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La Coctelera

La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

Categoría: Eugenio DeLarge

20 Noviembre 2006

Posiciones ingrávidas, de Eugenio M. DeLarge

Las historias no siempre empiezan por el principio, aunque quizá para ella así fuera. A mitad de concierto, en el entreacto que para el cantante supone el trago de agua que suaviza las paredes resecas de su garganta por el aire exportado de sus pulmones hasta el micrófono, descubro, algo perplejo, que cada 7 ú 8 compases de 4 por 4 alguien me mira desde el oeste, a una latitud un tanto más sureña que la de mi barbilla. Pasa una, dos y tres canciones y, de reojo siempre, veo que la mirada se repite en contrapicado como buscando una respuesta silenciosa y complaciente. Con una estrategia probada, doy un pequeño paso atrás y evito mi reojo continuo al abrir unos grados más mi campo de visión. Ella se da por descubierta y la frecuencia de sus miradas disminuye durante un periodo al doble de compases.

Al poco recupera el anterior ritmo de cuello y búsqueda.

Yo, que muy tímido soy para estas cosas, niego un tuteo directo de ojos, y juego en la canción instrumental de la noche a dibujarla en mi mente por no mirar. Camiseta a rayas muy gruesas, yo diría que blancas y negras, y un combinado de alcohol, cola, hielo y limón que es el mismo desde hace un rato, a medio vaciar, es lo primero que puedo trazar. El pelo muy corto, negro, y los ojos deben ser como mínimo igual de oscuros y enormes, tanto como para descubrir unas pupilas violeta intenso, por el neón de la sala.

Pasan las canciones. El concierto encara su recta final y ambos lo sabemos. Yo me lo tomo más en serio que ella ahora; soy quien evita y busca a la vez, resultando complicada la situación para mi sistema nervioso. La música nos zarandea tanto que nos rozamos varias veces llegando al éxtasis sensorial de quién se niega a dar un paso desde el anonimato. Sigo sin mirar. Ella pierde el interés en las canciones impares, si es que lo había, y varía la longitud hasta la barra para recargar el vaso de tubo que ya duraba demasiado.

Al volver del oasis a nuestro desierto creado, no sin cierta dificultad de mantener el contenido en el recipiente entre los agitados cuerpos del camino, se queda ella un poco más cerca de mi piel supurante de quietud. Me lo tomo en serio. Lo pienso. Será un instante, me digo, pero decisivo, lo sé. Se enfría todo el sudor, en especial el de la nuca. Cierro los ojos y cuando termina el estribillo la miro por primera vez. Ella me mira mientras bebe y se da prisa por bajar la mano para sonreírme con tanto ímpetu que se le marcan múltiples estrías en el rictus y su nariz se estira apuntándome con una dulzura inesperada. Ya está. Pasa el momento y vuelvo a mi posición. Miro aturdido el escenario lleno de luces que parpadean al ritmo que laten, al menos, dos corazones en el espacio pluricompartido. Siento el unísono de las intenciones. De repente, escala de puntillas hasta mi oreja y me inclino sin explicación hasta acercársela. ¿No bebes un poco?, me dice, y yo con un gesto natural asiento y tomo de su ron joven por el borde cristalino con un último sabor a vainilla inolvidable hasta el momento. Consigue mojarme la garganta y hacerme hablar. Se acaba el concierto justo cuando se intercambian nuestras dos primeras frases; se intercalan con sonrisas y una serie de recursos preparados en los minutos de tensión vividos. Todo fluye hasta que no quedan luces ni amigos dentro de la sala. El tiempo resulta un bien escaso ahora, entre los dos, y nos diluimos finalmente sin pasar por la casilla de salida.

La música es propolio puro, capaz de explotar, inyectado entre venas y arterias a través del tímpano, en mitad del proceso de oxigenación sanguíneo; capaz de distorsionar la percepción del entorno y el espacio y afectar a la memoria y el recuerdo. Pero no es el caso, y pido disculpas por el penúltimo párrafo que es de ficción. Del resto puedo asegurar que así fue, y que aguantamos la posición durante una hora y media para desaparecer con facilidad y caer en el olvido inerte de quién se dedica a guardar pequeñas historias desaforadas a cambio de un poco de vanidad literaria. ¿Dónde está el placer humano?, ¿podemos construir un canon sobre los intereses y gustos más esenciales? Me resulta imposible acertar a contestarme. Contestarme sería todo un placer, aunque no sé si tanto como el actual gusto de engañarme y mentir a los demás. Si lo ficticio del texto fuera real, jamás os hubiera contado nada de esto. Aguantar las respiración en posiciones ingrávidas no es tan sencillo, advierto.

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6 Noviembre 2006

Lo nuevo, por Eugenio M. DeLarge

De arriba abajo, y mírame: de un lado a otro. Allá que voy combativo cuando vuelvo para no quedarme en las mismas sábanas durante un par de meses. Será que me gusta cargar el coche de ropa y libros. La carretera es más blanda cuando te marchas y empinada cuando llegas. El camino siempre es el lugar, por más que te pierdas.

Arriba y a bajo por las escaleras, y si el sudor se acumula en el trayecto que va de la espalda a la vergüenza, ya no dolerá el grito sordo que vendrá angustioso, más tarde, a acaparar la noche siguiente a la tormenta: la huida de un lado a otro por pies, obra y omisión. Lo que dejo es perecedero en el ambiente y lo que me llevo es íntimo e irrevelable: lo que me quedo es el camino.

Cuando los botones de la camisa aprietan de frío y las caravanas se acumulan vendiendo sus grasientos perritos calientes en las jornadas dominicales de la contigua parroquia, el vertedero de huesos y risas se va de nuevo a posar a un comedero de patos donde le traten mejor. ¡Y sin rencores, oiga!, que aunque no es un buen trago dejar la cama que le atrapó insomne de amor, uno sabe reconocer los buenos momentos, que los hubo por destierro, por dinero y con alcohol.

No durará mucho de nuevo, me temo, puede que otro par de meses y “hasta luego, buenas tardes” para no volver o continuar, según me mires.

Yo, que carezco de escrúpulos (incluso al reconocerlo públicamente), me veo desahuciado por mis quehaceres que ahora andan escasos de salario y altivos de búsqueda. Me veo “like a“ yonki de barrio en las privadas aulas de una institución catódica de frases fúnebres y consejos al prójimo; todo por mi bien. El orgullo familiar se ensalzará con puños y confeti reciclado ante la “reentrée” pródiga, que más me vale.

Pero me explico: no voy a negar que el gancho de derecha me pilló con un mal juego de piernas y desprevenido hasta el tambaleo. Fue una sucia artimaña afectiva que desde la matriz de la empresa me vino a joder las últimas noches de soledad. Con un cargo de conciencia del tamaño de un pomelo en mi garganta y de un guisante en mi corazón, empecé a doblar ropa limpia sin planchar y otros enseres de menor necesidad. Quede claro que me niego a contradecir a los directivos, y quede claro también que no pienso dejar de cobrar las horas extras que pase limpiando a los santos y cristos en el telediario.

Para los beneficiados fiscales anuncio la descarga eléctrica de mi carcajada ecléctica que azotará disléxica la calma social del momento. No se crean que me relamo con los cereales matutinos o que en el plato de legumbres bisemanal perderé los kilos que las cenas de ultra-congelados y otros polisaturados al uso se me otorgaron un feliz día, por cortesía de Consum.

-

Descubro a mi llegada un habitáculo dorado. Los peces ya no viven en este acuario, y los dedos inocentes siguen marcados en las paredes de sexo adolescente que se agolpan en mi mente a la velocidad de un rayo. Suena a gloria el puto “Exile on Main Street” de los Rolling aquí adentro y me revienta reconocerlo pero voy a ser de nuevo joven, irrelevante e indiferente. Vaya donde vaya, siempre termino pensando lo mismo, y hasta a veces es así.

La realidad me persigue, de momento. Sobrevivir me repite. Giran horas por todas partes y las nuevas serán donde antes. Muere más gente de lo que parece. Para no olvidar, para no volver, por no tenerte, me vuelvo a Marte, hasta nuevo vuelo.

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6 Noviembre 2006

a Marte, por Eugenio M. DeLarge

Se filtraban por sus dedos la lengua y otros propósitos de enmienda a las decisiones de futuro en aquellos meses. Ninguno de los dos parecía estar en aquel momento de acuerdo con el sistema monógamo que corroía las jornadas de lunes a viernes en la ciudad más transitada del mundo. En los semáforos y otros lugares de reunión se conocieron hace más de dos años mientras cruzaban las calles para llegar a trabajos no muy distintos. Ahora, créanme que ahora, parecían tener muy clara una mudanza interplanetaria, pero olvidaron que en el amor el lugar no lo es todo.

Para marcharse a Marte sólo hacía falta el visado electrónico, los permisos de espacio de la embajada y conservar un par de huellas dactilares de nacimiento. En cambio, Venus y Júpiter eran destinos, acompañados de desventajas tales como la necesidad de viajar con un contrato laboral o el sanguinario reto de alejarse un par de meses luz de la familia. No resultaba muy alentador. Además en Júpiter la escasa oferta de trabajo y la recientemente descubierta corrupción administrativa desmejoraban la imagen de las grandes urbanizaciones residenciales parapetadas en las laderas volcánicas, con las chimeneas expulsando mercurio ácido gaseoso de un agradable color rosa pálido. Por su parte Venus sufría una desproporcionada descompresión de hidrógeno en el espacio oxigenado artificialmente. El ejército se había desplegado rápidamente para reforzar con emisiones de helio aromatizado los centros urbanos, lo que había provocado un agudo y gracioso tono en la voz de la población. Era magnífico ver a todas las presentadoras de televisión venuinas sonrojadas con éste motivo ante las cámaras HDTV en los canales que emitían por satélite.

Quizá por todo ello la decisión fue Marte.

Un par de siglos antes, cuando la antigua composición de Estados Unidos se desentendió de su control en el diálogo internacional sobre la comunicación de 2023 (IDCV), Internet se dividió en tres grandes redes de comunicación: América y Europa, Asia central y Oriente; las únicas zonas pobladas de la Tierra. Así que debido a su localización ellos buscaron, en la mal llamada “Occ.net”, un billete a Marte en las compañías de vuelo espacial de bajo coste. Unos amigos les habían encontrado una caravana en un camping marciano a las afueras de Vitra, capital de Shelleriam, donde la comunidad vecinal les esperaba ya ansiosa por contrastar noticias sobre lo sucedido tras la reconstrucción de la capa de ozono y la descomposición de los polos que había sumergido a Oceanía bajo el agua para siempre, coincidiendo con el final de la despoblación de África. Agua caliente con un PH moderado, cocina de gases naturales, ADSL2 local a 10 exabytes y el bajo precio del cobre-combustible terminaron por convencerles.

Empezó, así, un tiempo de despedidas familiares y de desgarradoras escenas de sinceridad. Envejecieron en cuestión de días unos años, y fueron tantas las imágenes almacenadas para la nostalgia que Marte ya era inevitable. No podían volver atrás en su decisión, y de esto hablaban durante la instantánea al amanecer en el hotel la mañana del viaje en la ciudad de despegue.

Poco antes de desintegrarse la nave en la que viajaban y morir ella le dijo:

-No volveremos a ver a nuestros padres vivos. Ha sido una decisión muy difícil, no sé qué pensar ahora mismo…- y se quebró su rostro en un llanto amargo, y si cabe fueron más espesas sus lágrimas que las derramadas horas antes.

Él, con la mirada perdida, le contestó:

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8 Julio 2006

"Turumpa, turumpa tum pa" por Eugenio M. DeLarge

Ahora que resucito permitidme que me excuse convenciéndoos de que sólo buscaba una buena postura para mi espalda en la cama que me permitiera escribir tumbado. He bebido todos estos días al margen del fotomontaje diario y he vivido los cálices color tierra más sangrientos de mi antropología. Cómo el sudor, de un guantazo en la cara me he quitado la tontería y sobre el descuidado margen de mis gruesos labios arios de genesidad no tengo los cojones necesarios para abandonar, sin previo aviso, las obras de reconstrucción de la jaula hecha con barrotes de palabras donde hace unos meses me acostumbré a vivir. De mi integridad, de mi moralidad y del camino cruzado entre mi ombligo y mi cerebro se ha hablado a hurtadillas en los bares madrileños con peor servicio de barra. Pero yo soy como el refrán y el buen café: ni corto ni perezoso. Por eso, a callar mi boca con palabras sordas a golpe de uña y carne vengo con los calcetines limpios, desde un nuevo convento, sin hábitos esta vez, con el mono puesto.

Fotografiando los prietos senos de las adolescentes ciegas he creído leer, mientras me ausentaba de mis lisonjeras responsabilidades, que por lo pronto se han quedado doce estalactitas clavadas en el vacío que va del techo de tu habitación a los infiernos donde paseo desde que me obligué a olvidarte por si te enamorabas de mi. Leo en los turgentes poros que en la punta tienen siempre esperando una gota de sangre que a un charquito vierte su contenido cada doce, también, millones de años luz. Cuando una de esas doce gotas cae de alguno de sus doce puntales uno de los doce acordes mayores suena por la cavidad arcillosa instalada en el ático sucio de un rockero abstemio en 9th avenue, esperando una respuesta similar a la de tu teléfono en días posteriores a mi reinserción en la ludopatía carnal.

Inducido por las drogas que me quedan por probar corro más que nunca con mi viejo corcel blanco de hierro y ruedas calle abajo en busca de una verdad hecha muro duro duro de hormigón y geranios mediterráneos como un vinilo puro puro de Sezen Aksu. Y mientras quede neumático y las cadenas que sostienen el francés engranaje de seguridad no me fallen no creo que sepa parar hasta estamparme, sin postales de santos en la guantera, contra el duro duro muro de hormigón y geranios recogidos por la estirpe jesuita arrepentida de su respeto a la jerarquía bucanera que se erige con dificultad por el peso del oro sobre sus espaldas. Francisco de Asís dijo a Honorio III: “¿Qué haces aquí adentro si los pobres están ahí afuera?, y yo no entiendo porqué perdura esta frase entre los libros de filósofos de peor y mejor recuerdo y no la desconocida contestación del por entonces Papa H-III. Desde luego ninguno de los dos consiguió su trabajo en infojobs.net .

En las curvas no muy cerradas hay velas ardiendo con la mecha congelada por la irresponsabilidad política. Se agotan en silencio, como siempre, los gritos de la mayor minoría étnica que les queda por exterminar a aquellos que todavía no han probado el filo de los libros escritos por Elfride Jelinek. Son cómo niños jugando a la guerra de las calles y los dólares, juzgando abastecidos por impuestos que desgastan las charlas a la luna de Jamaica entre las familias medias españolas. En estos tiempos que vuelan a una velocidad muy superior de la permitida los políticos son los que exigen responsabilidades a los que deciden y los de abajo son mártires de un color que eligieron algún día cuando la conversación entre birras dio para tanto como para alistarse del bando más cercano a lo que uno suponía regulador de su bienestar. El gran problema de base social me atrevo a pensar que es la falta de chaqueterismo entre mis vecinos; cambiar de bando y de chaqueta es lo más sano, sobre todo si recordamos que en el armario tenemos más de dos trajes para salir el domingo, y sobre todo si ya no nos hacemos la raya al lado ni ellas visten de rojo alienación. Este es un párrafo para rebajarse del frenético elitismo maloliente instalado en los anteriores, es una pataleta injusta para las extremas sensaciones que me ha tocado vivir de primer abrazo esta semana. ¿A dónde van las fotos, el tiempo y todo lo que verdaderamente importa en realidad? ¿Y a los que se quedan qué les queda?

Cojo un avión hacia ninguna parte porque me están esperando. Me esperan dormidos despiertos porque no saben que llevo el jet lag encima y los periódicos del día anterior para leerlos pasado mañana. En inglés leo las últimas y nuevas andanzas del primer cowboy del siglo, los síndromes de la nueva y conocida infección vírica en el agua y el auge popular de los nuevos regímenes que se extienden a derecha y a izquierda en la Sudamérica que se tuvo que acostumbrar al olvido tras la guerra fría. Así, con telarañas en los párpados reitero todo lo que he dejado de decir en estas semanas y que conste que no lo he hecho por placer sino por una obligación conmigo mismo; hipotálamo, cerebelo, gusto y olfato recuperados entre sábanas limpias. Siento tanto placer al decir que nada de esto ha sido por puro placer que siento tanto o más placer al escribir la palabra prohibida por mi ego, que se reconforta en el sillón de los vanidosos hombres blancos que dirigen las empresas más prósperas de un planeta que se pasa sus últimas horas rezando desesperado frente a la inmensa y desconocida oscuridad del universo. Escribir es cómo masturbarse pero con un boli en vez de un pene en la mano, o mejor dicho: masturbarse es cómo escribir pero con un dedo en vez de un boli en la mano.

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16 Junio 2006

"Alas hinchadas por el aire" de Eugenio M.Delarge

Ligeras cadenas de lágrimas correteaban por mi párpado a punto de pesar tanto como para desplomarse. De haberlo hecho os estaría contando ahora que lloré de emoción cuando programé el hipotético vuelo para las seis de la tarde de un domingo del tórrido agosto de 1897, pero como no cayeron por el párpado las gotas saladas de emoción no puedo contarlo con ese punto de intensidad que ofrece ver, en cualquier caso, a un hombre llorar, y más cuando ya no es un niño.

Un niño ya no era, que justo el mes anterior había cumplido los treinta y un años de vida. Cuando lo fui, eso si, recuerdo que si lloraba. Me recuerdo algo incomprendido en las aulas del instituto de jesuitas de Ourense donde me costaba entablar conversaciones y relaciones en aquel internado comarcal. Normalmente tardaba cierto tiempo en adaptarme y, si bien desde septiembre hasta diciembre era incapaz de mediar palabra con mis compañeros, tras las primeras notas navideñas me relajaba más al demostrarme intelectualmente superior a ellos. Siempre empezaba por los huérfanos, que apartados por lo general del grupo, tampoco es que tuvieran mucha conversación. Sin embargo, esto es una generalización y de los que venían de la casa de expósitos diré que saqué buenos amigos como Xonás, Pitxi o Paco de Arminho.

No recuerdo con cual de estos tres rufianes me aposté unas piedras lisas de ría a que no era capaz de entrar en el cuarto de alguno de los jesuitas y sacar algún objeto personal que le identificara, como prueba tangible de la aventura y su consecución. La cuestión es que me embaucaron y elegí de todos los ordenados a aquel con el cual tenía mayor confianza. Descubrí en su cuarto que el padre Juanjo (más conocido por los alumnos como Juan Jolín, por sus femeninas reacciones ante las pillerías de los jovenzuelos) tenía en su habitación, en una gran caja de cartón que parecía un baúl, una serie de libros bajo la etiqueta de prohibidos. Casi todos eran de ciencia; la mayoría ensayos e investigaciones geográficas, físicas, químicas, sobre la salud, el medio ambiente, las revoluciones energéticas e incluso la dietética de la época. Ensimismado estaba yo ante uno de estos, uno de planos y máquinas que firmaba un tal Williams Lemm, cuando entró el abate:

-¿Se puede saber Xoxé qué aprendizaje quieres sacar de ese libro que tienes entre tus sucias manos?-dijo tan colérico como nunca le había visto.

-Nada de interés, don Juanjo, sólo me equivoqué de habitación y estando en la que creía estar me asombré de no haber visto estos libros nunca antes-contesté con cierta soltura.
-¿Y en qué habitación de las de este pasillo has estado tu, mequetrefe?-era el pasillo de las alcobas de los jesuitas.

-En la del padre Otero, pero si usted se lo cuenta a alguien, padre, nunca más me dejará volver a entrar a jugar a la peonza por las noches el padre Otero.

Y se creyó el padre Juanjo la historia y me profirió su pequeño cuarto rematado de madera de suelo a techo para que con él leyera aquellos libros “prohibidos”. Así que me quedé con el toda la tarde y terminó por regalarme uno de sus rosarios de marfil, de los que habitualmente utilizaba en la misa de ocho. Lo cogí y conseguí cierto renombre entre mis compañeros al enseñarlo.

En los posteriores meses de lluvias hasta que mayo hizo su particular justicia, me quedaba muchas tardes con el padre Juanjo que, de la vida y el cosmos, me contaba cuanto sabía y había leído en aquellos libros. Cuando a misa de seis se iba o cuando tras la comida se echaba la siesta, era yo quien devoraba aquellas letras pegadas a conciencia por algún científico holandés de renombre a quien desearía conocer.

Vi en aquellos libros y lo poco que sabía de la situación política española un motivo adolescente y ferviente para huir de aquel sitio cuando fuera mayor. Con esa mirada pasaron los años y con la inesperada muerte de Juanjo en una visita a su familia en Villagarcía heredé todas sus pertenencias por un escrito que había dejado bajo llave en secreto del abad del monasterio.

Antes de empezar a cumplir el servicio en el ejército procuré acopiarme de los frutos de la sabiduría que dan los libros e incluso instruido por el padre Cardinal aprendí a leer en inglés y alemán algunas obras originales que encontré en las librerías prohibidas de la triste y pequeña ciudad gallega.

No podría destacar nada de mi paso por el ejército. Entiendo que para muchos hombres fuera necesario en aquella época. A otros les hizo unos desgraciados. A menudo había mutilaciones involuntarias, grandes mermas físicas que en ocasiones se volvían de por vida contra los imberbes de la academia. Yo necesitaba seguir con mis estudios y allí apenas tenía tiempo para aprender, pues aunque los días se hacían eternos y eran aburridos, estaba en rigurosa y absurda guardia a menudo; guardaba desiertos donde practicábamos como correr fusil en mano en caso de que los franceses nos volvieran a invadir otra vez. Tiempo que se fue y no volvió.

Salí tan perjudicado moralmente de aquel sitio que olvidé a mi familia casi por completo y me marché en busca de algunos profesores alemanas que por aquel entonces empezaban a apostar por la aeronáutica. Divulgaban estos en sus universidades nuevas máquinas comerciales de transporte que parecían artefactos poco civiles, y yo que acababa de salir del ejército, ni siquiera creía que podían extenderse como arma de destrucción en la cantidad en que lo hizo. En el entreacto aprendí a volar con aviones que casi eran máquinas de suicidio. Bimotores que no aguantaban más de un par de horas en el aire y con los que planear era todo un ejercicio de destreza y poderío físico.

Tras los años de estudio y supervivencia con bajos sueldos de limpiador del pescado en el puerto de Gdansk (Danzig), conseguí una beca y un trabajo en Brujas, Bélgica, y allí desarrollé mientras impartía mis primeras clases de navegación aérea. Seguía volando y la tecnología había avanzado a pasos de gigante con motivo de la Primera Guerra Mundial. El avatar moral al que el mundo se enfrentó no detuvo la revolución industrial incentivada ahora de cara a la población civil con los aviones.

Yo hice grandes avances científicos gracias a los medios que me proporcionaba la Universidad de Brujas para la que trabajaba sin descanso. Conseguí mejoras en los sistemas de carburación, inyección del combustible, ligereza y aerodinámica.

La cuestión es que, mientras trabajaba, recordé un pequeño boceto del padre Juanjo en el que enfundaba a un hombre (desnudo curiosamente) con unas alas grises que se pegaban al cuerpo, que se plegaban sobre si. Empecé con una inercia inusitada, descontrolada a dibujar bocetos a cientos sobre una aleación ligera y manejable para que un hombre sobrevolara una distancia. Sabía perfectamente que no podría ser mucha la distancia, sólo lo suficiente para planear y tener la sensación, quizá con algún repunte.

Después de años tratando de convencer a la Universidad de Brujas, a los institutos privados de investigación de la zona y también a los políticos y jerifaltes de la “Venecia del norte”, fue en mi propio pueblo, de donde salí casi corriendo, donde encontré el apoyo para mi proyecto. En los veranos regularmente lo visitaba y al ser recibido casi como un alto estadista me congratula contaros que todos os concelleiros y o alcalde, don Arxo Samarritiegui me ofrecieron todos los recursos a su alcance para que fuera allí, en Allariz, donde mi máquina y el experimento fuera una realidad.

Sería muy aburrido relataros ahora como fue todo el procedimiento de estudio y comprensión de las hipótesis y ya he dado bastantes bandazos en esta carta hacia lo meramente anecdótico como para que en lindezas científicas me ande entreteniendo ahora. Eso si, fue duro, largo y algo costoso para el humilde concello donde me fui a vivir en aquellos años.

Todo fue más fácil dibujando, ideando y pensando en las calles de piedra, los parques rematados de verde hasta cubrir media base de las farolas, en las sidrerías colmadas de botellas de Alvarinho que mecían los taciturnos pensamientos del barroco pueblo ourensano.

Y en unos meses ahí estaba yo, en lo alto del campanario de las monjas de clausura de Allariz, en la colegiata sobre el pequeño montículo donde cada quince días se celebra a feria do pulpo, de donde este coge su nombre, que era al fin y al cabo el lugar más alto del pueblo. Con una aparatosa y ligera aleación de aluminio que costó casi tanto crear como mantener sin abolladuras por su ligereza y la torpeza de quienes me ayudaban en el improvisad taller, me subí y vi a todo el pueblo expectante ante mi salto.

Claro, no podría ser otro quien lo probara. Una caída libre de casi doce metros. Yo lo había diseñado para que cumpliera su objetivo teniendo tan sólo una caída de diez metros. Todo parecía previsto para el salto pero:

Cuando fui a saltar me di cuenta de que todas mis ideas podían estar equivocadas y desconfié del invento. Miré el suelo y me vi estrellado contra el. Toda una vida de esfuerzos para terminar en las resbaladizas piedras de la colegiata. Tuve miedo pero abajo me esperaba el pueblo, fotógrafos y algunos amigos periodistas europeos que ya me conocían y a los que había convencido para que vinieran. La presión me pudo y cogí un poco de impulso, intentando en mi salto la horizontalidad.

¡Salté…

y volé durante unos cuantos metros!, un golpe de aire me sostuvo en el aire, casi a ras de suelo durante unos segundos. Puede que fueran sólo 4 ó 5 segundos pero fue el éxtasis sensitivo, el regocijo de todos mis años de investigación. Finalmente, me estrellé contra el suelo a unos doscientos pies del punto de partida, rompiéndome el brazo izquierdo por falta de protecciones.

Y allí estaba yo, con el brazo colgando, pero con tanta vanidad que era capaz de cogerlo con mi otra mano y saludar a todos. Me hicieron fotos y la noticia se extendió aunque yo fui muy sincero con los medios, sólo me había salvado aquel golpe de aire que coincidió con trayectoria y dirección en mi salto. Me llevaron en brazos los mozos del pueblo por las calles más céntricas, entre vítores, como a un héroe nacional. Muchos gritaban mi nombre y otros lloraban como si un acontecimiento histórico de magnitud hubiera sucedido.

Se celebraron verbenas y reuniones. En los siguientes días vino mucha prensa nacional e internacional. Los fotógrafos que allí estuvieron vendieron muy bien sus fotos, e incluso un cineasta belga al que me dio tiempo de avisar rodó unas escenas que luego utilizó en una de sus más reconocidas películas.

Cuando la noticia fue cayendo en el olvido y por primera vez en un mes llegué a mi casa a dormir sin compañía, besé el suelo de Allariz y pensé que nunca más me iba a despegar de el.

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9 Junio 2006

Las madres suicidas, Eugenio M.DeLarge

El hombre más perverso de San Francisco acababa de embutirse en su estómago dos kilos de chuletas de cerdo. No era un tipo corriente y su valía intelectual le destacaba en las largas tertulias que se impartían a lo largo de las partidas de bridge de los miércoles noche. No obstante, el asqueroso espectáculo audiovisual que profesaba en sus restaurantes más habituales le hacían un hombre de lo más vulgar.

Como detective se dedicaba, en sus ratos libres, a investigar las costumbres de los fantasmas. La parapsicología era una de sus ciencias ocultas preferidas y los dolores óseos y musculares se unían a su desgaste ocular por el desgaste que tenían los libros que leía cada noche en sus cansados y amarillentos ojos. Dos grandes bolsas de grasa ocultaban sus ojeras, aunque él nunca se miraba en el espejo. Con esto podemos concluir que era comer, leer y sus partidas de bridge los leit motiv que le definían.

El lunes 9 de junio de 1969 estuvo presente en la ejecución de un hombre al que le había cavado su propia tumba mediante unas instantáneas Polaroid que le implicaban en el asesinato de unos niños del orfelinato Tiber, al norte de la ciudad. Pederastia, drogas y otras consecuencias de la sociedad del bienestar, pensaba él. Le encantaba ver su trabajo terminado y, en este caso, lo había llevado hasta el límite de la propia existencia de su objetivo. En el patio donde fue ejecutado, mediante inyección letal, pero al aire libre pues estaban fumigando todo el edificio contra algunas bacterias halladas días antes, el ejecutado le recibió con un frío saludo y más fría fue la suave sonrisa de contestación que nuestro protagonista le intercambió. Luego, una inyección y un estrepitoso silencio que nadie, ni siquiera el inyectado, interrumpió.

Esa tarde de lunes, tras un fin de semana de apuestas en el hipódromo de la metrópolis y sexo en las mezquitas de neon, al llegar a su andrajoso despacho casi se mira en el espejo del ascensor. Respiró y supo guardar la compostura ante sus compañeros de viaje vertical; llevaba años sin mirarse ante el espejo. Había conseguido quitar todos los espejos de su casa, de su oficina, de casa de sus padres e incluso algunos de sus colegas de bridge habían quitado los espejos del hall y el salón en sus acogedoras casas del distrito 10 de La Mot. Sin embargo, quitar los espejos de los 8 ascensores del rascacielos donde había heredado un par de habitaciones que utilizaba de despacho, era llevar una manía originada en el pegajoso tedio del octubre rojo a las más rocambolescas consecuencias.

Le llegó a su oficina, según le informo Sandra (su obesa secretaria de 45 años), un telegrama sin hilos. El comunicado le informaba del arresto de uno de sus mejores clientes. Se preguntó en que lío se habría metido ahora ese viejo ricachón que tan bien untaba los billetes tras algunas instantáneas comprometedoras. Siempre le contaba aquella historia de “los soldados del pueblo” y de cómo se escabulló de la mala gestión que hizo su padre, asesinado por la masa que sufrió la inquisición generacional de su familia durante casi un siglo. Él viejo ricachón se escapó y una vez en la ciudad, con la fortuna que le otorgaron los granos de oro extraídos a su favor, montó una gran cadena de restaurantes que con mucho aceite en las viejas sartenes de zinc mantenía su estatus a un alto nivel y sus trajes en la tintorería al menos una vez a la semana.

No había hecho más que dejar su gorro de ala corta y baja, cierto es, pero no le quedo otra que volver a apretárselo en una cabeza que cada vez se ensanchaba más, Dios sabe el por qué. Por las escaleras (negándose a bajar por el ascensor de los espejos) recordó que el viejo ricachón era un hombre de dos vidas; puede que bipolar. Por un lado tenía su casa, o mejor dicho su mansión, sus perros, sus nietos y su mujer… y todo por este orden. De otro lado, tenía más de una amiga de esas un par de palmos más alta que él. Se frotó nuestro querido obeso mórbido las manos sólo de pensar cuantas pruebas podría vender en su contra a la acusación que, todavía no sabía porqué, le había llevado tras los barrotes. Primero comprobaría las posibilidades de este de salir de la cárcel, si como parecía eran nulas, se la jugaría a su favor y se jubilaría unos años antes. Este era el golpe de suerte que andaba esperando.

Al llegar a la prisión el funcionario le dejó pasar hasta la sala de reuniones con los presos mientras hablaban del último queso que le había recomendado nuestro detective al bigotillos de las llaves:

-Ese queso está hecho con una leche divina. ¡Ya quisiera Cleopatra bañarse en ella! Tiene que decirme en que restaurante lo descubrió, señor.

-Desde luego no fue en uno de los restaurantes de nuestro amigo-refiriéndose al viejo ricachón.

Le miró y descubrió con un gesto de asombro, de esos de los que no acostumbraba a hacer, que el viejo parecía más flaco y desvalido en su mirada, ansiosa de árboles y parques junto a sus nietos. Quiso extenderle la mano pero el metacrilato perforado se lo impedía. Así que se pusieron a hablar:

-Cuéntame que ha pasado. Venga, confía en mi. Sabes que siempre he estado ahí cuando me has necesitado.

-Amigo mío, me la han jugado. Era una apuesta fuerte, un cambio de vida, estaba dispuesto a dejarlo todo … aquí no puedo contarte. Me tienen cogido por los huevos. Ya he hablado con mi abogado, lo que importa es que yo… tres más uno es uno, ¿me entiendes?, es uno.

-Pero dame alguna pista, dime algo, y sobre todo dime si tenías tu el dedo en el cuello de la pistola que humea.

-Tres más uno es uno es uno, y ése uno soy yo.

El funcionario se acercó y distendidamente les hizo comprender el riesgo que corría por concederles ese rato de charla sin el permiso del juez. Se despidieron con un gesto extraño. En el hall de la nueva prisión de San Francisco se acercó el de sombrero rancio y corto a la aparatosa cabina y auricular en mano habló con el abogado que ya estaba preparando un breve escrito para hacer salir a su cliente esa misma noche bajo fianza. El juez estaba dispuesto a negociarlo, ya que esta vez el caso era grave, pero todo apuntaba a que iba a ser una jornada muy larga para el abogado, que le comento algo de “una emboscada frustrada” y que tres grandes empresarios, posiblemente del negocio hostelero, le habían inmiscuido en un negocio de trata de blancas. Luego comentó también algo de una posible relación con una de las chicas, que venían desde algún punto de Texas, y a la que había descubierto en una orgía con los otros tres empresarios. Parece que el viejo ricachón no soportó la mofa y se metió la mano en el interior del costado izquierdo de su chaqueta solucionando las cosas a su manera. Esta vez se había cargado a tres peces gordos y a una chica que dará con sus huesos en un nicho común en cuestión de unos días. Finalmente el abogado le dijo que no se preocupara esta vez y que, si quería ayudarle de algún modo, no utilizara toda la información de que disponía para venderla contra él, pues el jurista bien sabía

El hombre más perverso de San Francisco tardó no más de una hora en hacer cinco llamadas demoledoras para los intereses de libertad de su viejo y gordo amigo que ahora estaba entre rejas. Sabía que no iba a poder salir de allí jamás. En el mejor de los casos (y con ese abogado, era posible) podría disfrutar de la cadena perpetua que la constitución ofrecía a los viejos que se volvían locos por el sexo remunerado en una década tan feliz como la de los sesenta.

Eran los Estados Unidos de América en la noche del lunes 9 de junio de1969 y el detective paseaba entre dos casas que, decían, estaban encantadas por los asesinatos que dos madres hicieron simultáneamente de sus hijos recién nacidos. No soportaron el futuro monoparental de sus hijos, pues su maridos habían desaparecido (quién sabe si muertos o no) en las cálidas playas del caribe. Tras asesinarlos se subieron a un Cadillac y corrieron alrededor de la costa a gran velocidad hasta que un coche de policía apareció detrás. Con las giratorias luces azules encendidas a media tarde se despeñaron por un barranco hasta explotar junto al coche en la arena de una playa llena jubilados por un sistema sin rentas públicas.

Cerca de allí estaba la Isla de los Pinos, donde nació nuestro protagonista. Su padre también fue un militar que disuadió a sus compañeros para casarse con una mujer caribeña y tras informar a su madre de su nueva vida no volvió a dar señales de ésta, por nueva que fuera. Su madre se suicidó ante él con un aleteo de brazos enternecedor, envenenada. Luego todo fue más fácil, según cuenta el inmenso detective. Puede que el pasado, aunque él no lo crea así, si marque el quehacer vital de los niños cuyas madres mueren antes de desquiciarse con las arrugas, la menopausia o los helados de fresa.

Ahí estaba él, unido por un momento en el tiempo frente a la casa de aquellas dos infanticidas, posiblemente lesbianas durante sus últimos años de vida, que fueron a matarse a un sitio tan triste para él como la Isla de los Pinos. Cogió su libreta y se puso a escribir una historia fantástica, una historia de casualidades de esas en las que el espacio, los personajes y el tiempo se alían misteriosamente hasta volver a darnos como fruto una historia de terror y fantasmas; de esas que tanto le gustaban a él.

Se levantó del porche destrozado por el paso de las lluvias que ya no esperaban una mano de pintura en la cancela. Caminó hasta su casa y bebió hasta muy tarde entre libros de Quiroga y Lovecraft. Luego, beodo, advirtió que en la televisión recalentaban el programa vespertino de concurso y variedades, con actuaciones en directo; lo repitieron al menos tres veces. Apunto de amanecer se le cayó una botella casi entera de vino tinto. No dijo nada, estaba cansado, dejó que se vertiera. Al menos un tercio no lo hizo por la propia forma de la botella, que tumbada, evitaba que saliera todo el líquido. Se alegró de su fortuna y del ser humano a la vez y se dio cuenta de nuestra supremacía animal con las últimas gotas que acariciaban el cuello de la botella.

Aquel verano el hombre llegaría a la Luna, y si llegó fue porque nuestro amigo no tuvo la oportunidad de impedirlo si es que unos cuantos miles de dólares no hubiera ganado por evitarlo.

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2 Junio 2006

Constelaciones en cursiva, por Eugenio M. DeLarge

Tacatacatacatacatacatacataca… De la cubierta protectora del ventilador se había derretido un trocito de plástico. La pieza, que giraba en sentido contrario a las aspas del ventilador, es decir, en el sentido de las saetas del reloj, dibujaba a una velocidad X sinuosas curvas que acompañaban al traqueteo que sonaba del roce del pedacito horneado por el sol de agosto.

Unos cuarenta y cinco minutos y treinta y dos segundos antes no parecía molestarme el soniquete del ventilador, y más bien me había relajado su brisa natural a dieciséis palmos de mi cara. Luego resultó insoportable. Así que casi colérico me quedé mirando los dibujos sinuosos, maldiciendo la mala calidad del plástico de la cubierta protectora que se había derretido.

Hacía unos días que había vuelto a casa de mis padres. Sólo eran unos días, pero aquello no estaba mal. Del modus operandi de hotel de cuatro estrellas al que había asistido el resto de mi vida, y del que quise huir hacía casi un año, había olvidado el sinfín de comodidades y de libertad en los quehaceres horarios. Por ejemplo, volví a echarme la siesta. Era época de exámenes… me acordé en seguida de cómo se vive teniendo veinte años y barrí las nuevas migas del pasado. Yo había calculado mi rápida adaptación a esa vida que la mayoría de mis borrachos preferidos han llevado, y no me equivoqué. Ahora era más egoísta todavía, y hasta el suave y armónico ruido del ventilador del salón me daba ganas de mandar todo a tomar por culo. Era mucho más irascible, menos comprometido, menos creativo, aletargado en los apuntes prestados y desde luego salía mucho menos por ahí.

Apretando de ira los nudillos contra un cojín color salmón, ahumado por mi nueva adicción, abrí los ojos, que borrosos dibujaron puntitos de luz blancos y amarillos en el espacio del salón. Se movieron desvaneciéndose algunos, otros permanecieron un momento y luego cayeron… es esa visión de los puntos de luz que todos hemos tenido. De pequeño yo creía que eran neuronas que justo pasaban por detrás de los ojos, como cogiendo un atajo, y que tu nunca podías ver, entonces, al abrirlos rápido las pillabas desprevenidas y se aparecían en forma de luces… incluso llegué a pensar que al pillarlas morían, y aún siendo más retorcido y mayor calculé cuantas había matado a lo largo de mi vida y di un motivo así a mi falta de lucidez académica e intelectual.

Cuando desaparecieron los puntitos centelleantes de mi visión de las cosas, descubrí que junto al ventilador había una jaula dorada, de esas que salían en los dibujos animados, en forma de cúpula perfecta con un bebedero, un comedero y un pájaro precioso de fina pluma dorada y negra y pico triangular puntiagudo de color marfil. Me quedé observándolo un momento, que sólo fue le primero de muchos, y busqué alguna razón por la que mis padres no hubieran querido contarme que habían comprado un pájaro.

No había ninguna razón.

Estuvimos reconociéndonos de arriba abajo el pájaro y yo. Nuestras miradas eran intensas. Puede que ninguno de los dos tuviera nada mejor que hacer esa tarde. Me quedé absorto ante su belleza. Mis ojos se redondearon y ennegrecieron imitando los suyos. El ave era como un canario, pero más grande; bastante más grande, y su pluma a simple vista parecía muy delicada. De repente, el pájaro caminó sobre la varita blanca donde se apoyaba y se acercó a uno de los lados de la jaula, si es que una figura esférica tiene lados. Acto seguido, metió una de sus patitas entre dos de los alambres y la sacó estirándola, después sacó la cabeza y el cuerpo y la otra pata con cierta facilidad. Los alambres parecían ablandarse ante su iniciativa y yo me sobresalté girando mi cuerpo noventa grados y sentándome, temblando, en el sofá. El pájaro se giró también y me miró fijamente. Siempre me han dado miedo los pájaros sueltos, y ése estaba muy cerca. Tengo la sensación de que me van a picar en el ojo. Siempre he tenido miedo a que me hagan daño en los ojos, de hecho mi operación contra la hipermetropía tuvo ciertos inconvenientes a causa de ese pánico escénico ante la pupila abierta de par en par, sin poder cerrarla por mi propia voluntad.

Estuvimos otro rato mirándonos en el casi silencio que el trocito derretido de la cubierta protectora del ventilador nos dejaba tener, al chocar en su traqueteo contra las aspas.

Ya relajado, mucho más atrevido, estiré mi dedo al frente, como señalando la jaula y le hice una pequeña mueca al ave. El pájaro lo entendió a la perfección y se subió majestuoso en su dedo. Parecía haber volado en seis compases de la Sinfonía Del Nuevo Mundo, nº9,op.95, con la elegancia que desprenden dos alas de oro desplegadas con gran energía; uno, dos y tres aleteos para posarse agarrando mi dedo, sin hacerme daño, y seguir mirándonos.

Con la confianza de los minutos y mi dedo índice golpeando la parte de la clavícula que más se acerca al lunar que tengo en el lado derecho de mi cuello, el pajarillo voló hasta rozarme la cara con su aleteo final y se posó muy cerca de mi. Nos seguimos mirando un poco más. No nos cansábamos de hacerlo. Era una sensación de complicidad total… cerré mis ojos y acerqué la cara inclinándome hacia el. En seguida sentí su cabecita rozarme el párpado. Lo hizo en repetidas ocasiones. Me di cuenta de que no había piado en ningún momento. Seguía rozándome la cabecita, que parecía latir, contra el párpado. Lo hacía con una sensibilidad hiriente, consciente del agradable momento que me estaba regalando.

Pensando en todo lo que estaba sucediendo pero sin pensar lo que iba a decir dije…:

-Vaya pájaro más cariñoso.

A lo que el pájaro contestó:

-Soy tan cariñosa como tu mirada.

Me sobresalté. El pájaro también. Fuerte revoloteó en un intenso piar por toda la habitación. ¡El pájaro había hablado!. Me había hablado. ¡Parecía él más asustado que yo!. Cayó al suelo, frente al sofá. Le dije “¿hablas?” y sentí en su rostro de ave el rubor.

Avergonzado…, ¿avergonzada? Sentí en su nueva presencia la complejidad de su complejidad. Acomplejada, sus complejos la hacían aún-ahora más adorable frente al sofá. Tenía una rabia contenida tan grande que estiró hacia atrás su patita izquierda y se estiró tanto que parecía casi humana su pierna… tanto que lo era. Estiró su cuello y le salió una delicada nariz y las plumas de su cabeza se cayeron para dar como resultado un nuevo pelo rubio, rizado, casi infantil. Estiró también la otra pata y esta se alargó tanto como la otra. Sin embargo, su tronco y sus brazos se quedaron con la misma forma aunque mucho más grandes.

Se quedó pues, apoyada de tronco en el sofá, con la cabeza girada mirando el suelo sobre sus piernas arrodilladas, con el culo en pompa. Un culo humano… desnudo…

La situación era realmente tensa. Yo balbuceé unas palabras… no recuerdo ni lo que dije… la miraba… era preciosa, no sé si más que cuando era pájaro. Todo aquello era muy extraño y estaba tan nervioso que ni me paré a pensarlo. Ella seguía sonrojada… por su mutación, supongo, por su posición, después, y me dijo:

-¿Es que no vas a ponerte detrás?

Yo atraído, totalmente atrapado por su belleza, y desnudo por la siesta veraniega, me puse detrás… me di cuenta de que la disposición de ambos iba a hacer de todo ese trámite escrito en palabras sentimentalmente correctas algo mucho más sencillo. Abracé sus alas por detrás y tumbe mi tronco sobre el suyo. En unos segundos ya estábamos friccionando nuestros cuerpos en una parte humana para ambos, en un placer intenso para los dos, en el acto más sincero desde que nuestras miradas habían empezado cuando éramos animales.

Entonces ella gritó en un suave gemido casi inaudible:

-Las estrellas son ventanas amarillas que centellean esperando que os asoméis con vuestros cohetes espaciales.

Yo miré sus ojos, que eran enormes, y le dije:

-No te caben más ojos en la cara. Son inmensos.

Ella frunció el ceño, con un semblante encantador y extraño a partes iguales e insistió:

-Escúchame. La respuesta está tras las ventanas amarillas. Tenéis que asomaros. No podéis quedaros dentro de la casa. Se está cayendo. Es un aviso, apenas os queda tiempo.

.¿Pero quién eres?- le pregunté mientras pensaba en banales ideas alejadas de mi verdadero destino.

-Soy quién avisa. Soy el envío, el mensaje y el mensajero. Soy la paloma, la carta y el viento. Léeme, bajo las alas, el mapa, el verso, la ruta, la pluma clavada en alguno de mis huesos. Soy el infierno que se quema aquí en la Tierra hecha cuerpo por tu mirada. Huye, estás a tiempo.
Paré suavemente el vaivén de nuestros cuerpos. Me di cuenta de que ella pretendía hacerme Mesías en mitad del sudor del momento. Miré bajo sus alas y había un mapa arrugado atravesado por una pluma. Sin pensarlo estiré mientras ella decía:

-¡Espera!,¡No saques la pluma todavía!, ¡La tengo clavada adentro…!

Pero ya era tarde, la había sacado. La pluma estaba clavada en su corazón y al sacarla borbotones de sangre y de oxígeno que congeló la vida de aquel pajarillo ya muerto. Yo todavía estaba dentro de ella, o del pájaro. Vi como el sofá se llenaba de sangre roja, muy roja, y en el mapa no supe leer bien las constelaciones que marcaba. Me puse nervioso a llorar sobre sus alas, todavía detrás, ella dándome la espalda, y derramé sobre sus alas llenas de roja sangre humana la miseria de quién no supo comprender aquel milagro de la naturaleza…

Al despertar nada de lo que os he contado allí estaba. Sólo yo. Eso si, tumbado en la posición en la que ella estaba, con el tronco sobre el sofá y las manos, también como ella, pegadas a mi espalda.

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26 Mayo 2006

"Sístoles" por Eugenio M. DeLarge

De la breve siesta dominical o el tedio me despertó la alarma del móvil y los rayos del sol que ahora en primavera queman las retinas de los recién despertados. La monotonía digna de la realidad y la goma de mis pantalones de deporte apretaban mi conciencia. Las ratas anidaban en la buhardilla. Las oía respirar, guarecerse de los gatos en rincones de talla y yeso y convivir en carroñera armonía mientras yo, abajo, trataba de estudiar en mayo sin dejar el pluriempleo que me mataba de la risa. Cansado y aburrido, encendí la tele, me volví a dormir en la publicidad, pues, al fin y a cabo, no tenía nada mejor que hacer a esas horas en que la esperanza de su llamada perece.

Volvió a sonar el móvil a eso de las seis y pico de la tarde. Información hecha ceros y unos por satélites al uso que en un mensaje de texto son palabras: "Luís", "accidente", "hospital", "quizá"...

Los minutos posteriores son eternos, pero pasan y la despedida es demasiado rápida. En unas horas pierdo toda posibilidad de contacto con la persona que más había creído en mí cuando no salía del fondo de la botella o cuando escribía versos en papel de plata. Me niego a aceptar la idea de que no pueda quedar con él de nuevo en 'El Sitio de Mi Recreo' para tomar cerveza danesa. Me siento efímero, desmenuzado y la idea de impotencia ante el tiempo termina siendo paranoicamente asesina en mi mente. Así que… Sin más, sin que mi voz sirva esta vez de voto, me veo obligado a despedirme de quien me bajó del techo tantas veces.

En mis hartazgos, sintiéndome rueca y piedra, cuando no ripio y canto rodado, soy río vuelto en llamas de colores morados y destellos lacrimógenos que pasan del claro al negro en millonésimas de segundo. No comprendo cómo pude ser tan fiel a su amistad y nunca decírselo cuando a solas corríamos por el pupitre que algún profesor había escupido con tal de hacernos patinar. A su lado el suelo era mucho más fiable que el cielo, pero pocas cosas me quedan de la noche al día.

En el velatorio, de rabia, pataleo su nuevo habitáculo tan inerte como él ahora y le pego de ira por cobarde, por haberme dejado. “Cabrón, maldito hijo de puta”. Y otras cosas que vomito sobre él pensándolas de mí, mientras sus hermanos me invitan amablemente a irme a casa, pues su madre ya tiene bastante con ver sus venas trenzadas del cuello como para que un hacedor de amigos le amenice la velada.

En el lunes de entierro y explicaciones en mi trabajo de quién era y de “por favor, necesito ir al entierro”, miro el móvil sin cesar... ¿Por qué no llama?

Y en el silencio de mi teclado y el ruido insoportable de la pantalla, una vibración en la mesa y un escalofrío... La espina dorsal ya no está llena de huesos, se convierte en un mástil y como un resorte suelto un alarido al ver la pantalla de mi móvil... Sobre el fondo naranja: "Luís...llamando".

Aprehendí el significado de la palabra pánico y de algunos otros términos en algunos segundos. Las ideas de un posible hurto antes de su despedida, en un nicho tan común como gris en el cementerio municipal-injusto para un héroe de nuestra era, de nuestro barrio, se agolpan en mi lado racional del cerebro. Pero mi otro lado, el que comúnmente me acerca al vértigo, me hace ir al médico y tomar pastillas para la tensión. Se asusta de sí mismo...Decido no cogerlo. Cuando termina la odiosa y desafinada melodía silencio el móvil con ese extraño poder que nos oferta la tecnología sobre los útiles de nueva generación.

En cuestión de centésimas, la pantalla de mi ordenador tiene interferencias de nuevo, la imagen se contrae y se expande y mi corazón sístole y diástole a velocidad de crucero. Descubro que el móvil está parpadeando en su naranja habitual. Parpadea en la claridad y su nombre me vuelca el corazón. Me mareo sobre la mesa de la oficina. Son dos minutos o tres de los que no recuerdo nada.

Vertido, hundido, tocado en la línea de flotación de mi sesera sensible el día del entierro de mi mejor amigo, me hago pensar una macabra idea. Salgo, sin avisar, del trabajo. Corro y, utilizando la fracción de tiempo que dos tortugas necesitan para hacer el amor en una costa atlántica de África, vuelo y resulto leve ante el espacio establecido en estas tres dimensiones que tanto me aburren. Así que en unos diez minutos, durante los cuales mi móvil no ha dejado de iluminarse en el vacío del bolsillo de mi pantalón, temblándome en la pierna, al ritmo en el que mis cuerdas vocales vibran contra mi voluntad de terror, llegó hasta el cementerio municipal. El guarda me impide el paso pero lo esquivo a golpe de nudillos, pues me he quedado afónico de miedo.

Erguido ante el lugar dónde dejé a mi amigo hace unas horas, confieso que sobre mi labio superior, hormigas a centenares, invisibles, me torturan con cosquillas; la presión de mis oídos hace saltar mi mano al bolsillo, directa; convencido, busco y de nuevo "Luís".
ESTA VEZ LLAMO YO. Antes siquiera de llevarlo a mi oreja una música se escucha fuerte en la acústica de roble, tras ladrillos... Está... Sale...Se oye desde ¿dentro?
El móvil suena un par de veces y lo hace sin ninguna duda desde dentro del nicho; miro atónito al frente, con la mirada involuntariamente estrábica, mientras se acerca corriendo a lo lejos el guarda... Deja de sonar la tonadilla pluscuamfúnebre y, con la mano temblorosa en sudor, lo llevo como puedo cerca de mi oreja para escuchar cómo mi amigo me grita, entre alaridos gestados en el infierno:

-¡Dime que no estoy muerto!

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