me había servido para comprender que sí que se trataba de la joven de la foto. Era asombroso como su cara apenas había cambiado. Extendí el álbum delante de sus ojos:

-Usted es sin duda la joven de estas fotos. Él las examinaba antes de caer muerto. Intentaba reconocerla en el registro de represaliados. ¿No lo comprende? Intentaba encontrarla. Quería reencontrarse con usted. Quizás incluso confesarle que todavía seguía enamorado.

-¿Enamorado? Hay que ver la imaginación que tenéis los jóvenes hoy en día. Siento decepcionarte. Pero yo no estaba enamorada de la persona que me denunció a las autoridades como comprenderás. Sí, Alfredo era el hijo del alcalde fascista del pueblo. Al no conseguir mi amor decidió enviarme a la muerte. Solo que no morí. Hace unas semanas di con él y le envié una carta.

-Yo, lo siento, no sé lo que me ha conducido hasta aquí. Serán estos días de calor. Uno se aburre comprende usted, yo no quería inmiscuirme en una historia así.

-Oh tranquilo, será nuestro secreto. Porque verás, yo maté a Alfredo. Desde que le mandé la carta contándole mis intenciones me divertía contemplándole en la biblioteca intentando dar conmigo. Pero ha sido hoy cuando me he decidido a actuar. El veneno en agua es sin duda un método sublime. Me he sentido en paz conmigo mismo por primera vez en 60 años. Ojalá ese cabrón hubiese sufrido más. Se lo merecía.
Nunca antes había sentido las piernas clavadas al suelo con tanta fuerza. Me era imposible hilvanar dos pensamientos seguidos. Quien iba a pensar..

-Anda no te asustes. Era una deuda que tenía que ser pagada. Yo permanecí 18 años en la cárcel por su culpa y él ha muerto. Son curiosas las historias que se esconden tras la tapa de piel de un libro antiguo. ¿Quieres entrar a comer unas pastas? Desde luego que no tienes buena cara, me recuerdas a mí durante aquellos horribles años. Veras todo comenzó...

El resto se perdió en la negrura que precedió al desmayo. Demasiadas emociones para un día de mayo tan caluroso.

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1 Junio 2006

"La primera vez" por Fibla

La primera vez que Jean pudo contemplar una mujer desnuda cerró los ojos e intentó pensar en alguna otra cosa. Era verano y un calor asfixiante le mantenía preso en su camisa de domingo. A esa hora ya deberían estar buscándole, pues faltaban apenas unos minutos para la misa de las 8. La abuela Hortensia era muy escrupulosa con la puntualidad y no dejaba pasar una. Te contemplaba severa y escrutaba en los ojos la mentira. Si Jean osaba levantar la mirada enseguida había de bajarla ya que sus pupilas recogían una tez asfaltada, alquitranada.
Quizás fue entonces cuando comenzó a germinar su incapacidad para comunicarse con las mujeres. Cada vez que conocía a una chica del pueblo le venía a la cabeza la piel chiclosa de su abuela y resignaba de cualquier trato. Como aquel episodio con la preciosa niña de los Llaneda, Anita. Hacía tantos años de aquello. Apenas contaba 12 años pera era sin duda toda una mujer. Iba de puerta recaudando fondos para la parroquia local. El día en que llamó a la puerta de los Álvarez tardaron en contestar. Le abrió un joven nervioso en camisón.

-Hola, soy ana. La hija de Mauricio Llaneda. ¿Están tus padres?
-Yo, yo no, bueno no, no están
-¡Vaya! Verás venía a recaudar fondos para la parroquia local.

La curvatura de su cuello mantenía demasiado ocupado a Jean como para prestar atención a lo que la muchacha le decía. Debía de ser al menos igual de suave que el bastón de nogal del abuelo. Le vinieron a la cabeza praderas de trigo y encajes de seda.

-¡Oye! ¡Que te estoy hablando!
-Muchas gracias, no me interesa. Yo no creo en estas cosas, muchas gracias. Adiós

Cerró la puerta y la niña prosiguió su ronda extrañada por aquel joven.
Lo cierto es que Jean se sentía profundamente turbado tras el episodio. Había intentado dormir un poco más pero de ninguna manera lograba cerrar los ojos. En cuanto lo lograba hacía acto de presencia el cabello tostado de la niña y su cuello incipiente. Bajó a desayunar sus cereales acompañado por sus dibujos de siempre. Luego llamaría a César para ir al parque. Pero antes debía cortar el césped de la entrada. La abuela se lo había pedido la noche anterior antes de acostarse y rezar su habitual rosario.
Los cereales no habían sido suficiente así que abrió la nevera en busca de algo que le calmase el hambre. Quedaba todavía un trozo de la tarta de cumpleaños que había hecho las delicias de sus amigos el sábado anterior. Se acordó entonces de que tenía que pinchar y tirar todos los globos de colores que quedaron desperdigados por el patio delantero.
Al día siguiente el calor resultaba insoportable. Decidió acudir a la piscina municipal a ver que hacían sus amigos. Cogió la flamante bicicleta nueva, regalo de su tía Rosario, y enfiló el empedrado camino colina abajo. Le encantaba notar el aire atrapado en su cara durante los segundos que duraba el descenso. A veces jugaba a conducir sin manos tal como le había visto hacer a su primo mayor el verano anterior. Gustaba de tentar a la caída, al impacto súbito contra la gravilla.
Cuando giraba por la esquina de la calle Mayor la vio. Enfundada en un vestidito con estampas florales y dos coletas atadas con lazos rojos. Era sin duda la niña que había perturbado su mañana. Ella se fijó en él enseguida y agitó la mano para saludarle. Jean notó como el pulso se aceleraba y los pies dejaban de pedalear. Tenía que bajar a devolverle el saludo, intercambiar unas meras palabras de cortesía para luego reunirse con los amigos y olvidar a aquella muchacha. Pero se encontraba nervioso.

-Hola, ¿Qué tal estás?
-Ah eres tu...No te había reconocido. Mira, mi mamá me ha comprado este vestido. ¿Te gusta?
Procedió la niña a dar una vuelta alrededor de sí misma con un grácil paso de ballet. Jean contempló ruborizado a la muchacha y no pudo evitar una mirada hacia su cuello que aparecía una vez más desnudo. No tenía mucha experiencia con chicas y las palabras se le quedaban pegadas al paladar. Desde luego estaba haciendo el ridículo.

-Si, bueno estás muy bien yo creo. Muy muy bien.
-Oye, ¿Cuándo vuelven tus padres? Tengo que de hacer la recolecta.
-¿Mis padres? Ah sí claro. Vuelven mañana. Podrías, podrías venir

Jean sabía perfectamente que sus padres no volverían de Suiza hasta bien entrada la semana siguiente. Pero había sentido la necesidad de mentir. De algún modo le parecía incluso lógico. Iba a ser la primera vez que una chica le visitase. Aunque solo fuese por una recolecta. Ya se las agenciaría para hacerle pasar. Lo había visto en las películas cientos de veces.

-¿Tu cuantos años tienes?-Preguntó la niña con picardía
-14, los cumplí ayer. Mi abuela organizó una fiesta sensacional
-Ah, me habías parecido mayor. Bueno tengo que volver a casa. Mañana me pasaré a por la recolecta. Muchas gracias.
Antes de girarse y desaparecer por la esquina le dio una palmadita a Jean en el pecho. Gesto tan inocente pero con el cual soñó toda la noche. Por primera vez se sentía verdaderamente atraído por una chica. Hasta ahora le habían parecido ridículas e incluso molestas. Volvió a montar su bicicleta y desapareció calle abajo con los ojos fijos en la carretera y la mente en otra parte.
La tarde en la piscina había resultado ciertamente aburrida. Incluso agradeció la hora de volver a casa. La abuela le esperaba con la cena hecha y una retahíla de reproches por su tardanza. Le respondió con un murmullo vago de disculpa y procedió a acostarse a la espera de la mañana siguiente. Ella había de venir. Necesitaba contemplar su cuello aunque fuese una vez más. Se sentía un poco extraño por ello. Pero decidió no preocuparse. Si le hacía sentir bien no podía ser algo malo como sermoneaba la abuela cada domingo. Cayó dormido en un instante y se sumió en sueños placenteros.
Las 10. ¿Demasiado tarde?¿Habrá pasado ya por casa?. Se vistió con las primeras ropas que encontró y bajó en volandas las escaleras.

-Abuela, ¿Ha venido una niña preguntando por padres?
-Hijo mío no sé que demonio se te ha metido en la cabeza. ¿Quién va a venir a estas horas? ¿Y una niña? En buenos líos te has de haber metido.
Jean se olvidó de responder a la anciana y buscó sus cereales entre los armarios. Puso los dibujos para intentar distraerse un rato. De pronto llamaron al timbre. Acudió a la puerta en un santiamén hecho un manojo de nervios. Distinguió a Anita a través de la rejilla metálica.

-Hola, mis padres no pueden bajar ahora. Pero mira, aquí tienes 20 dólares. ¿Es suficiente no?
-Oh claro. Muchas gracias.
-Yo...quería preguntarte una cosa. ¿Vendrías conmigo al cine esta tarde? Echan una de Bogart
-Tendré que preguntarle a mi madre..pero creo que sí. Me gustaría
Cruzaba los dedos de una manera tan inocente que Jean no pudo evitar una mirada lasciva. Por fin conseguía una cita. Su primera cita. Se sentía verdaderamente orgulloso.

-Nos vemos en la puerta del cine a las 6 pues. ¡Hasta luego¡
-Adiós, por cierto, me llamo Anita.
-Encantado, yo soy Jean. ¡Adiós!
La vio alejarse de la puerta con saltitos nerviosos y finalmente desaparecer tras los setos de la casa vecina. Entró exultante en casa y siguió comiendo sus cereales con la mirada perdida en la frente angulosa y los brazos de encaje de la niña. Sus amigos iban a sentir verdadera envidia. Quizás se sorprendiesen, pero en definitiva acabarían aceptando que Jean había triunfado por una vez. Subió al cuarto y comenzó a pensar en lo que se iba a poner aquella tarde.

Jean caminaba pensativo hacia el cine del pueblo. Ponían una de aquellas producciones americanas en donde los hombres fumaban cigarros que impregnaban la pantalla de una niebla espesa. Llovía a cántaros y tenía que andar refugiándose en los portales. Apenas le faltaban unos metros cuando comenzó un diluvio que le obligó a guarecerse en uno de tantos edificios diáfanos, con puertas de hierro y un tejadillo en donde se alojaba una sola bombilla. La película no comenzaría hasta dentro de unos minutos así que encendió un cigarrillo. Se divertía contemplando a la gente desorientada por la lluvia y que corría en todas direcciones como si alguien hubiese anunciado la amenaza de una bomba. 20 años. Eran muchos para andar conociendo chiquillas de 12. Pero por primera vez una persona del otro género le atraía verdaderamente. ¿Qué había de malo en ellos? En estas cosas pensaba cuando dejó de llover. Caminó tranquilo hasta el cine dispuesto a contemplar cómo Bogart seducía a la chica de turno mientras pensaba en su brazo rodeando el dulce cuello de Anita, nínfula inigualable. De algo había de servir la universidad en la que una vez le hicieron leer Nabokov para un trabajo. Bendita sabiduría. Bendita oscuridad de la sala de proyección.

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25 Mayo 2006

Amor y Prozac por "Fibla"

.Abandono.

Te busqué en la luz
Y no estabas.
Sólo sombras inciertas
De pisadas decididas,
En la puerta una nota
Escrita con inocente tiranía
Una despedida muy neutral
Sin apenas razones
Como quien acaricia paredes desnudas
Que terminan en puertas abiertas
Ni siquiera un eco que recordar
Tan sólo un enorme vacío
Que se filtraba en noches frías
Mientras me diluía en vapores etílicos
De platos quebrados y límites inciertos.
Con resuelta ironía te escribí
Una carta conciliadora
Firmada con bourbon y temblor
Entre canción y canción de disco rallado
Quizás Charlie Sexton, o pude que Dick Dale
Pero era una voz rasgada y estrellada
Que me hizo pensar
En una grandiosa venganza,
Habías dejado dirección
¿Era Pete o Bud? Daba igual,
las palabras salían solas
y te invité a cenar.
con él.
Me mostré tan comprensivo y tranquilo
Que no pudiste sospechar
El frío acero
En el cajón donde antaño guardabas
La ropa interior
Una simple necesidad me llevó al baño
Del baño a la habitación
De la habitación portando el acero
Y una jauría de gritos, impactos de bala en la pared desnuda
Y dos cuerpos inertes sobre la alfombra
En la que un día bailaste para mí.

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18 Mayo 2006

"El Mendigo" por Fibla

Encogido en un rincón de la calle portal del Ángel habita un profeta. Viste una chaqueta holgada con innumerables bolsillos. Afirma ser invisible. Y en cierto modo lo es. La primera vez que pasé por su rincón no fui capaz de fijarme en un bulto arrugado que tendía la mano a cualquier avatar. Pero una hora después efectué el camino de vuelta y la naturaleza quiso que me fijase en un rayo de sol que atravesaba una vidriera herrumbrosa y oscurecida por años de abandono. El rayo venía a morir justo en la palma de la mano más venerable que había contemplado. Fue entonces cuando conocí al dueño de la extremidad. Un mendigo, pensé, que agota las últimas luces en busca de algo que llevarse a la boca. Me acerqué hipnotizado por el espectáculo sin saber muy bien que iba a hacer. Pero antes de decidir nada la palma se cerró en torno al rayo que ya agonizaba y la figura abrió los ojos. Se quedó mirándome fijamente sin decir palabra durante un buen rato. Yo ya me había entregado a su venerabilidad y tan solo esperaba alguna palabra, un gesto o simplemente que volviera a su trance.

-Muchacho, ¿Me prestas un momento tu mano?-dijo el anciano con un murmullo de voz

Todavía mantenía el puño cerrado, como si escondiese algo, y poco a poco lo fue abriendo. La luz había dado ya paso a esa oscuridad grisácea que precede a la noche. Pensé que esta era del tipo de cosas que pasan pocas veces en la vida. Así que extendí la mano en un gesto autónomo. El viejo mantenía la mano completamente abierta y algo brillaba en su palma. Como si la luz se hubiera filtrado y quedado adherida entre las arrugas formando una medusa temblorosa.

-¿Quién es usted?-pregunté de manera un tanto brusca.

-Practico el antiguo oficio de los profetas. Adivino el futuro leyendo en la luz. Si me ofreces la palma de tu mano podrás conocer la vida y el mundo que te aguarda. Sin cartas, sin bola de cristal, tan sólo en la luz reside la respuesta a los acontecimientos venideros. Piénsalo bien. El saber tiene dos filos.

Hubiera proferido alguna frase de desconfianza. Alguna burla típica o un incómodo silencio que terminaría con mis pasos alejándose del supuesto loco. Pero le creí. No lo pensé siquiera. Simplemente tendí la mano y proseguí con el diálogo de sordomudos. El profeta colocó su palma sobre la mía y volvió a cerrar los ojos. Me sentía cansado así que decidí sentarme a su lado, siempre con las palmas juntas. Pasaron 5, 10, 15 minutos. Lo más extraño de todo es que no era consciente de lo que ocurría a mi alrededor. Porque efectivamente había un alrededor. La calle era transitada por numerosas personas, puntitos fugaces, pinceladas de blanco, rojo, verde y negro sobre un fondo de paredes terrosas. De repente el viejo desprendió su mano de la mía. Una media sonrisa adornaba su rostro apergaminado. Mi palma brillaba ahora con fuerza y un pequeño latido recorría su extensión con un ritmo constante y audible. Sobre la piel se habían formado numerosos surcos que brillaban con intermitencia. Al tacto producía la sensación de sumergir los dedos en arena castigada por el sol.

-No puede ser...¿Quién eres?

-La huella del tiempo ha quedado impresa en tu mano. La luz lo sabe todo. Es capaz de viajar allá donde quiere y cuando quiere. Tan sólo hay que saber interpretarla. Conocer su idioma no es tarea fácil. Toda una vida de aprendizaje apenas da para un breve lapso de verdadera práctica. Dime ahora joven, ¿Deseas realmente conocer la historia de tu futuro?

-Si

Comenzó entonces el abuelo a recorrer los surcos en busca de la verdad. Ni un solo amago de expresividad pasaba por su rostro. Tampoco emitía gruñidos de aprobación o desagrado. Simplemente recorría la palma ritualmente y con una concentración inaudita. Yo permanecía hipnotizado, los ojos fijos en ninguna parte, con un deseo de conocer lo que jamás podría haber pensado en conocer. Debía de haber pasado bastante tiempo desde el momento en el que me acerqué por primera vez. Ya no se oía ruido alguno y la oscuridad se hacía presente en todas las ventanas. Me resultaba extraño no sentir frío ni calor. Por un momento se afilaron las cuchillas en mi vientre. ¿Qué demonios estaba pasando? Súbitamente el viejo se levantó y me miró.

-Ya está. Acerca tu oído. Tengo que contarte la historia de lo que será tu vida. Cuando despiertes del trance puede que te sientas desorientado. Tardarás un tiempo en recordar mis palabras.

Me acerqué solemnemente y prometí el valor necesario para no apartar la oreja en ningún momento. La mano había vuelto a su forma natural y me sentía mucho más tranquilo. Ni un momento me había parado a pensar en lo que hacía. Cuando lo intentaba algo me empujaba de nuevo al estado de ingenuidad en el que me hallaba sumergido. Como el bloque de cemento que precipita al condenado por los abismos del mar sin que éste pueda hacer nada. En este estado me dispuse a conocer lo que estaba escrito.
Tranquilamente el viejo comenzó su relato. En este punto perdí contacto con la realidad y me sumergí en un estado de semiconsciencia en el que las palabras eran todo menos palabra. Cuando recuperé el control soplaba un viento cálido que daba un punto más de irrealidad a la escena. Por entre los espacios desprovistos de edificios se adivinaba el principio del día. A lo lejos se oía el murmullo de las máquinas de limpieza esparciendo agua por las calles y aceras. Los primeros transeúntes caminaban con hogazas de pan bajo el brazo o maletines llenos de papeles y bolígrafos.
Con un primer paso decidido comencé a enterrar la noche en el rincón más remoto de mi memoria. Cada paso un puñado más de tierra sobre el profeta, sus palabras y el rayo de sol capturado en la palma de la mano. Ni siquiera pude mirar atrás. La temperatura era agradable así que decidí volver andando a casa. Necesitaba despejarme para saber si lo que acababa de ocurrir era real o producto de un sueño que se había escapado al control de la mente. Había poco tráfico y cruzaba las calles ensimismado y con andar torpe pero constante. En poco tiempo llegaría a casa para dormir y lograr apartarme por unas horas de lo sucedido. Entonces brotaron de la memoria un puñado de letras que pronto adquirieron sentido.

Resonaron las siguientes palabras:

-Caminarás pensativo hacia tu casa. Cuando te dispongas a cruzar la calle Provenza un coche te atropellará provocándote la muerte instantánea. No intentes cambiar lo que está escrito. No podrás. Quizás estés pensando en coger el metro y evitar así el accidente. Pero te aseguro que nada más poner un pie fuera de esta esquina te sentirás irremediablemente conducido hacia tu destino.

Entre el cielo y la tierra habita un falso profeta. Roba las vidas de los ingenuos a quienes logra engañar mediante trucos varios. Su preferido es la adivinación del futuro. Conocedor del secreto de la hipnosis, conduce al condenado a una muerte segura para después vender al cielo o infierno su alma. Sin preferencias, solo dinero contante y sonante. Mercancía de dioses que llevan hasta el límite su aburrimiento en noches apacibles de Mayo.

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